Hoja Informativa - Nº 212

AGRESIVIDAD Y CONFLICTO.

¿Nos construyen o nos destruyen?

 

I. Punto de partida.

Las emociones naturales surgen en el interior de cada persona, a partir de estímulos determinados, dependiendo de las interpretaciones que cada uno de nosotros damos a las diferentes situaciones que se nos presentan.

Ejemplo: Si yo tengo una experiencia previa de que un perro me ha mordido, pienso que “los perros son peligrosos”, por eso, cuando aparece un perro, yo siento miedo. Sin embargo, si yo tengo una experiencia previa de haber convivido mucho con un perro y he sentido mucha compañía con él, pienso que los perros son agradables, “amigos del ser humano”, y cuando aparece un perro siento gusto y deseo de acercarme a él.

Los diferentes estudios sobre las emociones nos muestran que hay una serie de emociones básicas naturales: miedo, agresividad, amor, alegría, dolor; y otras múltiples que son fabricación nuestra: culpa, vergüenza, rabia, autocompasión, desaliento, lástima, etc.

El control de las emociones está en el cerebro, pero hay que tener en cuenta que sentir una determinada emoción es anterior a cualquier manifestación de nuestra inteligencia y voluntad.

Las emociones se educan. Pero ante todo hay que conocerlas, acogerlas y distinguirlas. Por eso ante las emociones hay tres posturas previas que vamos a considerar:

a) Sentirlas: Esto es conocer que las tenemos y saber cómo surgen en nosotros.

b) Suprimirlas: Esto es, tomar conciencia de la emoción, pero no dejo que se manifieste. Para ello hacemos un ejercicio de control.

c) Reprimirlas: Cuando se ha practicado mucho la supresión de emociones llego a tenerlas, pero no me doy cuenta de que las tengo.

Cuando hemos practicado mucho el suprimir emociones, el resultado es que tarde o temprano afloran, pero disfrazadas de otra serie de síntomas que se dan en nosotros, como por ejemplo, en forma de escrúpulos, depresión, palidez, inseguridad, vergüenza, etc.

En este momento vamos a hablar de la agresividad.

 

II. Concepto de agresividad

La agresividad, antes que una emoción, es un impulso sin el cual no se puede vivir. Es junto con la sexualidad uno de los impulsos más básicos, a modo de “piernas” en el ser humano que nos energetizan para vivir.

El soporte desde donde poder crecer y lograr autonomía.

 

III. Funciones

La función básica de la agresividad es doble: Defendernos de todas las agresiones o miedos y Potenciarnos para crecer.

Por la agresividad tendemos al alejamiento de los otros, a poner distancia, a saber acoger los límites propios de la naturaleza humana. Nos permite vivir sin quedar “pegados”, ni andar “pegándonos” con los otros.

Por el uso y maduración positiva de estas funciones logramos:

1. La Defensiva: Sobreponernos a las frustraciones y dificultades con coraje y energía, sin destruirnos, aniquilarnos, ni sucumbir.

2. La Potenciadora: afirmarnos, dar nuestra opinión, expresar lo que sentimos y pensamos. Decidir, arriesgar con creatividad ante todo lo nuevo, comprometernos. Priorizar motivaciones de valor en actuaciones de nuestra vida.

La agresividad es, pues, indispensable para un crecimiento sano, humano y humanizador.

Gracias a esta materia prima nos “diferenciamos de los otros”, soportamos las pérdidas, las ausencias, los duelos, la muerte y separación de los seres queridos.

Gracias a la agresividad solucionamos los conflictos y podemos vivir el entusiasmo, el cariño, la autoconfianza, el calor, la valoración de los otros aun con diferencias.

La maduración y manejo de la agresividad depende mucho de la personalidad toda y de la historia personal. La educación ha influido mucho en ello. Quienes reprimen mucho la agresividad no logran su último fruto, que es “El arte de perdonar”, al igual que el máximo fruto de la sexualidad es “el arte de amar”.

Ambas artes, practicadas conjuntamente, nos dan la medida de la madurez humana y espiritual.

 

IV. Soportes Evangélicos de la Agresividad y el Conflicto.

Hay dos citas evangélicas que a mí me gustan mucho para explicar la agresividad:

A. La primera cita es Lc 9, 51-56. Y contiene todos los elementos que pueden expresar la agresividad:

“Jesús se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén... entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo, sus discípulos Santiago y Juan (los hijos del trueno) dijeron: Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?. Pero Jesús, volviéndose, les regañó. Y se marcharon a otra aldea”.

1. Por parte de Jesús hay una voluntad clara de comprometerse en una misión: “Se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén”. Esto es la expresión de una agresividad madura y bien orientada: decisión de llevar adelante una misión sean cuales sean las dificultades.

2. “Los samaritanos se negaron a recibirlo”. (Sabemos que los samaritanos se oponían a los judíos) y Lucas presenta a Jesús dirigiéndose al pueblo de Samaría (como expresión del carácter universal de la salvación). Jesús, por el coraje que tiene, no se frena ante las diferencias, aún a riesgo de que digan no. No da un rodeo, como hacían la mayoría de los peregrinos, porque actúa con el principio de “por la paz un avemaría”, sino que afronta ir a Samaría, tender un lazo, salir al encuentro.

1.1 Aquí hay, pues, otra muestra de lo que nos permite la agresividad: arriesgar con los otros más acá o más allá de la aceptación o rechazo, del éxito o fracaso de lo que nos proponemos, tender lazos, crear puentes.

1.2 Sin embargo, los samaritanos se negaron a recibirlo. Esto es también una expresión de agresividad: No admitir las diferencias. ¡Estamos tan maleducados/as para la tolerancia y el pluralismo en la Iglesia de Dios!. Estos “cismas”, como el que aparece en esta cita, son muy frecuentes en nuestra iglesia y en nuestras comunidades.

3. Los discípulos Santiago y Juan, ante la negativa del pueblo, quieren usar de un prodigio “aparatoso” al estilo omnipotente del Jesús que ellos habían percibido en los milagros, para darles un escarmiento. ¡Que se enteren de que esto no se hace!. ¡Que se enteren de lo que somos nosotros capaces!

3.1 Aquí hay una manifestación de agresividad incontrolada, asociada a la fuerza física, expresión, a veces, del uso del poder de forma irracional. Se quiere usar como castigo y escarmiento contra aquellos que no han hecho lo que a ellos les parecía bueno. En el fondo hay aquí una actualización de la vieja norma de “ojo por ojo y diente por diente” (algunos antiguos copistas no pudieron resistir la tentación de glosar este texto añadiendo: “como lo hizo Elías”)

3.2 En este verso aparece la reacción espontánea agresiva que a nosotros/as nos sale casi siempre en la vida cotidiana cuando no conseguimos lo que nos proponemos, cuando nos encontramos con diferencias, frustraciones, fracaso de nuestras expectativas y deseos, cuando no nos dan la razón, cuando las actuaciones de los otros/as, compañeras/os de comunidad nos hacen sentir malestar, inseguridad, miedo...

“El deseo de usar la fuerza física o de la palabra, o del control del silencio para “arrasar” al contrincante con fuego del cielo”.

4. “Pero Jesús volviéndose, les regañó”. La reprimenda implica desaprobación. Jesús pretende corregir la estrechez de miras de sus discípulos, que no acaban de entender el significado de su misión.

Por eso rechaza que se le compare con Elías y rechaza igualmente cualquier clase de connivencia con una reacción tan abrupta y desafortunada ante el comportamiento humano, por hostil que pueda ser. Jesús nos da una lección de lo que es la “no violencia”, el “pacifismo cristiano” -como valor- y lo hace con toda la energía, con asertividad, usando su agresividad.

Aquí la agresividad se usa como capacidad de Jesús de no pactar con el mal, decir enérgicamente –también- pero no dejándose llevar por la ira: “así no se puede vivir”, “hay que aceptar perder”; no se trata de ser violento, sino comprometido y firme. No podemos repetir el viejo refrán. ¡Qué lección tan importante para muchas ocasiones de la vida comunitaria y de la misión!.

5. “Y se fueron a otro pueblo”. Aquí aparece la elegancia del que sabe perder, del que no se siente humillado, ni se deja llevar por el miedo, ni por el amor propio, ni hipoteca su libertad ante las presiones ambientales. Todo esto sólo es posible con una buena dosis de agresividad madura. ¡La dignidad de vivir sin pasar factura!.

