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EL P. DE FOUCAULD Y EL ISLAM

(Louis Gardet, teólogo e islamólogo)

Carlos de Foucauld amó profundamente las tierras del Islam, en las que pasó la mayor parte de su vida. No fue, al principio, una opción. Al desembarcar, en 1880 en África, siendo joven teniente del cuerpo de cazadores, se afanó en rechazar las críticas que le atraían su conducta y presentó su dimisión. Pero la campaña militar en el sur de Oran le condujo, un año después, a las puertas del desierto. Quedó profundamente impresionado par esta visión; aparecen ya al­gunas señales prematuras de su futura conversión. El oficial despreocupado, que era entonces, se convierte en un hombre incansable, muy fraternal con sus hombres. Se encontró con la vida nómada más que con el Islam. Fue, sin duda, uno de esos encuentros misterio­sos, queridos par Dios, que determinará su destino.

Diecisiete años después de su muerte, los suceso­res de Carlos de Foucauld formaron un grupo para vivir, en medio de la tribu de los Ulad Sidi Sayj, su mensaje de paz evangélica. La tribu los acogió y se estableció entre ellos una amistad que todavía perdu­ra.

Carlos de Foucauld no cesó de despojarse de todo y de crecer en claridad interior, luminosidad de la que "el desierto y sus caminos sin agua" permanecen como signo de Dios. Hay que añadir inmediatamente que no fue tanto esta tierra signo lo quo él amó sino sus hombres que eran sus hermanos queridos.

En 1881, habiendo presentado de nuevo su demisión como oficial, visita el sur de Argelia y se prepara para explorar Marruecos. Conocemos las condiciones en las que realizo este viaje de investigación científica (1883-1884); su resistencia física y moral y su lealtad par su visión objetiva de las cosas y de sus habitantes, que constituye su característica más llamativa. Sus observaciones científicas le ocuparon totalmente y no se le presentó la ocasión de penetrar al interior de la civilización musulmana. Pero trato con hombres musulmanes. Entre estos, algunos reco­nocen en él al cristiano, al menos de origen, pero le acogen, le ayudan y le protegen según la mejor tradición musulmana de la hospitalidad. En 1885-1886 explora el sur de Argelia y de Túnez.

Cuatro años después de haber vuelto de Marrue­cos, se convierte y vuelve a la fe cristiana. ¿Es necesario señalar las cartas que escribió a Henry de Castries y el respeto que manifestó, en ellas, a la fe del Islam? Lo que nos dice el propio Carlos de Foucauld a propósito de su conversión va par otros derroteros: lento caminar de la gracia hasta el choque que le coloca frente a la fe de su bautismo y que da a su vida el sentido definitivo. Escribirá un día a la Señora de Bondy: *Yo, que he dudado tanto, no llegué a creerlo todo en un solo día. En cuanto creí en la existencia de Dios, comprendí que el único camino que me quedaba era el de vivir para Él. Mi vocación religiosa nació con mi fe: (Dios es tan grande! Existe una diferencia abismal entre Dios y todo lo que no es Él) ...

Carlos de Foucauld no cesará, a través de toda su vida, de profundizar esta absoluta Transcendencia divina y de vivir de ella. Encenderíamos mal algunas de sus frases a Henry de Castries si pensásemos que Carlos debía su conversión al contacto con los dog­mas musulmanes, conocidos directamente. Acepta y comprende su importancia para su corresponsal de este posible punto de arranque. Pero, para él, el conocimiento explícito del Islam no fue su camino. Diríamos, con mayor exactitud, que la fe de los musulmanes que él encontró en su camino sirvió de reactivo para colocarlo al interior del misterio cristiano, frente a un Dios a la vez transcendente e inmanente. El absoluto del don a un Dios tan grande se concretiza, en su vida, en la imitación de su amado hermano y Señor Jesús y le conduce a una mayor pobreza, a una mayor abnegación y a una mayor transparencia.        

Para llegar a este primer desprendimiento, que debía conducirle a la fe, Dios le condujo por los cami­nos del Sahara argelino y de Marruecos. La segunda etapa se realizará en Siria y Palestina, esas regiones que son cuna del mensaje cristiano; que fueron y per­manecen hoy entre los lugares más queridos para el mundo árabe-islámico. En 1890, entro en la trapa de Nuestra Señora de las Nieves y seis meses más tarde lo encontramos en la trapa de Akbes, en Siria. En 1897, después de haber pasado un mes en Argelia y cuatro en Roma, abandona la trapa para vivir el amor redentor de Cristo, pobre entre los pobres, y gritar el evangelio por toda su vida. Irá a vivir en Nazaret, como Jesús. Permanecerá tres  años en Tierra Santa, sirviendo, como criado, en un convento de clarisas.

En 1900, vuelve a Francia para recibir el sacerdo­cio y, el mismo año, se dirige a Beni-Abbes, en el confín marroquí, para vivir plenamente su vocación. Vuel­ve al desierto para enterrarse entre los pobres del Sahara, en espera del día en el que pueda entrar de nuevo en Marruecos y en el que pueda reunir algunos discípulos para compartir su vida. En el momento de su muerte, no había conseguido ninguno de estos dos objetivos. A partir de 1905-1907, abandonará el confín marroquí para instalarse en el Hoggar, solo en medio de los tuareg, a quienes consagrara su vida hasta la muerte y que le amarán. Los últimos dieciséis años de su vida no abandonó el Sahara más que para pasar un breve período en Francia y su último viaje lo hará para conducir al joven jefe de los Dag Rali.

