REFLEXIÓN

                Días de Oración. Agosto  2003

                                                                 

“Estas  pensando qué o cómo será Dios.

Todo lo que imagines no es.

Todo lo que captes con el pensamiento no es.

Pero para que  puedas gustar algo, sabe que Dios es amor,

ese mismo amor con que amamos (...)

Que nadie diga: no sé lo que estoy amando.

Basta que  ame al hermano y amará al mismo Amor.

Porque en realidad, uno conoce mejor el amor con que ama al hermano

que al hermano a quien ama.

Pues ya tiene ahí a Dios conocido mejor que el mismo hermano.

Mucho mejor, porque esta más presente, porque está mas cerca,

porque está mas seguro”

 

San Agustín  (De Trinitate, P.L 42, 957-958 )

 

GUSTAR A DIOS EN  LO COTIDIANO

        El Dios de Jesús no tiene otro lugar para dársenos a conocer que la cotidianidad, en ella se nos expone  y se nos ofrece como Buena Noticia para que le  gustemos y desde esa experiencia de saboreo nuestras vidas sean también vidas expuestas  para el Reino.

La experiencia de Dios  no es algo conceptual o ideológico  sino que  en ella y por ella nuestra sensibilidad queda afectada.

Nuestros  sentidos  son a la vez la puerta  por la que accedemos al  conocimiento  de Dios, por ellos podemos ver, tocar, gustar oler y escuchar su presencia nuevamente encarnada en la cotidianidad de nuestro mundo, y su invitación  a comulgar con El y su proyecto.

Sin embargo  a menudo nuestros sentidos se quedan prisioneros  en la cáscara de la realidad  y se incapacitan  para descubrir la presencia que habita  su entraña.

Unos días de oración son siempre  una oportunidad para  ponernos al quite de Dios, para disponer nuestros sentidos  a su acción cariñosa y siempre transformadora, de modo que:

- Nuestros ojos vayan siendo: lugar de admiración, ternura, disculpa, compasión, y no  negatividad, dureza, indiferencia, prejuicios...

- Nuestro oídos: lugar de receptividad, atención, sensibilidad, escucha profunda, y no cerrazón, sordera, distracción...

- Nuestra boca: lugar de aliento, canción, alabanza, agradecimiento, palabra compartida  y no  queja, reproche, dureza, murmuración...

 - Nuestras manos: caricia, cercanía, “sanación”, ayuda, ofrecimiento,  y no codicia, pasividad, violencia...

 - Nuestro olfato  capte  el perfume del Reino, el perfume de todos los pequeños y pequeñas de la historia, de todos los que viven en  sus límites, de todos los  que buscan nuevos modos de relación y organización social  y que ese perfume vaya  quedando impregnado en nuestra piel para siempre y no el olor a rancio de quienes  confunden fidelidad con inercia, estancamiento y  mera repetición de fórmulas aprendidas.

Dios nos cita a  abrirnos  a la novedad de su encuentro y a dejarnos sorprender por El,  mas  allá de toda imagen  y a descubrirle y gustarle en todo su misterio y paradoja:

-       Un Dios  que es a la vez mayor y menor...

-       Padre y también Madre...

-       Que en Jesús se nos  manifiesta no solo con rasgos  tradicionalmente considerados masculinos por nuestra cultura,  sino también femeninos...

-       Un Dios  que es Misterio  y a la vez cotidiano y concreto...

-       Energía y debilidad...

-       Presencia y  ausencia...

-       Que nos muestra su rostro y a la vez nos lo esconde, al cual reconocemos por la espalda...

La aventura del cristiano no es nunca una aventura solitaria, sino la aventura de  quienes  nos sabemos sostenidos por las raíces de un pueblo en marcha, por testigos y “testigas” que nos ha  precedido y han gustado la experiencia  de  ser, existir y moverse  en Dios... aun a tientas... (Hechos 17,24-28).Ellos serán nuestros iconos en estos días de oración .

Nos vemos en Cercedilla. Un saludo

 María  José Torres Pérez . A.C.J.

 

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