Aparece la expresión digna de quien acepta las consecuencias de haberse definido, de haberse posicionado, que es el grado último de vivencia de la agresividad, del abordaje del conflicto en grado positivo.

B. La segunda cita: Lc 23,34, contiene el fruto más maduro de la expresión de una agresividad positiva: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.

• Jesús asume hasta el final la voluntad del Padre: la muerte, expresión del colmo de la obediencia activa, dar la vida porque quiere y así lo decide, no porque nadie se la quite.

• Jesús, en el máximo momento del sufrimiento, entiende que los que están ofendiéndole, crucificándole, no lo hacen con plena conciencia, sino porque hay una fuerza interior en ellos que los obliga a actuar así, por eso los perdona. Porque acoge, perdona, “no se siente ofendido por ellos”.

El arte de perdonar es llegar a entender que los otros actúan desde la inconsciencia o desde el pecado, pero eso no nos justifica a los que tenemos otros valores para sentirnos ofendidos y devolver la misma moneda. Se trata de acoger al otro y no pactar nunca con el pecado.

Como veis, estos dos textos evangélicos pueden ser –por sí solos- nuestra lección para asimilar todo lo positivo y lo negativo que nos permite la energía agresiva.

 

V . Manifestaciones de la agresividad

Ordenar las formas de manifestarse la agresividad nos lleva a considerar cuatro posibilidades:

5.1. Como impulso incontrolado

Es el “que baje fuego del cielo”, el estallido de la olla, la “explosión de la mosquita muerta”. Se da cuando ha habido mucha retención, o cuando ha habido un agravio por parte del otro que se considera “imperdonable” por ofensivo. A veces estos estallidos son muy inoportunos, porque casi siempre hacen daño al que los hace y al que los recibe. Hay que evitarlos, en la medida de lo posible, con un control adecuado de la agresividad.

5.2. Como reacción a la frustración

La frustración es no lograr lo que uno espera. A lo largo de la vida vamos acumulando muchas frustraciones, cada vez que no nos salimos con la nuestra, cada vez que nuestras ilusiones y deseos expresados u ocultos no se cumplen.

La reacción agresiva se expresa con la queja continua, con el reproche, con el victimismo. Se da en actitudes donde continuamente nos quejamos de que “nos lo deben y no nos lo pagan”, cuando pasamos el tiempo con “facturas pendientes”.

A veces la reacción agresiva se expresa con un silencio controlador hacia los otros, negando la palabra, la mirada, como para que el otro se dé cuenta de que no nos ha gustado lo que hizo.

Esta forma de agresividad enrarece mucho los ambientes, crea tensiones, control y desconfianza y en el fondo expresa una falta de madurez para acoger las diferencias, para ser tolerante y vivir desde el pluralismo.

Cuando esta dinámica de agresividad se cronifica, se crean ambientes y personas muy susceptibles que se “molestan por todo”, “ven donde no hay y no ven donde hay”; en nuestras fraternidades tenemos que hacer una “cura ecológica de los ambientes”.

5.3. Como energía que nos permite afirmarnos, definirnos, expresar la opinión, tomar la iniciativa, actuar.

Esta forma de expresión de la agresividad es muy positiva. Se trata de la capacidad de autonomía, de potencia y valía personal. Con la agresividad podemos llevar a cabo una comunicación clara con los otros, una expresión asertiva (afirmación de sí) de lo que sentimos y pensamos.

Nos permite asumir diferencias, intercambiar opiniones, puntos de vista, sentimientos. Nos da fuerza para abrirnos al cuestionamiento de los otros. Nos ayuda a percibir a los otros como diferentes y enriquecernos con la pluralidad.

La energía agresiva vivida positivamente nos ayuda a saber ceder y a sacrificarnos de nuestros intereses, porque sabemos valorar el bien común que se impone por encima de nuestras individualidades.

Con ella podemos al mismo tiempo reconocer nuestras limitaciones y superar la tentación de omnipotencia e impotencia para sentirnos potentes y limitados.

La agresividad nos da espíritu de superación, fuerza de voluntad, capacidad de sacrificio, responsabilidad ante la propia vida y ante la de los otros.

5.4. Como fuerza del Espíritu que nos llama a la revolución de lo nuevo, al compromiso, a la creatividad, al perdón y a la energía de la vida por la Causa del Reino.

La agresividad, en su grado máximo, nos libra de los miedos y nos hace arriesgar sin permanecer “con las puertas de nuestra vida cerradas por miedo a los judíos”.

Por eso la expresión más positiva de la agresividad es la configuración de todas nuestras energías en unos valores que son los valores del Reino.

La Obediencia Activa la asociamos con la agresividad, porque es la capacidad de entregar la vida, libre y conscientemente, a una causa concreta: la Causa de Jesús.

 

VI. Tipología según la orientación y maduración de la agresividad.

La agresividad se “moldea” según el tipo de educación al que hemos sido sometidos. Pero en la medida en que somos conscientes de cómo la vivimos, podemos modificarlo.

La experiencia me enseña que hay tres tipos de personas según su madurez agresiva:

6.1. Las dependientes y sumisas

Son aquellas que tienen mucho miedo al “no”, a la decisión y al riesgo. Que no saben vivir sin la aprobación de los otros. Que tienden a vivir “pegados” con otros, siempre buscan la uniformidad y temen mucho las diferencias.

En la vida cotidiana muchas veces dicen sí (cuando realmente les gustaría decir “no”), “me da igual” o “no sé”. La realidad es que casi nada nos da igual, siempre tenemos más inclinación a una cosa que a otra, pero se teme lo que pueda pasar si se dice lo contrario. Son personas que viven bajo la presión del grupo.

En el fondo hay mucho miedo al conflicto, a las diferencias, y, a veces, se decide actuar utilizando el dicho “por la paz , un avemaría”.

En la vida cristiana se nos ha orientado mucho en esta dirección. Posteriormente hemos tenido que “reciclarnos” a base de aprender a decir “no”.

El tipo de obediencia que se vive desde esta situación es más pasiva que activa, es una obediencia de “sumisión”, la fuerza mayor se pone en “agradar”, por eso se hace difícil el discernimiento.

6.2. Las reactivas y opositoras.

Son personas que viven la dependencia en “cliché”, es como el negativo de una fotografía. En el fondo tampoco hay autonomía, sino “miedo a los otros”, y desde el miedo a ser aplastadas, no tenidas en cuenta, manipuladas, viven una actitud reactiva. “La oposición por principio”, el llevar la contraria a la autoridad es la actitud permanente. En el fondo existen recelos y celos, resentimientos y luchas, y se hace difícil el diálogo y el razonamiento.

Este tipo de personas confunden la autonomía con la independencia, y les cuesta mucho la convivencia con otros, porque no admiten el espíritu de sacrificio, y la buena dosis de tolerancia que exige la fraternidad.

Muchas veces debajo de estas actitudes hay un resentimiento intenso, y una acumulación de frustraciones no asimiladas; a veces se toma esta postura después de un tiempo de pasividad.

Cuando se vive esta actitud se apela con frecuencia a lo importante de decir las “verdades”, y de opinar espontáneamente, sin tener en cuenta que la espontaneidad instintiva nada tiene que ver con una agresividad madura, sino con una descarga impulsiva que hace más daño que bien.

Con esta actitud la obediencia se vive como un yugo que aplasta. Y se tiende al control de toda actitud que exija contar con los otros, tener en cuenta a otros.

6.3. Autónomas e independientes.

Son las personas que acogen su agresividad y la de los otros. Que saben decir sí y decir no. Que saben discernir la impulsividad del control. La diferencia y la complementación.

Las personas autónomas son las que han madurado positivamente la agresividad y saben posicionarse controlando sus impulsos irracionales, acogiendo que a veces puedan tener “prontos y enfadarse” pero pueden rectificar y pedir perdón. Tienen valores que les permiten reorientar sus energías en pro de la causa que motiva su vida, y al mismo tiempo saben acoger las reglas de juego de una vida en común.

