Hoja Informativa - Nº 212

AGRESIVIDAD Y CONFLICTO.

¿Nos construyen o nos destruyen?

 

I. Punto de partida.

Las emociones naturales surgen en el interior de cada persona, a partir de estímulos determinados, dependiendo de las interpretaciones que cada uno de nosotros damos a las diferentes situaciones que se nos presentan.

Ejemplo: Si yo tengo una experiencia previa de que un perro me ha mordido, pienso que “los perros son peligrosos”, por eso, cuando aparece un perro, yo siento miedo. Sin embargo, si yo tengo una experiencia previa de haber convivido mucho con un perro y he sentido mucha compañía con él, pienso que los perros son agradables, “amigos del ser humano”, y cuando aparece un perro siento gusto y deseo de acercarme a él.

Los diferentes estudios sobre las emociones nos muestran que hay una serie de emociones básicas naturales: miedo, agresividad, amor, alegría, dolor; y otras múltiples que son fabricación nuestra: culpa, vergüenza, rabia, autocompasión, desaliento, lástima, etc.

El control de las emociones está en el cerebro, pero hay que tener en cuenta que sentir una determinada emoción es anterior a cualquier manifestación de nuestra inteligencia y voluntad.

Las emociones se educan. Pero ante todo hay que conocerlas, acogerlas y distinguirlas. Por eso ante las emociones hay tres posturas previas que vamos a considerar:

a) Sentirlas: Esto es conocer que las tenemos y saber cómo surgen en nosotros.

b) Suprimirlas: Esto es, tomar conciencia de la emoción, pero no dejo que se manifieste. Para ello hacemos un ejercicio de control.

c) Reprimirlas: Cuando se ha practicado mucho la supresión de emociones llego a tenerlas, pero no me doy cuenta de que las tengo.

Cuando hemos practicado mucho el suprimir emociones, el resultado es que tarde o temprano afloran, pero disfrazadas de otra serie de síntomas que se dan en nosotros, como por ejemplo, en forma de escrúpulos, depresión, palidez, inseguridad, vergüenza, etc.

En este momento vamos a hablar de la agresividad.

 

II. Concepto de agresividad

La agresividad, antes que una emoción, es un impulso sin el cual no se puede vivir. Es junto con la sexualidad uno de los impulsos más básicos, a modo de “piernas” en el ser humano que nos energetizan para vivir.

El soporte desde donde poder crecer y lograr autonomía.

 

III. Funciones

La función básica de la agresividad es doble: Defendernos de todas las agresiones o miedos y Potenciarnos para crecer.

Por la agresividad tendemos al alejamiento de los otros, a poner distancia, a saber acoger los límites propios de la naturaleza humana. Nos permite vivir sin quedar “pegados”, ni andar “pegándonos” con los otros.

Por el uso y maduración positiva de estas funciones logramos:

1. La Defensiva: Sobreponernos a las frustraciones y dificultades con coraje y energía, sin destruirnos, aniquilarnos, ni sucumbir.

2. La Potenciadora: afirmarnos, dar nuestra opinión, expresar lo que sentimos y pensamos. Decidir, arriesgar con creatividad ante todo lo nuevo, comprometernos. Priorizar motivaciones de valor en actuaciones de nuestra vida.

La agresividad es, pues, indispensable para un crecimiento sano, humano y humanizador.

Gracias a esta materia prima nos “diferenciamos de los otros”, soportamos las pérdidas, las ausencias, los duelos, la muerte y separación de los seres queridos.

Gracias a la agresividad solucionamos los conflictos y podemos vivir el entusiasmo, el cariño, la autoconfianza, el calor, la valoración de los otros aun con diferencias.

La maduración y manejo de la agresividad depende mucho de la personalidad toda y de la historia personal. La educación ha influido mucho en ello. Quienes reprimen mucho la agresividad no logran su último fruto, que es “El arte de perdonar”, al igual que el máximo fruto de la sexualidad es “el arte de amar”.

Ambas artes, practicadas conjuntamente, nos dan la medida de la madurez humana y espiritual.

 

IV. Soportes Evangélicos de la Agresividad y el Conflicto.

Hay dos citas evangélicas que a mí me gustan mucho para explicar la agresividad:

A. La primera cita es Lc 9, 51-56. Y contiene todos los elementos que pueden expresar la agresividad:

“Jesús se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén... entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo, sus discípulos Santiago y Juan (los hijos del trueno) dijeron: Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?. Pero Jesús, volviéndose, les regañó. Y se marcharon a otra aldea”.

