REFLEXIÓN

LA VITALIDAD DEL ABANDONO (2)

… continuación del texto aparecido en la Hoja Informativa 207.

Los frutos del abandono.

El que se abandona a Dios totalmente adquiere la suprema libertad de servir solamente a Dios y su reino, porque e importa poco lo que digan de él, lo que piensen, sus caídas, sus defectos, esto o aquello… Quien se ha abandonado a Dios se ha liberado de tener que elegir, con la responsabilidad que eso supone. ¿Cuántas veces hemos elegido equivocadamente?.

Tenemos absoluta libertad de decir: solamente quiero escoger lo que Dios ha elegido para mí. Es un concepto de S. Pablo a lo largo del cap. 8 de la carta a los romanos. De distintas formas viene a decir pablo: si dejamos que el Espíritu santo actúe en nosotros, el Espíritu que nos hace comulgar con el proyecto de Dios sobre nosotros. Observad que el abandono es muy neotestamentario. Para pablo es esto: yo dejo que el Espíritu me ayude a concordar con el plan de Dios sobre mí, he elegido lo que dios quiere para mí.

A veces quedamos bloqueados en la vida cristiana, en la vida de discípulos de Jesús y, en definitiva, habríamos de preguntarnos: ¿por qué estoy bloqueado? Puede ser que haya elegido una actitud, una postura, un gesto que no concuerda con el plan de dios. Probaré a conectar, y seguro que conectaré, por medio de abandono.

Por tanto, un primer fruto, es descubrir que nuestra santificación es dejarnos ungir totalmente por el Espíritu para actuar desde el Espíritu de Jesús. Entonces, ciñendo nos abandonamos, comprendemos que nuestra santificación es obra fundamentalmente de dios, con nuestra colaboración, no exclusivamente de dios porque está también nuestra colaboración, pero es Él, no mi voluntad. Lo que hemos de hacer es adherirnos totalmente a su voluntad y el abandono nos pone plenamente en manos de Dios y nos libra de los errores de orientación cuando intentamos llevar la batuta de nuestro caminar, cuando queremos ser los guías y artífices de nuestra andadura, nos adherimos a él pera que él nos lleve con nuestra colaboración.

En segundo lugar, el abandono nos libra del orgullo y de la obsesión que tenemos por la opinión de los demás sobre nosotros, que es lo que más alimenta el orgullo. El abandono hace que … “Dios sabe como soy”; antes decíamos de Teresa de Lisieux: “ Tú me conoces y sabes que me caigo”. Perdemos tanto tiempo en limpiar la fachada… Estamos siempre limpiándola para aparentar, porque ¿que pensarán de nosotros? En cambio el abandono nos coloca con una gran indiferencia ante nuestra fachada, de cara a lo que digan de nosotros. Quien se abandona relativiza el pasado, el presente y el futuro y descubre que lo más importante es como vivimos de cara a Dios.

Naturalmente que eso nos conduce a vivir de cara a los hermanos, pero conscientes de que Dios nos comprende, si los hermanos a quienes queremos servir no nos comprenden, no nos angustia, porque Dios sí me comprende y sondea mi corazón, como dicen los Salmos.

Las cosas que nos hacen sufrir, los malentendidos e incomprensiones; lo bien que lo he hecho (y, muchas veces es verdad); con lo que me he entregado, y me critican; no me han entendido... todo esto lo aceptaría como una permisión divina que me ayuda a mantenerme abandonado a Él, porque comprendo que mi vida no depende de si aquél me ha malentendido a pesar de haberle servido como debía. Es igual. Lo importante es que yo le he servido y esto me ayuda a decir al Señor: “más abandonado en Ti" y volver a empezar.

Esto tiene una consecuencia importante: la de la paz de corazón, que es fruto de nuestra orientación de abandono y nos lleva continuamente a favorecer en todo momento la acción de Dios en nosotros. Y cuando tenemos esta paz de corazón superamos los conflictos personales, la tensión entre lo que queremos hacer y lo que realmente hacemos. Superamos nuestra división interior, tenemos paz de corazón y toda nuestra persona se unifica, polarizándose alrededor del abandono, evitamos la dispersión de fuerzas y logramos un corazón pacificado.

El abandonado camina así por la vida, con la seguridad de saber que está poseído por Dios, que Él está presente en nuestra existencia y que es la Fuente de nuestro gozo. Naturalmente, supone una permanente colaboración. El abandono supone una colaboración permanente, por eso, todo lo que vamos viviendo a lo largo de la vida, por más crucificador que a veces sea, este martirio íntimo del corazón que sufrimos en ambientes, situaciones y problemas tan variados que pueden conducir a angustias muy fuertes, a pesar de eso, sabemos que tenemos un fundamento para poder ir más allá de todo ello. El fundamento del corazón unificado por el abandono.