La autonomía ayuda a centrar la vida y a comprometerla toda, por eso, desde ahí, se puede descubrir el valor de la obediencia activa y el abordaje de los conflictos y del dolor como compañeros de la vida cotidiana.

La autonomía sabe que la vida común exige interdependencia y que ésta supone espíritu de sacrificio, benevolencia con los otros, corrección fraterna y paciente discernimiento a la luz de Dios.

 

VII. Pistas para elaborar positivamente la agresividad.

Por la agresividad todos podemos hacer daño a otros y sentirnos dañados por otros. En la vida cotidiana, por muy maduros que estemos, acusamos mil veces la agresividad y nos quedamos “afectados” por ella.

Cuando la agresividad es intensa, para que no “se enquiste”, hace falta una sana elaboración. Este proceso exige los siguientes pasos:

7.1. Sentirla

Es decir, darnos cuenta de que estamos dañados. Que algo de los otros no nos ha gustado, que hubiéramos deseado fuera de otra manera. Si no tomo conciencia de ello es cuando se generan los resentimientos.

7.2. No descargarla contra la persona que hemos herido.

Si hay mucha carga de agresividad no es recomendable, porque podemos hacer daño y quedarnos mal de hacer daño a los otros. Hay que  hacer un esfuerzo de contención (no de fingimiento) que permita “enfriar” lo vivido, separar los sentimientos de las ideas, y abordarlo adecuadamente en el momento oportuno.

Se puede descargar a solas, o con otra persona que ayude a contener la propia ansiedad, siempre que este desahogo no se convierta en una alianza de dos contra un tercero, pues entonces estamos en la murmuración, y eso tampoco es positivo.

7.3. Expresarla.

Si se trata de enfadarse “adecuadamente”, es decir, expresar que no gustó lo que el otro hizo, que no esperaba eso de dicha persona, todo ello sin culpas, ni reproches, desde la responsabilidad personal, desde los propios límites, puede ser muy adecuado.

Expresar entonces es muy sano y liberador. Expresar culpas, reproches y actitudes castigadoras de control es muy dañino para las personas interesadas y para la convivencia grupal.

7.4. Informar, aclarar.

Cuando ha ocurrido algún incidente que nos ha puesto agresivos, una vez pasado y cuando ya se está tranquila/o, puede ser muy positivo y liberador tratar de hablarlo. Se trata de aclarar lo vivido mediante el diálogo acogedor, el intercambio de percepciones y la comunicación de expectativas abortadas.

Esta actitud, además de generar mucha cercanía entre las personas, es signo de madurez y libertad. Crea mucha unión y certeza de que nos podemos fiar unos de otros.

7.5. Dar cauce a la agresividad

Se trata de desarrollarla positivamente, aprender habilidades de afirmación, de expresión, de creatividad y riesgo. Cuanto más positivamente esté desarrollada la agresividad, mucho mejor para evitar bloqueos. Cultivar la motivación/valor fundamental.

 

VIII. Claves “maestras” para abordar positivamente los conflictos.

8.1. Contar de antemano con que van a darse dificultades y conflictos. Contar con que las diferentes maneras de ser y de pensar suponen esfuerzo en la convivencia.

8.2. Cuando aparecen los conflictos, VERBALIZARLOS, y tratar de RESITUARLOS a base de información, es decir, COMPRENDER “lógicamente” por qué se dan y qué se pretende al actuar así. REESTRUCTURAR significados.

8.3. Introducir todos los CAMBIOS FACILITADORES en la organización, normas y funcionamiento de las fraternidades, a fin de disolver conflictos innecesarios, y activar la evolución y salud de los hermanos/as y de las distintas fraternidades para que se habitúen a encarar los grandes conflictos de la vida y el Reino.

8.4. REAJUSTE CONTINUO DE EXPECTATIVAS Y METAS sobre lo que podemos esperar y proponernos, tanto a nivel personal como comunitario. Todo ello, según el ritmo, evolución y nivel. Un pie en la utopía, otro en la realidad.

8.5. Entrenarnos y practicar de forma asidua el INTERCAMBIO DE SENTIMIENTOS, IDEAS, PERCEPCIONES, VALORES, a fin de habituarnos a hacer diálogo, consenso, lectura creyente de la vida, cultivar la interdependencia comunitaria.

8.6. Practicar en nuestras reuniones comunitarias la TOMA DE DECISIONES CONSENSUADA, la PARTICIPACIÓN, el ABORDAJE DE CONFLICTOS, el ANÁLISIS DE REALIDAD, como nuevas formas de hacer y situarse en el medio.

8.7. Entrenarnos de forma personal y comunitaria en el ABORDAJE SITUACIONAL DE LOS CONFLICTOS, a base de reducir culpas individuales, y preguntarnos conjuntamente, de manera empática, solidaria y fraterna:

- ¿Qué pasa? (Descripción de situaciones conflictivas)

- ¿Cómo pasa? (Descripción de las fuerzas e intereses que están en juego en cada situación)

- ¿Qué podemos hacer? (Búsqueda conjunta de medios operativos).

 

8.8. ASUMIR LA PARTE DE RESPONSABILIDAD personal e ineludible, y utilizar métodos de auto evaluación acompañada para verificar el compromiso.

 

Lc 9,51-56: PARA ILUMINAR EL CONFLICTO Y LA AGRESIVIDAD

 

Afirmación efectiva como fruto de una motivación Secundaria.

- Firme y decidido a...

- Consciente de las dificultades.

- Con una motivación clara

- Arriesgando efectivamente más allá de las consecuencias de aceptación o rechazo.

- Después de haberlo discernido.

Reacciones negativas de los discípulos:

- Uso de la fuerza irracional

- Uso del poder para destruir

- Uso del poder como medio de control de los otros.

Reacciones negativas de los samaritanos:

- Rechazo del gesto.

- Negación a admitir diferencias.

- Agresividad limitativa y castrante

Asumir las consecuencias:

- No pactar con la violencia

- Aceptación de la frustración

- Valoración más allá de la dificultad.

 

VIVIR EN LA SOCIEDAD.

- Seguir en una sociedad egoísta, dando testimonio de amor y entrega, compartiendo nuestros bienes con los más necesitados, sin ser acaparadores ni ambiciosos, poniendo lo nuestro al servicio de los demás, demostrando que no somos felices por lo que tenemos sino por lo que somos.

- Seguir en medio de una sociedad violenta, dando testimonio de que la venganza no arregla nada, de que la violencia no resuelve los problemas, de que no se es más persona por ser más “fuerte” (en todo caso se es más bruto), de que los hombres somos hermanos y no lobos los unos para los otros.

- Seguir en medio de una sociedad individualista, dando testimonio de que el interés y la preocupación por los demás no es signo de blandura o debilidad de carácter sino la única forma de ir construyendo un mundo más humano, más justo y más feliz.

- Seguir en medio de una sociedad que sólo se fija en la estética más externa de las personas y las cosas, dando testimonio de que una cara arrugada por el peso de los años y el trabajo duro es tan hermosa como la de los jóvenes de quince años, porque mucho más importante que la belleza del rostro es la belleza del corazón.

- Seguir en medio de una sociedad que ve el esfuerzo y el sacrificio como una de las mayores desgracias, dando testimonio de que el Reino de Dios (que no es otra cosa que la felicidad de las personas)sólo lo consiguen los que se esfuerzan, y que el sacrificio por los demás es uno de los frutos más evidentes de quien ama, dando testimonio de que el esfuerzo y el sacrificio bien entendidos y vividos no sólo no son una desgracia sino que nos hacen crecer a las personas como tales personas.

- Seguir en medio de una sociedad que busca el placer inmediato y fácil por encima de todo, dando testimonio de que la felicidad es otra cosa y que muchas veces se alcanza por caminos totalmente opuestos a los que llevan el mero placer inmediato y efímero.

- Seguir en medio de una sociedad que pasa de Dios, dando testimonio de que Él es nuestro Padre, que nos quiere, que es el único que puede dar sentido pleno a nuestras vidas, el único que nos abre las puertas del futuro, el único que nos da verdadera esperanza.

- Seguir en medio de una sociedad que ha puesto su fe en la ciencia y en la técnica, de la que espera la solución a todos los problemas, dando testimonio de que la ciencia y la técnica son buenas al servicio de las personas, pero no son nuestro dios, ni tienen la respuesta última y definitiva a nuestra pregunta sobre el sentido de la vida.

