Libia

Zentan es una ciudad pequeña situada a 150 Km. de Trípoli, en una cadena de colinas hacia el interior del país. Estamos aquí desde enero de 2001, y somos tres hermanitas: Pascale  es pediatra y trabaja en un dispensario del Estado, en las afueras de la ciudad.; Maria se dedica fundamentalmente a estar permanentemente en casa; yo trabajo en la lavandería del hospital de Zentan.

Al pensar en nuestra vida aquí, me viene a la memoria un pasaje del Evangelio de Marcos (4, 26-29): “Sucede con el reino de Dios lo que con el grano que un hombre echa en la tierra. Duerma o vele, de noche o de día, el grano germina y crece, sin  que él sepa cómo. La tierra da fruto por sí misma: primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto está a punto, enseguida se mete la hoz, porque ha llegado la siega.” Nosotras somos a la vez el grano que el hombre echó en la tierra, y el hombre que lanza el grano de nuestra presencia, nuestra oración, nuestro deseo de compartir, nuestra disponibilidad, y que espera que la espiga produzca fruto, seguro de que va a darlo... aunque con ritmos y modos distintos a los que habíamos imaginado.

Los contactos y las relaciones se tejen al ritmo de la acogida que encontramos. Sobre todo hemos empezado a conocer a la gente a través del trabajo.  El hecho de hablar la lengua y de vivir desde hace tiempo en Africa del Norte ha facilitado nuestra inserción. Veo claramente que el trabajo nos “sitúa”,  con todos los pros y contras que esto tiene: al principio, nuestra labor en el campo de la salud hizo más comprensible la llegada de estas tres mujeres de nacionalidades distintas, que viven juntas (aquí nunca había habido religiosas). Ante todo nos ven como personas que están aquí para trabajar y ganar dinero (aunque lo que ganamos nos llega justito para la vida corriente),  y en Zentan, como en todo el país, hay muchos extranjeros que han venido para trabajar.

A través de los contactos y de compartir cada día, en el trabajo y en las visitas a los amigos, hemos podido ser testigos de la fe que anima a la gente que nos rodea y de conocer sus preocupaciones cotidianas: los salarios, siempre “demasiado bajos” para permitir llegar a fin de mes; la preocupación por el futuro de los hijos, en este país donde tradición y modernidad buscan una justa relación; la alegría por un proyecto de boda; el dolor por la muerte de alguien de la familia. Tengo la impresión de que, en estos tres años de presencia, la gente nos ha “adoptado”. Algunos ejemplos justifican esta impresión:

-          Nuestro pozo está vacío, por lo que una de nosotras va a comprar un camión cisterna de agua. En el sitio donde se encargan, un hombre que está cargando el suyo le dice: “Vuelve a casa, iré a llevarte el agua dentro de media hora. Sé dónde vives.” Efectivamente, media hora después llega. Al ir a pagar, dice: “Ya está hecho”. Ha sido la cooperativa de beneficencia de Zentan quien nos lo ha pagado. Lo mismo ha ocurrido también varias veces con el alquiler de la casa, pues saben que nuestros salarios son muy bajos.

-          En el Aid el Kebir (fiesta que recuerda el sacrificio de Abraham, en la que se mata un cordero y se comparte con otros la carne) empezamos a recibir “nuestra parte”. Una compañera de trabajo que no ha podido comprar el cordero y no nos ha podido invitar para la comida de la fiesta, me pregunta preocupada: “¿Alguien os ha invitado? ¡Espero que no estuvierais solas el día de la fiesta! ¡Pensé en vosotras!” Y se puso contenta al saber que habíamos estado en casa de una vecina.

-          Por razones familiares, desde enero de 2004, tengo que ir tres veces al año a Italia. Con mucho pesar, pensaba que no podría renovar mi contrato de trabajo en el hospital. Los directores estaban al corriente de mi situación. Así pues, en diciembre firmé una declaración para cortar el contrato. Pocos días después, los directores me llamaron para decirme que habían decidido quedarse conmigo  a pesar de todo, dándome  un mes de vacaciones cada tres meses para ir a ver a mi familia. Creo que estaba demasiado estupefacta para dar las gracias como es debido. Algunos días después volví a hablar con uno de los directores para decirle que me daba cuenta de los inconvenientes de esa situación, sobre todo para las que deberían hacer el trabajo en mi lugar. Me contestó: “Te queremos con nosotros”. Tuve ganas de llorar de emoción...

He querido contar estas cosas porque me parece que, a pesar de los desplazamientos de pueblos, nuestro mundo va hacia una cultura de “exclusión”, que lleva a rechazar al otro, al distinto, o, al máximo, a tolerarlo. Creo que, gracias a gestos como los que acabo de relatar, a pesar de las apariencias, de manera escondida, y anónima, la simiente del Reino tiene la posibilidad de crecer, sea cual sea la religión o la cultura del jardinero.

Cecilia María

Ayudando a lavar la lana para una boda.

 

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