Níger

Nuestra región comprende dos países: Níger y Burkina Faso, situados en la zona del Sahel, de clima duro, donde el combate cotidiano para asegurarse la subsistencia ha forjado pueblos fuertes y pacientes. Cristianos, musulmanes o de religión tradicional, saben poner su confianza en Dios y esto da un sentido a su vida, incluso en medio de las mayores dificultades. Compartimos con vosotros algunos flashes de lo que hemos vivido en medio de ellos, en algunos casos desde hace muchos años.

Fundamos la fraternidad de Niamey en 1984, realizando así un viejo sueño: tener una fraternidad en ambiente cristiano nigeriano, ya que las comunidades que teníamos en el norte y el este se encuentran en ambiente mayoritariamente musulmán.

En el encuentro regional de la fraternidad, que tuvimos en enero de 2001, decidimos transferir a Niamey la “Fraternidad Regional”, que estaba antes en Agadez. Efectivamente, desde la fundación de la Fraternidad en Burkina-Faso, sentíamos la necesidad de una casa que estuviese más centrada geográficamente, que hiciera un poco de bisagra entre las fraternidades del Níger “profundo” y las de Burkina, que se encuentran en una realidad tan distinta. Procuramos desempeñar nuestra misión lo mejor posible, estando atentas a lo que viven nuestras hermanitas y a potenciar la comunicación fraterna. Para nosotras siempre es una gran alegría acoger a las hermanitas que están de paso.

Nos gusta mucho nuestra casa. Ésta se encuentra en un barrio muy sencillo, lleno de animación y, a menudo, muy ruidoso, pero extremamente simpático. Los vecinos son acogedores y nos han adoptado bien. Algunos rezan mucho, y ciertos acontecimientos más relevantes pueden dar lugar a muy buenos intercambios. Hay una mezquita al lado de nuestra casa, y rezamos a menudo al mismo tiempo que ellos. Es siempre conmovedor volvernos juntos hacia Dios, aunque los “Allahu Akbar” sean a veces tan fuertes que nos resulta difícil entonar los salmos...

Vamos conociendo poco a poco a los cristianos del barrio, gracias sobre todo a la Comunidad Cristiana de Base. Algunos vienen regularmente a la misa que se celebra en nuestra casa una vez por semana. La relación con los permanentes de la diócesis (sacerdotes, religiosos, religiosas, responsables de los diferentes grupos) es buena;  últimamente hemos tenido la ocasión de profundizarla durante las jornadas diocesanas en las que hemos evaluado el plan pastoral elaborado el año pasado. Se nota mucho la preocupación de nuestro Obispo por arraigar su Iglesia en las realidades del Níger (país muy pobre, de mayoría musulmana) y no tenemos dificultad en encontrar nuestro lugar en esta Iglesia, que quiere ser cercana a los más desvalidos y dialogante con el Islam.

En la población de N’Guigmi, situada en el este del Níger, en el extremo final de una carretera que conserva pocas huellas de haber sido asfaltada alguna vez, estamos dos hermanitas, apoyadas por la cercanía de otras tres o cuatro que viven en  el desierto.

En el momento de la muerte de Juan Pablo II nos sorprendió el gran número de vecinos y amigos que nos dieron el pésame, y todos los que se interesaron por la elección del nuevo Papa. Esto hizo cuestionarnos sobre el sentido de nuestra vida aquí, única presencia católica en medio de un mundo musulmán (hay también dos matrimonios protestantes que vinieron como misioneros). ¿Para qué? Intentar ganarse la vida con un pequeño taller de costura donde algunas chicas y mujeres amigas aprenden a coser o a hacer punto, ¿es algo verdaderamente útil?

Releyendo lo vivido, estamos convencidas que se puede definir como 30 años de amistad gratuita, de respeto mutuo, de camino recorrido con este pueblo. Con Mariama, que vino a trabajar al taller durante 4 años, se creó una verdadera amistad. En una ocasión  tuvimos que cerrar la fraternidad durante tres meses, y fue ella quien estuvo siempre presente en el taller. Durante ese tiempo iba a hacer sus oraciones musulmanas a nuestra casa para que, decía, continúe siendo una casa de oración. Más tarde, cuando su marido militar fue trasladado a otra ciudad, nos escribía: “Estáis siempre sentadas en mi corazón”.

