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CONFLICTOS EN LAS COMUNIDADES

¿CÓMO ENFRENTARLOS?

 

El señor nos ha reunido para construir entre todos, más allá de nuestras limitaciones personales y de grupo, una vida más compartida en la fe, en la oración, en el compromiso (todo esto concretizado en un proyecto comunitario)...

Y esto a pesar de las dificultades y conflictividad con que nos tropezamos en la vida diaria.

Estos conflictos se originan, yendo al fondo del problema, porque no es fácil conciliar en una fraternidad la unión de todos, por un lado, y la diferenciación de cada uno, por otro.

¿Cómo ser uno mismo sin ser individualista?

¿Cómo vivir en fraternidad sin perderse en un comunitarismo gregario y despersonalizador?

Los conflictos internos son una señal de que vivimos en un proyecto común personas diversas en formación, madurez, experiencia, cultura... de que queremos vivir en sinceridad y en verdad, de que nos interesan los otros.

El problema, sin embargo, no es no tener conflictos, sino cómo los afrontamos. Aquí es donde se mide el espíritu evangélico.

 

ALGUNAS SUGERENCIAS:

1º.- No se solucionan los conflictos con posturas irreformables, tomadas frente al otro o los otros. Atrincherarse en lo suyo, llevar siempre el agua a su molino, formar banderías es señal de autosuficiencia, de ganas de imponer y temor de ser vencidos...

Debemos desterrar de nuestras comunidades todo lo que es orgullo, prepotencia, difamación, competitividad, malhumor, indirectas, rumores...

2ª.- Tampoco se enfrenta un conflicto positivamente cortando la comunicación afectiva. No sólo no se soluciona el conflicto con estos costos de silencio, aplicando “la ley del hielo”, como suele decirse.

Es exactamente al revés: se agrava. Más aún, la fraternidad se deteriora y muere. Sin amistad entre los miembros –amistad significa cercanía, cordialidad, comunicación, cariño- es imposible que la fraternidad exista. Es verdad que no hay enfrentamiento campal, ni agresividad, pero es la paz de los muertos, porque no hay calor humano.

3ª.- Pretender encarar el conflicto con talante batallador (discusiones tercas y porfiadas, con ironías malévolas, gestos duros y agresivos, malos modos, portazos...) es equivocar el camino. 

La gente necesita ver que los que viven en fraternidad se quieren, se comprenden, se ayudan, se perdonan.

4ª.- Resulta también cómodo y fácil acusar injustamente al otro de las tensiones y conflictos que la comunidad vive. La acusación o el ataque es la defensa del débil. Cargar a otro con las culpas de los demás es convertirlo en chivo expiatorio, pero no es solucionar ningún conflicto y sí es una cobardía, una injusticia y una manifiesta falta de humildad.

En cambio, es un buen camino no cuidar tanto mi auto imagen y cuidar más la de los otros. No podemos salvarnos a nosotros mismos, hundiendo a los que están a nuestro alrededor.

5ª.- Los conflictos hay que enfrentarlos como se afrontan y resuelven los problemas entre hermanos: en el respeto, la comprensión, la humildad, el diálogo, en un ambiente de cariño, de confianza, de sinceridad, donde podamos expresar lo que pensamos, lo que sentimos y proyectamos. Dialogar no es imponer, sino exponer con sencillez de corazón; no es manipular, sino buscar. El hacerse vulnerable a la verdad del otro para enriquecer lo propio es el medio más eficaz para construir la fraternidad.

6ª.- Es necesario aceptar un sano y legítimo pluralismo, liberándonos de los falsos aspectos de una “unidad” que nos paraliza. La “unidad” que cubre, ocultando, disimulos y tensiones. Es la “Unidad” que crea la caridad de Cristo al hacernos superar las diferencias y barreras que existen entre nosotros.

No se trata, por otro lado, de vivir una fraternidad ideal y, por lo tanto, ficticia, sino de una vida en común, fundada en la caridad, la fe, el perdón, la aceptación de cada uno como es: con sus cualidades y flaquezas, reconociendo lúcidamente las legítimas diferencias y no tratando de disimularlas o suprimirlas, sino de asumirlas en una unidad superior que será un signo eficaz y liberador de que el amor del Señor es más grande que nuestros rechazos y flaquezas.

