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Anuncio de la semana: 22-29 de febrero de 2008Fotos de la semanaChile

FRATERNIDAD  SACERDOTAL  “IESUS-CARITAS”

SEMANA DE  NAZARET

 TESTIMONIOS DE LOS SEMINARISTAS PARTICIPANTES.

 

WALTER

La “Semana de Nazaret” ha sido una gran interpelación para mi vida; desde el primer día, revisando las huellas del Señor en nuestras historias personales, pasando por el testimonio de todos los sacerdotes con los que tuvimos la oportunidad de compartir, el pequeño trabajo en ayuda de los más necesitados, el fructífero día de oración, en medio de la aridez del desierto, el poder conocer las vidas de esfuerzo y amor de las Hermanitas de Jesús, hasta el camino de abandono y amor a Dios del Hermano Carlos de Foucauld. Todo esto me llevó a fijar los ojos en una sola persona, Jesús de Nazaret. El eco que siento luego de terminar esta semana, es la del Hijo de Dios, que creció en gracia y en estatura, contemplando la realidad de los más pobres, de los que más sufren en Nazaret, y entregando su vida entera por ellos.

Desde que entré al seminario, la búsqueda de la voluntad de Dios para mi vida se ha hecho más conciente, aunque no siempre he escuchado su voz con claridad. Siento que a lo largo de este verano, las distintas experiencias que he tenido, y sobre todo esta semana de acercamiento a la espiritualidad de Carlos de Foucauld, reflejo de Jesús Nazareno, me han hecho sentir que Dios me habla, y me pide ir construyendo mi itinerario vocacional, centrándome en una vida evangélica desde abajo y desde adentro, es decir construir un proyecto de vida que apunte a llevar a Dios a los pobres, a los que están abajo, a los que no aparecen a la luz pública, en un contacto personal con cada uno de ellos. Ciertamente debo trabajar mucho, crecer en muchos ámbitos, pero siento que la profundización  en la espiritualidad del Hermano Carlos, de entrega y trabajo por el más pobre, motivado por el profundo amor a Dios, y siguiendo los pasos de Jesús de Nazareth, será de gran ayuda para mi futuro ministerio Sacerdotal.

 

 RAÚL

Quisiera compartir la alegría que siento al haber vividor la Semana de Nazaret, junto a sacerdotes pertenecientes a la fraternidad Iesus Caritas.

Para mí, la fraternidad y la espiritualidad del hermano Carlos se me eran desconocidas, hasta que un sacerdote compartió  su pertenencia y luego el padre Mario Garfias me clarificara mayormente el carisma y el modo de vivirlo en la comunidad sacerdotal.  Pero lo que confirmó aquello que estaba descubriendo y me llevó en consecuencia a la participación de esta experiencia, fue la muerte del padre Luis Borremans, sacerdote de la fraternidad, que vivió esta espiritualidad con radicalidad, cimentada en Jesucristo como un evangelio encarnado.

Podría decir, que estos testimonios habían despertado en mí el anhelo de un ideal evangélico para mi vida.  Sin duda que la experiencia de esta Semana de Nazaret, fue animada por testigos; hombres y mujeres que buscan y desean asemejarse al Señor, viviendo por completo el abandono en la manos del Padre, la vida sencilla y con una actitud permanente de servicio frente a los hermanos.

El último día de encuentro me tocó profundamente el testimonio de una hermanita de Jesús, ella comenzó su compartir diciendo: “Para mí no es una experiencia sino que un estilo de vida”.  Sin duda que personalmente estaba siendo una experiencia, pero lo que el Señor me estaba invitando era a que esto se convirtiera en un estilo de vida, es decir; a seguir al Señor en el Absoluto de Dios, en una vida fraterna, especialmente con los hermanos más pobres y a una vida sencilla como en Nazaret.

Cada día al terminar la jornada se me venía un gozo profundo en el Señor y me brotaba un anhelo de que mi vida sacerdotal fuera de este modo, si Dios quiere.  Comenzar el día con Jesús en la adoración eucarística, y durante el día en una actitud orante, pero en acción, sirviendo con generosidad.

Dentro de la semana tuvimos el regalo de compartir con algunas familias de un sector cercano a la casa de retiro, pudimos pintar y hermosear sus casas.  Esto me llevó a descubrir la importancia de ser hermano, de ponerme junto con ellos. En la casa que me tocó pintar vivía una señora muda, ella no podía expresar verbalmente su agradecimiento, pero su rostro manifestaba el gozo que ella estaba sintiendo, sin duda que experimenté la importancia de servir, sin esperar ni siquiera el agradecimiento, ya que una vida entregada se expresa incluso en el trabajo silencioso y sencillo.

