Annie de Roma
Algunos
años más tarde la Hta. Magdeleine le escribe a este propósito:
“Tenemos
dos temperamentos completamente distintos, dos métodos (...) Creo que no
es culpa suya ni mía, es el Señor que lo quiere así. No hay que querer
parecerse, sería una catástrofe para uno y otro (...) El Señor nos ha
destinado juntos para una cosa muy grande.”
Lo
que les unió profundamente, más allá de estas diferencias, fue una
profunda comunión espiritual. En noviembre de 1944, al final de una
semana que pasaron juntos en El Abiodh, Hta. Magdeleine escribía al
Padre: “No había recibido nunca gracias tan grandes desde el inicio de la
fundación. Creo que fue el alma del Hermano Carlos que se reveló durante
este encuentro.” Un mes más tarde es el Padre quien escribe a la
Hta. Magdeleine: “Me
parece que, cada vez más, debemos estar profundamente unidos y que
nuestras dos fundaciones deben apoyarse una en la otra, vivir del mismo
espíritu”.
Hta.
Magdeleine, que sentía la necesidad de dar a las hermanitas una
espiritualidad alimentada en la fuente de la vida y del mensaje del
Hermano Carlos, estaba convencida de que el Padre tenía el carisma de
traducirla en un lenguaje actual y evangélico. Y por esto, a partir del año
1946 le confía la formación espiritual de las hermanitas durante las
“sesiones” que tendrán lugar, primero, en El Abiodh y, después, en
Roma.
En
1953, Hta. Magdeleine emprendió un largo viaje alrededor del mundo, para
sembrar fraternidades, e invitó al Padre a compartir con ella esa
aventura. Él mismo reconoce que “él
es quien es arrastrado, y la Hta. Magdeleine quien arrastra...”
Reconoce también que por sí sólo no hubiera pensado nunca en este
viaje, y sin embargo añade: “era la expresión
concreta y el ‘poner en práctica’, si puedo expresarme así, de la
universalidad concebida como una apertura a las distintas razas y a los
distintos pueblos.”
En
el curso de los años el afecto y la confianza se profundizan. Hta.
Magdeleine escribía al final de un día pasado con el Padre:
“Hemos
hablado sobre todo de nuestros proyectos de fundación. No hay ninguna
divergencia, excepto que nuestros dos cerebros no se parecen, y los
cerebros tienen una ‘famosa’ influencia sobre los métodos... Pero el
Padre tiene una bondad y una paciencia extraordinarias...Constatamos más
que nunca que entre nosotros hay una profunda unidad y que las discusiones
sirven para obligarme a precisar mi pensamiento... Encuentro en sus cartas
una fuente inagotable de textos que subrayan aún más esta unidad en lo
esencial de nuestra vocación.”
Algunos
meses antes de su muerte, Hta. Magdeleine, a pesar de estar ya muy débil,
proyectó un último viaje a la Unión Soviética. Y esta vez, es el Padre
quien la animó a avanzar:
“Nunca
has estado tanto en las manos del Señor como en este viaje. No es tentar
a Dios, puesto que Él te ha guiado y acompañado siempre en estos viajes
humanamente irrazonables. Cuanto más débil y físicamente incapaz eres,
más es únicamente la mano del Señor que dirige tu barca, no te pasará
nada más que lo que él quiera.”
Camino de abandono que él también ha vivido al final de su larga vida, en la debilidad y la dependencia, última preparación para el encuentro con el “Bienamado”, a quien los dos buscaron apasionadamente a lo largo de toda la vida.
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