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Asamblea de 2004 de la Fraternidad Secular

Reflexión

Dejarnos alcanzar por Dios

ELEGIDOS DE ENTRE LA GENTE PARA SER FAMILIA DE JESÚS

Marcos, 3,7-35

Introducción:

Tanto vosotros como yo mismo hemos tenido la experiencia de la vocación, de la llamada a una vida diferente: hemos sentido cómo Dios nos llamaba en Cristo a un seguimiento más denso y más intenso. Como los novios que preparan sus nupcias tuvimos coraje de fiamos de él. Pero en nuestro caminar no han faltado dificultades externas e internas, ni las complicaciones.

Somos los discípulos de Jesús, atendiendo a la distinción que establece Marcos entre la gente que se muestra curiosa y asombrada, y aquellos que escuchan su Palabra y se deciden por Él. Optan por la felicidad que Él ofrece. El discípulo, la discípula, son elegidos, no para formar una elite, ni un club de "selectos", sino para formar una comunidad de vida con Jesús y para liberar a los seres humanos de las "fuerzas del mal".

Los discípulos encontramos resistencias y oposiciones internas y externas, y muchos de nosotros no llegamos a entender la felicidad nos ofrece de parte de Dios, porque oponemos la felicidad a sufrimientos; preferimos vivir en un mundo de fantasía, sin conflictos con la realidad, o bien, porque nos sentimos tan satisfechos que no queremos que nada cambie.

De aquí la necesidad de dejamos alcanzar por Dios y no olvidar que "el discípulo no es mayor que el Maestro". Si Cristo en el desierto pasó por la tentación, no podrá escapar de ella el profeta.

Por tanto, el contemplativo, como el profeta, se hacen en el desierto, lugar del encuentro con Dios y también lugar de la prueba, como le sucedió a Carlos de Foucauld.

 

1.- La dimensión profética en Carlos de Foucauld

A lo largo de los años ha habido múltiples interpretaciones sobre la figura y personalidad del Hermano Carlos. Su mensaje ha sido captado por muchos como una llamada al silencio, una espiritualidad del desierto o una forma de vida solitaria, eremítica, apenas sin riesgo, ni compromiso alguno. Otros vieron en él al "convertido" que pasa de una vida de placer a la ascesis más heroica. Tampoco ha faltado quien lo utilice para defender los valores tradicionales y los ideales nacionalistas, y para mantener la nostalgia de un "pasado idealizado". Otros, al contrario, no han visto en él más que al marginal contestatario de las instituciones, el soñador o innovador que se adelantó a su tiempo, o el hombre genial que supo comprenderlo todo antes que los demás, un hombre de vanguardia en la Iglesia. Su compromiso con el proceso colonial ha suscitado la admiración de un unos y el rechazo de otros. Se ha hecho de él un modelo de estrategia misionera de ocultamiento, o por el contrario, el partidario de una predicación urgente. Sin duda que a lo largo de sus escritos resulta fácil encontrar frases que justifiquen o legitimen las distintas percepciones de este hombre tan genial, si bien queda mucho por descubrir respecto a su figura, su vida y sus escritos, para devolverlo a la verdad concreta de sus relaciones con los hombres y mujeres de su tiempo con los que quiso hacer prójimo.

Son muchos los que se contentan con leer su vida, tomando de ella aquello con lo que están más en sintonía, o favorecen sus opciones y gustos personales, sin profundizar ni analizar sus comportamientos reales y las circunstancias concretas de su vida con los tuaregs. Pero hay una dimensión en la vida de este hombre de horizonte amplio y corazón contemplativo, silencioso y austero, de la cual apenas se habla, quizá porque en los tiempos que corren no está muy bien visto hablar de ello; es la dimensión profética.