7ª.- Es sano y decisivo que no dramaticemos ni distorsionemos la comunicación, ni que filtremos lo que escuchamos según de dónde venga. Lo importante es que podamos encontrarnos en la verdad y que podamos expresar lo que pensamos y sentimos directa, personal, adecuada y positivamente.

8ª.- Parte de los conflictos vienen porque no nos sentimos implicados en las decisiones de la fraternidad, porque se elaboran sin contar con nosotros, por lo menos suficientemente. Por eso, discernir juntos en responsabilidad y libertad será un buen criterio para solucionar los conflictos. Y no sólo discernir, sino también realizar esas opciones con gran espíritu de solidaridad, sin competencias y envidias, porque la misión de cada uno es misión de todos, ya que es misión de la comunidad.

9ª.- No llegaremos a la solución definitiva de nuestros conflictos con medios puramente técnicos. No fue así como afrontó el creyente Pablo los conflictos, no menos radicales e inquietantes que surgieron en las iglesias por él fundadas. No minimizó esos conflictos ni los ignoró. Los encaró desde la fe. Es precisamente interpelando la fe de los creyentes como pretendió superarlos.

Es la fe para él la fuente de una nueva unidad. Pablo no contaba –ni las iglesias de entonces- con tantos medios humanos, psicológicos, como nosotros, pero su fe era más vigorosa y fuerte que la nuestra. Sin ignorar aquellos medios, deberíamos insistir más en ésta.

 

ACTITUDES NECESARIAS.

1ª.- Siéntete responsable de tu fraternidad, de todos y cada uno de los miembros. Y sirve, pues en la fraternidad todos estamos para servir. Sirve, aunque tus compañeros de fraternidad sean a veces comodones.

2ª.- Respeta a las personas –aunque éstas tengan sus taras, poca cultura, distinta mentalidad...- sin intentar jamás manipularlas para tus fines personales o institucionales. El respeto sincero y profundo hacia la persona de los otros miembros de la fraternidad es una actitud fundamental de cara al proceso de crecimiento y maduración de la misma.

3ª.- Acepta a los miembros de la fraternidad como son, sin intentar que sean como te gustaría que fuesen. Todos tienen derecho, como tú, a ser ellos mismos, a ser diferentes. Y tienen, a su pesar, taras como tú, de las que no es fácil desprenderse. No olvides que frecuentemente tenemos la tentación de hacer a los miembros a “nuestra imagen y semejanza” o a la medida del ideal personal.

4ª.- Alaba con naturalidad las cualidades de tus compañeros de fraternidad y celebra sus aciertos, tanto en su presencia como en su ausencia. Haz de esta alabanza y celebración objeto de oración gozosa ante Dios, Padre de todos los miembros del grupo. 

Esta actitud positiva da cohesión a la fraternidad y la fortalece notablemente. Es contrario a esta actitud competir, envidiar, sobresalir sobre los otros, dominar...

5ª.- Cultiva la educación en las relaciones comunitarias, con sencillez y naturalidad. Pide las cosas por favor; si haces algo mal, pide perdón y rectifica, si es posible. Agradece a los demás sus pequeñas o grandes atenciones contigo o la fraternidad y trata de tenerlas mayores con todos.

6ª.- Acoge, estimula, ayuda, sonríe, defiende, aplaude, alienta, gratifica... a los miembros del grupo. Esto influye siempre positivamente en la convivencia, en el trabajo común, y fortalece los vínculos internos.

Y no olvides que la corrección fraterna nunca debe brotar como un desahogo de la cólera o de la molestia personal. Es una expresión de amor al otro y debe hacerse en un ambiente de confianza y cariño. No se le puede hacer el bien a quien no se le quiere bien.

7ª.- Sé tú mismo, diáfano, veraz, auténtico, consecuente... No te permitas la doblez, la falsedad, la mentira, las máscaras, la doble cara... La convivencia verdaderamente humana se edifica sólo por y sobre la verdad y desde la sinceridad.

8ª.- Vive las alegrías y tristezas del grupo como tuyas. Haz tuyos sus problemas y preocupaciones. Gózate de los triunfos de la fraternidad y sus integrantes, como de los propios. Todas las personas suelen ser muy sensibles a esta constructiva actitud de solidaridad.

