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EUCARISTÍA Y CONFLICTO

I. INTRODUCCIÓN

1. La conocida afirmación de que la eucaristía “hace” a la Iglesia y la Iglesia “hace” la eucaristía manifiesta no sólo una profunda realidad teológica, sino también una verdad sociológica. La celebración de la eucaristía revela no sólo el modo de comprender la Iglesia, sino también una expresión socialmente relevante de la salvación que ella anuncia y la imagen de Dios que nos ha testimoniado Jesús. Por eso una reflexión acerca de cómo vivimos los creyentes la celebración de la misa, -y cómo la perciben los demás- no es para nada un tema marginal: apunta al corazón mismo del seguimiento de Jesús y a la fidelidad de la Iglesia a su misión evangelizadora

2. En esta breve exposición sólo voy a tratar un aspecto, a mi entender preocupante: para muchos, la eucaristía es una expresión religiosa que puede y debe vivirse totalmente al margen de los conflictos que atraviesan la sociedad. La celebración eucarística ha quedado en buena medida atrapada al interior de un imaginario en el que la comunión de los creyentes entre sí y con Dios suponen una total neutralidad –y hasta ajenidad- respecto de los dolorosos y con frecuencia mortales antagonismos que caracterizan a la convivencia humana.

3. Todos sabemos que, por razones históricas, la doctrina y la devoción eucarísticas han estado centradas en cuestiones tales como la presencia real de Cristo, el poder para consagrar de los sacerdotes, el carácter sacrificial de la misa y la permanencia de Cristo en las especies consagradas. A partir del medioevo y hasta el Vaticano II poco se ha insistido en la dimensión eclesiológica y comunitaria de la eucaristía... que tan intensa y relevante habría sido en la época patrística. Al quedar oscurecida la perspectiva comunitaria, quedó también en la penumbra su dimensión social.

4. A ello debemos agregar que la misa es percibida como una instancia en que la Iglesia discrimina moralmente entre los que cumplen con los requisitos de la fe y los que no lo hacen. Discriminación comprendida, también ella, desde la perspectiva del comportamiento estrictamente individual o, como mucho, familiar, pero sin referencia alguna a la conducta social, a la práctica de la justicia y a la defensa de los derechos humanos.

5. A través de la eucaristía así comprendida se configura un imaginario en el que la práctica de la justicia no aparece ni como condición, ni como consecuencia ni como constitutivo de la celebración eucarística. Pues bien: lo que yo quisiera poner de relieve es que de esta manera se comunica una imagen del Reino de Dios, del Dios del Reino y de la verdadera comunión eclesial no sólo unilateral sino contraria a los que Jesús vive y anuncia. Me parece imprescindible subrayar que cuando hablamos de la presencia real de Jesús en la eucaristía hemos de recuperar algo aparentemente obvio: se trata de la presencia real del Jesús real. Desearíamos por eso rescatar la concepción absolutamente original de Jesús acerca de la eucaristía y de la comunión cristiana que contrastan abiertamente con esta perspectiva.

Tomaré como punto de partida un texto de Juan Pablo II que me llamó la atención por su valentía y claridad. En su Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz de 1999, el Papa señala que la convivencia humana está atravesada hoy por formas intolerables de violencia tales como la sacralización del mercado, el desempleo, el hambre, los conflictos armados, el tráfico de drogas y armas, los daños del ambiente natural, la falta de libertad religiosa, los fenómenos de corrupción, la discriminación étnica. Pero luego agrega: “Ante tal actitud, ¿cómo podríamos excluir a alguno de nuestra atención? Al contrario, debemos reconocer a Cristo en los más pobres y marginados, a los que la EUCARISTÍA, comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo ofrecidos por nosotros, nos compromete a servir. Como indica claramente la parábola del rico, que quedará siempre sin nombre, y del pobre llamado Lázaro, ‘en el fuerte contraste entre ricos insensibles y pobres necesitados de todo, Dios está de parte de estos últimos. También nosotros debemos ponernos de su parte”

