2. “GUERRA Y PAZ”, Y EL PROBLEMA DEL SENTIDO DE LA HISTORIA QUE HACEMOS Y PADECEMOS.
Incomprensión y asombro ante el fenómeno humano de la guerra.
Nada de lo que existe, existe sin alguna violencia represora de otras posibilidades o realidades. Nada existe sin abuso. Así se nos advierte desde la sabiduría oriental. Desde esta fina sensibilidad hasta la fuerza bruta en su brutalidad, manifiesta en tantos lugares del planeta, nos sentimos rodeados de una violencia que nunca acabamos de comprender. La realidad humana e inhumana supera y cuestiona nuestros esquemas ideológicos.
Nacimos y crecimos con guerras, calientes o frías, y es muy probable que nos muramos con guerras. La guerra, en sus muchas formas diversas, ha vuelto una y otra vez a la humanidad. Los tiempos de paz nos parecen como una tregua entre dos guerras. Cuando nos preguntamos cómo se desencadenan son muchos los factores y desconfiamos de las causas aducidas en los discursos belicistas. Desencadenada la guerra ya no es fácil pararla, hay que verse muy obligado a pararla, y sucede como si siempre hubiera motivo para continuarla.
Tolstoi escribió “Guerra y Paz” sobre la empresa napoleónica de conquistar toda Europa hasta Moscú. A propósito de esta guerra trataba de entender algo la historia. Sus reflexiones finales son críticas sobre las explicaciones que dan los historiadores.
Podemos preguntarnos con Tolstoi: ¿Por qué, a juicio de todo el género humano sin excepción, entre las cosas más honorables está el derecho que se atribuyen algunos a derramar impunemente sangre inocente, cuando disponen de una u otra causa que dicen les justifica? Con la pregunta está la sospecha de que ninguna causa puede ser aducida para derramar sangre inocente, y en toda guerra se hace.
La incomprensión y el asombro crecen cuando se ha estado en medio del fragor de la batalla. La guerra parece simple pero no lo es. Parece simple: se disparaba contra el enemigo. Pero cuando caen los heridos y los muertos, y los contemplamos de cerca, ya no nos parece tan simple. Esos ojos saltados delatan un rostro humano que no puede esconder ya el uniforme destrozado, qué importa del bando que sea.
Es verdad que la estrategia y las tácticas pueden apasionar a nuestra inteligencia. Pero eso sólo es posible cuando se estudian las guerras de lejos, en el espacio o en el tiempo; sólo entonces puede contemplarse los movimientos de la estrategia y los objetivos cumplidos o frustrados.
También, a posteriori, los resultados obtenidos parecen legitimar a los vencedores. Con todo, con una mirada más humana, hay que reconocer que no es posible distinguir entre vencedores o vencidos, porque todos fuimos vencidos, o todos perdimos mucho hasta en nuestra victoria, pues en la guerra todos perdimos nuestra humanidad.
¿Cabe aún un sí a alguna guerra?
Nadie hoy se declara partidario de las guerras. Muchos dicen que no quieren la guerra, pero que se ven obligados a levantarse en guerra. Nosotros estamos fuertes en nuestra oposición a las guerras imperialistas, expansionistas o para conquistar y controlar el flujo de las materias primas o energéticas del planeta. En cambio, hay algunos casos en que, recientemente, hasta los cristianos creyeron justificado el levantamiento armado, revolucionario, popular, contra la tiranía que llenaba de muerte al pueblo. Hoy muchos hemos empezado a dudar. Porque ¿dónde se aplica esta hipótesis? ¿A pequeña escala, en un país o una región, o a nivel planetario, hasta el conflicto Norte – Sur?
Ciertamente, cuando un pueblo lucha por su liberación se da siempre una confluencia de lo poético, romántico, utópico, histórico y político, hasta el punto de parecer algo sublime. Pero después del gesto revolucionario, pasando por alto lo que resulte menos perdonable en el fragor de la lucha, después digo, aún viene el momento de asegurar lo conseguido. Y, ahora, ya desde la experiencia histórica y la más reciente, sabemos que eso no se da sin nueva violencia.
La proporción que debe guardarse entre fines humanos y medios humanitarios y humanizadores no consigue estabilizarse con el nuevo poder revolucionario. Quizá por sentirse demasiado justificado el nuevo poder revolucionario arriesga caer en su absolutización. Sigue habiendo una desproporción entre los fines buscados de justicia y libertad y los medios de control y defensa de los logros de la revolución, de tal forma que cuesta entonces hablar de paz.
¿Cabe aún un sí a alguna guerra de liberación? La respuesta sigue siendo difícil. Porque siempre podrá darse algún caso que haya cambiado el sentido de la opresión de un pueblo. controlando así un futuro mejor para ese pueblo. Recientemente se nos habla así de la guerra que han mantenido las tribus cristianas del Sudán meridional contra los gobiernos del Sudán del norte musulmán, hasta forzar un acuerdo de paz que obliga a una participación del sur en el gobierno de la nación y a una relativa autonomía del sur. Se nos dirá que ha merecido la pena los largos años de resistencia armada, de lucha y muertes, por haber alcanzado la nueva situación, incluso a pesar de las nuevas amenazas que se ciernen sobre el acuerdo logrado. Las dudas permanecen si pensamos en el precio pagado en víctimas humanas y si pensamos en que la paz militarmente forzada ha de ser militarmente sostenida. pero tampoco disponían de alternativas claras para negarse a hacer lo que hicieron.
¿Se puede hablar de un sentido de la historia?
Hoy nos cuesta leer bien la historia presente, dificultad agravada por la mediatización de los poderes que mandan en los medios de comunicación. Para no caer en el fatalismo, deberíamos ser capaces de leer bien nuestra historia y verle algún sentido hacia el que camina, para ver cuál es nuestra aportación. Pero, esta tarea se nos ha convertido casi en tarea imposible. Arrastrar un sentido de la historia desde la historia pasada se presta a diversos intereses ideológicos, cuya disparidad y oposición nos desconcierta. Merece a pena hacer el esfuerzo pero conscientes de nuestra lectura interesada y nuestro posicionamiento ideológico.
Hablamos del sentido de la historia mirando hacia delante. Pero, de modo semejante, también se ha hablado del motor de la historia, de la fuerza o las fuerzas que mueven la historia, mirando así hacia las causas o las determinantes de la historia. Indiquemos algunos ejemplos que se aportan como fuerzas que mueven a los pueblos y marcan algún sentido a la historia:
31) No parece explicación suficiente apelar a hombres guiados directamente por un poder divino; ni a héroes provistos de cualidades extraordinarias, o por su nobleza de sangre o por su nobleza de sentimientos y valores, o por su capacidad de arrastre de masas y el poder que éstas le conceden. La vida de los pueblos no cabe en la vida de unas cuantas personas.
2) Tampoco basta aludir a fines como el destino de un pueblo o de otro, ni el bien de la civilización occidental, a los que se les concede todo el derecho a su expansión e imposición.
3) Ni parece que las ideas, los ideales y los esquemas utópicos, por sí mismas, sean motores de la historia, como suponen los historiadores de la cultura.
4) Durante muchos años hemos dado importancia a la economía y a las condiciones del trabajo y los cambios tecnológicos, pero nada de esto se da por sí mismo.
5) Se ha pensado en una clase social: por ejemplo, el proletariado internacionalista de la mano del partido comunista o del movimiento anarquista. Hoy se piensa más que la historia la mueve el poder empresarial y financiero, al que sirven los políticos neoliberales. Pero no siempre es así.
Todo esto es lo que más se ve, lo que más se dice y hasta se grita. Pero Tolstoi desconfía y apela a que junto a todo esto que está ahí, hay además múltiples factores de las gentes, los pueblos, las tierras, tradiciones y rupturas, razones y locuras, factores últimamente ya no investigables. Habrá que reconocer que el sentido de la historia que hoy podamos discernir será muy relativo dependiendo de nuestra perspectiva, y deberá por ello ofrecerse al diálogo y a la cooperación, con vistas a lo que más nos pueda humanizar, a más gentes y más pueblos.
¿Hay un progreso de la humanidad a pesar de o gracias a las guerras?
Estamos ya lejos de pensar que mediante la guerra pueda venir algún bien a la humanidad. En los siglos de la Ilustración
4 y del romanticismo5 aún pudieron pensar que las guerras entre los pueblos cumplían su función. Habría en los seres humanos una tensión entre su necesidad de los otros y su necesidad de autonomía. Por la necesidad de autonomía puedo afirmarme frente o contra los otros. Por la necesidad que tengo de los otros he de llegar a negociaciones, acuerdos y pactos. Por esta tensión irresoluble se explicarían los tiempos de guerra y de paz.Sería algo así como los árboles, que en el bosque espeso se estorban unos a otros al quitarse el aire y la luz del sol y, precisamente por eso, crecen hacia arriba. Así también podría observarse un progreso de la humanidad y un sentido a las distintas oportunidades que han ido teniendo a lo largo de la historia las distintas civilizaciones y pueblos, sucediéndose en su hegemonía unos a otros (mediante confrontaciones, guerras y victorias), y aportando así sus valores al conjunto de la humanidad.
La violencia ejercida en el siglo XX y que continúa en el XXI no nos permite esa visión optimista o “meliorista” (“vamos a mejor” o “no hay males que por bien no vengan”). No vemos cómo por medio de las guerras pueda traerse la paz. Y aunque fuera posible, no aceptamos haber pagado tan alto precio en vidas humanas. Dudamos de las intervenciones militares que se dicen “humanitarias” o para expandir los valores de la democracia. No sirven tales medios para tales fines, según nuestro parecer.
¿Cabe hablar de “presencia de Dios en la historia”?
Algunos pensadores han coincidido con la lectura creyente de que difícilmente se podrá hablar de un sentido de la historia si no aceptamos la hipótesis “Dios”. Ni un Dios sin historia ni una historia sin Dios. Pero, entonces, habrá que aprender a leer la historia a distintos niveles de profundidad. Desde la lectura bíblica, la historia tiene sentido porque es una historia de salvación, y es salvación porque Dios está presente en la historia humana y la redime.
Esta presencia de Dios en la historia, desde Jesús, ya no la podemos concebir como dirigiendo inmediatamente todos los acontecimientos. Hay una autonomía de los acontecimientos históricos y de la libertad humana, aunque no descartemos la intervención de Dios en el antiguo Israel y en Jesús. Notemos, no obstante, que, en el caso de Jesús, esta intervención de Dios fue poco “intervencionista”, pues siguieron mandando lo que mandaban, y le sobrevivieron los que le condenaron a muerte en cruz.
No sólo no habrá que descartar a Dios en el horizonte de la historia humana y actuando en la intrahistoria humana, recreando posibilidades de salvación, sino que como dijimos en el primer tema, este es el horizonte abierto por Jesús el Resucitado, que permite vivir con sentido los sinsentidos de la historia. Queda, entonces, por examinar bien cómo Dios actúa, siempre en respeto de la libertad y a favor de la vida, para no caer en una lectura fundamentalista de la historia, indigna de Dios y del hombre.
En busca de esa otra sabiduría más bien antropológica y evangélica.
La ciencia de los historiadores que se aplican con rigor al análisis y a la comprensión de la historia humana debe ser respetada. Hay que animar al estudio de la historia. De la ignorancia viene mucha distorsión y manipulación. Ahora bien, la lectura del historiador también es relativa a su punto de mira y no puede pretender la explicación total. Hay como un factor que siempre se le escapa a toda ciencia: es lo que ha venido en llamarse el “factor humano”, y hay que tenerlo en cuenta para no absolutizar la explicación científica.
La historia de los historiadores explica y da razón de las fuerzas, motivos y condiciones que concurren y mueven a los pueblos para entrar en guerras y, luego, en tratados de paz, como treguas egoístas o estratégicas. Pero nos quedamos siempre como si nos faltara la explicación suficiente. Nos referimos al campo de reflexión que es propio de la antropología. Hacia ahí quisieron derivar su reflexión Freud y Einstein después de la segunda guerra mundial.