En el taller se detiene mucha gente, para un saludo o para conversaciones más largas sobre toda clase de temas, que a veces pueden ir muy lejos. Estas amistades que se han ido tejiendo son muchas veces interrumpidas por los traslados de los funcionarios. Pero, con motivo de algún viaje, a veces nos volvemos a encontrar en otro punto del país y la alegría del reencuentro manifiesta que la huella dejada por todo lo compartido es profunda. Y esto es lo que da sentido a nuestra vida.

Otra hermanita nos habla de lo que vive en la tienda de los nómadas, cerca de N’Guigmi, donde está desde hace tres años:

 

Llegué a la “tienda” de N’Guigmi. He puesto “tienda” entre comillas porque por el momento somos bastante sedentarias. Compartimos la vida del pueblo Toubou (pueblo nómada, minoritario en el Níger) y nuestro campamento está en pleno desierto a unas dos horas a pie de la ciudad de N’Guigmi donde hay otra fraternidad con dos hermanitas. Nosotras solemos ser tres. Debido a la distancia, vemos que es importante este apoyo mutuo de nuestras dos fraternidades situadas a 1.500 kilómetros de Niamey, la capital.

Nuestros vecinos son todos musulmanes y tenemos la suerte de respetar mutuamente nuestras diferencias. Nuestra vida cotidiana es de lo más corriente. Como para nuestros vecinos, nuestro trabajo consiste en ir al pozo, cuidar el rebaño de cabras, moler el mijo para preparar la comida, buscar leña para la cocina, etc... En este contexto nos resulta evidente la importancia de la relación.

Tendría mucho que contar de nuestra vida aquí, de todo lo que  descubro, pero tal vez hoy prefiero dar rienda suelta a mi corazón y hablaros de nuestros vecinos, o mejor, de lo que recibo de ellos, precioso regalo...

Una cosa es cierta: hay una injusticia indignante en el mundo (me diréis, tal vez, que no es necesario ir tan lejos para darse cuenta: es verdad) pero me ha impresionado ver como la persona humana puede vivir casi sin nada y conservar en su actitud la dignidad, el respeto la humanidad. Esta grandeza en el ser de nuestros vecinos me ha conmovido. Y a la vista de ello, las palabras del libro de los Números, en las que  Dios bendice un pueblo que vive aparte, resuenan en mi:

“De la cumbre de las peñas lo diviso,

De lo alto de las colinas lo contemplo:

Es un pueblo que vive aparte;

No es computado entre las naciones...

He aquí que me ha tocado bendecir,

Bendeciré y no me retractaré”.

                                                        Nm 23, 9-20

Sí, Dios desea al hombre de pie. Dios desea que todo hombre, todo pueblo viva de pie. Todos, todas, sin excepción, hemos recibido esta bendición de Dios. Está entre tus manos, está entre nuestras manos.

Descubro que la fuente de la dignidad, que percibo en nuestros vecinos, está en su entrega confiada y natural en las manos de Dios:

“Todos estos ponen su confianza en sus manos

y cada uno se muestra hábil en su tarea.

Mas para el consejo del pueblo no se les busca,

Ni se les distingue en la asamblea.

Pero aseguran la Creación,

El objeto de su oración son los trabajos de su oficio...”

                                                                     Si 38, 31.33.34

Así, lo ordinario de la vida ya no es tan ordinario; el día a día cotidiano, vivido en la alegría o en el sufrimiento, en la paz o en la lucha, en la enfermedad o en otras muchas situaciones, se vuelve extraordinario porque en el centro de todo esto, como dicen nuestros vecinos: “Allah tchi! Dios está ahí!” Sí, nuestros vecinos me invitan a volver a lo esencial, a profundizar en el encuentro con Dios, presente en el corazón de nuestra humanidad.

Por otra parte, he tocado de cerca que sólo lo puedo vivir sostenida por la vida comunitaria, la oración, la solidaridad. A menudo tenemos la tentación de insistir en las dificultades de la vida común, y son una realidad. Yo misma he tenido la experiencia de ellas, pero quisiera decir una vez más hasta qué punto la vida comunitaria, abierta también a nuestros amigos, es una riqueza, un apoyo, una fuerza.

 

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