- Seguir en medio de nuestra sociedad tan atenazada por tantos y tantos problemas, dando testimonio de que no son fáciles las soluciones, pero si trabajamos juntos, con sentido de humanidad, y no pensando sólo en uno mismo, conseguiremos dar respuesta a estos problemas.

- Seguir en medio de nuestra sociedad dividida por nacionalismos baratos y mal entendidos, por xenofobias y racismos, dando testimonio de que los hombres de buena voluntad no conocen de fronteras ni divisiones, pues sabemos que todos somos hermanos, hijos de un mismo Padre.

 

CONFLICTOS EN LAS COMUNIDADES.

¿CÓMO ENFRENTARLOS?

 

El señor nos ha reunido para construir entre todos, más allá de nuestras limitaciones personales y de grupo, una vida más compartida en la fe, en la oración, en el compromiso (todo esto concretizado en un proyecto comunitario)...

Y esto a pesar de las dificultades y conflictividad con que nos tropezamos en la vida diaria.

Estos conflictos se originan, yendo al fondo del problema, porque no es fácil conciliar en una fraternidad la unión de todos, por un lado, y la diferenciación de cada uno, por otro.

¿Cómo ser uno mismo sin ser individualista?

¿Cómo vivir en fraternidad sin perderse en un comunitarismo gregario y despersonalizador?

Los conflictos internos son una señal de que vivimos en un proyecto común personas diversas en formación, madurez, experiencia, cultura... de que queremos vivir en sinceridad y en verdad, de que nos interesan los otros.

El problema, sin embargo, no es no tener conflictos, sino cómo los afrontamos. Aquí es donde se mide el espíritu evangélico.

 

ALGUNAS SUGERENCIAS:

1º.- No se solucionan los conflictos con posturas irreformables, tomadas frente al otro o los otros. Atrincherarse en lo suyo, llevar siempre el agua a su molino, formar banderías es señal de autosuficiencia, de ganas de imponer y temor de ser vencidos...

Debemos desterrar de nuestras comunidades todo lo que es orgullo, prepotencia, difamación, competitividad, malhumor, indirectas, rumores...

2ª.- Tampoco se enfrenta un conflicto positivamente cortando la comunicación afectiva. No sólo no se soluciona el conflicto con estos costos de silencio, aplicando “la ley del hielo”, como suele decirse.

Es exactamente al revés: se agrava. Más aún, la fraternidad se deteriora y muere. Sin amistad entre los miembros –amistad significa cercanía, cordialidad, comunicación, cariño- es imposible que la fraternidad exista. Es verdad que no hay enfrentamiento campal, ni agresividad, pero es la paz de los muertos, porque no hay calor humano.

3ª.- Pretender encarar el conflicto con talante batallador (discusiones tercas y porfiadas, con ironías malévolas, gestos duros y agresivos, malos modos, portazos...) es equivocar el camino. 

La gente necesita ver que los que viven en fraternidad se quieren, se comprenden, se ayudan, se perdonan.

4ª.- Resulta también cómodo y fácil acusar injustamente al otro de las tensiones y conflictos que la comunidad vive. La acusación o el ataque es la defensa del débil. Cargar a otro con las culpas de los demás es convertirlo en chivo expiatorio, pero no es solucionar ningún conflicto y sí es una cobardía, una injusticia y una manifiesta falta de humildad.

En cambio, es un buen camino no cuidar tanto mi auto imagen y cuidar más la de los otros. No podemos salvarnos a nosotros mismos, hundiendo a los que están a nuestro alrededor.

5ª.- Los conflictos hay que enfrentarlos como se afrontan y resuelven los problemas entre hermanos: en el respeto, la comprensión, la humildad, el diálogo, en un ambiente de cariño, de confianza, de sinceridad, donde podamos expresar lo que pensamos, lo que sentimos y proyectamos. Dialogar no es imponer, sino exponer con sencillez de corazón; no es manipular, sino buscar. El hacerse vulnerable a la verdad del otro para enriquecer lo propio es el medio más eficaz para construir la fraternidad.

6ª.- Es necesario aceptar un sano y legítimo pluralismo, liberándonos de los falsos aspectos de una “unidad” que nos paraliza. La “unidad” que cubre, ocultando, disimulos y tensiones. Es la “Unidad” que crea la caridad de Cristo al hacernos superar las diferencias y barreras que existen entre nosotros.

No se trata, por otro lado, de vivir una fraternidad ideal y, por lo tanto, ficticia, sino de una vida en común, fundada en la caridad, la fe, el perdón, la aceptación de cada uno como es: con sus cualidades y flaquezas, reconociendo lúcidamente las legítimas diferencias y no tratando de disimularlas o suprimirlas, sino de asumirlas en una unidad superior que será un signo eficaz y liberador de que el amor del Señor es más grande que nuestros rechazos y flaquezas.

7ª.- Es sano y decisivo que no dramaticemos ni distorsionemos la comunicación, ni que filtremos lo que escuchamos según de dónde venga. Lo importante es que podamos encontrarnos en la verdad y que podamos expresar lo que pensamos y sentimos directa, personal, adecuada y positivamente.

8ª.- Parte de los conflictos vienen porque no nos sentimos implicados en las decisiones de la fraternidad, porque se elaboran sin contar con nosotros, por lo menos suficientemente. Por eso, discernir juntos en responsabilidad y libertad será un buen criterio para solucionar los conflictos. Y no sólo discernir, sino también realizar esas opciones con gran espíritu de solidaridad, sin competencias y envidias, porque la misión de cada uno es misión de todos, ya que es misión de la comunidad.

9ª.- No llegaremos a la solución definitiva de nuestros conflictos con medios puramente técnicos. No fue así como afrontó el creyente Pablo los conflictos, no menos radicales e inquietantes que surgieron en las iglesias por él fundadas. No minimizó esos conflictos ni los ignoró. Los encaró desde la fe. Es precisamente interpelando la fe de los creyentes como pretendió superarlos.

Es la fe para él la fuente de una nueva unidad. Pablo no contaba –ni las iglesias de entonces- con tantos medios humanos, psicológicos, como nosotros, pero su fe era más vigorosa y fuerte que la nuestra. Sin ignorar aquellos medios, deberíamos insistir más en ésta.

 

ACTITUDES NECESARIAS.

1ª.- Siéntete responsable de tu fraternidad, de todos y cada uno de los miembros. Y sirve, pues en la fraternidad todos estamos para servir. Sirve, aunque tus compañeros de fraternidad sean a veces comodones.

2ª.- Respeta a las personas –aunque éstas tengan sus taras, poca cultura, distinta mentalidad...- sin intentar jamás manipularlas para tus fines personales o institucionales. El respeto sincero y profundo hacia la persona de los otros miembros de la fraternidad es una actitud fundamental de cara al proceso de crecimiento y maduración de la misma.

3ª.- Acepta a los miembros de la fraternidad como son, sin intentar que sean como te gustaría que fuesen. Todos tienen derecho, como tú, a ser ellos mismos, a ser diferentes. Y tienen, a su pesar, taras como tú, de las que no es fácil desprenderse. No olvides que frecuentemente tenemos la tentación de hacer a los miembros a “nuestra imagen y semejanza” o a la medida del ideal personal.

4ª.- Alaba con naturalidad las cualidades de tus compañeros de fraternidad y celebra sus aciertos, tanto en su presencia como en su ausencia. Haz de esta alabanza y celebración objeto de oración gozosa ante Dios, Padre de todos los miembros del grupo. 

Esta actitud positiva da cohesión a la fraternidad y la fortalece notablemente. Es contrario a esta actitud competir, envidiar, sobresalir sobre los otros, dominar...

5ª.- Cultiva la educación en las relaciones comunitarias, con sencillez y naturalidad. Pide las cosas por favor; si haces algo mal, pide perdón y rectifica, si es posible. Agradece a los demás sus pequeñas o grandes atenciones contigo o la fraternidad y trata de tenerlas mayores con todos.

6ª.- Acoge, estimula, ayuda, sonríe, defiende, aplaude, alienta, gratifica... a los miembros del grupo. Esto influye siempre positivamente en la convivencia, en el trabajo común, y fortalece los vínculos internos.