6 ¿Qué nos pasa a los seres humanos, que llevamos la violencia dentro de nosotros y podemos llevarla muy lejos de nosotros, no viendo lo que deberíamos ver, los rostros que nos miran?Tolstoi escribe: “Durante el período de veinte años [lo que dura el movimiento de Napoleón hasta Moscú y el del Zar y los aliados hasta París], inmensas extensiones de tierra quedan sin cultivar; las casas son incendiadas, el comercio cambia de orientación; millones de personas se arruinan, otros se enriquecen, otros emigran; y millones de cristianos [los rusos, los franceses y los de en medio], que profesaban la ley del amor al prójimo, se matan unos a otros. ¿Qué significa todo eso? ¿A qué se debe? ¿Qué obligaba a esos hombres a incendiar las casas y matar a sus semejantes?...”
7A esta mirada antropológica es a la que animo en este retiro, desaconsejando el camino fácil de la exculpación: “yo ya estoy contra la guerra”; “la guerra la hacen los otros”; “la culpa la tienen otros”. Buscamos esa otra sabiduría, que yo propongo como más evangélica, y que nos ayuda a desideologizar nuestra fe y nuestro testimonio de hombres y mujeres hacedores de paz. Sospecho que en los últimos años, además del sentido evangélico que estaba operando, otros posicionamientos ideológicos pueden habérsenos pegado, que repartían las culpas a nuestro alrededor, sin ayudar a abrir verdaderos caminos de paz. Es sano dudar de nuestros posicionamientos y abrirnos a los de otros para discernir entre todos. Pero, sobre todo, para abrirnos al Evangelio de Jesús que nos habla de la posible presencia de Dios en nuestra historia, y dejar que nos cuestione y nos haga entrar en crisis.
El mal que nos supera no debe paralizarnos; no nos debe dejar más ciegos sobre nuestras posibilidades
Desde ese horizonte de la presencia de Dios en nuestra historia el mal aún no desaparece y puede mostrarse en toda su potencia. Después de Auschwitz, y después de Hiroshima y Nagasaki, no han dejado de pasar cosas muy graves que nos impactaron y nos sobrecogían: África y la zona de los grandes lagos. Los territorios, pueblos, etnias y religiones de la antigua Yugoslavia. Afganistán y luego Irak. Sin olvidar otras guerras o guerrillas, terrorismos y antiterrorismos, en activo en muchos lugares del planeta tierra. Hemos hablado, discutido, manifestado nuestras posiciones, pero hemos podido parar o evitar pocas cosas de las que nos temíamos. Se nos han impuesto unos hechos y unos poderes, que no hemos podido contrarrestar. Se nos han acumulado muchos campos de refugiados, muchos presos y muchos muertos. Hemos experimentado mucha impotencia.
Pueden venir “días más malos que nos harán más ciegos”, según decía Sánchez Ferlosio, pero el mal y los horrores que nos superan no deben paralizarnos; no nos deben dejar más ciegos sobre nuestras posibilidades.
En primer lugar, ciertamente, hay un desfase entre lo que sabemos y lo que podemos hacer. Hay una desproporción entre lo que desafía a nuestra conciencia, y clama por alguna respuesta nuestra, y lo poco que podemos intervenir en aquello, quedándonos así en testigos pasivos. Tenemos demasiadas posibilidades para la “tele-visión”, pero muy pocas para la “tele-acción”. Diariamente contemplamos cómo se hace el mal, cómo se sufre el dolor; pero el desafío que ello representa para nuestros sentimientos morales queda en gran medida sin respuesta (Zygmunt Barman).
Con todo, recordemos nuestras posibilidades de tele-acción. Podemos un día cada cuatro años votar, aunque votamos a unos representantes con dudas fundadas sobre su capacidad o voluntad de realizar las tareas que saben que deben hacerse. Podemos unirnos a las sugerencias, firmas y manifestaciones de movimientos por “otra globalización” de la que se está haciendo. Podemos unirnos a las sugerencias, firmas y acciones de movimientos y ONGs ecologistas y pacifistas. Podemos unirnos a sugerencias y acciones de ONGs solidarias “sin fronteras”, más asistenciales ante emergencias, o más a largo plazo, como cuantas promueven el comercio justo. Estas son nuestras únicas posibilidades de tele-acción. No por pequeñas, indirectas o casi insignificantes, dejaremos de ejercerlas; de lo contrario nos quedaríamos en sólo hablar o ver, sin dar ninguna respuesta.
En segundo lugar, además de nuestra respuesta posible de largo alcance (la tele-acción), queda mucho campo de trabajo todavía en el camino de la paz. Lo primero es no fomentar entre nosotros los tópicos, las clasificaciones admitidas, las etiquetas para los grupos de personas, los análisis simplistas, las acusaciones, las culpabilizaciones, la ansiedad por la inseguridad, ni el fatalismo. Ni “esto lo arreglo yo”, ni “haga lo que haga no servirá de nada”. Una forma de no violentar la realidad más de lo que ya está es no querer imponerle nuestros esquemas simples y simplificadores y aceptar su complejidad. Pero, además, nos faltará por hacer lo más decisivo: un trabajo serio con nosotros mismos para ir a las raíces de la violencia. A esto dedicaremos el día 3º.
En tercer lugar, el Resucitado nos ha dejado el cielo abierto, nos comunica su paz y nos capacita para resistir en este mundo violento, de un modo creativo, imaginativo y no-violento. A esto invitaba el día 1º y volveré sobre ello los días restantes
Poniéndonos a prueba ante el terrorismo.
Venimos animando a ser autocríticos con nuestros posicionamientos ideológicos, para que salga más purificado nuestro testimonio en favor de la paz. ¿Cómo, si no, aprender a vivir en un mundo que sentimos cada vez más hostil a nosotros o a nuestras causas, sin caer en la tentación de usar la violencia para imponernos, ni sin caer en la amargura o el resentimiento por no ganar?
Podemos ponernos a prueba, por ejemplo, revisando nuestro análisis del terrorismo. No todos lo vemos del mismo modo.
- Están los que no condenan los actos terroristas porque piensan que son consecuencia y reflejo de un conflicto mayor, que no hay que esconder ni minimizar con la condenan de la acción terrorista.
- Están los que condenan los atentados terroristas, “pero” piensan que algo nos va en ello, algo habremos hecho los países y gobiernos afectados, que explique lo sucedido. No habría que olvidar cómo sufre el Tercer Mundo nuestra globalización, nuestro imperialismo, nuestro racismo; y hasta se habla de un terrorismo de estado que las potencias ejercen disimuladamente, o ya sin disimulo, en la represión del terrorismo contrario.
- En este lamentar lo sucedido “pero” explicárselo de algún modo, están quienes no quieren que se hable de terrorismo sino de diversos terrorismos. Una cosa es la violencia terrorista con objetivo político y acciones proporcionadas en su estrategia, propia de grupos nacionalistas radicales; y otra cosa es la magnificación de la destrucción de todo un mundo que se considera como el mal. Sus acciones son ya sin proporción ni medida ni objetivos políticos, como sucede en el terrorismo islamista.
- También están las retóricas que apuestan por la igualdad, el común interés de la paz y por una ética mundial, minusvalorando la diferencia substancial entre las culturas. También hay apuestas voluntariosas por vencer el miedo, porque el miedo nos lleva a responder equivocadamente y es rentabilizado por cuantos buscan desestabilizar.
- Están los que sí que ven un conflicto o choque entre civilizaciones, sobre todo, entre Occidente y el Islam. Se han subrayado las incompatibilidades, porque la existencia de una cultura sería la negación y derrota de la otra. Por una parte el islamismo radical y fundamentalista arremete sin piedad contra el mundo infiel. Por otra parte, Occidente reacciona metiéndonos una guerra permanente, que se retroalimenta y se autojustifica en previsión de lo que el otro nos pueda hacer.
- Y están los que niegan las causas aducidas por los terroristas, porque si no estuvieran ésas que dicen, escogerían otras. Por tanto, sus causas no son ni la desesperación de los pobres, ni la opresión de un pueblo, ni la lucha contra la injusticia o dominación, ni provocar la salida USA de Iraq, ni la reivindicación de un estado palestino. A eso se alude por propaganda. Pero hay que pensar, más bien, en otros factores psicológicos o psicopatologías, sacralización del nacionalismo o la etnia, adoctrinamiento y fanatismos religiosos hasta la glorificación del suicidio como martirio.
- Últimamente se habla de cierto islamismo radicalizado que arraiga en jóvenes con fuerte desarraigo social o psicológico, aun viviendo en Occidente. ¿Su objetivo? Se piensa que es la destrucción por ella misma, o la autoafirmación absoluta. ¿Irracionalismo y nihilismo metafísico como fantasma que corre alentado por la exaltación religiosa y por los nacionalismos?
Más cerca de un análisis o de otro ¿podríamos reconocer la parte de verdad que haya en los otros? ¿Podríamos dialogar en paz con quien discrepa de nuestra visión? ¿Podríamos reconocer que no atinamos con la explicación total del fenómeno terrorista ni atinamos en la respuesta a dar? ¿Somos conscientes de que si nos proponemos su derrota total estaremos siempre rozando la desproporción, la represión de libertades y derechos, la inflación policial, militar y carcelaria? ¿Y cómo vivir con el terrorismo si no nos proponemos su derrota?
Apelar a los derechos humanos y a la no-violencia evangélica, quizá, no explique ni responda tanto como nuestros posicionamientos ideológicos. Pero es la única salida que nos parece digna, mientras nos soportamos con nuestras luces y sombras.
8Poniéndonos a prueba ante las víctimas.
Desde nuestra formación cristiana tendemos a ponernos, o así lo decimos, al lado de los pobres o de las víctimas de la injusticia, de la opresión, de la guerra o del terrorismo. Somos sensibles a las causas dignas del hombre, que tantas veces nos parecen causas perdidas. Y, además, en más de algún caso podemos pertenecer a esos perdedores o a esas víctimas.
En los tiempos que corren hemos de revisar muy mucho ese sentirse cargados de razón por pertenecer al mundo de los pobres, las víctimas o los perdedores. Con la justicia no es suficiente para una paz a corto o a largo plazo. Con la reivindicación de la justicia, con el pedir que se nos haga justicia a nosotros o a las víctimas en cuyo nombre hablamos no es suficiente. No veo cómo superar largos procesos conflictivos (Sudáfrica, Ruanda, Sur del Sudán, Colombia, Argentina, Irlanda, país Vasco, Palestina, etc.), con grandes listados de víctimas, si además de reclamar justicia no se abren caminos para la reconciliación y el perdón. Más pronto o más tarde, ha de venir la oferta del perdón por parte de los ofendidos, perdón sólo condicionado al reconocimiento de la verdad por parte de los victimarios. Más que una justicia distributiva, basada en el principio de "el que la hace la paga", hay que buscar una "justicia restaurativa" mediante otros procedimientos y rituales diferentes de los estrictamente judiciales. Éste es el objetivo de las Comisiones por la Verdad y la Reconciliación creadas en algunos de los países citados8b
Estar del lado de las víctimas era un buen criterio de discernimiento evangélico, desde que aprendimos en la Resurrección de Jesús que la víctima era inocente, Jesús al menos, y por identificación de Jesús con las víctimas sociales (cf. Mt 25) éstas son declaradas también inocentes. Puede que arrastren consigo más de alguna culpabilidad, pero por el hecho de ser víctimas de la exclusión o de la violencia eran inocentes, no eran merecedoras de dicha exclusión o violencia.