1. Por parte de Jesús hay una voluntad clara de comprometerse en una misión: “Se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén”. Esto es la expresión de una agresividad madura y bien orientada: decisión de llevar adelante una misión sean cuales sean las dificultades.

2. “Los samaritanos se negaron a recibirlo”. (Sabemos que los samaritanos se oponían a los judíos) y Lucas presenta a Jesús dirigiéndose al pueblo de Samaría (como expresión del carácter universal de la salvación). Jesús, por el coraje que tiene, no se frena ante las diferencias, aún a riesgo de que digan no. No da un rodeo, como hacían la mayoría de los peregrinos, porque actúa con el principio de “por la paz un avemaría”, sino que afronta ir a Samaría, tender un lazo, salir al encuentro.

1.1 Aquí hay, pues, otra muestra de lo que nos permite la agresividad: arriesgar con los otros más acá o más allá de la aceptación o rechazo, del éxito o fracaso de lo que nos proponemos, tender lazos, crear puentes.

1.2 Sin embargo, los samaritanos se negaron a recibirlo. Esto es también una expresión de agresividad: No admitir las diferencias. ¡Estamos tan maleducados/as para la tolerancia y el pluralismo en la Iglesia de Dios!. Estos “cismas”, como el que aparece en esta cita, son muy frecuentes en nuestra iglesia y en nuestras comunidades.

3. Los discípulos Santiago y Juan, ante la negativa del pueblo, quieren usar de un prodigio “aparatoso” al estilo omnipotente del Jesús que ellos habían percibido en los milagros, para darles un escarmiento. ¡Que se enteren de que esto no se hace!. ¡Que se enteren de lo que somos nosotros capaces!

3.1 Aquí hay una manifestación de agresividad incontrolada, asociada a la fuerza física, expresión, a veces, del uso del poder de forma irracional. Se quiere usar como castigo y escarmiento contra aquellos que no han hecho lo que a ellos les parecía bueno. En el fondo hay aquí una actualización de la vieja norma de “ojo por ojo y diente por diente” (algunos antiguos copistas no pudieron resistir la tentación de glosar este texto añadiendo: “como lo hizo Elías”)

3.2 En este verso aparece la reacción espontánea agresiva que a nosotros/as nos sale casi siempre en la vida cotidiana cuando no conseguimos lo que nos proponemos, cuando nos encontramos con diferencias, frustraciones, fracaso de nuestras expectativas y deseos, cuando no nos dan la razón, cuando las actuaciones de los otros/as, compañeras/os de comunidad nos hacen sentir malestar, inseguridad, miedo...

“El deseo de usar la fuerza física o de la palabra, o del control del silencio para “arrasar” al contrincante con fuego del cielo”.

4. “Pero Jesús volviéndose, les regañó”. La reprimenda implica desaprobación. Jesús pretende corregir la estrechez de miras de sus discípulos, que no acaban de entender el significado de su misión.

Por eso rechaza que se le compare con Elías y rechaza igualmente cualquier clase de connivencia con una reacción tan abrupta y desafortunada ante el comportamiento humano, por hostil que pueda ser. Jesús nos da una lección de lo que es la “no violencia”, el “pacifismo cristiano” -como valor- y lo hace con toda la energía, con asertividad, usando su agresividad.

Aquí la agresividad se usa como capacidad de Jesús de no pactar con el mal, decir enérgicamente –también- pero no dejándose llevar por la ira: “así no se puede vivir”, “hay que aceptar perder”; no se trata de ser violento, sino comprometido y firme. No podemos repetir el viejo refrán. ¡Qué lección tan importante para muchas ocasiones de la vida comunitaria y de la misión!.

5. “Y se fueron a otro pueblo”. Aquí aparece la elegancia del que sabe perder, del que no se siente humillado, ni se deja llevar por el miedo, ni por el amor propio, ni hipoteca su libertad ante las presiones ambientales. Todo esto sólo es posible con una buena dosis de agresividad madura. ¡La dignidad de vivir sin pasar factura!.

Aparece la expresión digna de quien acepta las consecuencias de haberse definido, de haberse posicionado, que es el grado último de vivencia de la agresividad, del abordaje del conflicto en grado positivo.

B. La segunda cita: Lc 23,34, contiene el fruto más maduro de la expresión de una agresividad positiva: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.

• Jesús asume hasta el final la voluntad del Padre: la muerte, expresión del colmo de la obediencia activa, dar la vida porque quiere y así lo decide, no porque nadie se la quite.

