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GUERRA Y PAZ BAJO EL REINADO DE DIOS

Retiro de la Fraternidad Secular de Carlos de Foucauld. Cercedilla, 16-23, 08, 2005.

Por José Vidal Taléns.

Diario del encuentro: ver Hoja Informativa nº 215

 

1. EL CIELO ABIERTO POR EL RESUCITADO. LA PAZ PERDIDA Y RECREADA EN LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN.

1.- Al principio fue la Vida.

Podríamos decir que el principio de todo no fue nada tranquilo, sino sobreabundancia de Vida, efervescencia de Vida, Dios, fuente de vida como amor, de donde todo mana y corre, fecundidad de la Vida sentida, gozada y compartida. Nunca sabremos por qué Dios se decidió a crear, ni qué tipo de acción divina fue o es la Creación. Nos parece que tiene que ver con la fecundidad de la Vida, con la comunicabilidad de la Vida, porque no entendemos Vida sin dar vida, sin engendrar vida, por pasión de amor o pasión de vida. Eso que llamamos el principio, en Dios, fue correr el riesgo de participar su vida con vistas a participar el amor con sus criaturas.

Si pensamos que Dios es la Paz, no lo es como lo imaginamos nosotros, quietud, tranquilidad, perfecta armonía y posesión de sí, no necesidad de nada más… Hay que imaginar, en cambio, una plenitud, porque Dios no crea por necesidad o carencia, sino por sobreabundancia y generosidad, amor. Hay que imaginar, pues, una “plenitud in-quieta”, por ser Vida, con todas las posibilidades abiertas en su sabiduría y en la donación de sí. Como quiera que sea la Paz que es Dios, esa su plenitud viva, que también llamamos amor, le llevó a la Creación. Su armonía e integración amante, amada y amorosa, podía seguir siéndolo asumiendo el riesgo de la Creación de una criatura libre, a imagen y semejanza suya (Gn 1,26-27).

Si Dios es la Paz de los hombres, lo es en cuanto que es el Dios vivo, donación de sí enteramente vivaz y creadora, capaz de correr riesgos, capaz de integración de diferencias, capaz de redención de esclavitudes, capaz de perdón y de amor eterno. Dios es nuestra paz en cuanto promesa de vida no mortal, eterna: “Esta es la promesa que Él mismo os hizo: la vida eterna” (1Jn 2,25).

2.- Luego vino la muerte fratricida, pero Dios no se arrepiente de haber creado al ser humano libre.

Disponemos de unos cuantos relatos en el Génesis que nos hablan de que nuestras historias de enemistad, violencia, guerra y muerte, se remontan a los primeros tiempos del hombre sobre la tierra. Pero era difícil para una mente y un corazón religioso, comenzar y acabar la historia de los hombres así sin más horizonte que la muerte. De las manos de Dios debió salir la creación buena, con un sentido bueno. Imaginaron un instante al menos, un estadio de la creación que sería paradisíaco. Crearon un espacio para el nacimiento de un acto de libertad humana que se habría proyectado ser “como dioses”, autosuficiente y por encima del bien y del mal. Son los relatos de Adán y Eva. Ese paraíso, ese espacio previo para la libertad, no pertenece al campo de la experiencia histórica posible a los seres humanos. Es lo siempre presupuesto en el ser del hombre y en su historia: su bondad originaria desde las manos de Dios y su libertad.

En cambio, el relato de Caín y Abel, aun continuado el estilo literario de los otros relatos del Génesis, nos habla de algo que sí que pertenece al campo de nuestra experiencia histórica, y quedó ahí como el prototipo de nuestra historia de pecado, como frustración del “proyecto de hermanos” que tenía el Creador. El pecado de Adán y Eva es la dimensión teológica de todo pecado, porque en éste los seres humanos están suplantando la voluntad divina, “seréis como dioses”. El pecado de Caín es la dimensión y la forma histórica que toma el pecado humano: negación de la fraternidad. Merece la pena leerla (Gn 4,1-16).

Pronto el hombre se ufana de su potencia de muerte y de su venganza (Gn 4,23-24). ¿Ante el crecimiento de la maldad humana, llegará a arrepentirse Dios de haber creado el ser humano? La experiencia de los diluvios y las bonanzas hace adivinar al hombre que no, que Dios no se ha arrepentido de haberlo creado (Gn 8, 21-22). La sangre derramada, la muerte del hombre, imagen de Dios, debe encontrar en Dios otra respuesta que no sea la aniquilación de la vida en su creación. Habrá señales en la naturaleza (el Arco iris) y en la historia (el Éxodo) de que Dios quiere permanecer fiel a su creación, y en especial a la criatura hecha a su imagen.