6. En un mundo que excluye sistemáticamente a los más débiles, la celebración de la eucaristía –dice Juan Pablo II- no puede permanecer enclaustrada en un espacio ajeno o pretendidamente neutral. Ella supone afrontar ese conflicto omnipresente y multiforme que genera injusta exclusión y tomar partido por los más débiles. Y ello no por una razón de carácter ideológico o aún ético, sino profundamente teologal: se trata de imitar al mismo Dios que también toma partido por ellos. Comulgar supone, pues, hacer propia la actitud solidaria de Jesús con los excluidos y su entrega por nosotros. Una actitud que no busca la conflictividad ni asume la parcialidad por sí mismas. Es precisamente su ‘obsesión’ y su entrega por la comunión entre los hombres lo que le obliga a afrontar la conflictividad; es su ‘obsesión’ por la efectiva gratuidad y universalidad del amor de Dios lo que le lleva a tomar partido por los excluidos. Esto es lo que trataremos de considerar ahora.

 

II. “A JESÚS LO CRUCIFICARON POR SU FORMA DE COMER”

1. Investigadores de la talla de J. Jeremías han insistido en que no se pueden aislar las palabras de la institución eucarística del contexto histórico previo en el que tiene lugar: las comidas de Jesús con sus discípulos y con todas las personas. La Última Cena será la expresión culminante de una forma de anunciar la presencia de la salvación de Dios a través de una serie de comidas que ponen de relieve lo más original y conflictivo del mensaje de Jesús: la solidaridad de Dios con los débiles y marginados.

2. Ya es significativo que la imagen que Jesús elija en sus parábolas para hablarnos de lo que es central en su mensaje –el Reino de Dios- no sea el ayuno, sino el banquete, la comunión de mesa. “Les aseguro que vendrán muchos del oriente y del occidente y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos” (Mt 8,10). Algo ya en sí mismo conflictivo porque para los hombres piadosos de su tiempo el medio para entrar en contacto con lo sagrado era el aislamiento y la privación del alimento, no el comer juntos. “Los discípulos de Juan ayunan a menudo y hacen oraciones, lo mismo que los discípulos de los fariseos, y los tuyos, ¿por qué comen y beben?” (Lc 5,33).

El ayuno, efectivamente, expresa distanciamiento con respecto a la sociedad y convivencia humana. Algo muy acentuado por el grupo del Bautista, que se va a vivir al desierto, y de los fariseos que, como su nombre indica, se consideran los “separados”. Jesús tiene otra concepción: no convoca a la gente al desierto ni funda una secta separada, sino que se dirige a todo el pueblo de Israel. Y no se expresa en ayunos, sino en la mesa compartida con toda clase de personas.

3. Pero Jesús no sólo habló en parábolas, sino que obró en parábolas. Sus comidas forman parte de su predicación: la comunión de mesa es una acción simbólica de tipo profético que expresa y realiza el mensaje: son irrupción del Reino de Dios y su salvación. En este sentido dice Jeremías: “Su acción simbólica más impresionante fue el permitir que compartieran su mesa los despreciados (Lc 19,5 ss) y el acogerlos en su casa (Lc 15,1-2) e incluso en el círculo de sus discípulos (Mc 2,14). Estas comidas con los publicanos son signos proféticos que, más impresionantes que las palabras, anuncian de un modo que no puede pasar inadvertido: ahora es el tiempo del Mesías, el tiempo del perdón”.

