Pakistán

Hay pocas hermanitas del país, la mayor parte de los miembros de la fraternidad en Pakistán provienen de Europa, pero llevan tantos años allí que se sienten completamente adoptadas.

Quince años en el barrio. Me doy cuenta de que los años pasan cuando las niñas que jugaban en la calle se casan y tienen hijos. Al nacer su primer hijo, cuando les llevo un gorrito y unas botitas que he hecho para él, me sonríen con una sonrisa luminosa.

¡Estas mamás! Cuantas veces he sido testigo de su coraje frente a la vida, tan dura: la preocupación por los hijos, el marido que se juega todo el sueldo o que se droga, los fines de mes sin dinero. Resisten por causa de los hijos. Entre muchas otras, Razia es para mí un modelo. Su salud es muy precaria, debido al exceso de trabajo y a la falta de consideración de su marido que, además, no lleva ni un céntimo a casa. Su mayor sufrimiento es que el clan de los hombres ha casado a sus dos hijas mayores contra su voluntad, y éstas están ya viviendo la misma situación que ella. Un día, en el que me sentía especialmente impotente ante su sufrimiento, me dijo: “No te preocupes tanto. Lo único que necesitaba era hablarte. He salido de apuros muchas veces y hoy voy a salir también.” Y se marchó con energía renovada. Finalmente, sabe que Dios no la abandonará. Y tiene signos visibles de esto, como el día en que la excavadora demolía todas las casas construidas ilegalmente. Su casa era la última. La excavadora se averió delante de su puerta y la casa aún está en pie.

La vida cambia, las mentalidades evolucionan. Muchos jóvenes, chicos sobre todo, han abandonado la escuela, sin contar los que nunca han ido. Se arrastran sin meta y sin esperanza. Las chicas, en general, son mucho más responsables y ayudan a sus madres en el trabajo de la casa.

 

Rehana en la boda de unos vecinos

En nuestro barrio a veces hay disputas en el interior de las familias, o entre vecinos, o entre los diferentes clanes. Según la costumbre, una disputa no se resuelve entre los interesados, se necesita un intermediario. Dada mi edad, mis cabellos blancos, mi largo tiempo de presencia y de amistad ofrecida sin discriminación, tanto en los momentos buenos como en los malos, a menudo me llaman para ejercer este papel. Humanamente no es fácil, porque a pesar de los años que he vivido aquí los matices de la lengua y muchos otros aspectos de la cultura y de las relaciones sociales se me escapan. Cuando veo llegar a una pareja, pongo la vida de ellos y la mía en las manos de Dios. Después, se trata de escuchar a uno y al otro, de aceptar la discusión a veces un poco violenta al principio, de intentar comprender, de no precipitar nada. Sé que el Príncipe de la Paz está con nosotros y que en un determinado momento una palabra  pondrá en marcha el proceso de reconciliación. Entonces, después de haber vivido bastante angustia, siento una paz profunda.

Renée-Claude (Rehana)


 

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