El sello de esta semana fue el día de desierto y en el desierto de Atacama, allí en ese lugar que se convirtió en  el monte santo de Dios me di cuenta que el Señor me iba llevando por aquí hace mucho tiempo y que esa experiencia del Horeb, de encontrarme con el fuego abrasador, con el Dios que permanentemente me dice, “yo soy, yo soy el que estoy contigo…he bajado hasta liberarlo…para subirlos a una tierra buena y espaciosa donde mana leche y miel”, sería la que me impulsaría a vivir consciente de la importancia de bajar y de servir a mis hermanos, sobre todos a los que están esclavizados (cf . Ex. 3, 1-12). 

           

JOSÉ MANUEL

“Es necesario pasar por el desierto y permanecer en él para recibir la gracia de Dios”

 (Hno. Carlos de Foucauld)

En estas últimas semana nuevamente he sido bendecido por Dios, a través de un Hermano sacerdote que me invitó a vivir un retiro espiritual a la luz  del testimonio del Hermano Carlos de Foucauld, en el norte de nuestro país. Llegada la fecha emprendí el viaje al norte, primero a Santiago y desde allí a Vallenar, hermosa ciudad de la tercera región y con un paisaje muy diferente al que se contempla en el sur.

Han pasado ya algunos días desde el encuentro en Vallenar y siento que la “Semana de Nazaret”, como le llamamos, ha sido una experiencia de enriquecimiento personal y sobre todo espiritual, en que hemos profundizado aún más en la vida de Jesús, este Dios que se ha hecho hombre y sobre todo hermano, que vivió en Nazaret compartiendo y siendo testigo de las alegrías y de las tristezas de su pueblo, y desde su realidad llevar a cabo la voluntad del Padre.

En lo personal siento que está semana ha sido un nuevo acontecimiento de Dios en mi vida, en que se ha manifestado a través de la oración, de la Eucaristía, en el compartir fraterno con mis hermanos seminaristas y con los sacerdotes que nos acompañaron, en las personas con quienes compartimos mientras pintábamos sus casas; queriendo dar un poquito de alegría a esas familias que sufren por la pobreza, sin esperar nada a cambio. Y como olvidar el día de desierto, encuentro personal con Cristo que quiere hablar al corazón.

Como decía anteriormente siento que este acontecimiento del paso de Dios, a la luz del hermano Carlos, me ha ayudado a profundizar aún más que desde nuestra propia realidad, como personas y como hijos de Dios, estamos invitados a ser discípulos de Jesús y servidores de nuestros hermanos, siendo “hermanos de todos”, desde lo que somos, porque “nos ha llamado por nuestros nombres” (Is. 43,1), poniendo a disposición nuestros dones y carismas, haciendo lo que nos gustaría que nos hicieran a nosotros (Mt 7,12).

De lo vivido en la semana de Nazaret, he seguido meditando el cómo vivir el “Nazaret” hoy, desde lo cotidiano, desde la pastoral que me toca desempeñar, desde la vida misma, trabajando en vivir de forma radical el Evangelio y siendo fiel a la llamada que Cristo me hace “ser discípulo y misionero en el mundo de hoy”.

Quiero que está semana más allá de haber sido una experiencia de retiro, sea verdaderamente un acontecimiento, un encuentro personal con el Cristo hermano, que habla en lo profundo del corazón; un acontecimiento de vivir la vida desde una llamada y una respuesta de seguimiento, abandono y disponibilidad total, confiando en que Él hará el resto (Mt 4,19- 20).

El hermano Carlos se sintió llamado a abandonarse en Dios y buscarlo bajo los rasgos de Jesús de Nazaret; como discípulo de Jesús, me siento llamado a abandonarme en Dios, a vivir siendo hermano entre hermanos, desde lo que soy, poniendo mis dones al servicio del otro, trabajando en ser -aunque sea pequeño- un reflejo del amor y la misericordia del Padre Eterno; siendo discípulo y misionero, portador de buenas noticias “Con la alegría de la fe, somos misioneros (dirá el documento de Aparecida) para proclamar el Evangelio de Jesucristo y, en Él, la buena nueva de la dignidad humana, de la vida, de la familia, del trabajo, de la ciencia y de la solidaridad con la creación” (AP. 103)

Pido humildemente a Jesús de Nazaret que me ayude a ser “pan que se parte para los demás”, como El lo hace; para vivir el amor y hacer de este mundo un “Nazaret”, lugar en donde él comience a reinar.

Agradezco de corazón a todas aquellas personas que anónimamente hicieron su aporte (espiritual y monetario) para que pudiéramos vivir está hermosa “Semana de Nazaret”, acontecimiento del paso de Dios por nuestras vidas a la luz de nuestro hermano Carlos, hombre sencillo que buscó seguir e imitar a Jesús de Nazaret; junto a esto elevo mis oraciones al Padre Bueno para que les bendiga y retribuya por tan hermoso regalo que nos han hecho.