Las comidas de Jesús muestran que la irrupción del amor incondicional y gratuito del Padre significa cualquier cosa menos un acontecimiento neutro e inofensivo: desencadena una verdadera revolución social y religiosa. Cuestiona las fronteras étnicas, simbólicas y religiosas de la sociedad judía del siglo I. Algo que los dirigentes de su tiempo captaron con gran lucidez: la forma de comer de Jesús expresaba una nueva forma de concebir la salvación y al mismo Dios. Por eso se ha podido afirmar que “a Jesús lo crucificaron por su forma de comer”

4. Porque el partir el pan no es un simple alimentarse. Acoger a una persona en la propia mesa es una muestra de respeto, de confianza y de reconciliación: es una comunión de vida con impacto social. Desde un punto de vista sociológico, las diferentes maneras de comer nos hablan de la forma de estratificarse una sociedad, de diferenciarse hacia dentro y hacia fuera. Por eso la comida de Jesús con publicanos y pecadores es algo tan removedor. Cuestiona el sistema de pureza en que se basa la coherencia interna del pueblo y su delimitación hacia fuera, impulsa la transformación del orden establecido mediante la reintegración de los excluidos.

5. Y ello en nombre de Dios. Contra lo que piensan los fariseos (cf. Lc 7,36-50) Jesús es Sí un profeta. Pero de un Dios que se afirma como misericordia y no como lejanía; que se acerca con su perdón, del que todos necesitan, y que es mejor aceptado por quien tiene conciencia de su pecado y no se atrinchera en su pretendida pureza y justicia. La integración expresada en las comidas de Jesús es la forma más intensa de anunciar la gratuidad y la universalidad de la amistad que el Padre ofrece generosamente a todos. En Cristo, Dios sale a la encrucijada de nuestros caminos para “invitar a los pobres, los lisiados, los ciegos, los cojos... hasta que se llene la casa” (Lc 14,21-22).

Y nos invita a hacer lo mismo: “Cuando des una comida o una cena no invites a tus amigos ni a tus hermanos, ni a tus parientes ni a los vecinos ricos; no sea que te inviten ellos para corresponder y quedes pagado. Cuando des un banquete invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y dichoso tú entonces porque no pueden pagarte” (Lc 14,12-14).

6. La acusación de agitador y blasfemo, su acorralamiento y su condena a muerte se hallan en el centro mismo de la Última Cena y de la Eucaristía. El conflicto que llevó a Jesús a su muerte no se refiere tan sólo a una concepción interior o mística de la salvación, sino que es el resultado de una trayectoria histórica en una sociedad real. Por eso ésta remite a los cristianos a los conflictos históricos en que se encuentran metidos. Les indica que es precisamente en esos conflictos y en esas crisis donde se puede discernir quién es Dios y cuál es el Dios de Jesús. Y es allí donde deben ‘tomar partido’ como nos dice Juan Pablo II.

7. Las primeras comunidades cristianas continuaron y aún radicalizaron la forma de ‘partir el pan’ de Jesús y sus consecuencias. Para ellos no era un mero alimentarse biológico sino una forma de comer que formaba parte de una manera de vivir en la comunidad y en la sociedad. El reunirse para compartir el pan era inseparable del hacer memoria y de continuar la práctica de Jesús de sentarse en una misma mesa con los excluidos dentro de la comunidad y en la sociedad (cf Hec 2,42 ss). El partir el pan iba unido a una preocupación porque comieran los pobres y desposeídos de la comunidad y esto no solo por una razón humanitaria, sino por la exigencia de formar Iglesia. Estaban convencidos de que donde no se respeta la fraternidad no se celebra la Cena del Señor. Por eso San Pablo en la carta a los Corintios declara que si el partir el pan no constituye la expresión sacramental de un estilo de vida solidario en el que se comparte lo9 que se es y se tiene “eso no es la cena del Señor” (1 Cor 11,21).

La fracción del pan no era un rito evasivo, sino un compromiso y una toma de posición frente a una sociedad dividida en puros e impuros, observantes y pecadores, nacionales y extranjeros. En el pasaje de Hc 10-11, a Pedro se le acusa de que ha entrado en casa de incircuncisos y ha comido con ellos. El compartir la mesa con los impuros de Israel cuestionaba las fronteras étnicas de propio pueblo y creaba las condiciones de posibilidad para el paso posterior, de compartir la mesa –y la comunidad, por tanto- con los impuros paganos. Jesús había curado al centurión pagano (Lc 7,1-10) pero no había entrado en su casa. Pedro va más allá.