9ª.- Procura amar y servir a fondo perdido, sin pasar facturas ni cobrar comisiones, sin exigir respuestas, lejos de una actitud mercantilista. Si algo no puede ser objeto de negocio dentro de la fraternidad es la amistad, el servicio, el amor, el Mandamiento Nuevo. Ama lealmente. El amor leal es el que se ofrece en libertad a alguien aún a sabiendas de la posibilidad, o más aún, de la certeza de no ser correspondido. Nunca te coloques en el centro de tu fraternidad. No es el sitio del que sirve.

10ª.- Acepta y ama a las personas del grupo por ellas mismas, no por el provecho que puedan reportarte. Interesarse continuamente y con sinceridad por los miembros de la fraternidad, aunque en ocasiones no se interesen por ti o tus cosas, hace provecho a la convivencia y vivifica la vida del grupo. Y, desde luego, es una actitud que construye la comunidad.

11ª.- Haz un esfuerzo –grande si fuera necesario- por comprender, perdonar, y olvidar los roces, malentendidos y conflictos que se hayan producido en el grupo. Son inevitables. Esto no es lo peor, sino el guardarlos dentro, “rumiarlos”, aumentar su importancia dándoles vueltas... Esto sí que es funesto para la fraternidad. La incomprensión y la cerrazón secan las fuentes del dinamismo y la alegría. El perdón cura y restaura.

12ª.- No dramatices ni magnifiques los pequeños roces de cada día. Sin un sentido del humor que nos impida tomar demasiado en serio nuestras pequeñeces no seremos capaces de crear fraternidades sanas que signifiquen un aporte a la fraternidad de nuestra sociedad.

13ª.- Acoge al otro “metiéndote en su pellejo”, aunque esto sea difícil; y acepta, escucha, comprende, anima y sirve en la medida en que él quiera ser servido por ti. Vive unido a los miembros de la comunidad desde dentro –por el corazón- y no por la mera epidermis de un mismo lugar, una misma tarea, unas normas comunes, una simple convivencia...

14ª.- Cultiva con gran interés el buen humor, la alegría, el optimismo, y coopera así al bienestar de la fraternidad. Esta precisa del gozo compartido, del relax comunitario, del sentido festivo de la vida para hacer más sencillo y fácil lo difícil de la convivencia humana.

15ª.- No critiques jamás la conducta de los otros miembros del grupo y menos a sus espaldas. No airees sus defectos ni los fomentes. ¿Quién no tiene defectos? En este campo, intenta comprender, animar y ayudar con amor. Hay que querer a los miembros de la fraternidad como son, incluyendo sus aspectos defectuosos, sin que esto suponga pactar con el mal.

16ª.- Empéñate en descubrir día a día, reunión a reunión, en extensión y profundidad, lo positivo que hay en tus compañeros. Y ten muy en cuenta que cuando se ama suficientemente a las personas, se encuentra en ellas lo bueno y positivo con facilidad. SI VES MUCHOS DEFECTOS EN UN MIEMBRO DE TU FRATERNIDAD, PREGÚNTATE SI LO QUIERES MUCHO.

17ª.- Expresa tu fe con naturalidad y sencillez. Ora y ayuda a que ore el grupo. Una fraternidad que no ora se banaliza y pierde identidad. Colabora en la preparación de la Liturgia, celebraciones de la Palabra, Eucaristías y participa en ellas con profundidad. Estas acciones cooperan notablemente a la identificación de la comunidad cristiana como tal, la cohesionan, construyen y vivifican.

18ª.- Trabaja para que tu fraternidad no sea coto cerrado, grupito narcisista, sin cohesión con otras comunidades o grupos cristianos. Cultiva la apertura, la universalidad; procura que la fraternidad se esfuerce por vivir con estilo verdaderamente eclesial y de comunión.

19ª.- Arrima el hombro a las cargas de los otros. Con eso cumples la ley de Cristo. Se paciente, afable. No tengas envidia. No te jactes, ni te engrías. No seas grosero ni busques lo tuyo. No te exasperes ni lleves cuentas del mal. Disculpa siempre. EL AMOR NO FALLA NUNCA (cfr. Gal 6,2; 1 Cor 13,4-8). Por este camino se construye una auténtica comunidad cristiana.

20ª.- Cuando Voltaire escribió aquello de “Se juntan sin conocerse, viven sin amarse, mueren sin llorarse”, no escribió la historia, sino la leyenda negra de la comunidad.

 

 

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