El abandono en la espiritualidad del Hno. Carlos.

Creo que era necesario poner esta base antes de aterrizar concretamente en el abandono en el Hno. Carlos, porque de las citas que hemos hecho de Juan de la Cruz o de Teresa de Lisieux, etc., comprendemos que él se encuentra dentro de una tradición, una tradición de abandono, que también asume desde el libro citado del abandono en la providencia divina, del padre Jean Pierre de Caussade.

Podríamos decir que el abandono comienza en el Hno. Carlos por el testimonio que nos da de un profundo respeto a Dios: quiso que Dios fuese Dios en su vida. Sitúa el hecho de Dios en el centro de su existencia, como un absoluto que atrae todas sus energías y le indica el camino a seguir; se obliga a sí mismo a darlo todo.

Repetirá muchas veces: "Dios tiene derecho a todo lo mío" y cree que no puede actuar de otra manera, porque ha entendido que Dios tiene la primacía en su vida, en nuestra vida. Una primacía que no admite partes. Dios no comparte su primado en nuestras vidas con otros primados, por eso busca siempre de que manera responder a Dios como el joven Samuel en el templo, cuando siente aquella voz en la noche Samuel, Samuel, dirá. "¿ Qué queréis que haga Señor?" (1 Sam 3,4-5) Diría de Carlos que está siempre diciéndole al Señor: " Qué queréis que haga?", aunque, a veces, n sepa dónde le llevará la respuesta del Señor, ni a qué comprometerá; pero lo que más le importa no es dónde le llevará el Señor, sino “que tu voluntad se haga e mi". Lo que decimos en la oración del abandono. Solamente quiere conformarse al querer de Dios.

Esto nos hace entender cómo Carlos se imponen su conciencia, una referencia única al absoluto d Dios, eso que hemos escuchado tantas veces, cuando se convirtió, y que comenta en una carta del 14 de .agosto de 1901: "tan pronto como creí que existía Dios, comprendí ,que no podía hacer otra cosa más que vivir para Él"

Para Carlos, Dios es tan grande y hay tal diferencia entre Dios y todo lo que no es Él, que entendió, cuando comenta su conversión años después, como acabo de decir, en 1901, que la gracia, que es el don de la presencia del Espíritu de Dios en nosotros, transforma nuestra. Existencia y nuestro empeño, como le pasó a él, en no buscar mas que a Dios y en dejarse conducir por Él, según las indicaciones providenciales y, por eso, vive, por un lado, un abandono que es obediencia de fe, y por otro, una sumisión completa a Dios. Desea reproducir el Fiat de la anunciación: "que se haga en mí según tu palabra". El abandono pasa por aquí.

El 27 de marzo de 1904 escribe: "toda mi vida no ha de ser otra cosa si no el cumplimiento de lo que debo hacer según tu voluntad" , pide a Dios; "haz que sea así, y que nunca haya diferencia entre mí y el cumplimiento de tu voluntad", y añade: "por tanto, mi vocación es perderme en el gozo de que Dios sea Dios", darle gracias por su inmensa gloria y adentrarme, sumergirme en su adoración y amor". Así define su vocación.

Ante la ternura y la misericordia de Dios descubre cómo la verdadera grandeza del hombre es sumergirse en una oración de adoración, que lleva al abandono sin límites. Para él, abandono y adoración van juntos: quien se abandona necesariamente adora. El 15 de julio de 1901 escribe: "La adoración es la expresión más completa del amor perfecto ti. La adoración, dice él, es la actitud, el acto por excelencia del hombre; y añade: y no sólo el acto por excelencia, sino que la adoración es el acto habitual, incluso, el acto continuado, si queremos vivir abandonados.

El abandonado es hombre de adoración permanente, en todo su vivir, en todo lo que hace, Por eso, repito, adoración y abandono van juntos en el Hno. Carlos. Para Él, una adoración auténtica lleva a confiarse plenamente al Padre. El 12 de enero de 1898 dice que, porque se ha fiado plenamente del Padre, "no quiero vivir más que para Ti, que eres la Vida verdadera".

Para Carlos, progresar en el abandono es lo siguiente: desear apasionadamente y, por encima de todo, a Dios. ¿Por qué desear por encima de todo a Dios? Porque fiarnos de Él plenamente es deseado, a fin de confiarnos totalmente a Él, hasta el punto que todo lo demás le parece absolutamente relativo.