 

III. EUCARISTÍA, COMUNION ECLESIAL Y SOLIDARIDAD.

1. Ciertas maneras de celebrar la eucaristía no asumen en su integridad la historia concreta del crucificado en la medida en que evitan el mostrar cómo se vio arrastrado Jesús -‘obsesionado’ por la comunión- a los conflictos suscitados por su práctica. Cristo no es simplemente un hombre bueno que invita a compartir y amar a los demás sino que vive hasta el fondo –y en los conflictos- su confianza en el Padre y en los seres humanos. El Dios revelado en Jesucristo y celebrado en la eucaristía no es simplemente, por tanto, un Dios que ama, sino un Dios que se mete de lleno en las tensiones humanas. Cuando la eucaristía hace realmente memoria de Jesús, crucificado entre delincuentes, está cuestionando a la comunidad cristiana e interrogándola acerca de los lugares en los que Dios se manifiesta hoy en día. No está haciendo ‘moral’, sino ayudando a vivir la confrontación con el Jesús histórico, que vive constantemente en el pueblo de Dios.

2. Reconocer al Señor en el partir el pan no puede ser un rito que encubre la conflictividad de nuestra historia, sino la celebración de su presencia en medio de nosotros para construir la mesa de la comunión y la solidaridad. Reconocer al Señor es asumir el compromiso que le costó la vida. Supone la exigencia de reconciliación y reconstrucción de un mundo roto, haciendo saltar las barreras que nos dividen y distancian. Pero para que esta solidaridad sea real debemos aceptar participar de algún modo en el escándalo provocado por las comidas de Jesús al acercarnos a los excluidos de nuestro mundo en fidelidad a Alguien que también fue condenado por su mundo.

3. La eucaristía en un mundo destrozado por antagonismos económicos, culturales, políticos buscará siempre recrear la comunión eclesial; pero esa comunión será ‘cristiana’ en la medida en que asume la solidaridad con los excluidos. La comunión con las víctimas de los procesos de exclusión social será lo que capacite para generar una comunión –y una división- cristianas. La discriminación que hace la Iglesia no es entre buenos y malos o entre justos y pecadores. Los publicanos y las meretrices eran tan pecadores como los fariseos. Pero Cristo se puso contra éstos y a favor de aquéllos. Estuvo con el que estaba excluido no porque tuviera ‘razón’, sino porque estaba excluido. Y donde estuvo Cristo, allí debe estar la Iglesia.

4. No cabe por eso decir que porque “la Iglesia es de todos” no caben discriminaciones. Al contrario: precisamente porque es de todos ha de discriminar a favor de los pobres. Y en aceptar esta ‘parcialidad’ consiste la única posible catolicidad. La única posible reconciliación propiamente cristiana. Y eso no por razones ideológicas, sino porque es el mismo Dios de Jesús el que toma partido, el que ‘divide’: así lo profetizó Simeón (Lc 2,34-35), y así lo señaló el propio Jesús: “vine a traer la espada y no la paz” (Mt 10,34), “he venido al mundo para un juicio: para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven” (Jn 9,39).

5. Por lo que sabemos, las comunidades cristianas de los primeros tiempos no pretendieron directamente transformar las estructuras sociales del mundo en que vivían. Su primera preocupación era construir la fraternidad y reflejar en su interior los valores nuevos del reino de Dios. Algo que siempre se vivió en medio de tensiones y contradicciones internas, experimentando una y otra vez que el trigo y la cizaña crecen juntos.

Por eso también para nosotros la comunión cristiana es una difícil y permanente construcción mientras caminemos en la historia y sus conflictos hacia el banquete definitivo que anticipamos en cada Eucaristía.

 

 

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