 

MARCELO

Pensando en todo lo que ha pasado en esta Semana, puedo decir que es una experiencia hermosa: en primer lugar conocí al Hno. Carlos, gracias a los sacerdotes que nos acompañaron. También conocí a Jesús en Nazaret con sus habitantes y su sociedad en general, cómo ahí El fue creciendo y se fue fortaleciendo.

Yo siento que en esta Semana he crecido espiritualmente y he fortalecido mi fe.

Agradezco por haberme invitado a este “retiro en el desierto”. Mi corazón se va más fuerte en amor y caridad. Cada vez pisando más fuerte este camino.

 

FRANCISCO

Conocer la vida del hermano Carlos ha sido para mí una gran bendición. Creo que ése es el primer motivo de acción de gracias que debo elevar, porque es un testimonio cercano de radicalidad evangélica, en su sentido más profundo, que es la cruz, es decir no rechazó ningún aspecto de la vida de Jesús. 

Quise comenzar de este modo porque con el paso de los días he ido articulando la experiencia que viví durante la jornada de espiritualidad en Vallenar. Son muchos los aspectos particulares que me impactaron y trataré de mencionarlos en su mayoría.

La centralidad de la persona de Jesús, sin filtros. Creo que el hermano Carlos nunca pretendió mostrar un camino nuevo, sino que muestra radicalmente puro el Evangelio, hasta sus últimas consecuencias. Se me hizo especialmente iluminador la experiencia de la adoración diaria, como lugar privilegiado para la contemplación del Señor, desde la sencillez y la precariedad de palabras e incluso de sentimientos, donde lo central es la presencia cercana del mismo Jesús, sin mayores pretensiones sino que, invitando a dejar que sea el Señor el que vaya actuando, ésa es la primera experiencia de pobreza radical que valoro como un aporte a mi vida concreta. Donde la vida puede ser valorada en su llamado original de estar en la presencia de Dios. 

La simpleza de medios y de pretensiones, creo muy acordes al camino que el hermano Carlos invita a recorrer. Porque en todo el sentido de las cosas fue experiencia de sencillez, la forma de oración, la exposición de la vida del hermano Carlos, las instancias de fraternidad, todo marcado y conducido por la gratuidad, sin ambiciones impositivas o marcantes, es decir una experiencia que experimenté como apertura nueva al Evangelio.

Me llamó especialmente la atención, lo que nos dijeron al comenzar la jornada, que era ante todo una “experiencia”. Hoy lo comprendo mejor, porque al mirar con la distancia de unas pocas semanas me parece como si lo que nos decían en las charlas, se viviera, primero reflejado de modo sencillo y sincero en la vida de los sacerdotes que nos acompañaban, y a la vez en la dimensión diaria de lo que fuimos  viviendo. Esta experiencia además al verla reflejada en la vida de las hermanitas, fue un impulso renovador y entusiasmante.

Ha sido un gracia, también, la experiencia de fraternidad, donde el vínculo fundamental es el anhelo de vivir el Evangelio, de ser fieles, como Sacerdotes al llamado de Jesús, en medio del mundo, sirviendo a la Iglesia en toda su realidad de gracia y de pecado (como en la propia vida.)

Me alegró al poder experimentar nuevamente el llamado de Jesús a la vida evangélica, reflejada en el testimonio del hermano Carlos, llamado que  por el tiempo o mi pobreza olvido o con mayor seguridad ignoro, frente a posiciones más cómodas o no comprometidas existencialmente con el llamado al Evangelio de Jesús. Me alegra el experimentarlo como invitación constante, llamado cuestionante de mi forma de vida, que me hace experimentar un horizonte en el cual no se aprecia un final definido, ni menos un camino determinado externamente, sino siempre dinámico y renovante, todo esto haciéndome un fuerte llamado a contemplar y a asumir mi pobreza, un llamado a ponerme en las manos del Padre, con Jesús y a su modo, como el hermano Carlos.

La vida del hermano Carlos, debe ser difundida especialmente, entre nosotros que hemos experimentado el llamado de Jesús al ministerio, debe ser conocido entre quienes son sacerdotes, debe ser conocido por toda la Iglesia, creo que no es un juicio apresurado situarlo a la altura de los grandes reformadores, y si bien el camino ha de ser siempre la sencillez, con la primera comunidad cristiana “no podemos callar lo que hemos visto y oído”, más allá de la pertenencia a la fraternidad o no porque es un llamado renovador a la vida de Jesús, a Jesús. 

 

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