Pero en el estado español asistimos hoy a un mal uso de la apelación a las víctimas, por parte de un bando y el contrario, de los nacionalistas y de los antinacionalistas, de la derecha y de la izquierda. No ha sido todo trigo limpio en los discursos que apelan a las víctimas. Parece oportuna esta llamada de atención. Hay que parar la espiral de la violencia parando la espiral de las autojustificaciones, cuando todos se presentan cargados de razones, todos víctimas, unos antes y otros después, todos justificados para las represalias, o para continuar la guerra por los mismos u otros medios. Se ha dicho que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Hoy, entre nosotros, parece más bien al revés, que la política es la continuación de la guerra por otros medios.
Esta llamada de atención se concentra en esta frase: “haber sufrido no te exime de culpa si respondes causando nuevos sufrimientos”, como apuntaba Claudio Magris. Y seguía: no existe pueblo, raza o etnia que esté libre de culpa y por ende nadie puede arrogarse el derecho a erigirse en la única víctima o en satanizar perennemente al prójimo. Hay que detener, ya en el pensamiento, el discurso que explica que todo el mal que sufre un colectivo procede del otro colectivo. Habrá que desarmar las palabras, el pensamiento y el corazón. Nada fácil.
¿Cómo reivindicar nuestros derechos, nuestra identidad y nuestros orígenes, sin afirmarlos contra los de los otros? Sea como fuere, deberemos empezar a sentir, pensar y hablar en clave de personas: personas que se dirigen a otras personas, personas que protestan contra otras personas, personas que sufren a causa de lo que hacen o dicen otras personas, personas que no pueden olvidar que “los otros” son personas.
Nuestro testimonio en favor de la paz ha de ser más creyente que ideológico.
Sí; pueden venir días más malos que nos hagan más ciegos. Pero también es cierto que al creyente se le han abierto los ojos. Tenemos nuestras posiciones ideológicas más o menos firmes, pero no son ellas las que nos sostienen en nuestra lucha por la paz, sino la fe. Y porque se nos han abierto los ojos también vemos otras guerras y otras luchas que se nos esconden en África, en Latinoamérica y en otros rincones del planeta. Por poner un ejemplo, las mujeres y niñas de la región sudanesa de Darfur siguen siendo víctimas de violaciones por parte de los grupos armados presentes en la zona, entre los que se encuentran efectivos policiales gubernamentales. ¿Alcanza a estas mujeres nuestro no a la guerra?
Nuestro “no a la guerra”, como discípulos de Jesús, es mucho más amplio y radical de lo que lo es una opción política. Por eso, podemos contribuir a una cultura de paz y de diálogo hasta con nuestros contrarios, a partir de la luz que nos alcanza desde el Evangelio, desde Jesús resucitado, desde el cielo abierto, desde el Reinado de Dios, un Dios capaz de misericordia, redención y perdón; un Dios de resurrección y de vida.
Para la reflexión y compartir:
Sabiduría de un pobre, Marova, Madrid 2003, p.59.Sugerencias para desarmar nuestro lenguaje, nuestras ideas y nuestro corazón. ¿Podemos hablar con paz sobre los temas sangrantes de nuestros días que nos superan a todos, y de los que nuestra visión no es la única ni completa? Pensad en el terrorismo, en la inmigración, en las víctimas.
Lectura de E. Leclerc,
*************
3.
El Dios vivo y amante puede sanar en su raíz la violencia humana.¿Cómo seguir apostando por los caminos de paz que lleven a la paz, si no es previsible que en unas décadas, o en un futuro próximo, accedamos a una situación generalizada de justicia y paz permanentes? La ONU, las Naciones Unidas, debe seguir siendo un referente y una mesa de encuentro. Un tribunal internacional de actuación y apelación debería ir afianzándose y recibir el acatamiento de todos. Pero vemos cómo estos referentes internacionales viven en tensión y hasta en conflicto con las potencias mundiales, que no quieren perder su hegemonía.
La convicción de no servirse nunca más de la guerra o de la violencia en la resolución de conflictos entre los pueblos y las personas humanas, todavía no es una convicción generalizada. La tentación de la violencia para imponer mi voluntad y el mimetismo de la violencia siguen dándose aún en la forma de un crecimiento en espiral.
Si no vamos a poder imponer una sociedad no-violenta, pensemos en cómo romper esa espiral desde nosotros mismos. ¿No nos sorprende la cantidad de violencia que sale de cada uno de nosotros mismos? ¿Cómo puede salir tanta violencia de mí mismo? ¿Cómo pagan, tantas veces, justos por pecadores? ¿Cómo es que el enfado o la ira que me produce una situación o una persona lo descargo contra otras? ¿Qué frustraciones o insatisfacciones o impotencias están en el origen de la puesta en marcha de mis defensas y ataques? ¿Cómo “manejar”, cómo conducir el deseo que me lanza a perseguir más vida, más ser, más poder?
En este apartado nos centramos en la necesaria paz interior, la paz con nosotros mismos. Si mi paz depende de lo que suceda o no suceda en el exterior, en la sociedad y en el mundo, que no puedo manejar a mi voluntad, difícilmente conoceré lo que es estar en paz. Si mi paz depende de que se cumplan mis deseos, algunas veces se cumplirán, y otras muchas podrán verse frustrados, y no debería perder la paz por ello.
Por eso, buscando la fuente de la paz, dirigimos nuestra mirada hacia Dios, y escuchamos la sabia máxima de Santa Teresa de Jesús: “Sólo Dios basta”; o la advertencia franciscana: “Dios es, y eso nos debiera bastar”.
Mediante la guerra accedemos a la vida como “botín” conquistado, siempre necesitado de ser defendido; o vida como “carencia” siempre ofendida y necesitada de autoafirmarse contra la vida de los otros. Mediante la paz accedemos al Don de Dios, a la Vida de Dios que no puede morir, a la Vida como Don y como donación de sí.
Hacia las raíces de la violencia humana: el miedo y el deseo.
La guerra, la violencia contra los demás, es un producto humano. Lo que produce Dios es vida, amor, justicia y paz. Deberemos podar de nuestra imaginación religiosa la violencia con que en las religiones se ha afirmado también lo sagrado. El ser humano, como criatura, como realidad limitada dentro de este mundo, se ha sentido atraído por lo que le trascendía, por lo que traspasaba sus medidas y le aparecía como lo sagrado, el poder, la máxima realidad. Se ha sentido atraído por lo sagrado, pero también lo ha temido, ha temido que fuera su destrucción. A lo largo de la pedagogía bíblica hemos aprendido que Dios no quería la muerte de sus criaturas. Pero ha sido un largo proceso en el que Dios ha ido desprendiéndose de la violencia, con que lo habían revestido los hombres, para acabar mostrándose en su amor, como sólo amor.
1) La raíz del miedo. La violencia es cosa nuestra; no de la verdad y vida de Dios. Es fruto de nuestro miedo a perder, a perdernos, a no ser. O miedo a ser menos que el otro, a no ganarle, a no ganar siempre. Miedo a no ser valorados, a no ser aceptados, a ser rechazados. Miedo a la inseguridad, a lo peor, al caos imaginado, o sea, el mundo no ordenado ni controlado por nosotros. Miedo a que la realidad o los otros no obedezcan a nuestra voluntad.
El Dios vivo y amante puede sanar nuestra violencia en su raíz, cuando se trata del miedo. Dios nos permite aceptarnos como criaturas no omnipotentes, pero en calidad de hijos de Dios, y hermanos entre los hombres. Mostrándose como Padre invita a la confianza. Saliéndonos al encuentro a lo largo de nuestra historia nos invita a no tener miedo: no temáis, paz a vosotros, yo estaré con vosotros. La confianza no es lo mismo que la seguridad, pero es más humana que la pretensión de estar seguros. La confianza es la salvación de lo humano: quien confía está salvado y ayuda a la salvación de lo humano en sus semejantes.
2) La raíz del deseo. Podría decirse también que la violencia es fruto de la ilimitación de nuestro deseo. Nos imaginamos y nos proyectamos en una omnipotencia del desear humano. Tan ilimitado imaginamos nuestro deseo como fácil es de ser frustrado; y, entonces, vuelta a empezar: la realidad, los otros, Dios o todo el mundo, nos deben algo, están en deuda con nosotros, y nos disponemos a pasarles factura. Acusaremos a los otros. Nos excusaremos nosotros. Batallaremos por si arrebatamos algo a los demás para nosotros, por si conseguimos imponer nuestra voluntad.
Del miedo o de la omnipotencia de nuestro deseo puede despertar nuestra agresividad. Unos la vierten hacia fuera. Otros hacia sí mismos. Despiertan los muchos mecanismos de defensa. Nos cargamos de razón. Nos armamos frente a enemigos reales o imaginarios. Diseñamos ataques preventivos. O simplemente nos salen autojustificaciones o excusas no pedidas. Acabamos haciendo precisamente lo que no queremos. ¿Quién soy yo, entonces; qué soy yo; qué queda de mí? Trabajemos con mayor detalle qué es eso del deseo humano. Entremos en la espesura humana.
No es imposible reencontrarnos con nosotros mismos y lo que más profundamente deseamos.
Tratamos de encontrarnos con lo mejor de nosotros, con nuestra mejor verdad. El desear humano que radica en la afectividad no es algo negativo sino todo lo contrario, es la huella de Dios, es la semilla de Dios, es lo que nos recuerda que fuimos creados para Él, para recibir de Él nuestra plenitud de vida y amor. Nuestro deseo es deseo de Dios. Para percibirlo así, sólo nos falta reencontrarnos con nuestro deseo más profundo, con el deseo que nos constituye como personas, con el desear que nos construye.
Para ello comencemos por preguntarnos: ¿y si yo no supiera lo que en verdad deseo? De Jesús salió aquel “no sabéis lo que pedís” cuando la madre de Juan y santiago pedía lo mejor para sus hijos. ¿No tendremos que ser reeducados en nuestro deseo? Eso es lo que suponía Juan de la Cruz cuando advierte: “para venir a lo que no gustas, has de ir por donde no gustas” (1S 13,11). El paladar se nos ha hecho a unos gustos y ya no cree que pueda haber otros que no pasen por él. ¿Según qué y según quienes hemos aprendido a desear? Parece que todo va a depender de quiénes nos dejemos aún conducir y hasta reeducar el gusto y el deseo.
Los filósofos antiguos, epicúreos y estoicos, vinculaban la felicidad a la virtud y a la serenidad, a la ausencia de conflictos, y proponían para ello limitar nuestros deseos, y aprender a querer sólo lo que depende de uno mismo, eliminando así la parte azarosa de la vida y con ello mucho sufrimiento. Hoy en cambio, se nos anima a desear lo que no tenemos y se nos induce a comprar las satisfacciones de nuestros deseos. Hoy incluso se fomentará la creencia en la facilidad de conseguir lo que se desea, previo acople de nuestros deseos a lo que se nos propone. El consumismo actual y nuestra sociedad competitiva y agresiva se basan en el deseo 1) como carencia de algo que no se tiene y en necesidades nuevas inducidas; pero también en el deseo 2) como poder, voluntad de poder, “tú puedes conseguirlo”, “otros lo han conseguido” y te desafían; y, por último, en el deseo 3) como placer interminable e insaciable; y, por eso mismo, por ser siempre reproducible, nunca acabado de satisfacer, parece placer interminable.
También conoce nuestra sociedad una dimensión de nuestro deseo que es importante para nuestra meditación sobre la violencia. Y es que nuestro deseo es “mimético”. Hay necesidades instintivas o naturales, pero hay también deseo a imitación del deseo de otros. En efecto, aprendemos a desear con los ojos, con el tacto, con la presencia de la madre, o quien haga las funciones. Crecemos deseando lo que desean los otros, ya sean niños o mayores, compañeros o educadores. Rivalizamos, competimos con el otro hasta ganarle o llegar a un pacto. Toda la educación se dirige a socializarnos, a que aceptemos al otro, a limitar nuestros deseos, a compartir, a satisfacer también los deseos del otro.