Cuando hablamos de los profetas, incluso en el seno de la Iglesia, hacemos referencia a los profetas del Antiguo Testamento. ¡Cómo nos crece la boca hablando de ellos: Isaías, Jeremías, Elías... Juan el Bautista, ya en el Nuevo Testamento, parece que son hombres "para predicarlos", no para imitarlos.

Pues, hoy como ayer los profetas no son bien vistos, aunque en el rito del Bautismo se nos recuerde que somos consagrados "para que seamos sacerdotes, profetas y reyes". En el lenguaje ordinario se entiende por profeta aquel que predice el futuro en el nombre de Dios. En el lenguaje hebreo, profeta es alguien llamado por Dios, para que hable en su nombre ante los hombres.

2.- Elección del profeta

Nadie elige ser profeta. Es Dios el que llama, el que escoge. Esta llamada es escuchada por una persona dispuesta a escuchar, según revela el Libro de 1° de Samuel, 3,1-21. Todos los profetas del A. T. Coinciden en afirmar que fueron llamados por Dios en un momento clave, y que en ese momento clave Dios les llena por completo: Is. 6,1-9; Jer.1, 1-10; Fue una llamada personal y única ligada aun mensaje concreto a transmitir al pueblo de Israel

Una llamada que exige ser escuchada en silencio, pero que a veces necesita de alguien que ayude a descifrar el mensaje, para descubrir qué es lo que quiere Dios. Así se manifiesta en la Biblia. Así ocurrió también con Carlos de Foucauld. Pero no siempre resulta fácil actuar como profeta por razón de las dificultades y peligros tanto internos como externos, para llevar a cabo el proyecto de Dios.

Esta vocación no se comprende de una vez por todas, sino que exige comenzar de nuevo algunas veces, como le ocurrió al profeta Elías, y adaptarse a la exigencias de los tiempos. El profeta no es alguien que predice el futuro, sino que es alguien que inspira o transmite ideas a los demás. El profeta es un hombre enamorado de Dios que se deja dirigir por Él. El profeta es una persona que cuestiona porque es el mismo Dios quien le llama; su encuentro con Él es a la vez un encuentro con Dios. Es el profeta el que nos muestra nuestra manera de ser cristianos. Su forma de vivir exige una decisión por parte de quien se encuentra con él, igual que le ocurrió al profeta al encontrarse con Dios, y como les ocurrió a los que se encontraron con Juan el Bautista:

"Desde su encuentro con Dios a través del padre Huvelin, Carlos del Foucauld se adhiere a Dios con su voluntad y su corazón: "Desde que comprendí que Dios existe, no podía vivir más sin Él". Pero su inteligencia conserva aún secuelas de su viejo positivismo: "¿Cómo creer en los milagros de Jesucristo? ¿Por qué no profesar una vida religiosa alimentada a la vez por los Evangelios y el Corán?" Bastante más allá de las discusiones "intelectuales", el abbé Huvelín propone a Carlos el asiduo contacto directo con la persona de Jesús en el Evangelio, y el contacto más frecuente aún de Jesús vivo hoy en la Eucaristía, esto en una época en la que la lectura del Evangelio no estaba muy de moda, ni lo estaba mucho más la comunión frecuente. En el espíritu del abbé Huvelín, la frecuentación directa de Jesús debía traer consigo la conversión total de Carlos de Foucauld y llevar a la imitación de la humildad y de la mansedumbre de Jesús. esa imitación de Jesús "manso y humilde de corazón" se convertirá en la mayor preocupación del Hermano Carlos durante toda su vida, y la expresará más tarde en una fórmula densa de riquezas evangélicas y eucarísticas que ha de convertirse en su "nombre propio" y el de sus discípulos, que pone de manifiesto el matiz de su talante profético: "En la Eucaristía, Nuestro Señor lo da todo: se da a sí mismo entero: La Eucaristía es el Misterio del don; ahí debemos aprender a dar, a damos nosotros mismos, porque no hay don mientras UNO MISMO no SE da..." Nunca daréis tanto como te da Jesús, ni te abajarás hasta donde Él se abaja al venir a ti"