Comentando el texto de Lc. 10,28, dice: "solamente si nos fiamos totalmente de Dios podemos vivir para realizar el único bien del hombre, que es el bien del ser amado, que es Dios". El bien del hombre no es lo que yo, según mis criterios, creo que es mi bien, sino el bien de Dios, lo que le da gloria, aquello que es respuesta de amor hacia Él.

Carlos, como ya he dicho antes, extrae todo su pensamiento sobre el abandono del evangelio y de la mano de Juan de la Cruz y Teresa de Jesús, que él lee continuamente. En sus manuscritos ha reproducido 479 páginas de las obras de Teresa de Jesús, páginas que ha hecho propias y transcribe en sus cuadernos. Toda una antología. Y otras tantas de S. Juan de la Cruz.

Para entender la idea de abandono en el Hno. Carlos hemos de acudir a la espiritualidad del Carmelo, porque de ahí saca el núcleo básico. Y, ¿Cual es la espiritualidad del Carmelo? , ¿cual es este núcleo básico? No vivir más que para Dios, con un absoluto del ser creado y con una purificación interior, de forma que, solamente, le busquemos desde la contemplación y, a partir de aquí, desde aquí, vivamos contemplativamente la posesión del único bien, que es Dios mismo.

De San Juan de la Cruz, concretamente, Carlos de Foucauld asume el concepto de que el mayor bien que nosotros podemos vivir y la mayor respuesta a Dios, es vivir la perfección evangélica del abandono, dejarnos guiar solamente por Él, y lo demás, para el hombre, no tiene importancia. Dejarnos conducir por Él.

Le gusta mucho repetir el “Sólo Dios basta" de Teresa de Jesús, o también, un texto del Castillo interior, de la quinta morada, que dice: “Dios no quiere que os reservéis, lo que sea, para vosotros, poco o mucho. Él reclama para sí todo lo que tenéis y, según que vuestro don sea más o menos absoluto, sus favores serán más o menos elevados ". Es decir, según nuestra entrega sea mÁs o menos completa, los dones de Dios serán más o menos elevados.

Para el Hermano Carlos no reservarse nada para sí mismo es abandonarse totalmente a fin de que Dios provea, oriente, conduzca. Por supuesto que esto tiene una consecuencia para él: no mirar más que a sólo Dios, unificar todos los movimientos de corazón a fin de que (esto es importante) el abandono esté a la base de todas nuestras actitudes humanas. El abandono no es un sombrero que nos ponemos encima de la cabeza. Quiere que el abandono sea el apoyo, la base de todo, a fin de que todo esté abandonado. No un sombrero encima de la cabeza y ya estoy abandonado, sino en el corazón, a la base de todo. Para él, estas actitudes son la obediencia de fe, el amor, el servicio, los deseos, la libertad, la confianza.

Todo eso ha de ser abandonado para que se apoye sobre este abandono y el "todo y nada" de Juan de la Cruz. Se convierte así en una opción de amor, en un total abandono, buscando vaciarse de todo lo que se es, como escribe en una carta al P. Jerónimo en la que habla de ir al desierto: "vamos al desierto para vaciarnos completamente, a fin de que Dios, en nuestro abandono, ocupe del todo nuestra existencia".

La razón del abandono en Dios no es otra que Dios mismo; es una adhesión a fin de amar más, para consagrarse a su servicio, a su Reino, a su voluntad. En una carta del 3 de mayo de 1912, dice: "así podré ocuparme continuamente de mi bienamado, porque, abandonado a Él, nunca le perderé de vista". Esta es, podríamos decir, la respuesta del corazón.

La grandeza de Dios, su misericordia le lleva a una mayor confianza en Dios, a quien descubre muy cercano, y se exige únicamente me interesa vivir la confianza, buscando aquello, que puede agradar a Dios y sabiendo que, si hago esto, siempre, su mano poderosa me está sosteniendo". Por eso podemos decir que Carlos tiende confiadamente hacia Dios y pide a los que buscan vivir esta tensión, esta tendencia confiada, una amorosa vigilancia permanente, porque, fácilmente, nos volvemos a hacer nosotros mismos el centro de todo: mi amor propio, mi egoísmo, mIs intereses. Dice él en esta carta del 3 de mayo: "Dios nunca abandona al hombre, es el hombre quien con excesiva frecuencia abandona a Dios". Y cuando está intentando discernir cómo se entregará más a los otros en el desierto, cuando ha pensado en una vida más eremítica en el desierto y entiende que ha de entregarse cada día más a los demás, a los tuaregs, a los problemas de los otros, en una meditación pone en boca de Jesús estas palabras que, naturalmente, se las dice a sí mismo, pero las pone en boca de Jesús y le ayudan a hacer el discernimiento: "desconfía de todo, y, sobre todo, de Ti mismo, pero, en cambio, pon en Mí una confianza plena, de modo que tus angustias puedan ser desterradas y es en el abandono donde encontrarás salida."