De entonces en adelante la fidelidad de Dios será más tenaz y más creativa que la autosuficiencia y la maldad de los hombres. Ahí está el relato de la Torre de Babel (Gn 11) y ahí está la elección de Abrahán (Gn 12). Con Abrahán y Sara, con su descendencia, con un pueblo insignificante y tan poco fraterno como otros, ahí está la  historia de Isaac y Jacob (Gn 27) y la de José y sus hermanos (Gn 37ss.), comenzará Dios a revelarnos otra historia, la de su proyecto de hijos y proyecto de hermanos, ahora sólo posible como historia de liberación de nuestra historia de pecado.

3.- La historia humana se revela como historia de salvación.

Que Dios estaba haciendo otra historia, verdadera historia de salvación, para salvar su proyecto creador sin anular la libertad humana, se reveló con toda claridad a los hebreos esclavos en Egipto y su experiencia de liberación y éxodo. Fue una historia de liberación y de lucha, en la que “vieron” a Dios luchando a su favor, contra la opresión y la muerte (Ex 2,23; 14,31).

Era un Dios capaz de someter a su servicio tanto las fuerzas de la naturaleza como la obstinación del corazón del Faraón egipcio. Por alguna razón de largo alcance, que sólo en un futuro habría de revelarse, había puesto su amor en un pueblo indefenso y lo había elegido para una misión: para su plan de salvación de la creación y sus criaturas humanas. Se proponía rescatarlas del dominio de la muerte, pero desde dentro, desde la misma historia de libertad humana, que se había determinado tantas veces por la muerte.

Al final de los relatos del Diluvio ya habíamos visto descartada la otra forma de vencer a la muerte, la apocalíptica, la destrucción de esta creación, que es como vencer la muerte con la muerte total. ¿Es eso vencer o sucumbir ante la muerte? Dios recreará nuevas posibilidades, aunque entre tanto parece que consiente en el poder de la muerte que se ha enseñoreado de nuestro mundo. La historia de salvación que nos narra la Biblia queda bastante ambigua como todo lo humano. La liberación de los hebreos y la constitución del pueblo de Israel no se dan sino con pactos entre sus tribus y luchas y conquistas de los territorios vecinos. Luego serán ellos los agredidos y volverán a luchar y reconquistar su terreno para asegurar su supervivencia como pueblo. El reino de David se señala como la culminación de este asentamiento y fortificación en Canaán del pueblo de Israel. Se idealizó ese momento y la sucesión del rey en su hijo Salomón. Asentado el pueblo con fronteras seguras era momento de edificar un gran templo a Yahvé, su Dios. Pero David ha derramado en tierra mucha sangre y ha hecho grandes guerras. Hay una conciencia en los redactores de estas memorias que no se podía edificar el templo de Dios con las manos manchadas de sangre, que derramada en tierra siempre clama al cielo. Lo hará Salomón idealizado como “hombre de paz”, gozará de paz con sus enemigos e Israel conocerá la paz y tranquilidad (1Cro 22, 8-9).

No podría durar una paz basada en el poder regio o militar. Otros reyes, otros imperios, otros ejércitos la harían tambalear, incesantemente. Con los profetas se empieza a adivinar que sólo una promesa  o don de Dios podría sostener un Reino de paz y justicia. Son fórmulas proféticas que van anunciando una paz mesiánica que inauguraría el Ungido de Dios. La irán pintando con metáforas y figuras de armonía y reconciliación entre los animales de la creación y el mismo hombre, entre los hombres y entre éstos con Dios. Se la anuncia para el Día en que Dios intervendrá y reinará en persona o en la persona de su Mesías. Aquel Día, aquellos tiempos que había de venir, irán configurándose como tiempos de paz escatológicos.

4.- La iniciativa de la salvación la lleva Dios en la historia de sus Alianzas.

La paz mesiánica o escatológica no iba a significar que la paz quedaba para el final del mundo. La paz que Dios quería aportar a su creación no estaba al final de la historia. Toda la historia de las alianzas relatadas en la literatura bíblica significa un reiterado compromiso histórico de Dios para recrear vida en esta su creación.