Aquello de que deseamos a imitación de los otros lo sabrá aprovechar muy bien la propaganda consumista. Pero a nosotros nos interesa porque nos deja la pregunta abierta: ¿en relación a quiénes hemos ido deseando; con qué modelos hemos aprendido a desear? Y, en último término, ¿Qué le pasa a ese mecanismo de desear a imitación de otro cuando lo conectamos con el deseo de Dios, o sea, con el designio de Dios?
En efecto, preguntémonos cuál es nuestro deseo más profundo, nuestro deseo más verdadero, lo que más sinceramente deseamos. Empezaremos a discernir distintos niveles en nuestros deseos, unos más superficiales, que en el fondo no nos importan tanto, y otros más profundos. Pronto aparecerá, entre nuestros deseos más profundos, nuestro deseo de ser amados por otro. Es ésta la huella que dejó Dios al crearnos libres y capaces de amar. Desde entonces, nuestro corazón permanecerá “inquieto”, no descansa, hasta que descanse en Dios (S. Agustín). Eso ya nos dice algo importante.
Pero cabe preguntarnos si ese deseo de ser amados es ya una variación de nuestro desear humano. Si en ese deseo anida el deseo de ser deseado por otro, el deseo de ser amados nos coloca a nosotros mismos como el punto de partida y el punto de llegada de un movimiento circular, que no nos libera ni nos construye tanto. No se agota aquí, todavía, lo que es el deseo humano.
Según J. Alison, lo que verdaderamente nos construye, lo que nos recrea dejándonos como nuevos, liberados y con horizonte abierto, no es ser deseados por otro, ni sentarnos cara a cara con alguien que nos ama absoluta y pacíficamente. “Sólo un amor nos recrea, en la medida en que suscita en nosotros un deseo en imitación de aquel amor que nos alcanza, y en el que nos es sugerido amar a alguien más, como lo ama aquel amor”
.9Ricardo de San Víctor intuyó lo mismo reflexionando a partir del misterio de la Trinidad. La consumación del amor no podía darse en la mirada recíproca de los dos que se aman, había de incluir al tercero: “En el amor mutuo y ardiente, no hay nada más extraordinario ni más eminente que tú desees que aquél, a quien amas de un modo supremo y que te ama del mismo modo, ame también a otro con ese mismo amor.
10 Esto significa haber aprendido a desear ya según el deseo de Dios, a imitación de quien es la Vida no mortal, vida “vida”, vida generadora de vida, vida que busca darse.El conflicto y su superación por la culpabilización y exclusión.
El deseo de Dios enraíza en nuestra estructura de crecimiento y afianzamiento de nuestra identidad, en medio de las relaciones en que se encuentra. Hay un gran abanico de identidades humanas. En un extremo tendríamos a quienes recibieron de sus padres el valor, el sentido de ser y vivir, y despertaron deseos a imitación de quienes les unían a la existencia de manera pacífica y sin mayores conflictos. En el otro extremo están quienes, de su entorno familiar o social, bastante deteriorado o deficitario, no pudieron recibir pacíficamente el sentido de ser y vivir, y tuvieron que agarrar de donde pudieron fragmentos de un sentido de la vida que siempre les eludía. La gran mayoría andamos entre uno y otro polo, habiendo más o menos “recibido” o “agarrado” el sentido de nuestro vivir.
Quien presuma de originalidad y no reconozca sus dependencias de los otros para forjar sus deseos, quizás se equivoque, y sea más dependiente de los deseos de otros de lo que se imagina, dependencia a veces inconsciente y hasta compulsiva. En efecto, más o menos consciente, nos sale el “si yo fuera como tú, como usted, como aquél…”; y pensamos: “entonces me sentiría más bien, más atractivo o más convincente”. Cuesta reconocer esta dependencia y tratamos de autoafirmarnos en la originalidad o anterioridad de nuestros deseos.
Más conflictivo resulta todo cuando nos disputamos el mismo objeto del deseo, ya sean cosas o personas. Cuántas veces nos vemos deseando algo o alguien porque otro, que nos importa mucho, lo desea. Así estamos deseando por medio de los ojos del otro. Cuántas veces en la dinámica de la imitación de alguien, valioso para nosotros, acabamos viéndole como nuestro rival. Viene la disputa y la guerra, hasta que encontramos un “tercero” sobre quien descargar la culpabilidad de nuestro mutuo enfrentamiento. Si él tiene la culpa, librémonos de él y recobraremos la paz, una falsa paz, basada en el desplazamiento de la culpabilidad.
Aquí está esbozada la teoría “mimética” de René Girard,
11 quien piensa que toda sociedad y cultura humana funciona bastante así: la manera en la cual producimos la paz en el grupo es por la expulsión de alguien tenido como responsable de nuestros conflictos. Todos creceríamos en lucha con los otros, y todos conoceríamos la angustia al compararnos con los demás. Las rivalidades se hacen soportables o se cierran, en falso, encontrando la unanimidad colectiva contra una víctima a la que culpar de nuestros males. Es la ciega creencia en la culpabilidad de la víctima social la que afianza la seguridad del grupo.Una sociedad abierta ha de aceptarse en su conflictividad dada la disparidad de personas y niveles sociales y culturales que la componen, además de las otras gentes que le llegan de fuera. Si en vez de encarar con la razón y el corazón los conflictos, se busca la culpabilización de “terceros” (ni tú ni yo ni nosotros, sino él, aquél), creyendo que con su exclusión o eliminación solucionaremos nuestros conflictos, no hacemos sino alimentar la violencia con nuestra violencia, desencadenando la “inflación” de policía, ejército, cárceles, sistemas y empresas de seguridad.
¿Cómo fundar la paz social de otra manera?
Sólo alguien que no participe de la ceguera de la sociedad culpabilizadora y excluyente para conseguir su estabilidad, sólo alguien que no participe de dicha mentira, puede venir al grupo humano y desvelarle el engaño en que se encuentra. En la historia humana, hubo una cultura, que haciendo lo mismo que las otras culturas culpabilizadoras y excluyentes, hizo también experiencia de una percepción de la paz, diferente de todas las otras historias y mitos fundadores de los pueblos, que reclaman un sacrificio, una sangre, una violencia fundadora. La paz no la funda la exclusión ni la culpabilizacion, sino la inclusión y el amor, y este horizonte precede a nuestra violencia y derramamiento de sangre y permanece como futuro abierto.
La Biblia da testimonio de una voz diferente, a contra corriente de la justificación social por la eliminación del diferente, al que se le culpa de todos los males. Aquella voz recorre toda la historia de Israel preguntando: “¿Dónde está tu hermano Abel? […] Su sangre clama a mí desde la tierra” (Gen 4,9-10).
A lo largo de la Biblia distinguiremos a Dios de la violencia de los dioses, y se le percibirá al lado de la víctima. El acontecer de lo sagrado dejará de ser violencia contra el hombre. En Jesús lo sagrado acontecerá sanando, liberando, integrando a los excluidos. Pero volverán los judíos de su tiempo a recaer en el mecanismo de exclusión generando la víctima, como su chivo expiatorio que expulsan fuera de la ciudad santa: “Conviene que muera un solo hombre por el pueblo y no que perezca toda la nación” (Jn 11,50).
Se nos han abierto los ojos. ¡Qué sorpresa! Jesús subvierte desde dentro el mecanismo del deseo a imitación de otro. El deseo a imitación de otro y en rivalidad con él, estaba a la base de la teoría mimética, según la cual, el conflicto social se supera, y se cierra en falso, mediante la expulsión o eliminación del “otro”. Ahora decimos que Jesús siendo víctima de dicho mecanismo nos revela, como víctima resucitada, dónde está Dios, dónde se funda la verdadera paz.
Los discípulos de Jesús resucitado conocieron la inocencia de la víctima. Ahora resulta que las víctimas, sobre las que descarga el grupo social sus males, no eran las culpables, son inocentes, y la culpa recae sobre quienes las hicieron víctimas. Ahora resulta que hay un modo mejor de llegar a la paz que el mecanismo culpabilizador y de exclusión: aceptar el perdón de Dios y conectarse con Él, entrar en su dinámica integradora y solidaria.
Aprendiendo a desear según Dios.
Y retomando el hilo de nuestra meditación: ¡Qué sorpresa más esperanzadora! Ahora resulta que si crecemos y deseamos a imitación de los otros humanos, que más pronto o más tarde los veremos como competidores y rivales, en esa misma estructura antropológica, puede echar raíces nuestra liberación y nuestra paz verdadera. Todo depende de que aprendamos a desear a imitación del deseo de Dios: ¿qué gusta a Dios, en qué se goza? ¿Cuál es el designio de Dios? Si fuéramos reeducando nuestro desear humano según el desear divino manifestado en el anuncio del Reino que hace Jesús, iríamos dejando a parte nuestros impulsos violentos, iría cambiando nuestra mirada sobre los otros, ya no podríamos verlos como los culpables de todos nuestros males.
A imitación de Dios en Jesús aprenderíamos a discernir nuestros mejores deseos, bajaríamos a nuestro deseo más profundo. Que resista la vida en los lugares de muerte. Que los “otros” vivan. A imitación del deseo de Dios cuya gloria es que el ser humano viva. Inclusión, integración, compartir, con-dolerse, com-pasión, resurrección… a imitación del deseo de Dios que es un Dios inclusivo, integrador, com-pasivo, vida siempre vida, vencedora de la muerte.
Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros, y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Y que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados para formar un solo cuerpo (Col 3, 12-15).
Estas palabras nos invitan a no erigirnos unos en árbitros o jueces de los otros, juzgando, culpabilizando y repartiendo condenas. En la rivalidad es lo que solemos hacer. Aquí más bien se nos invita a que sea Jesucristo y su paz quien actúe de árbitro en nuestros corazones, pues a la paz de Jesucristo fuimos convocados para formar un solo cuerpo. Nos abstenemos del juicio, de culpabilizar y de sentenciar, y volveremos una y otra vez a buscar la reconciliación, la inclusión, la integración. Si el juez Jesús es el reconciliador con Dios y con los hermanos, ese designio de paz es el que ha de presidir en nuestros corazones. El deseo de Dios ha de ser nuestro deseo.
Para la reflexión y compartir
Sabiduría de un pobre, Marova, Madrid 2003, p.113.Podríamos analizar nuestros deseos y bajar desde los que nos parecen más superficiales hacia los más profundos.
A desear según Dios desea no llegarás luchando sino adorando. Cf. Lectura de E. Leclerc,
4. El Desierto con Carlos de Foucauld y su visión de la paz y la guerra.
Lo más importante en el día de Desierto es el encuentro prolongado con Dios. Resistir a solas con sólo Dios, a la espera de que se nos revele como nuestro absoluto, lo que más nos importa.
Pero también podemos encontrar tiempo para reflexionar y vivenciar. Si lo hacemos sobre nuestro tema, os sugiero que os dejéis alcanzar por Abel, por todos los “Abel” que a lo largo de vuestra vida han quedado como vuestros excluidos, y hoy retornan ofreciéndoos su perdón. Como Jesús resucitado volvió a consolar y fortalecer en la fe a sus discípulos, según los relatos pascuales.
Si aún tenemos tiempo podemos leer el artículo adjunto de M. Lafon sobre Carlos de Foucauld, la paz y la guerra.
“El Padre de Foucauld y la paz”
Artículo de Michel Lafon.
12Meditando sobre las fuentes evangélicas de la no-violencia
He aquí algunos elementos para esbozar una reflexión sobre un tema que merecería investigaciones y un estudio de mayor profundidad.
Distingamos, de entrada, dos contextos: 1) el del comportamiento en las relaciones personales y 2) el de la actitud en situaciones colectivas de violencia y guerra.