Por eso, Carlos se entrega completamente al abandono sabiendo, como dice el 25 de septiembre de 1896, que el buen Dios lo dirige todo, "Él conoce mi porvenir, mi futuro, yeso me basta, no tengo más que sacar partido de todo lo que me ofrece y ser fiel a lo que me va presentando". Esto es muy interesante, porque no dice: ya me lo hará ver, a través de una revelación o de lo que sea, no, sino que dice a través de aquello que me va presentando, por medio de la vida de cada día, son los signos de los tiempos, las indicaciones que la vida me da.

Esta docilidad crea en él una esperanza, porque sabe que el abandono no es fácil, pero sabe que Dios le dará las ayudas necesarias para vivir en abandono y por eso, dice, en una carta del 31 de marzo de 1898: "Tú nos das lo que necesitamos para cumplir lo que quieres de nosotros". Ha aprendido la confianza de decir: Me he abandonado, el Señor me da la mano.

Esto le lleva, a veces, a situaciones dolorosas, porque no es fácil mantener la confianza en el abandono, pero estimula su corazón -lo vemos a través de sus escritos- con las purificaciones dolorosas que hemos de vivir y descubre que, en el abandono, éstas nos liberan para un mayor abandono y quiere vivir la confianza como un fiarse de la bondad de Dios y esto le conduce a ir siempre más allá en su abandono.

Dice en una carta del 24 de enero de 1897: "Somos como una hoja seca, como una mota de polvo, como un poquito de espuma, .somos poca cosa pero, si nos limitamos a ser fieles y a dejarnos conducir, con gran amor y con gran obediencia de fe, donde nos impulsa la santa voluntad de Dios, lo hemos encontrado todo".

También, escribiendo a alguien, el 4 de febrero de 1902, pedirá oraciones "a fin de que sea exclusivamente lo que Jesús quiere que sea", Éste esfuerzo de abandono interior y de conformarse a la voluntad de Dios son las grandes constantes de la vida espiritual del Hno. Carlos y, por eso, podrá repetir una y otra vez: "Os doy, Señor, mi voluntad y nunca volveré a tomarla, mi voluntad está perdida y sumergida en la vuestra".

Un hombre que ha ido viviendo todo esto, puede vivir la oración del abandono: "Padre, me pongo en tus manos. Es un abandono radical, de raíz, que le hace ser totalmente esclavo de Dios en Jesucristo, como escribe el 17 de junio de 1904. Esta afirmación podemos decir que se inspira en un texto de Teresa de Jesús, -séptima morada, en el Castillo interior, cap. 4 - cuando Teresa dice: "sabéis cuando se es verdaderamente espiritual, cuando uno se hace esclavo de Dios y, con este título, no sólo lleva su marca, que es la de la Cruz, sino que se le entrega la libertad, para que pueda vendernos como los esclavos del universo entero, como Él mismo lo ha sido por nosotros.

El abandono le lleva a una esclavitud espiritual. Esclavitud, ¿qué quiere decir?, porque es una palabra que nos puede aparecer extraña o incluso podemos rechazar debido a nuestra sensibilidad. Esclavitud es ponerse, absolutamente, en las manos de Dios; es la experiencia de Abrahán cuando Dios le llama (Gen 22,1); la respuesta de Abrahán "Aquí estoy, Señor, aquí estoy" o Heb. 10,9 donde se dice que la oración de Jesús era decirle al Padre: "Estoy aquí para hacer tu voluntad".

Comentando el evangelio de S. Juan dice "es necesario que os pida aquello que queréis que haga y sólo lo que Tú quieras y, desde aquí, me viene toda mi fuerza, hazme conocer claramente tu voluntad y, después, dame fuerza para cumplida fielmente hasta el fin, y así, en mi vida habrá reconocimiento de tu amor"

Está convencido que el abandono lleva a desposarse con la voluntad de Dios en todo momento, buscándola, haciéndola vida nuestra. Para Carlos, el abandono es total sumisión a Dios y -es muy fuerte, pero es así- des-apropiación de uno mismo en provecho del querer de Dios; des-apropiarse para pasar a ser propiedad de Dios; por eso no quiere pertenecerse a sí mismo, ni quiere conservar nada para sí mismo, se pone totalmente en manos de Dios: "Me pongo en tus manos", de la oración del abandono. Pone en las manos de Dios todo cuanto tiene para ser fiel únicamente a la gracia de Dios.