Y no olvides que la corrección fraterna nunca debe brotar como un desahogo de la cólera o de la molestia personal. Es una expresión de amor al otro y debe hacerse en un ambiente de confianza y cariño. No se le puede hacer el bien a quien no se le quiere bien.

7ª.- Sé tú mismo, diáfano, veraz, auténtico, consecuente... No te permitas la doblez, la falsedad, la mentira, las máscaras, la doble cara... La convivencia verdaderamente humana se edifica sólo por y sobre la verdad y desde la sinceridad.

8ª.- Vive las alegrías y tristezas del grupo como tuyas. Haz tuyos sus problemas y preocupaciones. Gózate de los triunfos de la fraternidad y sus integrantes, como de los propios. Todas las personas suelen ser muy sensibles a esta constructiva actitud de solidaridad.

9ª.- Procura amar y servir a fondo perdido, sin pasar facturas ni cobrar comisiones, sin exigir respuestas, lejos de una actitud mercantilista. Si algo no puede ser objeto de negocio dentro de la fraternidad es la amistad, el servicio, el amor, el Mandamiento Nuevo. Ama lealmente. El amor leal es el que se ofrece en libertad a alguien aún a sabiendas de la posibilidad, o más aún, de la certeza de no ser correspondido. Nunca te coloques en el centro de tu fraternidad. No es el sitio del que sirve.

10ª.- Acepta y ama a las personas del grupo por ellas mismas, no por el provecho que puedan reportarte. Interesarse continuamente y con sinceridad por los miembros de la fraternidad, aunque en ocasiones no se interesen por ti o tus cosas, hace provecho a la convivencia y vivifica la vida del grupo. Y, desde luego, es una actitud que construye la comunidad.

11ª.- Haz un esfuerzo –grande si fuera necesario- por comprender, perdonar, y olvidar los roces, malentendidos y conflictos que se hayan producido en el grupo. Son inevitables. Esto no es lo peor, sino el guardarlos dentro, “rumiarlos”, aumentar su importancia dándoles vueltas... Esto sí que es funesto para la fraternidad. La incomprensión y la cerrazón secan las fuentes del dinamismo y la alegría. El perdón cura y restaura.

12ª.- No dramatices ni magnifiques los pequeños roces de cada día. Sin un sentido del humor que nos impida tomar demasiado en serio nuestras pequeñeces no seremos capaces de crear fraternidades sanas que signifiquen un aporte a la fraternidad de nuestra sociedad.

13ª.- Acoge al otro “metiéndote en su pellejo”, aunque esto sea difícil; y acepta, escucha, comprende, anima y sirve en la medida en que él quiera ser servido por ti. Vive unido a los miembros de la comunidad desde dentro –por el corazón- y no por la mera epidermis de un mismo lugar, una misma tarea, unas normas comunes, una simple convivencia...

14ª.- Cultiva con gran interés el buen humor, la alegría, el optimismo, y coopera así al bienestar de la fraternidad. Esta precisa del gozo compartido, del relax comunitario, del sentido festivo de la vida para hacer más sencillo y fácil lo difícil de la convivencia humana.

15ª.- No critiques jamás la conducta de los otros miembros del grupo y menos a sus espaldas. No airees sus defectos ni los fomentes. ¿Quién no tiene defectos? En este campo, intenta comprender, animar y ayudar con amor. Hay que querer a los miembros de la fraternidad como son, incluyendo sus aspectos defectuosos, sin que esto suponga pactar con el mal.

16ª.- Empéñate en descubrir día a día, reunión a reunión, en extensión y profundidad, lo positivo que hay en tus compañeros. Y ten muy en cuenta que cuando se ama suficientemente a las personas, se encuentra en ellas lo bueno y positivo con facilidad. SI VES MUCHOS DEFECTOS EN UN MIEMBRO DE TU FRATERNIDAD, PREGÚNTATE SI LO QUIERES MUCHO.

17ª.- Expresa tu fe con naturalidad y sencillez. Ora y ayuda a que ore el grupo. Una fraternidad que no ora se banaliza y pierde identidad. Colabora en la preparación de la Liturgia, celebraciones de la Palabra, Eucaristías y participa en ellas con profundidad. Estas acciones cooperan notablemente a la identificación de la comunidad cristiana como tal, la cohesionan, construyen y vivifican.

18ª.- Trabaja para que tu fraternidad no sea coto cerrado, grupito narcisista, sin cohesión con otras comunidades o grupos cristianos. Cultiva la apertura, la universalidad; procura que la fraternidad se esfuerce por vivir con estilo verdaderamente eclesial y de comunión.

19ª.- Arrima el hombro a las cargas de los otros. Con eso cumples la ley de Cristo. Se paciente, afable. No tengas envidia. No te jactes, ni te engrías. No seas grosero ni busques lo tuyo. No te exasperes ni lleves cuentas del mal. Disculpa siempre. EL AMOR NO FALLA NUNCA (cfr. Gal 6,2; 1 Cor 13,4-8). Por este camino se construye una auténtica comunidad cristiana.

20ª.- Cuando Voltaire escribió aquello de “Se juntan sin conocerse, viven sin amarse, mueren sin llorarse”, no escribió la historia, sino la leyenda negra de la comunidad.

 

EUCARISTÍA Y CONFLICTO.

I. INTRODUCCIÓN

1. La conocida afirmación de que la eucaristía “hace” a la Iglesia y la Iglesia “hace” la eucaristía manifiesta no sólo una profunda realidad teológica, sino también una verdad sociológica. La celebración de la eucaristía revela no sólo el modo de comprender la Iglesia, sino también una expresión socialmente relevante de la salvación que ella anuncia y la imagen de Dios que nos ha testimoniado Jesús. Por eso una reflexión acerca de cómo vivimos los creyentes la celebración de la misa, -y cómo la perciben los demás- no es para nada un tema marginal: apunta al corazón mismo del seguimiento de Jesús y a la fidelidad de la Iglesia a su misión evangelizadora

2. En esta breve exposición sólo voy a tratar un aspecto, a mi entender preocupante: para muchos, la eucaristía es una expresión religiosa que puede y debe vivirse totalmente al margen de los conflictos que atraviesan la sociedad. La celebración eucarística ha quedado en buena medida atrapada al interior de un imaginario en el que la comunión de los creyentes entre sí y con Dios suponen una total neutralidad –y hasta ajenidad- respecto de los dolorosos y con frecuencia mortales antagonismos que caracterizan a la convivencia humana.

3. Todos sabemos que, por razones históricas, la doctrina y la devoción eucarísticas han estado centradas en cuestiones tales como la presencia real de Cristo, el poder para consagrar de los sacerdotes, el carácter sacrificial de la misa y la permanencia de Cristo en las especies consagradas. A partir del medioevo y hasta el Vaticano II poco se ha insistido en la dimensión eclesiológica y comunitaria de la eucaristía... que tan intensa y relevante habría sido en la época patrística. Al quedar oscurecida la perspectiva comunitaria, quedó también en la penumbra su dimensión social.

4. A ello debemos agregar que la misa es percibida como una instancia en que la Iglesia discrimina moralmente entre los que cumplen con los requisitos de la fe y los que no lo hacen. Discriminación comprendida, también ella, desde la perspectiva del comportamiento estrictamente individual o, como mucho, familiar, pero sin referencia alguna a la conducta social, a la práctica de la justicia y a la defensa de los derechos humanos.

5. A través de la eucaristía así comprendida se configura un imaginario en el que la práctica de la justicia no aparece ni como condición, ni como consecuencia ni como constitutivo de la celebración eucarística. Pues bien: lo que yo quisiera poner de relieve es que de esta manera se comunica una imagen del Reino de Dios, del Dios del Reino y de la verdadera comunión eclesial no sólo unilateral sino contraria a los que Jesús vive y anuncia. Me parece imprescindible subrayar que cuando hablamos de la presencia real de Jesús en la eucaristía hemos de recuperar algo aparentemente obvio: se trata de la presencia real del Jesús real. Desearíamos por eso rescatar la concepción absolutamente original de Jesús acerca de la eucaristía y de la comunión cristiana que contrastan abiertamente con esta perspectiva.