• Jesús, en el máximo momento del sufrimiento, entiende que los que están ofendiéndole, crucificándole, no lo hacen con plena conciencia, sino porque hay una fuerza interior en ellos que los obliga a actuar así, por eso los perdona. Porque acoge, perdona, “no se siente ofendido por ellos”.

El arte de perdonar es llegar a entender que los otros actúan desde la inconsciencia o desde el pecado, pero eso no nos justifica a los que tenemos otros valores para sentirnos ofendidos y devolver la misma moneda. Se trata de acoger al otro y no pactar nunca con el pecado.

Como veis, estos dos textos evangélicos pueden ser –por sí solos- nuestra lección para asimilar todo lo positivo y lo negativo que nos permite la energía agresiva.

 

V . Manifestaciones de la agresividad

Ordenar las formas de manifestarse la agresividad nos lleva a considerar cuatro posibilidades:

5.1. Como impulso incontrolado

Es el “que baje fuego del cielo”, el estallido de la olla, la “explosión de la mosquita muerta”. Se da cuando ha habido mucha retención, o cuando ha habido un agravio por parte del otro que se considera “imperdonable” por ofensivo. A veces estos estallidos son muy inoportunos, porque casi siempre hacen daño al que los hace y al que los recibe. Hay que evitarlos, en la medida de lo posible, con un control adecuado de la agresividad.

5.2. Como reacción a la frustración

La frustración es no lograr lo que uno espera. A lo largo de la vida vamos acumulando muchas frustraciones, cada vez que no nos salimos con la nuestra, cada vez que nuestras ilusiones y deseos expresados u ocultos no se cumplen.

La reacción agresiva se expresa con la queja continua, con el reproche, con el victimismo. Se da en actitudes donde continuamente nos quejamos de que “nos lo deben y no nos lo pagan”, cuando pasamos el tiempo con “facturas pendientes”.

A veces la reacción agresiva se expresa con un silencio controlador hacia los otros, negando la palabra, la mirada, como para que el otro se dé cuenta de que no nos ha gustado lo que hizo.

Esta forma de agresividad enrarece mucho los ambientes, crea tensiones, control y desconfianza y en el fondo expresa una falta de madurez para acoger las diferencias, para ser tolerante y vivir desde el pluralismo.

Cuando esta dinámica de agresividad se cronifica, se crean ambientes y personas muy susceptibles que se “molestan por todo”, “ven donde no hay y no ven donde hay”; en nuestras fraternidades tenemos que hacer una “cura ecológica de los ambientes”.

5.3. Como energía que nos permite afirmarnos, definirnos, expresar la opinión, tomar la iniciativa, actuar.

Esta forma de expresión de la agresividad es muy positiva. Se trata de la capacidad de autonomía, de potencia y valía personal. Con la agresividad podemos llevar a cabo una comunicación clara con los otros, una expresión asertiva (afirmación de sí) de lo que sentimos y pensamos.

Nos permite asumir diferencias, intercambiar opiniones, puntos de vista, sentimientos. Nos da fuerza para abrirnos al cuestionamiento de los otros. Nos ayuda a percibir a los otros como diferentes y enriquecernos con la pluralidad.

La energía agresiva vivida positivamente nos ayuda a saber ceder y a sacrificarnos de nuestros intereses, porque sabemos valorar el bien común que se impone por encima de nuestras individualidades.

Con ella podemos al mismo tiempo reconocer nuestras limitaciones y superar la tentación de omnipotencia e impotencia para sentirnos potentes y limitados.

La agresividad nos da espíritu de superación, fuerza de voluntad, capacidad de sacrificio, responsabilidad ante la propia vida y ante la de los otros.

5.4. Como fuerza del Espíritu que nos llama a la revolución de lo nuevo, al compromiso, a la creatividad, al perdón y a la energía de la vida por la Causa del Reino.

La agresividad, en su grado máximo, nos libra de los miedos y nos hace arriesgar sin permanecer “con las puertas de nuestra vida cerradas por miedo a los judíos”.

Por eso la expresión más positiva de la agresividad es la configuración de todas nuestras energías en unos valores que son los valores del Reino.

La Obediencia Activa la asociamos con la agresividad, porque es la capacidad de entregar la vida, libre y conscientemente, a una causa concreta: la Causa de Jesús.

 

VI. Tipología según la orientación y maduración de la agresividad.

La agresividad se “moldea” según el tipo de educación al que hemos sido sometidos. Pero en la medida en que somos conscientes de cómo la vivimos, podemos modificarlo.