En el primer contexto, el mensaje del Padre de Foucauld es tremendamente exigente: se descubre en sus meditaciones sobre el Sermón de la Montaña o en su propia vida. Releamos algunas de estas alusiones a la dulzura evangélica, que corresponde con lo que en nuestros días suele denominarse una actitud no-violenta:
13.«Padre tierno, que deseáis un amor inalterable entre todos vuestros hijos, que deseáis que, para conservaresta paz, soporten con dulzura, paciencia, sin resistencia, unos de otros, toda violencia, todo insulto, la muerte misma, prefiriendo cada uno morir antes que herir a su hermano, o emprender una batalla contra su hermano…
Nuestro hermano es injusto: dejémosle llevar a término su injusticia pidiendo por él, dejémonos despojar, cedamos todo, “no resistamos al mal”; limitémonos a hacerle la corrección fraterna si consiente en atendernos, y tratemos de convertirle por esta fraterna representación tal y como la enseñó Jesús, después de haber intentado convertirle por nuestro corazón»
«Dios mío, en vuestro amor por todos los hombres, habéis querido que ellos se condujeran entre sí como un padre tierno quiere que sus hijos se conduzcan los unos con los otros… Vos queréis ver reinar entre ellos esta paz, […] esta mansedumbre, este espíritu de ternura y de amor que hace que si uno se permite cometer una injusticia, los otros cedan también enseguida por no alterar la paz y la unión, pensando que, suceda lo que les suceda, ganan siempre cuando la caridad gana… Si se nos golpea en una mejilla, ofrezcamos la otra, física y figuradamente: si se nos insulta, no respondamos al insulto; […] si se nos hiere, no nos defendamos, ofrezcamos el cuello como un cordero para no emprender la lucha con nuestro hermano, sino para vencerle, más bien, con nuestra dulzura, con el fin sobre todo de imitar al divino cordero…»
14.En estos textos y en otros semejantes se encuentran los temas fundamentales del pensamiento y del comportamiento de quien quiso ser el «hermano universal». Y aunque los comentarios siguen el Sermón de la Montaña, el motivo de esta manera de obrar, como se ha señalado frecuentemente, es el amor fraterno:
15.«Todos estos mandamientos son mandamientos de caridad»
Es por mis hermanos, por amor a ellos, por deseo de la paz con ellos, por lo que yo debo soportar una injusticia –cuando sólo me afecte a mí – y buscar con dulzura cambiar el corazón de mi hermano. Por el contrario, es evidente que si son mis hermanos quienes sufren la injusticia yo no puedo soportarla: la situación es diferente.
El amor fraterno y la imitación del Señor Jesús suscitan un auténtico comportamiento de artífice de la paz. Inversamente, el apego a los bienes materiales, el espíritu de “propietario”, constituyen el principal obstáculo a esta caridad, a este espíritu de paz hacia mis hermanos. Señalemos a este respecto una frase, que suena como una máxima de los Padres del desierto:
16.«El más pequeño aumento de la caridad entre los hombres en esta familia humana de los hijos de Dios, vale mil veces más, tiene mil veces mayor importancia, que todos los bienes materiales del mundo»
Adviértase también la importancia de la humildad como factor de paz:
«La humildad es la verdad, el “fundamento del edificio espiritual” […], hermana de la caridad y de la obediencia, es inseparable de la una y de la otra, y engendra la paz tanto interior como exterior» (Directorio, art. XXI).
Dirigiéndose a todos sus futuros discípulos
En el mismo sentido, y con la misma severidad, el hermano Carlos redactó lo que debe inspirar a todos sus discípulos, laicos y religiosos: su Directorio (1909). El artículo XXI, titulado “Caridad, Paz, Humildad, Valor”, comporta una serie de minuciosos consejos que convendría leer y releer. Comparadas con las meditaciones personales y los reglamentos anteriores, estas páginas aportan precisiones interesantes que merecen ponerse de manifiesto:
«Si unos hombres son agresivos o injustos, cederemos nosotros ante ellos cuando no se trate más que de bienes materiales y cuando esto pueda hacerse sin lesionar la justicia y sin detrimento para las almas; igual que los hermanos piadosos y prudentes ceden en cuestiones de bienes materiales ante hermanos perversos, con tal de no atentar contra la paz y la caridad».
El hermano Carlos reclama también de todos sus hermanos que eviten los juicios y si es necesario cedan en sus derechos. Y para los futuros novicios que habrían de seguir el Reglamento de los Hermanos Menores de 1899 (revisado en 1902), añadió la siguiente prescripción:
17.«Les está prohibido, para siempre, servirse de las armas, portarlas, poseerlas»
A él le fue dado morir desposeído, desarmado, sin resistencia, como había deseado:
18.«Pienso que debes morir mártir, desposeído de todo, tendido sobre la tierra, desnudo, irreconocible, cubierto de sangre y heridas, violenta y dolorosamente matado…»
La trágica contradicción de este destino quiso que tal consagración suprema se consumara cerca de una reserva de armas, acumuladas, gracias a sus gestiones, en aquel fortín que él mismo había hecho construir algunos meses antes.
El hermano universal arrollado en la guerra de 1914
En efecto, su muerte se dio en plena guerra mundial, cuando el Sahara se encontraba en medio de aquella formidable conflagración en la que se enfrentaban, por un lado, Francia y sus aliados y, por otro, Alemania y los suyos, de entre los cuales estaba Turquía.
19.«La guerra turca es evidentemente un motivo más para permanecer aquí»
Esta situación, especialmente turbulenta en su región sahariana, explica de algún modo, lo que el Hermano Carlos escribió, tres meses antes de su muerte, al capitán Duclos:
«Estoy enteramente de acuerdo con Ud. sobre la necesidad absoluta de una represión severa de los crímenes cometidos, de las deserciones, disidencias, pasos al enemigo; sobre la necesidad de la expulsión de los indeseables, espías y sembradores de confusión…» (1/IX/1916).
Para proteger a la población civil de las eventuales incursiones de los guerreros aliados de los turcos, él transforma su fraternidad en un fortín, depósito de víveres, de armas y de municiones:
20.«Agradezco al buen Dios haber transformado mi eremitorio en un lugar de refugio defendible» (a Mme. de Bondy, 30/X/1916)
Es preciso remitirse al clima espiritual de aquellos años para comprender a Carlos de Foucauld y su reacción ante la guerra. Antiguo oficial, hijo de una Alsacia cuyo retorno a la madre patria era la esperanza de todos los franceses, Carlos refleja las ideas de su tiempo y de sus paisanos cuando compara esta guerra con una cruzada:
21.«Puede decirse que esta guerra es una cruzada, una cruzada por la libertad de un mundo amenazado, y en favor de la civilización, en favor de las ideas del derecho y de la justicia, y por la libertad de la patria francesa y de todas las patrias»
Como muchos, Carlos desea que de esta enorme prueba nazca un mundo nuevo:
22. «¡Que el buen Dios conceda la victoria y una paz que instaure en Europa la justicia, la libertad y una larga tranquilidad!»23.«Espero también que de la Paz surjan una mejor Francia, más virtuosa y más cristiana, pueblos aliados más fraternalmente unidos entre sí, y también mayor celo por el progreso moral, la buena administración y la salvación de las almas de los indígenas de las colonias. ¡Que el buen Dios proteja a Francia y haga surgir un gran bien de tanto mal!»
Ser de su tiempo o no serlo anticipando el futuro
Carlos de Foucauld, en muchos aspectos de su pensamiento y de su acción, es plenamente de su tiempo y participa por lo tanto, como tantos otros cristianos, en la encarnación de la Iglesia en una historia y en una cultura. ¿Habrá que reprochar a la misma institución de la Iglesia que está demasiado encarnada y, a la vez, que no lo está, o sea, que no es bastante de su tiempo?
Únicamente una fidelidad muy rigurosa al Evangelio suscita cristianos a contracorriente de su época, afirmando así la trascendencia de este «Reino que no es de este mundo» (Jn 18, 36). Tal fue el caso de Carlos de Foucauld, no tanto con ocasión de la Gran Guerra, cuanto, en cierta medida, frente al sistema colonial.
Combatiendo la esclavitud y denunciando las injusticias, supo desmarcarse de una concepción de la colonización totalmente condenable. Bien lo supo ver un musulmán argelino: «Nos parecería injusto, dice, acusar a un religioso como Carlos de Foucauld de no haber estado en condiciones de superar la mentalidad de su época y su nacionalidad francesa, ya que hizo aparecer ante los ojos del mundo verdades políticas que la conciencia argelina y la francesa tardaron medio siglo en reconocer. Si no fue, en este terreno, lo que puede llamarse un genial precursor, mostró sin embargo más lucidez que la mayor parte de los responsables coloniales de su generación»
24.El Sermón de la Montaña, que está en el corazón del mensaje de Carlos de Foucauld, puede inspirar el actual cuestionamiento de toda guerra.
Introducir el espíritu siempre nuevo de la caridad fraterna y universal en el interior de una situación de violencia o de conflicto, ¿no supone introducir el fermento que acabará por darle la vuelta a la situación en sí misma? ¿Es acaso posible hacer la guerra sin odio? ¿Estamos abocados finalmente a rechazar la guerra? ¿Es posible amar a los enemigos cuando encarnan la injusticia? ¿Cómo liberarlos de su injusticia sin remover determinadas “estructuras”, tan contrarias al espíritu fraterno? ¿El amor a las víctimas, vengan de donde vengan, no nos lleva a plantearnos cuestiones que no fueron previstas por el Hermano Carlos? Nuevos interrogantes que hablan del combate interior del cristiano actual.
Pero la fidelidad a su mensaje nos impone la elección sobre los medios apropiados a nuestras luchas por la justicia. La violencia, como respuesta a otra violencia o a la opresión, ¿es compatible con el Sermón de la Montaña? El Evangelio no nos promete la comodidad y facilidad de las posiciones conformistas: «Bienaventurados quienes son perseguidos por causa de la justicia… Bienaventurados seréis cuando se os ultraje, cuando se os persiga y cuando se diga falsamente contra vosotros todo tipo de mal por mi causa…» (Mt 5, 10-11). Angosta es la vía en la que está comprometido el que sigue al Maestro…
Escuchemos también esta llamada a la paz y al amor que viene de Tamanrasset:
25.«Ante toda alma, tendrán sin cesar ante sus ojos su misión con respecto a cada uno de ellos: esta misión es la de salvarlos. En todo hombre, bueno o malo, amigo o enemigo, bienhechor o malhechor, cristiano o infiel, lo que verán será un alma a salvar; se harán “todo para todos, para salvarlos a todos”; odiarán el mal, pero este odio jamás les impedirá amar a los hombres: llevándolos a todos en su corazón, hasta a los más perversos, como el Corazón de Jesús; serán amigos universales para ser salvadores universales…»
«Constructores de la paz», los discípulos del Hermano Carlos se presentan como sujetos capaces de, sin atenuar el carácter abrupto de estas exigencias, inventar la respuesta a esta cuestión, recientemente formulada por un moralista: «¿Cómo, en este último cuarto del siglo XX, asumir de un modo responsable el espíritu de Jesús con respecto al problema de la guerra y de la paz? La cuestión concierne a las Iglesias en cuanto comunidades de sus discípulos, pero también a cada uno de sus discípulos en particular»
26. Es la comunión con los más pobres, los más pequeños, los más desgraciados, allí donde los encuentre el hermano universal, la que nos permitirá hallar una vía nueva en la que «la Iglesia gana cuando gana la caridad »27.************
5. La paz de Jesús y el conflicto que provoca.
la paz desde el antiguo testamento
La palabra hebrea shalom significaba estar y vivir sano, integro, no roto ni dividido, en orden y prosperidad. Significaba el buen funcionamiento de cualquier actividad (se aplica hasta al buen funcionamiento de una guerra). Significaba la plenitud, el acabamiento, la realización plena de las criaturas de Dios. Era también la armonía dentro de la comunidad de Israel penetrada de la bendición de Dios, donde se crecía en todas las relaciones familiares y sociales. Era la relación con el Dios único y Creador que une a todos los pueblos de la tierra.
