Ruanda

Estamos en un barrio de Rango, a 5 Km. de la ciudad de Butare, en el sureste del país. El barrio, que está situado en una encrucijada, tiene 75 casas todas de iguales dimensiones, hechas con el mismo modelo y debidamente numeradas; lo que es un caso único en el país.

La mayor parte de los habitantes son mujeres que viven solas por distintas razones: algunas porque son viudas del genocidio, otras lo son del sida y, además, viven con el virus de esta enfermedad, otras tienen el marido en la cárcel por presunto genocida...

Todas estas mujeres tienen la responsabilidad de sustentar a sus hijos o a otros miembros de la familia. Cada una se arregla como puede para ganarse la vida; muchas hacen pequeños comercios en el barrio mismo o en la ciudad. Las que tienen la suerte de encontrar un trabajo deben ir todos los días a la ciudad. Durante la semana están ocupadas de la mañana a la noche. Por ese motivo aprovechamos los días de fiesta o los fines de semana para visitarnos y encontrarnos.

En la fraternidad estamos tres hermanitas. Como nuestros vecinos, procuramos ganarnos la vida. Faïna trabaja en la ciudad, en un centro que se ocupa de las mujeres en dificultad, incluso las que están enfermas de sida. Como acaba de empezar, no podrá aún hablar de su experiencia. Irmgard hace tarjetas con flores secas, Alphonsina se ocupa del huerto, y entre las dos se ocupan de la casa (cocina, acogida...), y de las necesidades del barrio (visita a enfermos, llevar la comunión a los enfermos y ancianos).

Participamos en las actividades comunitarias suscitadas por la Iglesia (comunidades eclesiales de base, donde los cristianos se reúnen para ver el funcionamiento de su comunidad, compartir el evangelio, etc.) y, también, en las del Estado: trabajos comunitarios organizados por los responsables locales para la reconstrucción del país. Como todos los ruandeses, participamos en el tribunal popular del barrio, donde cada uno da informaciones sobre lo que vivió, vio o escuchó durante el genocidio de 1994, para ayudar al tribunal a conocer la verdad de lo que pasó: quiénes se comprometieron y cómo lo hicieron, sus motivaciones, etc. Es una ocasión para ayudar a los que se confiesan culpables a reconocer públicamente su pecado y pedir perdón. Son momentos delicados que suscitan mucha emoción.

Compartimos las alegrías de nuestros vecinos. Cuando nace un niño vamos a felicitar a los padres llevando un regalo para el recién nacido. El séptimo día nos invitan para dar nombre al niño. Según la costumbre hay una comida, y a la hora de dar el nombre al bebé los primeros son los niños y por último los padres, que proclaman el nombre del pequeño con un discursito, que normalmente hace el papá.

Compartimos también el sufrimiento de los que viven un luto. Cuando alguien muere en una familia se hace una velada de oración junto al difunto. Rezamos el Rosario y cantamos canciones religiosas para acompañar al muerto, esperando que la familia y los amigos se reúnan para el entierro. En el entierro no hay sacerdote para celebrar la misa. Los miembros de la comunidad de base acompañamos al difunto con las oraciones indicadas en el ritual de la Iglesia. Después del entierro hay un luto de siete días durante los cuales los vecinos se turnan para pasar la noche con la familia. El octavo día es el levantamiento del luto.

Todos estos acontecimientos que nos reúnen nos ayudan a conocernos y a tejer lazos de amistad, así nos sentimos cercanos unos de otros y compartimos todas las situaciones.

Las diferentes situaciones de nuestro pueblo orientan nuestra oración: intercesión en los momentos difíciles, alabanza por la amistad y por todo lo que es bello y bueno.

Percibimos que este pueblo es un don que hemos recibido de Dios, con él que vivimos nuestra vocación. Y percibimos también que nosotras somos un don para este pueblo. En definitiva, todos somos un don, los unos para los otros.

Queremos compartir con vosotros algunas reacciones de nuestros vecinos:

Durante el trabajo comunitario, un joven me dice que le da mucho ánimo trabajar con una hermanita, y que le admira ver una monja que participa en el arreglo de la carretera con la gente..

Una madre, a quien se había muerto un hijo de 22 años, contestó a su hermana que se extrañaba de vernos participar en el velatorio de su sobrino: “No es por nada que estas monjas han venido a vivir aquí. Son enviadas de Dios para sostenernos en momentos difíciles como éste”. Cuando me enteré, respondí que hemos venido a vivir con ellos y a compartir su vida siguiendo a Jesús de Nazaret. Sí, somos llamadas por Él, que nos envía donde quiere.

Alphonsine, Faïna, Irmga

 

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