A este joven convertido, aún vacilante, y bastante imperfecto, Dios a través del abbé Huvelín, no le ofrece un cristianismo fácil. A este pagano de ayer, replegado en sí mismo y firme en su orgullo, no le propone un ideal cristiano que se conforme con "consagrar" sus cualidades y defectos naturales. Le propone, por el contrario, la verdad cristiana situada en los antípodas de su estructura íntima. Presenta a Jesús tal como es; es decir, todo lo contrario de lo que ha sido Carlos de Foucauld hasta entonces. Y el abbé Huvelín añade: "Nunca me hubiera atrevido a pedirle que practicara las virtudes de humildad, bondad y pureza, si la Sagrada Comunión no estuviera ahí para comunicárselas".

Este encuentro con Jesús en la Eucaristía y en el Evangelio le llevará más tarde a hacerse peregrino en el desierto. Allí, en soledad y en comunión, en vida dura y en ambiente de escucha, el desierto se manifestará una vez más como un don que transformará a Carlos de Foucauld en un profeta para nuestro tiempo, porque tanto el contemplativo como el profeta "se hacen" en el desierto, ya que el desierto es:

El lugar del encuentro con Dios, de la intimidad con Él. Es en el desierto donde tanto el pueblo de Israel como sus profetas tienen la oportunidad de experimentar las manifestaciones más palpables de Dios.

El lugar donde Israel se siente más pendiente de Dios. De Él depende en el alimento, en el poder encontrar agua para beber, en la orientación para no perderse en el camino. Solos en la inmensidad de las arenas sólo pueden contar con Dios.

Es en el desierto donde Israel experimenta de una manera más viva la bondad de Dios. Su misericordia, su amor, su ternura. Y es en el desierto donde Israel, junto con respuestas de fidelidad y de amor a Yaveh, adopta actitudes de pecado: desconfianza, falta de fe, olvidos, rebeldías, idolatrías.

Porque el desierto es también el lugar de la prueba. Dios quiere probar la sinceridad en el amor y la fidelidad de Israel. Y porque el desierto es también el lugar de la tentación y de la lucha, es el crisol de las fidelidades, y en nuestro caso concreto, el lugar donde se templa el talante profético del Hermano Carlos.

3.- El desierto y el hombre contemplativo

A veces tenemos miedo al desierto, a encontramos a solas con nosotros mismos y con el Señor, o tememos al desierto porque nos da miedo encontramos con su "silencio". Carlos de Foucauld no temió al desierto, lo amó. No sólo a la tierra, sino a los hombres que la habitaban, y en su amor a la tierra desértica y a los hombres, emprendió una silenciosa búsqueda, porque en el silencio percibió el deseo de una vida llena de sentido, de una vida con Dios. Lo que está ocurriendo en su interior, con la ayuda de sus consejeros espirituales, va predisponiendo su espíritu para dejarse llevar por Dios en el camino de la clarificación y purificación, llegando a aparecer en el algunos momentos como un hombre desorientado, cuando no equivocado, en un momento de la historia en el que el señuelo de la prisa, del éxito rápido y fácil chocaba con los planteamientos del Hermano Carlos, centrados en Jesús, el "Modelo Único", "el Señor de lo Imposible"

Desde el silencio y la soledad del desierto va emergiendo en Carlos de Foucauld el hombre contemplativo, profético, iluminado con la claridad de la presencia. Desde la contemplación se dispone a acoger y a asumir la realidad de la vida, porque el contemplativo es un hombre llamado a anunciar a los hermanos lo que experimenta y vive en su oración, e invita a todos los hombres a vivir reconciliados con la tierra, cercanos y solidarios con los hombres más allá de credos y de fronteras, especialmente con aquellos que sufren una experiencia de soledad y de cruz, de pobreza y marginación, de ignorancia y de injusticia.