Con los profetas se precisa que shalom, la paz, es fruto de la justicia y de la equidad o derecho, es decir, es fruto del cumplimiento de la Ley de Dios. El producto de la justicia será la paz (Is 32,16). No basta ya que funcionen bien las cosas. Puede tratarse de una falsa paz (Jer 6,14), y merecer el juicio y castigo por infidelidad a la Ley de Dios. Ahora paz se opone ya a guerra, a espada.
Con el tiempo, los sabios y los justos de Israel harán la experiencia de la crisis de esta proporción entre la fidelidad a la Ley y la paz. Puede que le funcionen muy mal las cosas al justo y le falte la paz. Entonces, sólo le quedará clamar a Yahvé y confiar en su mayor justicia, incluso más allá de la muerte.
El don de la paz, desde los profetas a los sabios, se hará escatológico, se aplaza para el final, para un pueblo convertido y purificado, para una nueva y definitiva alianza. La vocación de la Jerusalén de después del exilio de Babilonia será como indica su nombre “Paz en la justicia” (Ba 5,1-4). Sus gobernantes serán “La Paz” y su gobierno “La Justicia” (Is 60,17-18). Esto sólo podía ser Don de Dios.
Y se imaginan con la paz una fecundidad paradisíaca, entre animales, entre los hombre y los animales, entre los hombre de Israel y su Dios en una nueva alianza, y hasta entre los pueblos de la tierra. “De las lanzas se forjarán arados” (Is 2,4). Con vistas a esta paz perpetua no harán falta ya las armas. Pero no es menos cierto que ese Día o esos tiempos no llegarán sin combate. Por eso replica otro profeta: “Forjad espadas de vuestras azadas y lanzas de vuestras podaderas” (Joel 3,9ss).
Hay imaginarios contrapuestos y distintos para el Día en que Yahvé intervenga. Uno que se confirma con el paso del tiempo y hacia el que confluyen distintas imágenes es la venida de un Mesías, un ungido, de Dios, que se anuncia como Príncipe de la paz, a la vez que Dios fuerte que romperá el yugo y la vara del opresor (Is 9,1-6; Miq 5,1-4). Pero cuando llega este Mesías en Jesús de Nazaret sorprenderá a todos, resultará un Mesías muy extraño y poco mesiánico. Sólo en parte cumple las expectativas y en parte no. Veamos las dimensiones de la paz que trae Jesús, en toda su riqueza y complejidad.28
La paz mesiánica, que trae Jesús, bendición de Dios para su pueblo.
Jesús usa la palabra “paz” como fórmula de la bendición de Dios, cargada de promesa para sus hijos. Desde hacía siglos era conocida la fórmula de bendición en Israel: “Que Yahvé te muestre su rostro y te conceda la paz” (Núm 6, 26). Jesús se sirve de la palabra paz para saludar o para despedirse, y con su palabra alcanza la bendición de Dios a sus hijos (Lc 7,59; 8,48; 24,36). La bendición de Dios va alcanzando a enfermos y pecadores, y los va reintegrando en la paz de la comunidad religiosa de Israel. Los discípulos, portadores del Evangelio de Jesús, la Buena Nueva, anticipan la comunidad de paz y la procuran. Son felicitados por Jesús porque son hacedores de paz (Mt 5,9).
Los discípulos, como Jesús, llevan la promesa de Dios en el saludo de paz a la casa o ciudad donde acuden (Mt 10,7-13). Con la paz de Dios estaba llegando la salvación. A la mujer con flujos de sangre que la hacían impura, Jesús le dice: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad” (Mc 5,34). Jesús es saludado por discípulos y pueblo como el Mesías de paz: “He aquí que tu Rey viene a ti manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo” (Mt 21,5; Za 9,4).
Lucas saluda a este Mesías de paz desde su nacimiento en Belén: Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz. Es el “camino de paz”, iniciado por Juan el Bautista, que conduce al tiempo de la salvación (Lc 1,79). Habrá que llegar a Jerusalén, y la cruz significará que Jerusalén no ha reconocido el momento de la visitación clemente de su Dios. Pero, resucitado, el Señor, que ahora muestra su señorío universal, deja en el tiempo de la Iglesia un tiempo de paz (Hch 10,36). La paz del Mesías es la paz escatológica, o sea, don de Dios, alianza nueva y definitiva de Dios con los hombres, pero como oferta significativa en la historia de los que siguen a Jesús. La paz mesiánica y escatológica sigue siendo oferta histórica, don y donación de Dios en la historia, para la redención de lo humano en este mundo, abierto a su trascendencia.
La paz de Jesús: invitación sapiencial a una paz con gran sentido humano.
Salmos, Proverbios y Sabiduría traen con frecuencia una invitación a buscar la paz y la reconciliación. El Mesías Jesús ante la gente que le escucha se debate entre la figura de maestro (sabio) o profeta. Muchos dichos del Jesús sabio y maestro son una invitación a la paz y el perdón entre los hombres, y una proclamación de la paz y perdón que Dios concede a los hombres.
Es sabio, y no por ello menos profético, que Jesús pida que antes de presentar la ofrenda sobre el altar, si uno recuerda que está reñido con su hermano, deje la ofrenda y vaya antes a reconciliarse con su hermano (Mt 5,23). Esta prioridad molesta nos hace bien y deja las cosas de la religión en su sitio. Si Jesús proclama un Dios que quiere reconciliarse con el hombre hasta concederle su perdón, esa buena noticia no podía dejar de tener su reflejo en la vida humana: También vosotros debéis perdonar de corazón a vuestros hermanos (Mt 18,34). De lo contrario no es coherente dirigirse a Dios implorando su perdón o esperarlo para el día del juicio (Mt 6,12·14). Ya la sabiduría nos invitaba a no despedir el día, a no entrar en el sueño, sin antes haberse reconciliado.
El justo busca la paz y anda tras ella (Sal 34,15). Jesús anima a no pleitear, a no recurrir a los jueces, sino a buscar acuerdos antes que acudir ante un juez (Mt 5,25). Es razonable que así sea y es provocativo para nuestra sociedad actual tan judicializada y tan poco dada a buscar acuerdos, consensos. Este esfuerzo por conseguir un acuerdo, una concordia, que a veces implicará ceder a las pretensiones del otro (Mt 5,40), se entiende si se piensa en la comunidad de paz, el nuevo Israel, que iba a fundar el Mesías de paz.
La reconciliación y la no violencia de este Mesías de paz invita al seguimiento: “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29) Su “ley” (yugo) es suave y su carga es ligera, por estar basada en el amor, el perdón y la misericordia. Quien le siga deberá trasparentar esa mansedumbre y humildad de corazón. “Si hubieseis comprendido lo que significa Misericordia quiero, que no sacrificio, no condenaríais a los que no tienen culpa”, los pobres, enfermos y demás excluidos sociales (Mt 12,7). Los pobres y los humildes agradecen la misericordia con ellos y tienen misericordia con los demás. Ellos son los herederos de cielo y tierra (Mt 5,3-4; Sal 37,11).
Su conocimiento del ser humano le dice que entre nosotros, en la comunidad de sus discípulos, también habrá rivalidades, discordias, conflictos (Mt 20,20-28). Pero este realismo no le impide confiar en que sus seguidores serán capaces de buscar el acuerdo y la reconciliación, porque si es necesario conocen el perdón. En la corrección fraterna primará la persona (Mt 18,15). La estrategia de los discípulos incluye ir ligeros de equipaje, desarmados, sin equipo ni posesiones de reserva (Mc 6,8-9). Eso conllevará no aceptar desafíos belicosos de fuerza a fuerza sino pedir antes condiciones de paz (Lc 14,28-33). “Buena es la sal; mas si la sal se vuelve insípida, ¿con qué la sazonaréis? Tened sal en vosotros y tened paz unos con otros” (Mc 9,50). Aquí la sal que llevan los discípulos es esta capacidad de concordia y de paz.
Esta bendición de Dios y sabiduría humana, que trae el Mesías de paz, no llega sin provocar conflicto y sufrir rechazo.
Habrá casas o ciudades que rechazarán la buena noticia, la bendición de Dios que trae Jesús y sus discípulos (Mt 10,7-13). Dentro de la propia familia, en la de Jesús y las de los discípulos, sufrirá incomprensión. Escribas y fariseos, herodianos y saduceos, se pondrán en alerta y llegarán a sentirse molestos, cuestionados, desautorizados, y pasarán al contraataque. El mismo Jesús lo declara: “¿Creéis que estoy aquí para poner paz en la tierra? No, os lo aseguro, sino división. Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos; tres contra dos y dos contra tres” (Lc 12,51).
Así lo transmite Mateo: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual son los de su casa. (Mt 10,34). La división que provoca Jesús se inscribe en el corazón de la familia… hasta la altura del odio (Lc 14,26; Mt 10,37) o de eximir del deber sagrado de enterrar a los muertos (Lc 9,59-60). ¿Qué significa todo esto?
En el mundo antiguo y la cultura a la que pertenece Jesús, la familia aglutina toda la vida de la persona, su vida afectiva, social, labora, económica y religiosa, y le da identidad, protección, estatus social y honor. Pero Jesús vino por los “hijos pródigos” de esta familia, y precisamente por los que no encuentran el camino de vuelta a la casa del padre. Aun respetando y atendiendo a las personas de la propia familia, no por ser mi familia sino por ser hijos de Dios, no puede consentir a esta institución todo lo que ella pretende ser para sus miembros. Para la salvación de los hijos “perdidos”, para que no cuente ya el honor o la vergüenza, Jesús ofrece a Dios mismo y su reinado que vienen a sostener la verdadera identidad humana, la de hijos de Dios. Así, en la confianza en Dios, encontrarán la protección y dignidad, mayores y más verdaderas que las que la familia puede asegurar.
De este modo, sale una nueva fraternidad, paternidad o maternidad más radicales, abiertas y universales, para lo que la institución familiar en su pretensión de absolutez (identidad, protección, estatus social y honor) aparece como obstáculo. “¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: ‘Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3,33-35). Esta nueva maternidad y fraternidad ya no la pueden sostener los vínculos de la carne ni la sangre, sino haber creído en el reinado de Dios, haber dicho fiat, “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).
Pero esa alternativa que puede llegar a oposición, entre el Reino de Dios y el bienestar de la propia familia, se reproduce de igual modo a otros niveles, como en el corazón de las relaciones sociales. Ahora la alternativa se situará entre tener a Dios o al Dinero como señor nuestro; y, está claro que no podemos servir a Dios y al Dinero (Lc 16,13; 6,24; Mt 19,21-24).
Otra alternativa se dará entre la piedad, según los piadosos judíos, y el culto que Dios espera, según Jesús. No sólo en el Sermón de la Montaña aparece ya esta oposición sino, abiertamente como conflicto, en la denuncia de los escribas y fariseos como hipócritas o sepulcros blanqueados (Mt 23, 1-36). Esta conflictividad, que podemos llamar religiosa, provocada por Jesús, será la determinante de su condena a muerte. Hablar de Dios como habla Jesús y actuar en su nombre como actúa Jesús en favor de los perdidos e impuros, parecerá blasfemo para los guías morales y religiosos y para las autoridades judías. Jesús les conmina a que hagan con él lo que ya hicieron sus antepasados con otros profetas; pero advierte que sobre ellos recaerá la sangre derramada (Mt 21,33-46; 23, 33-38;). Hasta el día del juicio será duro con quienes han rechazado hacer las obras de misericordia porque es rechazar que Dios es misericordia (Mt 25,41; Ap 20,15; 22,15).
No descartemos, pues, los textos de la Escritura que hablan de juicio, violencia y castigo proviniendo de Dios, porque nos advierten de un riesgo muy cierto de nuestra libertad. Parecen contradecir la imagen de Dios como Padre que nos ha pasado Jesús, Padre en cuyo amor caben los perdidos y por eso nos anima a amar hasta nuestros enemigos. Si ésta es una imagen de Dios ya irrenunciable, no tenemos más remedio que esforzarnos por “interpretar” aquella literatura bíblica, que describe la violencia de Dios que cae sobre el hombre.