La experiencia me enseña que hay tres tipos de personas según su madurez agresiva:

6.1. Las dependientes y sumisas

Son aquellas que tienen mucho miedo al “no”, a la decisión y al riesgo. Que no saben vivir sin la aprobación de los otros. Que tienden a vivir “pegados” con otros, siempre buscan la uniformidad y temen mucho las diferencias.

En la vida cotidiana muchas veces dicen sí (cuando realmente les gustaría decir “no”), “me da igual” o “no sé”. La realidad es que casi nada nos da igual, siempre tenemos más inclinación a una cosa que a otra, pero se teme lo que pueda pasar si se dice lo contrario. Son personas que viven bajo la presión del grupo.

En el fondo hay mucho miedo al conflicto, a las diferencias, y, a veces, se decide actuar utilizando el dicho “por la paz , un avemaría”.

En la vida cristiana se nos ha orientado mucho en esta dirección. Posteriormente hemos tenido que “reciclarnos” a base de aprender a decir “no”.

El tipo de obediencia que se vive desde esta situación es más pasiva que activa, es una obediencia de “sumisión”, la fuerza mayor se pone en “agradar”, por eso se hace difícil el discernimiento.

6.2. Las reactivas y opositoras.

Son personas que viven la dependencia en “cliché”, es como el negativo de una fotografía. En el fondo tampoco hay autonomía, sino “miedo a los otros”, y desde el miedo a ser aplastadas, no tenidas en cuenta, manipuladas, viven una actitud reactiva. “La oposición por principio”, el llevar la contraria a la autoridad es la actitud permanente. En el fondo existen recelos y celos, resentimientos y luchas, y se hace difícil el diálogo y el razonamiento.

Este tipo de personas confunden la autonomía con la independencia, y les cuesta mucho la convivencia con otros, porque no admiten el espíritu de sacrificio, y la buena dosis de tolerancia que exige la fraternidad.

Muchas veces debajo de estas actitudes hay un resentimiento intenso, y una acumulación de frustraciones no asimiladas; a veces se toma esta postura después de un tiempo de pasividad.

Cuando se vive esta actitud se apela con frecuencia a lo importante de decir las “verdades”, y de opinar espontáneamente, sin tener en cuenta que la espontaneidad instintiva nada tiene que ver con una agresividad madura, sino con una descarga impulsiva que hace más daño que bien.

Con esta actitud la obediencia se vive como un yugo que aplasta. Y se tiende al control de toda actitud que exija contar con los otros, tener en cuenta a otros.

6.3. Autónomas e independientes.

Son las personas que acogen su agresividad y la de los otros. Que saben decir sí y decir no. Que saben discernir la impulsividad del control. La diferencia y la complementación.

Las personas autónomas son las que han madurado positivamente la agresividad y saben posicionarse controlando sus impulsos irracionales, acogiendo que a veces puedan tener “prontos y enfadarse” pero pueden rectificar y pedir perdón. Tienen valores que les permiten reorientar sus energías en pro de la causa que motiva su vida, y al mismo tiempo saben acoger las reglas de juego de una vida en común.

La autonomía ayuda a centrar la vida y a comprometerla toda, por eso, desde ahí, se puede descubrir el valor de la obediencia activa y el abordaje de los conflictos y del dolor como compañeros de la vida cotidiana.

La autonomía sabe que la vida común exige interdependencia y que ésta supone espíritu de sacrificio, benevolencia con los otros, corrección fraterna y paciente discernimiento a la luz de Dios.

 

VII. Pistas para elaborar positivamente la agresividad.

Por la agresividad todos podemos hacer daño a otros y sentirnos dañados por otros. En la vida cotidiana, por muy maduros que estemos, acusamos mil veces la agresividad y nos quedamos “afectados” por ella.

Cuando la agresividad es intensa, para que no “se enquiste”, hace falta una sana elaboración. Este proceso exige los siguientes pasos:

7.1. Sentirla

Es decir, darnos cuenta de que estamos dañados. Que algo de los otros no nos ha gustado, que hubiéramos deseado fuera de otra manera. Si no tomo conciencia de ello es cuando se generan los resentimientos.

7.2. No descargarla contra la persona que hemos herido.

Si hay mucha carga de agresividad no es recomendable, porque podemos hacer daño y quedarnos mal de hacer daño a los otros. Hay que  hacer un esfuerzo de contención (no de fingimiento) que permita “enfriar” lo vivido, separar los sentimientos de las ideas, y abordarlo adecuadamente en el momento oportuno.

