África del Sur

Volví a África del Sur hace un año y medio, después de 15 años de ausencia, y quisiera compartir algunas impresiones con vosotros.

Durante estos 15 años el país ha estado marcado por el final del apartheid, por las primeras elecciones democráticas y por toda una transformación de las estructuras, de las leyes y de la vida cotidiana. Toda esta revolución se ha hecho sin los ríos de sangre que todo el mundo temía, gracias al carisma de Nelson Mandela y al trabajo discreto de todos los que preparaban la era posterior al apartheid.                             

A mi regreso, una de las cosas que me impresionó fue ver nuestra parroquia, que es la catedral, casi enteramente africana, así como el barrio donde está situada la fraternidad, que es el del centro de la ciudad. De hecho, toda África está presente: refugiados políticos y económicos, estudiantes, gente que hace comercio legal o ilegal... Muchos de ellos viven en una situación de miseria.

Mi viaje a Ciudad del Cabo fue también una hermosa experiencia, porque en el autobús que nos transportaba, a lo largo de esos 1.500 kilómetros, la gente de las distintas razas, clases y religiones viajaban verdaderamente mezcladas. Esto,  que antes era impensable, ahora es tan natural que uno se pregunta por qué no habrá sido siempre así.

En septiembre de 2004, la Fraternidad de África del Sur celebró los 50 años de su presencia en el país. Muchos amigos vinieron a celebrarlo con nosotras (más de cien personas nos juntamos ese día). Era extraordinario ver la fidelidad de su amistad y comprobar como tantas personas han sido tocadas por el mensaje de la Fraternidad: amigos de diferentes grupos étnicos, ambientes y religiones estaban juntos, como una gran familia, y con la alegría del reencuentro.

Dios quiera que podamos continuar sembrando estas “chispas de amor y de unidad”, como decía hermanita Magdeleine, en este bello país que ha vivido tantos cambios. Pero sabemos también que el camino de la verdadera liberación y de la unidad es largo, y su destino sólo se encuentra en el corazón de Dios.

En cuanto a mi, fui acogida en la fraternidad de Pietermarizburg, en la provincia de Natal, donde estamos rodeadas de magníficas colinas verdes. Acabamos de vivir un verano subtropical muy cálido, y la vegetación está lujuriosa: bananos, papayos y muchas flores. Tenemos la suerte de tener un jardincito.

Nuestros nuevos propietarios, Mlu y Samke, son muy simpáticos. Tienen dos niños y viven en la casa grande. Han aceptado que nos quedemos en la casita de atrás, donde las hermanitas residen desde hace cinco años.

Nuestros vecinos son todos zulúes. Felizmente, hta. Brigitte-Sophie habla bien su lengua. Para mí, es más difícil ponerme a aprender una lengua muy bonita y rica, aunque complicada; todavía estoy en el estadio de los saludos: ¡Sawubona! ¿Unjan? (te veo... ¿cómo estás?) a lo que se contesta: ¡estamos bien! O también, ¡estamos aquí! “Sikhona”.

Lo que me ha sorprendido y apenado es el número de familias que están afectadas por el sida. En casi todas las familias se ha muerto algún miembro;  otros están procurando sobrevivir, luchando con mucha dignidad y valentía, muchas veces en medio de una gran pobreza. Muchas abuelas que viven de una pensión muy pequeña del Estado deben compartir ésta con numerosos nietos, huérfanos de padre y madre. Es duro para una mujer que acaba de perder a su marido enterarse de que ella también está atacada por el virus. Es duro para una madre ver a sus hijos o a sus hijas adelgazar cada vez más para acabar muriéndose. Dentro de nuestros escasos medios, procuramos estar presentes aportando un poco de consuelo y de amistad, y conservando juntos la esperanza.

Hta. Brigitte-Sophie continúa con su trabajo de montaje de iconos que nos permite ganarnos la vida. Hta. Cherryl se fue a Australia para un largo periodo de tiempo, para estar más cerca de su familia, que emigró allí en el tiempo del apartheid. Por eso, por ahora sólo estamos dos. Podéis comprender que estaríamos muy contentas si el Señor nos mandara alguna chica del país. Sería un hermoso regalo en el año de la beatificación del Hermano Carlos, ¿no es verdad?

Monique-Fernande

 

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