Bien entendidos, esos textos no hablan de un Dios violento y vengativo sino que son constatación de las consecuencias negativas para el hombre que se sitúa fuera del horizonte abierto por Jesús. Bien entendidas, las señales apocalípticas describen y constatan la manera en que la violencia terrestre, no Dios, sacude todo lo creado, sacude los cimientos de todo lo creado, a modo de una crisis social, cultural y hasta cósmica (ecológica), de tamaño cada vez mayor. Con toda esta literatura se nos dice que quien se opone a la misericordia arriesga quedarse sin misericordia; arriesga quedarse sin conexión con la fuente de la vida, en el reino de la destrucción y la muerte; porque así lo ha preferido. Misterio tremendo, pero posible y real.
La proclamación del reinado de Dios en la plenitud de los tiempos que significa Jesús de Nazaret es pacífica. No pretende imponerse por la fuerza para hacerse verificar en su poder. Así despolitiza, desmilitariza, desarma la esperanza mesiánica. Pero con sólo esa apelación al reinado de Dios y su presencia en el hablar y actuar de Jesús, con sólo eso, con la liberación y reintegración del excluido en las pequeñas acciones simbólico-proféticas de Jesús, se desencadena una revolución tan potente que no deja otra salida a sus opositores más que su eliminación física: la condena a muerte en cruz. ¿Por qué llegar a tanto? Quizá porque desmontaba el dosel sagrado bajo el que se cobijan los poderes de este mundo que pretenden decidir sobre la vida y la muerte de los hombres.
En efecto, quienes rechazan a Jesús y a los que él acoge, y así rechazan a Dios, lo hacen desde sus certezas tradicionales, desde su convicción de conocer los caminos de Dios y saber discernir los engaños del Maligno, desde su convicción de conocer la línea de separación entre lo puro y lo impuro. Por eso acusan a Jesús de blasfemo y de posesión diabólica. Pero esas convicciones son además poder. Por eso también le rechazan desde su compromiso político; unos, las autoridades judías, colaboracionistas de Roma como mal menor para la subsistencia del pueblo judío; y otros, de extracción más popular, apostando a cuanto suene a liberación política de Israel, único signo creíble para ellos de su liberación como pueblo de Dios.
Dios, en Jesús, se desmarca de todos ellos, acepta sufrir la violencia que provoca su forma de reinar en Jesús, pareciendo débil, frágil e impotente. Su victoria, en la resurrección de Jesús, se da a conocer en este mundo, pero pertenece ya a la trascendencia. No es victoria tangible, verificable, que se haga valer con fuerza en este mundo. Su victoria queda en cuantos han creído en su reinado y siguen a Jesús desde su Espíritu.
En esto queda la paz mesiánica que trae el Mesías crucificado. Queda poco “mesiánica” y poco “paz”; poca victoria, poca destrucción del mal en el mundo; poco o nada apocalíptica. Los textos del NT que, hasta en boca de Jesús, hablan de acciones de Dios destructivas sobre aquellos que le rechazan no son expresión de un Dios amenazante, sino son, en el lenguaje que la Escritura y ellos conocían, la revelación de que ante Jesús se estaba decidiendo el combate escatológico que habían imaginado para el fin de los tiempos. Las amenazas no les caían desde un Dios amenazante, no les venían o les caían desde fuera ni desde arriba, sino eran las amenazas inmanentes a su praxis, en su apuesta por el poder y en su rechazo de la misericordia (Mt 23,23).
Así pues, las Escrituras y Jesús revelan la posibilidad de lo “trágico” en la vida humana, la posibilidad de una desconexión de la fuente de la vida, de un aislamiento y sufrimiento sin esperanza y sin sentido, que se niega al remedio, al cerrar su corazón al hermano. No era eso lo que Dios quería para ellos ni para el resto de sus criaturas humanas. Pero aquí está el límite del amor de Dios: en la libertad humana. Parece que el amor potente, o la omnipotencia amorosa, de Dios no basta para la superación de la violencia humana, asociada al abuso del poder humano y su libertad, y la violencia vuelve una y otra vez. Quizá entendamos ahora las palabras enigmáticas de Jesús: “Desde Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos despierta y padece violencia, y gente violenta pretende apoderarse de él, tomarlo como su botín” (Mt 11,12).
29 Jesús ofrecía la paz de Dios en forma de gracia. Y la gracia, en este mundo violento, es toda una provocación.30La paz que comunica el Jesús resucitado.
El evangelio de Juan ha releído toda la existencia terrena de Jesús, su muerte y su resurrección y la repropone como la revelación de Dios. Jesús es el revelador del Padre y comunicador de su Espíritu. Jesús es la Palabra de Dios, que proviniendo de junto a Dios se hizo carne y habitó entre nosotros. Cuando se ponía por escrito este evangelio era ya Jesús resucitado mediante su Espíritu quien comunicaba su misterio a sus discípulos, el misterio de su Encarnación y de su Cruz.
La paz que comunica Jesús resucitado viene de la trascendencia, de la gloria del Padre, pero es ya bendición de Dios para sus hijos, es escatología realizada. En comunión con Jesús resucitado no hay que esperar al fin de los tiempos ni al más allá para participar ya de esa vida de Dios no mortal, eterna. Ahora para Jesús su paz es el Padre y así se la ha dejado a sus discípulos mediante el Espíritu, que es del Padre y del Hijo. Espíritu que les habitará y les recordará todo lo de Jesús y les llevará a la plenitud en la verdad. La paz aparece así como la comunión de relaciones interpersonales en que se entra, comunión de vida y amor con el Padre, el Hijo y el Espíritu.
El resucitado deja su paz a sus discípulos en contraste como da el mundo su paz: “Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14,27). Ya aprendimos cuál es el modo como el mundo procura la paz, como una tregua entre guerras, como paz impuesta, necesitada de ser militarmente custodiada, pero sobre todo por el mecanismo de culpabilización de terceros y su exclusión; y, por último, preparando la mejor defensa de nuestra paz con más de algún ataque, incluso con ataques preventivos. Este es el modo como el mundo procura la paz. Por eso decíamos en el tercer tema que sólo alguien que no participe de la ceguera de la sociedad culpabilizadora y excluyente puede fundar la paz de otra manera. Y ahora escuchamos del resucitado: mi paz os dejo, mi paz os doy, no como la da el mundo.
Jesús resucitado comunica su amor y comprensión a sus discípulos. Sabía todo el poder que el mundo y sus mecanismos de exclusión iban a mostrar sobre él, y cómo sus discípulos iban a sucumbir. Su fe en él no les impidió abandonarle y caer en tristeza. Jesús resucitado viene a consolarles, a confortarles, a confirmarles en su fe, y a comprometerles en su misión evangelizadora. El saludo no podía ser otro que “la paz con vosotros” (Jn 20,19·21·26).
La misión a la que envía a sus discípulos no es para otro mundo. “No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo” (Jn 17,15). Pero van a dar su testimonio en el mundo y, expulsados ya de la Sinagoga judía, quedan a merced del dios de este mundo; no menos que su maestro. Quien les expulse o les mate creerá estar dando culto a Dios, a saber, al dios de este mundo; no menos que su maestro (Jn 16,1-2). “Os he dicho todas estas cosas para que tengáis paz en mí; en el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo! yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). No es una invitación a la imposible huida del mundo (fuga mundi), sino a resistir en medio de la tribulación, la presión, los aprietos, la angustia y la opresión. Y, ahí en medio, ahí, recobrar la paz, una y otra vez, de las manos de Jesús resucitado.
La paz con Dios, fruto de la justificación en Jesucristo, bendición para toda la humanidad.
“Habiendo, pues, recibido de la fe la justificación, estamos en paz con Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido también, mediante la fe, el acceso a esta gracia en la cual nos hallamos, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” (Rom 5,1) La paz con Dios y la fe por la que se accede a ella. Todo un mundo extraño al hombre moderno. Apreciamos en poco eso de estar en paz con Dios, eso de que Dios pueda volver su rostro sobre nosotros y concedernos su paz (Núm 6,26).
Esta poca apreciación de la paz con Dios es indicio de que vivimos de espaldas a Dios, crecidos en nuestra autosuficiencia para conseguir nuestros objetivos. Pero es también indicio de vivir de espaldas a los hombres, desculpabilizados de nuestra responsabilidad respecto de nuestros hermanos empobrecidos, explotados, empujados a una muerte siempre injusta. Hemos dejado de escuchar la voz que recorre toda la historia: ¿Qué has hecho de tu hermano Abel? Así de espaldas a Dios y de espaldas a los hermanos, con nuestra pretendida inocencia, ya no necesitamos de reconciliación y nos suena a pasado eso de estar en paz con Dios.
Pero la paz con Dios es el fruto de la entrega de Jesucristo y es la mejor promesa cargada de esperanza para toda la humanidad: “fuimos reconciliados con Dios”, no mereciéndolo, perdurando como enemigos los unos de los otros y por eso enemigos de Dios (Rom 5,10). La paz con Dios no nos era debida. Sólo por su amor excesivo mostró su benevolencia, gracia y misericordia. Esta es nuestra fe: “Nosotros hemos creído en Aquel que resucitó de entre los muertos a Jesús, Señor nuestro, quien fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación” (Rom 4,24-25). Si Dios nos justifica ahora por su amor mostrado en Jesucristo, éste viene a ocupar nuestras obras, las obras de la Ley, por las que pretendíamos ganarnos la benevolencia de Dios. Esta fe es liberadora, nos libera de la pesada necesidad de autojustificación, siempre necesitados de justificación, de reconocimiento, de aprobación.
Esta paz con Dios es ahora como la prenda, la garantía, la firme promesa de que la paz entre los hombres será posible. Por eso conocer esta reconciliación, esta paz con Dios que obra Jesucristo, es ya una bendición para toda la humanidad. El Espíritu derramado en nuestros corazones da testimonio de que somos hijos y podemos llamar a Dios Abba, Padre amado; y da testimonio de que nuestro destino es la vida y la paz (Rom 8,6; Gal 5,22). Esto significa que hemos sido conectados a la fuente primera que es la Vida y la Paz de Dios. Estamos salvados, al menos en esperanza, que no es poco (Rom 8,24; 1Tes 5,23). No es poco, porque no habrá nada, nos pase lo que nos pase, ninguna tribulación, que pueda separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro (Rom 8,39).
Esta paz con Dios que nos responsabiliza de nuestro hermano y, a la vez, nos libera de la necesidad de autojustificarnos, y nos regala con su amor sin medida en Jesucristo, es la verdadera garantía de la futura paz entre los hombres, de que la paz entre los hombres es posible. Esta fe y esta esperanza nos animan a recorrer los caminos de la paz entre los hombres. Muchas son las exhortaciones, saludos y despedidas que en las cartas apostólicas del NT apelan a la misericordia y a la paz.
Dentro de la tradición paulina y conectando con himnos litúrgicos bautismales o eucarísticos, se cantará a Jesucristo como “Primogénito en la Creación” y “Primogénito de entre los muertos”… “pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud, y reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo seres de la tierra y de los cielos” (Col 1,20). Se celebra y se canta el triunfo de Jesucristo, el Revelador de Dios invisible, sobre los poderes de este cosmos y, entre ellos, el poder de la muerte. Los bautizados pertenecen a este mundo reconciliado, en paz con Dios, bajo la soberanía del Hijo, bajo la soberanía del reinado de Dios. Si hubiera habido documento alguno donde constara sus pecados, habría quedado clavado en la cruz y allí habría sido borrado por la sangre del Hijo (Col 2,13ss.). Que las metáforas no escondan la realidad: que la victoria pertenece a la gracia de Dios, nuestra verdadera paz.