Es muy consciente, como comenta en algunos textos, que nada, nada escapa, en esta entrega: el movimiento de su corazón, sus proyectos de apostolado, los sueños de una vida más pobre y oculta, sus relaciones... todo lo pone en manos de Dios, a fin de abandonarse en la intimidad de la comunión con el Padre; y escribe un texto muy bonito, que dice; "el deseo de que todo lo que tenemos viene de Dios, el deseo de conformarme totalmente a la bondad de Dios, me lleva a entregarme a Él, y a no desear trabajar más que a su servicio.

Quien esto escribe, tiene la conciencia de que todo su existir es una ofrenda a Dios y no pone límite alguno; su abandono le obliga a no estar atado a nada, sino a estar sometido a aquello que Dios le indica, con una conformidad exacta con Él, que no es pasiva -esto es muy importante-, no es conformidad pasiva, sino activa, que le impulsa a conocer que Dios quiere su Reino, que es el gran deseo de Dios para nosotros.

Por eso escribe que no desea tener ningún punto de referencia sino la voluntad de Dios, ningún otro afecto más que el amor de Dios y renueva, continuamente, el acto de abandono. No es una cosa ocasional, sino que es una disposición permanente.

En 1904 dice que reserva todas sus fuerzas a Dios, a fin de vivir solamente para Él, para abandonarse sin reservas, para existir solamente así para su Señor.

El abandono le da una enorme paz, que le hace descubrir los caminos de Dios, y en este abandono, radica su gran serenidad, por eso escribe, de vez en cuando, lime gustaría vivir como si hoy tuviese que morir mártir". Esto puede crear desasosiego, en cambio, a él le da serenidad, porque es consciente de que todo está en las manos del amor del Padre.

El 15 de julio de 1904 escribe: "todo es dulzura para mí, lo veo todo a la luz de la inmensa paz de Dios, de su gozo infinito, de su gloria inmutable, de la gloria inmutable de la bienaventurada y siempre alegre Trinidad; todo se pierde para mí en el gozo de que Dios es Dios, en la acción de gracias de la gran gloria -y añade una cosa muy importante-, estar en el camino del servicio a los otros o estar solo en la ermita, me es igual, porque eso en nada cambia mi vida dado que lo más importante es tener mis ojos, mi corazón dirigidos a Dios, con una paz inmensa, fija la mirada en la infinita belleza de Dios, por tanto, me es igual estar en la ermita que estar sirviendo".

En una meditación de 1897, comentando el Salmo 2, dice: "Tú, mi Dios, eres feliz, y eso es todo lo que necesito. Si Tú eres feliz, yo soy feliz, Y eso es todo lo que necesito. Si Tú eres feliz, yo soy feliz. Tú eres feliz, puse no me falta nada. Tú eres feliz, pues esto es mi gozo completo': El abandono le lleva a saber que todo lo recibe de Dios, en quien se ha abandonado, y de quien se fía. Realmente, podemos decir que extrae del misterio de Dios -en el que se ha abandonado- los motivos más fuertes y sobrenaturales para someterse al plan de Dios, a su voluntad, sin condiciones: todo el contenido de la oración del abandono, por eso, quiere obedecer y abandonarse para amar mejor, y va poniendo a Dios en el centro de su vida y es el eje central de su vivir confiado.

Mantenido por este amor, vive en la esfera de Dios y, a partir de aquí, se entrega confiadamente a Dios y a los hermanos, en una fraternidad universal, porque el corazón de Carlos se ha ensanchado, poco a poco, hasta las dimensiones del corazón de Dios. El corazón de Carlos es un corazón de fraternidad universal y quiere estar al lado de los más pobres. Se abandona totalmente a Dios para estar del todo al servicio de los hombres.

Podríamos decir que el criterio más orientador de este abandono en Dios es el deseo de hacerlo todo en sintonía con Él y, a partir de aquí, en esta unidad, vive una unificación completa con todos los hijos de Dios, en cada hombre. Es un abandono en Dios que le lleva a un abandono completo, y solamente buscará hacer aquello que los hombres le pidan. El abandono en los hermanos.

LLorenç Alcina

 

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