Siria

La Región de Siria y el Líbano está compuesta por hermanitas mayoritariamente nacidas en estos países, acostumbradas por su vida e historia familiar a una relación bastante conflictiva con sus compatriotas musulmanes. Muchas veces es en la Fraternidad donde han aprendido a mirarlos con otros ojos.

Quiero compartir con vosotros lo que he vivido en mi relación con los musulmanes. Desde noviembre del 2000 trabajo en una fábrica, situada en los alrededores de Damasco, que produce betún para los zapatos y detergentes.

Cuando llevaba un año allí, invité a mis compañeras a comer en nuestra casa el Iftar, es decir, la primera comida del día, después de la puesta del sol, durante el Ramadán. Quedé muy sorprendida y muy contenta al ver que todas las chicas habían venido, sin excepción. Pusimos colchones en la sala para sentarnos en el suelo como hacen en sus casas. Antes de comer todas las compañeras, una después de otra, se fueron a purificar como se hace antes de la oración y, llegado el momento, rezaron y nos sentamos todas en el suelo para comer. Yo había preparado algunos juegos  a los que jugamos juntas. Escribí en flores de papel algunos de los 99 nombres que los musulmanes dan a Dios y cada chica rezaba algo, en voz alta, utilizando el nombre de Dios que estaba en su flor; después la echaba en una tinaja grande llena de agua. Nos sentamos todas alrededor mirando las flores que se iban abriendo, y cada una buscaba la suya con alegría. Era un ambiente alegre y espiritual al mismo tiempo. En la fábrica los ecos de esta comida-Iftar fueron muy lindos: “¡Te has ganado una gran recompensa de Dios, porque el que da de comer a una persona que ayuna durante el mes de Ramadán tendrá una gran recompensa de Dios!”

Una de mis compañeras, Hamda, es muy piadosa.  Va a clases de ley musulmana e intenta aprenderse el Corán de memoria. Sintió que yo era “distinta” de las demás y buscaba ocasiones para hablar conmigo de temas religiosos. Hemos podido hablar de muchas cosas. Me he dado cuenta de que, a veces, la conversación conducía a un callejón sin salida, como si estuviéramos en un círculo vicioso cada vez que hablábamos de lo que hay en el Corán, porque éste es para ellos una revelación, la Palabra de Dios que no se puede discutir. Pero en otros momentos hemos podido ponernos de acuerdo sobre algunos puntos humanos esenciales.

Un día Hamda (que es palestina) me ofreció un estuche hecho a mano por ella, con un bordado de estilo palestino, y me dijo que lo guardara siempre conmigo para acordarme de ella cuando nos separemos.

Todas las cosas positivas que acabo de citar coexisten con mi experiencia de cristiana oriental.  En nuestros países estamos en confrontación continua con los musulmanes y afrontamos dificultades a varios niveles. Pero a pesar de todo el sufrimiento que se puede vivir o ver, he querido que os deis cuenta de que la convivencia es posible y que las relaciones personales pueden llegar a ser muy profundas.  

Diana Maria

 

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