Tomaré como punto de partida un texto de Juan Pablo II que me llamó la atención por su valentía y claridad. En su Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz de 1999, el Papa señala que la convivencia humana está atravesada hoy por formas intolerables de violencia tales como la sacralización del mercado, el desempleo, el hambre, los conflictos armados, el tráfico de drogas y armas, los daños del ambiente natural, la falta de libertad religiosa, los fenómenos de corrupción, la discriminación étnica. Pero luego agrega: “Ante tal actitud, ¿cómo podríamos excluir a alguno de nuestra atención? Al contrario, debemos reconocer a Cristo en los más pobres y marginados, a los que la EUCARISTÍA, comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo ofrecidos por nosotros, nos compromete a servir. Como indica claramente la parábola del rico, que quedará siempre sin nombre, y del pobre llamado Lázaro, ‘en el fuerte contraste entre ricos insensibles y pobres necesitados de todo, Dios está de parte de estos últimos. También nosotros debemos ponernos de su parte”

6. En un mundo que excluye sistemáticamente a los más débiles, la celebración de la eucaristía –dice Juan Pablo II- no puede permanecer enclaustrada en un espacio ajeno o pretendidamente neutral. Ella supone afrontar ese conflicto omnipresente y multiforme que genera injusta exclusión y tomar partido por los más débiles. Y ello no por una razón de carácter ideológico o aún ético, sino profundamente teologal: se trata de imitar al mismo Dios que también toma partido por ellos. Comulgar supone, pues, hacer propia la actitud solidaria de Jesús con los excluidos y su entrega por nosotros. Una actitud que no busca la conflictividad ni asume la parcialidad por sí mismas. Es precisamente su ‘obsesión’ y su entrega por la comunión entre los hombres lo que le obliga a afrontar la conflictividad; es su ‘obsesión’ por la efectiva gratuidad y universalidad del amor de Dios lo que le lleva a tomar partido por los excluidos. Esto es lo que trataremos de considerar ahora.

 

II. “A JESÚS LO CRUCIFICARON POR SU FORMA DE COMER”

1. Investigadores de la talla de J. Jeremías han insistido en que no se pueden aislar las palabras de la institución eucarística del contexto histórico previo en el que tiene lugar: las comidas de Jesús con sus discípulos y con todas las personas. La Última Cena será la expresión culminante de una forma de anunciar la presencia de la salvación de Dios a través de una serie de comidas que ponen de relieve lo más original y conflictivo del mensaje de Jesús: la solidaridad de Dios con los débiles y marginados.

2. Ya es significativo que la imagen que Jesús elija en sus parábolas para hablarnos de lo que es central en su mensaje –el Reino de Dios- no sea el ayuno, sino el banquete, la comunión de mesa. “Les aseguro que vendrán muchos del oriente y del occidente y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos” (Mt 8,10). Algo ya en sí mismo conflictivo porque para los hombres piadosos de su tiempo el medio para entrar en contacto con lo sagrado era el aislamiento y la privación del alimento, no el comer juntos. “Los discípulos de Juan ayunan a menudo y hacen oraciones, lo mismo que los discípulos de los fariseos, y los tuyos, ¿por qué comen y beben?” (Lc 5,33).

El ayuno, efectivamente, expresa distanciamiento con respecto a la sociedad y convivencia humana. Algo muy acentuado por el grupo del Bautista, que se va a vivir al desierto, y de los fariseos que, como su nombre indica, se consideran los “separados”. Jesús tiene otra concepción: no convoca a la gente al desierto ni funda una secta separada, sino que se dirige a todo el pueblo de Israel. Y no se expresa en ayunos, sino en la mesa compartida con toda clase de personas.

3. Pero Jesús no sólo habló en parábolas, sino que obró en parábolas. Sus comidas forman parte de su predicación: la comunión de mesa es una acción simbólica de tipo profético que expresa y realiza el mensaje: son irrupción del Reino de Dios y su salvación. En este sentido dice Jeremías: “Su acción simbólica más impresionante fue el permitir que compartieran su mesa los despreciados (Lc 19,5 ss) y el acogerlos en su casa (Lc 15,1-2) e incluso en el círculo de sus discípulos (Mc 2,14). Estas comidas con los publicanos son signos proféticos que, más impresionantes que las palabras, anuncian de un modo que no puede pasar inadvertido: ahora es el tiempo del Mesías, el tiempo del perdón”.

Las comidas de Jesús muestran que la irrupción del amor incondicional y gratuito del Padre significa cualquier cosa menos un acontecimiento neutro e inofensivo: desencadena una verdadera revolución social y religiosa. Cuestiona las fronteras étnicas, simbólicas y religiosas de la sociedad judía del siglo I. Algo que los dirigentes de su tiempo captaron con gran lucidez: la forma de comer de Jesús expresaba una nueva forma de concebir la salvación y al mismo Dios. Por eso se ha podido afirmar que “a Jesús lo crucificaron por su forma de comer”

4. Porque el partir el pan no es un simple alimentarse. Acoger a una persona en la propia mesa es una muestra de respeto, de confianza y de reconciliación: es una comunión de vida con impacto social. Desde un punto de vista sociológico, las diferentes maneras de comer nos hablan de la forma de estratificarse una sociedad, de diferenciarse hacia dentro y hacia fuera. Por eso la comida de Jesús con publicanos y pecadores es algo tan removedor. Cuestiona el sistema de pureza en que se basa la coherencia interna del pueblo y su delimitación hacia fuera, impulsa la transformación del orden establecido mediante la reintegración de los excluidos.

5. Y ello en nombre de Dios. Contra lo que piensan los fariseos (cf. Lc 7,36-50) Jesús es Sí un profeta. Pero de un Dios que se afirma como misericordia y no como lejanía; que se acerca con su perdón, del que todos necesitan, y que es mejor aceptado por quien tiene conciencia de su pecado y no se atrinchera en su pretendida pureza y justicia. La integración expresada en las comidas de Jesús es la forma más intensa de anunciar la gratuidad y la universalidad de la amistad que el Padre ofrece generosamente a todos. En Cristo, Dios sale a la encrucijada de nuestros caminos para “invitar a los pobres, los lisiados, los ciegos, los cojos... hasta que se llene la casa” (Lc 14,21-22).

Y nos invita a hacer lo mismo: “Cuando des una comida o una cena no invites a tus amigos ni a tus hermanos, ni a tus parientes ni a los vecinos ricos; no sea que te inviten ellos para corresponder y quedes pagado. Cuando des un banquete invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y dichoso tú entonces porque no pueden pagarte” (Lc 14,12-14).

6. La acusación de agitador y blasfemo, su acorralamiento y su condena a muerte se hallan en el centro mismo de la Última Cena y de la Eucaristía. El conflicto que llevó a Jesús a su muerte no se refiere tan sólo a una concepción interior o mística de la salvación, sino que es el resultado de una trayectoria histórica en una sociedad real. Por eso ésta remite a los cristianos a los conflictos históricos en que se encuentran metidos. Les indica que es precisamente en esos conflictos y en esas crisis donde se puede discernir quién es Dios y cuál es el Dios de Jesús. Y es allí donde deben ‘tomar partido’ como nos dice Juan Pablo II.

7. Las primeras comunidades cristianas continuaron y aún radicalizaron la forma de ‘partir el pan’ de Jesús y sus consecuencias. Para ellos no era un mero alimentarse biológico sino una forma de comer que formaba parte de una manera de vivir en la comunidad y en la sociedad. El reunirse para compartir el pan era inseparable del hacer memoria y de continuar la práctica de Jesús de sentarse en una misma mesa con los excluidos dentro de la comunidad y en la sociedad (cf Hec 2,42 ss). El partir el pan iba unido a una preocupación porque comieran los pobres y desposeídos de la comunidad y esto no solo por una razón humanitaria, sino por la exigencia de formar Iglesia. Estaban convencidos de que donde no se respeta la fraternidad no se celebra la Cena del Señor. Por eso San Pablo en la carta a los Corintios declara que si el partir el pan no constituye la expresión sacramental de un estilo de vida solidario en el que se comparte lo9 que se es y se tiene “eso no es la cena del Señor” (1 Cor 11,21).