Y esto se afirma con vistas a toda la humanidad. Ahora las promesas del Dios de la Alianza con Abraham y con Israel pertenecen a judíos y a gentiles, a toda la humanidad. En su carne de crucificado, en Jesús, nacía una nueva humanidad (Ef 2,15). Y para ello, se estaba rompiendo el velo del Templo judío (Mt 27,51), y derrumbando el muro de la separación entre judíos y gentiles, la Ley como último criterio y como criterio de separación de lo impuro (Ef 2,14). Se nos ofrecía un criterio mayor y, esta vez, criterio no separador sino reintegrador, reconciliador, pacificador, el del “amor crucificado”, el de un Dios amor crucificado, cuyo Espíritu presente en nosotros nos hace llamarle Abba, Padre amado, y nos recuerda incesantemente el misterio de su amor en Jesús crucificado: Amor meus crucifixus est.30b
Así es como Jesucristo llegó a ser el Mesías de paz, como mesías crucificado (1Cor 1,23), muy diferente de cómo se le había soñado (Is 9,6; Miq 5,4) y aún se le volvería a soñar en la historia de la Iglesia. Este crucificado se levanta sobre la tierra para atraer a todos los pueblos hacia él: “Mirarán hacia el que traspasaron” (Jn 19,37). Pero como Mesías resucitado vimos cómo ya comunica su paz a los suyos para resistir, y muestra su señorío sobre las “paces” imperiales, impuestas por los “imperios” de este mundo (Ap 6,4).
Cuando hombres y mujeres de los distintos pueblos y culturas, muramos y resucitemos con él, identificados con los “traspasados” de unos y de otros, entonces se fundará una paz duradera, no una tregua basada sobre mínimos.
31Para reflexionar y compartir:
¿Entendemos ahora lo que significa en boca de Jesús: no he venido a traer paz sino división? Recuerda cómo el reinado de Dios entra en conflicto con las instituciones que pretenden falsamente asegurarnos la identidad, protección, seguridad, honor.
¿Entendemos lo que nos dice Jesús resucitado: mi paz os doy, no como la da el mundo?
****************
6.
La cultura de la paz será la cultura de la “no-violencia”, el diálogo y el redescubrimiento de la filiación divina.La no-violencia de Jesús y sus discípulos.
En Jesús, Abel ha vuelto como perdón para Caín y los cainitas, no como decreto exculpatorio, pues somos responsables de nuestros pecados, sino como presencia insistente, interpelante, vivificadora. Su presencia abre un tiempo para recrear nuevas relaciones desde el perdón y el amor experimentados. Su presencia abre un tiempo para nuestra reconciliación con la historia de pecado o exclusión, para que nos reconciliemos con nuestras propias sombras, y comencemos así a hacer otra historia. Ahora ya no desde la huída hacia delante que empeora las cosas, ni desde la huida hacia atrás que nos hunde en la vergüenza y la culpa. Ni como héroes ni como víctimas. Recomencemos como humanos, con límites y posibilidades, pero con cielo abierto, con el horizonte abierto por el Resucitado.
¿Por dónde empezar? Cuando todo tipo de gente acudía a Juan el Bautista para una conversión que preparara los tiempos mesiánicos, le preguntaban: ¿qué debemos hacer? Él les respondía: “El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo”. Vinieron también publicanos a bautizarse, que le dijeron: Maestro, ¿qué debemos hacer? Él les dijo: “No exijáis más de lo que os está fijado”. Le preguntaron también unos soldados: Y nosotros ¿qué debemos hacer? Él les dijo: “No hagáis extorsión a nadie, no hagáis denuncias falsas y contentaos con vuestra soldada” (Lc 3,10-14). Esto es la conversión del hombre a Dios, convertirse hacia sus hermanos y tener con ellos un comportamiento humano, razonable, justo. Así me parecen las recomendaciones del Bautista.
Pero cuando llega el reinado de Dios en Jesús, cuando está a la vista quién reina sobre el mundo y la historia al resucitar al crucificado, cuando se ha “visto” al Hijo del Hombre viniendo hacia nosotros desde el cielo como la víctima resucitada, la praxis humana puede radicalizarse e ir más allá de lo razonable y equitativo. Esta radicalización de la conducta humana es la que postularon los discípulos de Jesús y la propusieron como evangelio, como buena noticia para todos. Buena síntesis es el Sermón de la Montaña, y allí nos encontramos: “Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás’; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano ‘imbécil’, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame ‘renegado’, será reo de la gehenna de fuego” (Mt 5,21-22). La no violencia contra el hermano ha de estar en las manos, pero también en el lenguaje, en el pensamiento y en el corazón.
¿Y qué hacer cuando se es agredido? Entonces, la no violencia de Jesús se radicaliza hasta llegar a no ofrecer resistencia al mal, o a resistirle sólo con mayor bien. “Habéis oído que se dijo: ‘Ojo por ojo y diente por diente’. Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda” (Mt 5,38-42).
Cansados de las guerras y las armas, hoy comprendemos la razón que le asiste a Jesús en esto que ya no parece razonable: se trata de desarmar al violento, al que arremete, no con lo que él se espera, sino con el bien que no se espera. Se desarma al violento haciéndole mirar a los ojos, de persona a persona, sin armas ni defensa, con ojos de paz y bondad.
Se entiende esto desde el horizonte del reinado de Dios que Jesús inaugura. Se apela a que el atacado y el atacante son hijos de Dios: “Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo’ y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos” (Mt 5,43-45).
Qué debemos hacer, nos preguntábamos. La radicalidad de la no violencia que propone Jesús, quizá, ya no pertenezca al “deber” sino a la “gracia”, al horizonte de la filiación divina, a la libertad que se toman los hijos de Dios, a una generosidad sin límites, cuando se contempla salir el sol sale para malos y buenos.
Jesús, de hecho es un escándalo para el orden de este mundo: “Dichoso el que no se escandalice de mí” (Mt 11,6). Jesús produce el colapso de la distinción entre los buenos y los malos, impidiendo así que ningún orden social se sacralice. Jesús colapsa la seguridad que ofrecían las Escrituras. Sin expulsión de los impuros o de los infieles no sabe una sociedad asegurarse el orden y la paz. Hay que entrar en otra lógica, otra forma de mirar a los humanos sin erigirse en sus jueces (Mt 7,1-5).
Hay que entrar en el reinado de Dios. Este reinado de Dios hace habitable la tierra, hace vivibles estos tiempos de inclemencia. Se puede vivir a la intemperie, indefenso, en medio de la violencia culpabilizadora y excluyente. El discípulo, como Jesús, conocerá y sufrirá la violencia que se ejerce en nombre de Dios, o de la ley de Dios, dioses de muerte que no son la verdadera realidad de Dios. Pero la soberanía de Dios es paciente, da tiempo a que los humanos aprendan y corrijan sus imágenes de Dios.
No se ofrece como un refugio sagrado más fuerte y fortificado que los otros refugios sagrados. Invita a dejar de ir de refugio en refugio, para poder vivir a cielo abierto, en confianza radical en el Dios vivo y verdadero, como los lirios del campo y los pájaros del cielo (Mt 6,25-34). Jesús lo advirtió a sus discípulos: alerta, no vayáis detrás de gente “salvadora”, falsos mesías, falsos refugios. No os alarméis ante guerras o portentosas señales de fuerza casi divina. El discípulo desconfiará de la fuerza, se distanciará de los reinos de este mundo o de los venideros que se fundan sobre la violencia recíproca. Esos discípulos serán unos extraños, serán víctimas potenciales por su aire socialmente subversivo. En la confianza en que han entrado no deberán preparar su defensa. El Espíritu les defenderá y les hará decir lo que deban decir (Mc 13,5-11).
La historia del cristianismo y la aparición del concepto de “guerra justa”.
32Los primeros siglos del cristianismo los cristianos eran testimonio de una vida alternativa, sin armas, sin preparar la defensa, rehusando colaborar con la vida militar por no matar ni siquiera al enemigo. Se beneficiaba de la pax romana impuesta a los pueblos del Imperio romano, pero las reivindicaciones del evangelio de Jesús chocaban hasta tal punto con el orden establecido del Imperio que sufrieron distintas oleadas de persecuciones.
La crisis del Imperio romano y la apuesta de algunos emperadores por el cristianismo posibilitan una solidaridad de la Iglesia cristiana con el Imperio. No podía negarle ya cristianos para cumplir la misión de defensa que hacían los ejércitos del Imperio. La situación histórica es diferente. Se puede pensar que ahora se está defendiendo la “ciudad de Dios”, el buen orden querido por Dios sobre la tierra mediante su Iglesia. Se releen las citas del NT que piden un respeto por la autoridad que de alguna manera viene de Dios. Pero se mantuvo a los clérigos y los monjes exentos del trabajo militar y de toda profesión que pudiera llevar a la muerte de alguien, como la del juez. Esta reserva nos indica que se guarda la memoria de la incompatibilidad del Evangelio y su no violencia con la guerra y las armas.
Se van esbozando argumentaciones que legitiman la guerra en determinadas ocasiones. Existe una civitas christiana, una ciudad cristiana, es la Iglesia o cuerpo de Cristo como el Reino de Dios en la tierra. El uso de la fuerza militar podía justificarse para restablecer el orden interno a esta “ciudad” cristiana, y para abrir y agregar a otros pueblos a esta civilización cristiana, que se creía destinada para bien de toda la humanidad. Luego vendría el gran motivo de la defensa de la cristiandad o la defensa de la fe, y la conquista de los santos lugares de la tradición cristiana en una Tierra Santa islamizada. Eran cruzadas promovidas por los papas y los príncipes cristianos y predicadas por clérigos que exaltaban las masas contra los enemigos de la cristiandad, infieles y contrarios a la verdadera religión.
Al recordar aquel tiempo que también fue nuestro, y al contemplar ahora el Islam radicalizado y combativo, caemos en la cuenta de que vivimos dos tiempos distintos y distantes los cristianos y los musulmanes, pero que lo que nos sorprende en ellos ahora fue una etapa también de nuestra tradición cristiana.
33 Con el agravante de que tanto nuestros gobernantes cristianos como los musulmanes escondían y esconden otros intereses distintos de la defensa de la fe, ansias de poder, luchas intestinas, dominación de los pueblos con la excusa del enemigo externo, la conquista o el control de riquezas materiales o energías.Aquel orden medieval de cristiandad comenzaba a resquebrajarse con los movimientos de un Islam, a lo sumo frenado pero nunca derrotado, con los descubrimientos y conquistas del Nuevo Mundo, con la necesidad sentida por los teólogos cristianos de un Derecho de los pueblos y para las relaciones entre los pueblos, con el Renacimiento, el Humanismo y la Reforma protestante, y con el nacimiento de los estados nacionales en Europa. Llegamos así al concepto actual de guerra como asunto entre naciones soberanas, declarada por su máxima autoridad o representación. Es la época de los Estados pontificios, hasta el papado podía sumarse a un conflicto bélico o declararlo.
Al fin, se acaba de perfilar el concepto moderno de “guerra justa”: 1) Que la declare una autoridad legítimamente constituida (no se incluye aún a las guerras civiles o a los movimientos de liberación de colonias o pueblos oprimidos). 2) Que haya una causa justa: la legítima defensa, que puede ir desde la defensa del territorio, sus gentes y el honor nacional, hasta la defensa de derechos comerciales, protección de connacionales en el extranjero, recuperación de territorios antes poseídos, represión de revoluciones, explotación de riquezas vírgenes descubiertas por connacionales en otros países, expansión de la civilización occidental y religión cristiana que se creen superiores y mejores para toda la humanidad, represalias ante daños sufridos o evitación de daños previstos. Y 3) Que los medios a emplear no sean inhumanos, guarden cierta proporción entre los medios con que se amenaza y los medios de defensa y contraataque, que no se usen minas antipersonal o armas químicas, que se respeten las convenciones humanitarias internacionales, que se respeten a los prisioneros y las poblaciones civiles.
Con las guerras mundiales del siglo XX este concepto de “gu