El P. de Foucauld se llamaba el hermano universal Decía en su oración: *Dios mío, haz que todos los hombres vayan al cielo". Su amistad y su vocación iban, en primer lugar, hacia sus amigos de predilección: los nómadas árabes y los tuareg, por los que sacrifica todo. Fue en tierras de Islam y rodeado de una atmósfera islámica, donde él respondió a la lla­mada de Dios. Ni los "pobres del Sahara", sin duda, ni los nobles del Hoggar conocían muy bien las "ciencias de la religión". No encontrara, en ellos, más que un eco muy débil de la gran cultura musulmana: de sus conocimientos de la fe coránica y de su confrontación con el "pensamiento extranjero", (principalmente griego a iraní), que tanto brillaron durante el apogeo de Damasco, de Bagdad y de Córdoba... Pero si los nómadas saharianos ignoraban intelectualmente ese gran pasado, participaban sin embargo, aunque obscuramente, en los valores que lo constituían. Participaban en ellos como un campesino ignorante de nuestras tierras cristianas, que debe tanto a veinte siglos de cristianismo, a tantos santos y genios de la cristiandad en su conducta de cada día.

No parece que Carlos de Foucauld se haya preocupado por realizar un estudio objetivo y completo del Islam. Su forma de ser no le llevaba a eso. Su inteligencia, muy práctica, daba toda su medida en la observación precisa de los lugares, de la gente, de la lengua y de las costumbres. Su corazón tenía sed de conocimiento y de amor, de conocer para amar a los hombres de su entorno. En Beni Abbes, su inquietud le llevó a conversar con sus amigos los pobres, a ayudarles, a hacer que comprendan su testimonio de fe en Dios y de amor hacia Él, que era su única razón de ser. En Tanmarasset, se ocupó en perfeccionar, cada vez más, su conocimiento de la lengua y de las costumbres del Hoggar. Recogió incansablemente, día tras día, palabras y expresiones hasta llegar a redactar un diccionario tamachek cuyo valor científico per­dura. Reunió temas y textos del folclore cantado y escrito. Su deseo de conocer (del interior) el pasado y toda la riqueza humana del pueblo  ¿no manifiesta su simpatía viva y su respeto hacia esas gentes?

Si Carlos de Foucauld no conoció en toda su dimensión la cultura religiosa del Islam, vivió su vida de "hermano universal" en permanente contacto con hombres que eran musulmanes. Penetró en ese ambiente musulmán que marcaba el comportamiento cotidiano de sus amigos. Y aquí es necesaria una distinción.

Las raras veces en las que de Foucauld se refiere explícitamente al Islam en sus escritos no son significativas. No pasan del conocimiento intelectual global que podía poseer un hombre de bien y honrado de su época. Sería un contrasentido convertir esos párrafos en islamología. ÉI no lo intentó nunca.

Pero este conocimiento connatural que le daba su amor por los pobres del Sahara y por los nobles tuareg, ese deseo profundo de ser, por amor a Cristo, su hermano y servidor le permitieron al mismo tiempo tratar con ellos con un infinito respeto de todo lo que eran, incluyendo el ambiente musulmán en el que vivían, bien somero pero que marcaba su personalidad. Así encontramos diseminados en sus escritos destellos que esclarecen no tanto algunos puntos de la fe musulmana cuanto la conducta concreta de fe de esos musulmanes, que eran amigos suyos. Su único objetivo era seguir a Jesús y supo dar, espontáneamente, a su presencia en esas tierras de Islam, un estilo que pudiera hacerla comprensible. Amistad desinteresada, respeto del otro, profundo sentido de la justicia y del honor, pobreza buscada, estilo de renun­cia que centraba todo en Dios: En esos valores, presentes en las profundidades de su fe cristiana, encontraba él su vocación exigente. Todo eso hizo que sus vecinos tuareg le amasen: su vida fue siempre conforme a lo que esos nómadas bereberes musulmanes podían esperar de su "gran amigo, el marabut Carlos".

La vida de Carlos de Jesús en tierras musulmanas del Sahara es un gran testimonio de lo que un amor desinteresado y vigilante puede comportar de verda­dera comprehensión. Esa era la tarea del pequeño sirviente, tarea de primera calidad, porque "al final de nuestra vida, seremos juzgados por el amor", como decía S. Juan de la Cruz. El P. de Foucauld esperó, hasta la muerte, que le llegasen discípulos. Sabía quo otros vendrían cuando él fuese "grano escondido en la tierra". Los veía esparcidos en pequeños grupos, inútiles para los sabios de este siglo, en el mundo pero sin ser del mundo, viviendo en medio de los hom­bres para llevar a todos, pero en primer lugar a los pobres, en medio de los sufrimientos y preocupacio­nes de la vida de todos los días, el testimonio del amor del Señor que es más fuerte que la muerte. El día en el que, siguiendo su camino, se realice el encuentro con los verdaderos valores del Islam, serán necesarias las mismas exigencias de objetividad y de justicia intelectual que él ejerció en su trabajo de lingüista.

Carlos de Jesús no es un maestro en islamología. Pero puede muy bien ser, por lo que fue su vida, por su sed del Único Señor y por su entrega a sus herma­nos los hombres, uno de los mejores guías para un cristiano estudioso del Islam si quiere que, a sus in­vestigaciones eruditas, corresponda una actitud interior digna de vivificarlas. La finalidad de tales investigaciones es ciertamente intelectual pero requieren una inquietud interior y un respeto del otro. Aquí el pensamiento y la cultura que se desean conocer están al servicio de la misma verdad y del mismo amor, como eco de la actitud evangélica de Carlos de Jesús en esas tierras de Islam que tanto amó.

 

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