La fracción del pan no era un rito evasivo, sino un compromiso y una toma de posición frente a una sociedad dividida en puros e impuros, observantes y pecadores, nacionales y extranjeros. En el pasaje de Hc 10-11, a Pedro se le acusa de que ha entrado en casa de incircuncisos y ha comido con ellos. El compartir la mesa con los impuros de Israel cuestionaba las fronteras étnicas de propio pueblo y creaba las condiciones de posibilidad para el paso posterior, de compartir la mesa –y la comunidad, por tanto- con los impuros paganos. Jesús había curado al centurión pagano (Lc 7,1-10) pero no había entrado en su casa. Pedro va más allá.

 

III. EUCARISTÍA, COMUNION ECLESIAL Y SOLIDARIDAD.

1. Ciertas maneras de celebrar la eucaristía no asumen en su integridad la historia concreta del crucificado en la medida en que evitan el mostrar cómo se vio arrastrado Jesús -‘obsesionado’ por la comunión- a los conflictos suscitados por su práctica. Cristo no es simplemente un hombre bueno que invita a compartir y amar a los demás sino que vive hasta el fondo –y en los conflictos- su confianza en el Padre y en los seres humanos. El Dios revelado en Jesucristo y celebrado en la eucaristía no es simplemente, por tanto, un Dios que ama, sino un Dios que se mete de lleno en las tensiones humanas. Cuando la eucaristía hace realmente memoria de Jesús, crucificado entre delincuentes, está cuestionando a la comunidad cristiana e interrogándola acerca de los lugares en los que Dios se manifiesta hoy en día. No está haciendo ‘moral’, sino ayudando a vivir la confrontación con el Jesús histórico, que vive constantemente en el pueblo de Dios.

2. Reconocer al Señor en el partir el pan no puede ser un rito que encubre la conflictividad de nuestra historia, sino la celebración de su presencia en medio de nosotros para construir la mesa de la comunión y la solidaridad. Reconocer al Señor es asumir el compromiso que le costó la vida. Supone la exigencia de reconciliación y reconstrucción de un mundo roto, haciendo saltar las barreras que nos dividen y distancian. Pero para que esta solidaridad sea real debemos aceptar participar de algún modo en el escándalo provocado por las comidas de Jesús al acercarnos a los excluidos de nuestro mundo en fidelidad a Alguien que también fue condenado por su mundo.

3. La eucaristía en un mundo destrozado por antagonismos económicos, culturales, políticos buscará siempre recrear la comunión eclesial; pero esa comunión será ‘cristiana’ en la medida en que asume la solidaridad con los excluidos. La comunión con las víctimas de los procesos de exclusión social será lo que capacite para generar una comunión –y una división- cristianas. La discriminación que hace la Iglesia no es entre buenos y malos o entre justos y pecadores. Los publicanos y las meretrices eran tan pecadores como los fariseos. Pero Cristo se puso contra éstos y a favor de aquéllos. Estuvo con el que estaba excluido no porque tuviera ‘razón’, sino porque estaba excluido. Y donde estuvo Cristo, allí debe estar la Iglesia.

4. No cabe por eso decir que porque “la Iglesia es de todos” no caben discriminaciones. Al contrario: precisamente porque es de todos ha de discriminar a favor de los pobres. Y en aceptar esta ‘parcialidad’ consiste la única posible catolicidad. La única posible reconciliación propiamente cristiana. Y eso no por razones ideológicas, sino porque es el mismo Dios de Jesús el que toma partido, el que ‘divide’: así lo profetizó Simeón (Lc 2,34-35), y así lo señaló el propio Jesús: “vine a traer la espada y no la paz” (Mt 10,34), “he venido al mundo para un juicio: para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven” (Jn 9,39).

5. Por lo que sabemos, las comunidades cristianas de los primeros tiempos no pretendieron directamente transformar las estructuras sociales del mundo en que vivían. Su primera preocupación era construir la fraternidad y reflejar en su interior los valores nuevos del reino de Dios. Algo que siempre se vivió en medio de tensiones y contradicciones internas, experimentando una y otra vez que el trigo y la cizaña crecen juntos.

Por eso también para nosotros la comunión cristiana es una difícil y permanente construcción mientras caminemos en la historia y sus conflictos hacia el banquete definitivo que anticipamos en cada Eucaristía.

 

RESOLVER LOS CONFLICTOS.

Somos conflictivos. Pero podemos mejorar; además, el conflicto sirve para crecer, si se maneja adecuadamente. Te ofrezco unas pautas de conducta al respecto.

 

Reconoce la dignidad de la otra persona.

No supongas que tu interlocutor nada tiene que aportar; no creas tener toda la verdad, ni que tu interlocutor es un sujeto al que únicamente tienes que convencer. Un diálogo es bilateral, no unilateral. Quien dialoga en serio está dispuesto a mantener su posición si no le convencen los argumentos del Interlocutor; o a modificarla si le convencen. Reconocer y respetar la persona del otro no significa estar de acuerdo con sus opiniones, debiendo manifestar nuestra discrepancia cuando sea el caso, precisamente por respeto al otro. Lo contrario sería un falso respeto, un menosprecio. Cuando preguntaban a Cantinflas si estaba de acuerdo con determinada actitud, decía: “puede ser que sí, puede ser que no, pero lo más probable es que quién sabe”. Esto manifiesta una personalidad sin carácter.

 

Conócete a ti mismo

Quien no se autoconoce no podrá corregirse ni corregir. La esclavitud más denigrante es la de ser esclavo de uno mismo porque se ignora a sí mismo, e igualmente la esclavitud derivada de esa ignorancia. Quien se conoce bien actúa con más inteligencia racional: Establece claramente sus objetivos. Procura hacer conscientes sus móviles dialógicos más ocultos. Define claramente el problema. Piensa antes de hablar y es cuidadoso con las palabras. Actúa sin dejarse arrastrar reactivamente por las impresiones del momento.

 

Confía

Confiada es la persona que se alegra de la capacidad ajena para resolver problemas y de su buena disposición, pues así le gustaría que ellas por su parte le reconociesen a sí misma. Al contrario que el suspicaz, el confiado tiene seguridad y mira con fe los aspectos valiosos de las otras personas y, por lo tanto, espera de ellas una conducta favorable. La confianza fundamentada constituye un rasgo positivo del carácter, la no fundamentada está ligada con la ingenuidad; confiar en lo iluso es estar constantemente expuesto al engaño. Sólo la capacidad de crítica y objetividad pueden dar a la confianza las bases de madurez que requiere.

 

Con inteligencia emocional

Las personas tenemos prejuicios, bloqueos afectivos, etc., por eso hemos de escuchar no sólo las palabras de nuestro interlocutor (incluyendo su tono y ritmo), sino también sus claves no verbales, tales como posturas, gestos y movimientos: buena parte de la expresión no es explícita. Mira su entrecejo sin dejarte atrapar por sus sentimientos. Haz una pausa antes de contestar; pregunta para verificar que has entendido el mensaje (“¿lo que me quieres decir es que...?”¿lo que deseas que yo haga es que?). La verdad invade el corazón y en él se caldea; la idea puede convencer pero no arrastra; esclarece pero no propulsa si no se une a la profundidad afectiva del corazón. Si no manifiestas lo que te está pasando ¿cómo entenderte? Elabora expresiones de rabia, miedo, frustración, rebeldía, indignación, admiración, obstinación, alegría esperanza, compasión, fascinación, ternura, etc., pues si careces de la palabra adecuada para expresar lo que afecta a tu corazón (que a veces siente pasiones y emociones complejas) no podrás compartirlo ni siquiera contigo mismo, pues nadie conoce del todo lo que lleva dentro si no lo pone nombre. Por lo demás, los sentimientos son transitorios, pasan y desaparecen.

 

Evita los “mensajes-tú”

En la grosería y en los malos modos se oculta un débil y un cobarde. Lo malo de decir lo que uno siente es que muchas veces siente uno haberlo dicho. Son “mensajes-tú” aquellos en los que manifiesto a la otra persona lo que ella tiene que hacer, produciendo de ese modo nuevos conflictos sobre los ya existentes: “deja de molestarme”, “eso no se hace”, “así no vas a llegar a ninguna parte”, “no tienes ni idea”, “contigo no se puede hablar”, “no chilles más”. El resultado es que dada mi agresividad no logro mostrarte mis verdaderos sentimientos, y además te causaré un escozor innecesario.