Como auténtico orante, este hombre contemplativo, intuye que nunca se puede vivir al margen de la vida. Desentendido de los problemas de los hombres. El profeta, testigo del amor, de la misericordia y la compasión de Dios no se improvisa. No puede nacer de una oración que no sea cercana, solidaria, impregnada de misericordia.

Y este hombre solitario, aparece como un profeta, cercano y solidario, testigo de la misericordia, don de Dios, experimentado en la oración, anunciado y proclamado en la vida. Como profeta se siente y se sabe llamado por amor.  La exigencia irrenunciable de responder a la invitación de Dios es, en sí misma, una experiencia de Amor de Dios y la misericordia del Padre. "El amor consiste no en sentir que se ama, sino en querer amar: cuando se QUIERE AMAR por encima de todo, se ama por encima de todo", escribe en Beni - Abbes. Antes había escrito a su Obispo: "Por una parte, no estamos encargados de gobernar, pero por otra estamos encargados de amar al prójimo como a nosotros mismos, y, por tanto, de poner los medios necesarios para aliviar a los infortunados. Cuanto hacemos y cuanto negligentemente dejamos de hacer por ellos, lo hacemos o lo dejamos de hacer por Jesús. Por otra parte, no tenemos derecho a ser perros mudos y centinelas silenciosos; tenemos que gritar cuando vemos el mal y proclamar en voz alta lo que no está permitido: ¡desgraciados vosotros, hipócritas! De esta manera, con voz profética. Coloca a su obispo, no frente a su deber, sino frente al mismo Jesús.

La misericordia es así mismo compasión: saber compadecer en comunión interior con el dolor y con el misterio profundo de la vida de quien lo vive, es decir: vivir con alma (unánimemente), la vida, la alegría, el dolor, el camino. Y con todo ello la gratuidad, la donación y la entrega simple y por amor. Porque el amor de misericordia es un amor de gracia, que se recibe y entrega como "don". Por ello la cercanía y la solidaridad requiere un camino de superaciones como vemos a lo largo de la vida del Hermano Carlos.

4.- Aspecto del itinerario interior de su misericordia v talante profético.

Quiero señalar algunos aspectos concretos del itinerario interior de la misericordia, que se ponen de manifiesto a lo largo de su vida, después de su conversión, y que dan un toque especial a su talante profético:

La misericordia le impulsa a vivir en oración continua, y en la relación fraterna le proporciona la alegría pacificadora del amor sincero.

Asume la misericordia viviendo con alegría su entrega generosa. Pues, quien recibe el don de la entrega "alegra", no busca ni la gratitud, ni la benevolencia, y se maravilla sintiéndose renovado ante la gratuidad de Aquel que nos concede este don.

Este profeta contemplativo se esfuerza para no caer en la susceptibilidad, ni en la decepción... Se entrega con sencillez y olvido de sí mismo, convencido de que la perseverancia en la misericordia es la prolongación del amor de Cristo.

La misericordia le conduce a descubrir que depende del amor de Dios y también a experimentar que Dios es generoso en sus dones. En su contemplación experimenta que

Dios es misericordia, da la gracia y siembra el amor, por lo que opta por la profecía de la cercanía y la soledad misericordiosas, que le llevan a vivir abandonado al Absoluto de Dios, convencido de su designio de amor.

Apoyado totalmente en Jesús, abandonándose a en los brazos de Dios, muestra a las futuras comunidades un camino nuevo que andando el tiempo llevará a muchos a reconstruir en el mundo una imagen nueva de Cristo.

Haciéndonos ver la importancia del Evangelio y de Jesús, el "Modelo Único".  

Con su llamada a "gritar el Evangelio con nuestras vidas", no está diciendo que seamos fieles a nosotros mismos, porque Dios no quiere copias, sino testigos, que de manera sencilla anuncian el reino e invitan a otros a participar en su construcción.

 

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