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Reflexión

Recuperar la Iglesia (Juan Antonio Estrada)

Recuperar la Iglesia, hacerla presente en nuestros días es un reto que todo cristiano ha de combatir en la sociedad, barrio, allí donde se encuentre y donde vive. Cada año Jesús nos lo recuerda en Pentecostés, nos da esa fuerza para hacer presente nuestro compromiso como cristianos, que no es ni más ni menos que ‘Id y anunciad la Buena Nueva…’ Pero como siempre, en cada época, nos enfrentamos con unos problemas, con unos miedos.

Parece que lo que ahora nos toca vivir es que tanto la moral, como la religión se refugian en la esfera privada, personal y deja de ser el referente social que da cohesión e identidad; la sociedad de masas desautoriza el pasado y la tradición, acentúa lo experimental i vivencial e impone estándares de valores alejados del humanismo, la ética y la religión.

Se impone un estilo de vida impulsado por los medios de comunicación que hacen que los valores cambien según la modas del momento, acentuando la inseguridad personal i colectiva. Cada vez más, vivimos en una sociedad individual, en la que todos somos rivales y competidores que luchamos por el puesto de trabajo, la prosperidad económica y el éxito social ‘somos en la medida en que tenemos, acumulamos y consumimos’. A esto se añade el deterioro de las relaciones personales frecuentemente superficiales y poco comprometidas que van erosionando el tejido familiar, último reducto de los comportamientos estándares que se imponen en la vida pública.

Si ‘la cultura es el intento de humanizar al animal’ como afirmaba Adorno, hoy asistimos al fracaso de ésta y con ella a una crisis de las instituciones, con mayor incidencia en la familia y la educación, pero cuyos efectos se dejan sentir en todos los ámbitos sociales.

El concilio Vaticano II quiso poner fin a la era del antimodernismo y abrirse a una Iglesia dialogante, receptiva y capaz de aprender del mundo y la sociedad, tras el discernimiento de los signos de los tiempos. Sin embargo, en las últimas décadas asistimos a un antimodernismo reactivo y de nuevo cuño. Se modernizan las formas e instituciones, al servicio de una tradicional concepción del catolicismo, que se quiere revitalizar contra el dinamismo de la sociedad.

Ante la inclemencia reinante, la Iglesia se repliega cada ver más. Por un lado, crea una red de instituciones sociales, pedagógicas, comunicativas y eclesiales con las que hacerse presente en la sociedad y ofrecer un contexto católico a sus miembros. Por toro, vuelve a inspirarse en las viejas estructuras de la Contrarreforma en una línea opuesta a la sociedad democrática y pluralista en que vivimos.

La Iglesia de hoy ha de ejercer una doble función: ofrecer identidad i cohesión social, basada en la experiencia de sentido compartido tal i como se vivió en las primeras comunidades cristianas. Lo nuevo del cristianismo no está tanto en la red institucional sino en una manera distinta de comunicarse, relacionarse y vivir; el cristianismo solitario está perdido ante la presión social que le rodea, y la crisis comunitaria de la Iglesia se afianza ante la pérdida de la influencia de la familia cristiana, que cada vez tiene más dificultades para educar cristianamente a sus hijos. Nos estamos acostumbrando a vivir sin Dios pero no necesariamente sin iglesias, cuyas funciones religiosas i asistenciales apreciamos. Estamos delante de una erosión progresiva de la identidad eclesial que tiene capacidad de asimilar y utilizar los símbolos cristianos, transformando su significado y eliminando sus raíces proféticas y contestatarias respecto de la sociedad. Estamos ignorando los nuevos clásicos de la espiritualidad: Óscar Romero, Martín Lutero King, Ignacio Ellacuría…

La alternativa está en despertar; la religión tiene que ofrecer motivos para luchar y vivir, siempre orientándose hacia Dios que es el eje fundamental al que se orientan las devociones religiosas. Persiste hoy una pérdida de espiritualidad, un bagaje teológico pobre; el refugio en la ética y los derechos humanos asegura la pervivencia del mandamiento del amor al prójimo entre los cristianos actuales, pero la pérdida referencial explícitas y de prácticas específicas cristianas, redunda en una progresiva pérdida de identidad, en una crisis vocacional (ministerial, religiosa y confesional). El paso de cristianos militantes a miembros de asociaciones i ONG’s que han perdido su referencia cristiana, ha sido constante en los últimos cincuenta años.

Parece como si la Iglesia hubiera hecho una opción tradicional: hacerse presente en la sociedad creando una red de instituciones propias (educativas, asistenciales, mediáticas) que le den poder y prestigio social, abandonando la otra opción de ser ‘germen en medio de la masa’.

La importancia de una educación religiosa dentro de la familia es muy importante; de no hacerse así, luego se paga con indiferencia y desconocimiento. Por eso, hay que volver a inspirarse en las iglesias domésticas de los orígenes del cristianismo, compartiendo la fe con otras familias, amigos y parientes, que puedan servir de afianzamiento para la fe de los más jóvenes.

Cualquier planteamiento eclesial que lleve a anular la creatividad y capacidad crítica personal es incompatible con el anuncio del reino, ya que la gloria de Dios pasa por el crecimiento personal, que es incompatible con la totalidad opresiva. El respeto y la tolerancia, virtudes cívicas de las sociedades democráticas, fácilmente se convierte en indiferencia y permisividad. Entonces parece que hay miedo a educar y a exigir tanto a la Iglesia como en la sociedad, con lo que se facilita la comodidad y la huida de responsabilidades.

Hay que plantearse la necesidad de la espiritualidad, la oración y la búsqueda de Dios para escapar al ateísmo práctico de la sociedad e incluso, a veces, de la misma Iglesia. Hay que vincular la contemplación y la acción, el compromiso sociopolítico y la oración, la inserción social y la gratuidad de lo espiritual, en contra de la tendencia oficial a los funcionarios eclesiásticos y de la izquierda cristiana a subrayar el imperativo ético y un credo humanista como el núcleo de la religión.

La crisis generacional que afecta al cristianismo, que cada vez tiene más dificultades para atraer jóvenes remite a la escasa interpelación que perciben en los mayores, cada vez más acomodados a la realidad sociocultural y, por tanto. Con escaso valor interpelador. Sólo recuperando el potencial mesiánico, profético y martirial del cristianismo, que pasa por una Iglesia que sirva de contraste a la sociedad, se puede replantear la tarea evangelizadora de las viejas cristiandades europeas.

Resumen: Empar Tormos (F. de Valencia)

 

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