 

Utiliza los “mensajes-yo”

Son mensajes-yo los que usan formas positivas para poner de manifiesto situaciones negativas, los que, sin agresividad, dejan al descubierto el motivo del problema, dando de forma no autoritaria la posibilidad para que el otro me ayude, al comunicarle las razones por las cuales me está causando el problema. De este modo, en lugar de utilizar el “hubieras” u otros reclamos inútiles, el mensaje-yo debería decir: “me siento aturdido y frustrado por este griterío”, “hay mucho ruido y no puedo hablar si tengo que estar siempre empezando”, “me siento mal a causa de las peleas entre ustedes”, “sentí que a nadie le importaba el estado de nuestra casa cuando vi el desorden que dejaron en la cocina; tal vez esperaba demasiado”, “no te he entendido bien”, “no me he explicado bien”. De este modo evito descargar mis nervios sobre ti. Describo tu comportamiento poniendo de relieve la causa de mi problema. Señalo el efecto que tiene en mí tu actuación. Manifiesto los sentimientos que ella me produce, para que te enteres claramente. Indico cuál es la actitud que deseo adoptes. Asumo la responsabilidad sin echarla fuera. No hiero nuestras sensibilidades. Facilito las discusiones relajadamente, evitando respuestas de irritación u hostilidad. Estimulo la comunicación, ayudando a tener confianza en nosotros.

 

Escucha

Mientras el otro habla, escúchale; no estés pensando en lo que le vas a replicar. No te digas a ti: “es un imbécil, nunca está de acuerdo con lo que digo”, “para demostrar que no le entiendo, le desprecio”. No grites. Los altavoces refuerzan la voz, pero no los argumentos. No te enfurezcas, no amenaces. Evita replicar antes de que el otro termine de hablar. No moralices, no sermonees, no estés siempre con el “deberías” o el “debes”. No avergüences ni ridiculices. No juzgues intenciones, sino conductas. No interrogues inquisitorialmente. No chantajees sentimentalmente (“me matas con tu proceder”). No compares.

 

Actúa con asertividad

La personalidad medrosa, susceptible, hipersensible, pusilánime, siempre teme algo pavoroso que en cualquier momento puede caerle encima: una enfermedad, una repercusión negativa de su conducta, la muerte, algo impreciso, nebuloso. La escala de Mohs, indicadora del grado de dureza de los minerales, va del talco al diamante; el primero es rayado por todos, el último raya a todos sin ser rayado por ninguno. Hay gentes similares a una masa informe de talco laminar, todo los afecta, todo los sensibiliza, todo los hiere. Acaban por volverse hipocondríacos, y prestan excesiva atención a sus males antes que a sus interlocutores. No es asertivo abandonarse a miedos, volver contra sí los conflictos no afrontados, no querer superar los obstáculos que interfieren el crecimiento, sufrir por sufrir, rumiar el fracaso, refugiarse en la derrota, estancarse. Ser asertivo es reclamar razonablemente lo que supones ser una falta o un comportamiento negativo de otra persona. Dile sin acritud lo que crees que no hizo bien. Di “no” sin herir, sin que se sienta rechazada. Defiende tus derechos sin agredir.

Ana Beatriz de Lima. Universidad de Bergen  

 

¿QUÉ ES VIVIR EN COMUNIDAD?

·         Agradecer a Dios el regalo de las personas que ha puesto en mi camino, con las que convivo.

·         Buscar el bien común por encima de los intereses personales.

·         Correr al encuentro de quien está en situación de más debilidad.

·         Dar lo mejor de uno/a mismo/a, permaneciendo siempre disponible para el servicio.

·         Estimar a las personas de mi comunidad reconociendo sus capacidades.

·         Fortalecer la fe de quien esté más decaído o decaída y animarlos desde el cariño y la cercanía.

·         Ganar la confianza de los/as demás arrimando el hombro para llevar su carga.

·         Hablar con sinceridad, sin halagos, pero con amabilidad.

·         Invitar a sentarse a su mesa a las personas más excluidas de la sociedad.

·         Juntarse con los/as más excluidos/as, con los que peor ha tratado la vida.

·         Levantar a quien haya tropezado o esté más hundido/a.

·         Llorar con quien llora y reír con quien ría.

·         Mediar entre quienes no se comprendan.

·         Necesitar del apoyo y la ayuda de los/as demás.

·         Olvidar el miedo a estar al servicio de los demás o a ser incomprendido/a.

·         Preocuparse porque la comunidad tenga un estilo de vida lo más evangélico.

·         Quitar los obstáculos , prejuicios, tópicos que no ayudan a avanzar.

·         Respetar las opiniones de los demás, ya sean diferentes a las propias ya estén de acuerdo.

·         Salir al encuentro de cada persona de la comunidad.

·         Tener un corazón, un pensamiento universal y a la vez vivir con los pies en lo concreto.

·         Unir energías, ilusiones, pensamiento.

·         Valorarse a si mismo/a sin considerarse mas que nadie ni vivir con arrogancia.

·         Yuxtaponerse al lado de quien necesite más ánimo, un empujoncito.

·         Xenofobia desterrada del corazón y del pensamiento.

·         Zanjar las desavenencias y ofensas sin resentimientos ni rencores.

 

20 REGLAS PARA VIVIR CON CALIDAD.

1. HAZ UNA PAUSA de 10 minutos por cada 2 horas de trabajo, a lo máximo. Repite estas pausas a lo largo del día y piensa en ti, analizando tus actitudes.

2. APRENDE A DECIR NO, sin sentirte culpable, o creer que lastimas a alguien. Querer agradar a todo el mundo es un desgaste enorme.

3. PLANEA tu día, pero deja siempre un buen espacio para cualquier imprevisto, consciente de que no todo depende de ti.

4. CONCÉNTRATE en apenas una tarea a la vez. Por más ágiles que sean tus cuadros mentales, tu te cansas.

5. OLVÍDATE de una vez por todas que tú eres indispensable en el trabajo, en tu casa, en los grupos habituales. Por más que eso te desagrade, todo camina sin tu actuación, a no ser tu mismo.

6. DEJA de sentirte responsable por el placer de los otros. Tú no eres la fuente de los deseos, ni el eterno maestro de la ceremonia.

7. PIDE AYUDA siempre que sea necesario, teniendo el buen sentido de pedírsela a las personas adecuadas.

8. SEPARA problemas reales de los imaginarios y elimínalos, porque son pérdida de tiempo y ocupan un espacio mental precioso para cosas importantes.

9. INTENTA descubrir el placer de las cosas cotidianas como dormir, comer y pasear, sin creer que es lo máximo que puedes conseguir en la vida.

10. EVITA envolverte en ansiedades y tensiones ajenas, en lo que se refiere a ansiedad y tensión. Espera un poco y después retorna al diálogo y a la acción.

11. TU FAMILIA, TU COMUNIDAD, TU GRUPO no eres tú, está junto a ti, compone tu mundo pero no es tu propia identidad.

12. COMPRENDE qué principios y convicciones inflexibles pueden ser un peso que evite el movimiento y la búsqueda.

13. ES NECESARIO tener siempre a alguien a quien le pueda confiar y hablar abiertamente. No sirve de nada si está lejos.

14. CONOCE la hora acertada de salir de una reunión, de una cena. Nunca pierdas el sentido de la importancia sutil de salir a la hora correcta.

15. NO QUIERAS saber si hablaron mal de ti, ni te atormentes con esa basura mental. Escucha lo que hablaron bien de ti, con reserva analítica, sin creértelo todo.

16. COMPETIR en momentos de diversión, trabajo y vida entre pareja, es ideal para quien quiere quedar cansado o perder la mejor parte.

17. LA RIGIDEZ es buena en las piedras pero no en las personas.

18. Una hora de INMENSO PLACER sustituye, con tranquilidad, tres horas de sueño perdido. El placer recompensa más que el sueño. Por eso, no pierdas una buena oportunidad de divertirte.

19. NO ABANDONES tus tres grandes e invaluables amigas: Intuición, Inocencia y Fe.

20. ENTIENDE de una vez por todas, definitivamente y en conclusión que TU ERES LO QUE TU MISMO/A HAGAS DE TI MISMO/A.