La primera con Adán y Eva: se anuncia que una mujer de su descendencia pisará la cabeza de la serpiente. (Gn 3,15). La segunda con Noé: “Nunca más volveré a maldecir la tierra por causa del hombre” (Gn 8,21). Haga lo que haga el hombre, Dios no se desdice de su proyecto creador. La tercera con Abrahán y su descendencia: tendrán una tierra y un futuro y una misión en el plan de Dios (Gn 15,18). La cuarta con Moisés y el pueblo de Israel, pueblo de la Alianza por antonomasia, sobre la base de las Palabras de vida que es la Ley de Dios.

Esta alianza particular con su pueblo, este compromiso histórico y moral, se hace en función de la misión que recibe este pueblo en medio de los otros pueblos de la tierra. Ha de experimentar y revelar a los otros la cercanía, la autoimplicación del Dios creador en cuanto les pasa a los humanos. Y todo el pecado del mundo y toda la sangre derramada no hacen cambiar su apuesta en favor del ser humano (Ex 24,8). Una larga pedagogía iba a ser necesaria para comprender que esta implicación histórica de Dios era totalmente concreta y en cambio no era particular sino universal, dirigida a todos los pueblos.

El pueblo de Israel no estuvo a la altura de su vocación. Si Dios estaba con nosotros había de estar contra los otros pueblos, pensaban. El Dios que está a nuestro favor habrá de mostrar su fuerza y hasta violencia contra todos nuestros enemigos ¿Cómo romper esta lógica tan humana?

El terreno estaba preparado. Se había soñado ya una Alianza nueva y definitiva, escrita en los corazones de los hombres. El pueblo, o su resto, podrá cumplirla, ya no fallará, y hasta el Espíritu de Yahvé se derramará a toda carne (Jer 31,31-34; Ez 11,14; 16; 34,25; Joel 3). El modo en que iba a sellarse esta nueva alianza era insospechado. Sólo los cánticos del Siervo de Yahvé de Isaías convergían en lo que iba a acontecer (Is 42; 49; 50,4; 52,13).

Haberse mostrado un Dios tan cercano y tan humano como Yahvé, el Dios de Israel, y no caer en la lógica demasiado humana de por ser de Israel no poder ser de los otros, sólo lo podía hacer el mismo Dios, en su Ungido, su Mesías, venido ahora como el antiguo Abel que volvía para dar la mano a Caín, como el antiguo José deseoso de abrazar a sus hermanos, o como Isaac, esta vez caminando hacia su pasión voluntariamente aceptada y ya no impuesta por una creencia religiosa. Desde los excluidos e identificado con los excluidos, se les presentó el Dios cercano, y así les pedía su conversión al Dios vivo y al Dios de la Vida.

Así ofrecía su paz este nuevo hijo de David, Jesús de Nazaret, como Hijo de Dios, crucificado y resucitado. Desde la cruz, ofrecía su perdón, y comenzaba una nueva creación reconciliada: Caín y Abel, Isaac e Ismael, José y sus hermanos, David y sus enemigos, judíos y gentiles. Ahora se podía entender a un Dios, que para sentirlo cercano no había que sospechar del extraño ni menos culpabilizarlo de todos nuestros males hasta sacrificarlo. Podíamos ser amados, sin los celos porque otros también sean amados. Dios prefería ser servido con la misericordia y no con la exclusión del otro.

5.- Y la historia de la salvación continúa.

Jesús dijo a Santiago y a Juan: ¿Seréis capaces de beber el cáliz que yo he de beber? Y ahora nos lo pregunta a nosotros. Nuestro cainismo es ancestral. ¿No podría resucitar en nosotros Abel tendiendo la mano?

Bienaventurados los pacíficos, los hacedores de paz a su costa, los que reciben bofetadas de unos y otros, en el intento de refrenar la propia violencia o la de los demás, o en el esfuerzo de reconciliarnos o reconciliarlos. Abel ha vuelto lleno de paz en Jesús. Se le llamó “príncipe de la paz”. Permanece como víctima resucitada, en el cielo que se ha abierto con ella. Comenzó la nueva creación. No es necesario seguir ya con la vieja lógica de responder a la violencia con más violencia. Hace falta que despierte la imaginación de esta nueva creación en Jesucristo.

Para la reflexión y compartir.

Confrontarnos con dos historia bíblicas típicas: la de Caín y Abel (Gn 4,1-24); y la de José y sus hermanos

(Gn 42,1-24 ss.; cf. 50, 15-19.

Imaginar que en Jesús resucitado es Abel quien retorna a dar la mano a Caín, y es José quien abraza a sus hermanos. El excluido ofrece su mano y nos hace revivir.

 

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