Se puede descargar a solas, o con otra persona que ayude a contener la propia ansiedad, siempre que este desahogo no se convierta en una alianza de dos contra un tercero, pues entonces estamos en la murmuración, y eso tampoco es positivo.

7.3. Expresarla.

Si se trata de enfadarse “adecuadamente”, es decir, expresar que no gustó lo que el otro hizo, que no esperaba eso de dicha persona, todo ello sin culpas, ni reproches, desde la responsabilidad personal, desde los propios límites, puede ser muy adecuado.

Expresar entonces es muy sano y liberador. Expresar culpas, reproches y actitudes castigadoras de control es muy dañino para las personas interesadas y para la convivencia grupal.

7.4. Informar, aclarar.

Cuando ha ocurrido algún incidente que nos ha puesto agresivos, una vez pasado y cuando ya se está tranquila/o, puede ser muy positivo y liberador tratar de hablarlo. Se trata de aclarar lo vivido mediante el diálogo acogedor, el intercambio de percepciones y la comunicación de expectativas abortadas.

Esta actitud, además de generar mucha cercanía entre las personas, es signo de madurez y libertad. Crea mucha unión y certeza de que nos podemos fiar unos de otros.

7.5. Dar cauce a la agresividad

Se trata de desarrollarla positivamente, aprender habilidades de afirmación, de expresión, de creatividad y riesgo. Cuanto más positivamente esté desarrollada la agresividad, mucho mejor para evitar bloqueos. Cultivar la motivación/valor fundamental.

 

VIII. Claves “maestras” para abordar positivamente los conflictos.

8.1. Contar de antemano con que van a darse dificultades y conflictos. Contar con que las diferentes maneras de ser y de pensar suponen esfuerzo en la convivencia.

8.2. Cuando aparecen los conflictos, VERBALIZARLOS, y tratar de RESITUARLOS a base de información, es decir, COMPRENDER “lógicamente” por qué se dan y qué se pretende al actuar así. REESTRUCTURAR significados.

8.3. Introducir todos los CAMBIOS FACILITADORES en la organización, normas y funcionamiento de las fraternidades, a fin de disolver conflictos innecesarios, y activar la evolución y salud de los hermanos/as y de las distintas fraternidades para que se habitúen a encarar los grandes conflictos de la vida y el Reino.

8.4. REAJUSTE CONTINUO DE EXPECTATIVAS Y METAS sobre lo que podemos esperar y proponernos, tanto a nivel personal como comunitario. Todo ello, según el ritmo, evolución y nivel. Un pie en la utopía, otro en la realidad.

8.5. Entrenarnos y practicar de forma asidua el INTERCAMBIO DE SENTIMIENTOS, IDEAS, PERCEPCIONES, VALORES, a fin de habituarnos a hacer diálogo, consenso, lectura creyente de la vida, cultivar la interdependencia comunitaria.

8.6. Practicar en nuestras reuniones comunitarias la TOMA DE DECISIONES CONSENSUADA, la PARTICIPACIÓN, el ABORDAJE DE CONFLICTOS, el ANÁLISIS DE REALIDAD, como nuevas formas de hacer y situarse en el medio.

8.7. Entrenarnos de forma personal y comunitaria en el ABORDAJE SITUACIONAL DE LOS CONFLICTOS, a base de reducir culpas individuales, y preguntarnos conjuntamente, de manera empática, solidaria y fraterna:

- ¿Qué pasa? (Descripción de situaciones conflictivas)

- ¿Cómo pasa? (Descripción de las fuerzas e intereses que están en juego en cada situación)

- ¿Qué podemos hacer? (Búsqueda conjunta de medios operativos).

 

8.8. ASUMIR LA PARTE DE RESPONSABILIDAD personal e ineludible, y utilizar métodos de auto evaluación acompañada para verificar el compromiso.

 

Lc 9,51-56: PARA ILUMINAR EL CONFLICTO Y LA AGRESIVIDAD

 

Afirmación efectiva como fruto de una motivación Secundaria.

- Firme y decidido a...

- Consciente de las dificultades.

- Con una motivación clara

- Arriesgando efectivamente más allá de las consecuencias de aceptación o rechazo.

- Después de haberlo discernido.

Reacciones negativas de los discípulos:

- Uso de la fuerza irracional

- Uso del poder para destruir

- Uso del poder como medio de control de los otros.

Reacciones negativas de los samaritanos:

- Rechazo del gesto.

- Negación a admitir diferencias.

- Agresividad limitativa y castrante

Asumir las consecuencias:

- No pactar con la violencia

- Aceptación de la frustración

- Valoración más allá de la dificultad.

 

 

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