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GUERRA Y PAZ BAJO EL REINADO DE DIOS

Retiro de la Fraternidad Secular de Carlos de Foucauld. Cercedilla, 16-23, 08, 2005.

Por José Vidal Taléns.

6. La cultura de la paz será la cultura de la “no-violencia”, el diálogo y el redescubrimiento de la filiación divina.

La no-violencia de Jesús y sus discípulos.

En Jesús, Abel ha vuelto como perdón para Caín y los cainitas, no como decreto exculpatorio, pues somos responsables de nuestros pecados, sino como presencia insistente, interpelante, vivificadora. Su presencia abre un tiempo para recrear nuevas relaciones desde el perdón y el amor experimentados. Su presencia abre un tiempo para nuestra reconciliación con la historia de pecado o exclusión, para que nos reconciliemos con nuestras propias sombras, y comencemos así a hacer otra historia. Ahora ya no desde la huída hacia delante que empeora las cosas, ni desde la huida hacia atrás que nos hunde en la vergüenza y la culpa. Ni como héroes ni como víctimas. Recomencemos como humanos, con límites y posibilidades, pero con cielo abierto, con el horizonte abierto por el Resucitado.

¿Por dónde empezar? Cuando todo tipo de gente acudía a Juan el Bautista para una conversión que preparara los tiempos mesiánicos, le preguntaban: ¿qué debemos hacer? Él les respondía: “El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo”. Vinieron también publicanos a bautizarse, que le dijeron: Maestro, ¿qué debemos hacer? Él les dijo: “No exijáis más de lo que os está fijado”. Le preguntaron también unos soldados: Y nosotros ¿qué debemos hacer? Él les dijo: “No hagáis extorsión a nadie, no hagáis denuncias falsas y contentaos con vuestra soldada” (Lc 3,10-14). Esto es la conversión del hombre a Dios, convertirse hacia sus hermanos y tener con ellos un comportamiento humano, razonable, justo. Así me parecen las recomendaciones del Bautista.

Pero cuando llega el reinado de Dios en Jesús, cuando está a la vista quién reina sobre el mundo y la historia al resucitar al crucificado, cuando se ha “visto” al Hijo del Hombre viniendo hacia nosotros desde el cielo como la víctima resucitada, la praxis humana puede radicalizarse e ir más allá de lo razonable y equitativo. Esta radicalización de la conducta humana es la que postularon los discípulos de Jesús y la propusieron como evangelio, como buena noticia para todos. Buena síntesis es el Sermón de la Montaña, y allí nos encontramos: “Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás’; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano ‘imbécil’, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame ‘renegado’, será reo de la gehenna de fuego” (Mt 5,21-22). La no violencia contra el hermano ha de estar en las manos, pero también en el lenguaje, en el pensamiento y en el corazón.

¿Y qué hacer cuando se es agredido? Entonces, la no violencia de Jesús se radicaliza hasta llegar a no ofrecer resistencia al mal, o a resistirle sólo con mayor bien. “Habéis oído que se dijo: ‘Ojo por ojo y diente por diente’. Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda” (Mt 5,38-42).

Cansados de las guerras y las armas, hoy comprendemos la razón que le asiste a Jesús en esto que ya no parece razonable: se trata de desarmar al violento, al que arremete, no con lo que él se espera, sino con el bien que no se espera. Se desarma al violento haciéndole mirar a los ojos, de persona a persona, sin armas ni defensa, con ojos de paz y bondad.

Se entiende esto desde el horizonte del reinado de Dios que Jesús inaugura. Se apela a que el atacado y el atacante son hijos de Dios: “Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo’ y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos” (Mt 5,43-45).

Qué debemos hacer, nos preguntábamos. La radicalidad de la no violencia que propone Jesús, quizá, ya no pertenezca al “deber” sino a la “gracia”, al horizonte de la filiación divina, a la libertad que se toman los hijos de Dios, a una generosidad sin límites, cuando se contempla salir el sol sale para malos y buenos.

Jesús, de hecho es un escándalo para el orden de este mundo: “Dichoso el que no se escandalice de mí” (Mt 11,6). Jesús produce el colapso de la distinción entre los buenos y los malos, impidiendo así que ningún orden social se sacralice. Jesús colapsa la seguridad que ofrecían las Escrituras. Sin expulsión de los impuros o de los infieles no sabe una sociedad asegurarse el orden y la paz. Hay que entrar en otra lógica, otra forma de mirar a los humanos sin erigirse en sus jueces (Mt 7,1-5).

Hay que entrar en el reinado de Dios. Este reinado de Dios hace habitable la tierra, hace vivibles estos tiempos de inclemencia. Se puede vivir a la intemperie, indefenso, en medio de la violencia culpabilizadora y excluyente. El discípulo, como Jesús, conocerá y sufrirá la violencia que se ejerce en nombre de Dios, o de la ley de Dios, dioses de muerte que no son la verdadera realidad de Dios. Pero la soberanía de Dios es paciente, da tiempo a que los humanos aprendan y corrijan sus imágenes de Dios.

No se ofrece como un refugio sagrado más fuerte y fortificado que los otros refugios sagrados. Invita a dejar de ir de refugio en refugio, para poder vivir a cielo abierto, en confianza radical en el Dios vivo y verdadero, como los lirios del campo y los pájaros del cielo (Mt 6,25-34). Jesús lo advirtió a sus discípulos: alerta, no vayáis detrás de gente “salvadora”, falsos mesías, falsos refugios. No os alarméis ante guerras o portentosas señales de fuerza casi divina. El discípulo desconfiará de la fuerza, se distanciará de los reinos de este mundo o de los venideros que se fundan sobre la violencia recíproca. Esos discípulos serán unos extraños, serán víctimas potenciales por su aire socialmente subversivo. En la confianza en que han entrado no deberán preparar su defensa. El Espíritu les defenderá y les hará decir lo que deban decir (Mc 13,5-11).

La historia del cristianismo y la aparición del concepto de “guerra justa”.32

Los primeros siglos del cristianismo los cristianos eran testimonio de una vida alternativa, sin armas, sin preparar la defensa, rehusando colaborar con la vida militar por no matar ni siquiera al enemigo. Se beneficiaba de la pax romana impuesta a los pueblos del Imperio romano, pero las reivindicaciones del evangelio de Jesús chocaban hasta tal punto con el orden establecido del Imperio que sufrieron distintas oleadas de persecuciones.

La crisis del Imperio romano y la apuesta de algunos emperadores por el cristianismo posibilitan una solidaridad de la Iglesia cristiana con el Imperio. No podía negarle ya cristianos para cumplir la misión de defensa que hacían los ejércitos del Imperio. La situación histórica es diferente. Se puede pensar que ahora se está defendiendo la “ciudad de Dios”, el buen orden querido por Dios sobre la tierra mediante su Iglesia. Se releen las citas del NT que piden un respeto por la autoridad que de alguna manera viene de Dios. Pero se mantuvo a los clérigos y los monjes exentos del trabajo militar y de toda profesión que pudiera llevar a la muerte de alguien, como la del juez. Esta reserva nos indica que se guarda la memoria de la incompatibilidad del Evangelio y su no violencia con la guerra y las armas.

Se van esbozando argumentaciones que legitiman la guerra en determinadas ocasiones. Existe una civitas christiana, una ciudad cristiana, es la Iglesia o cuerpo de Cristo como el Reino de Dios en la tierra. El uso de la fuerza militar podía justificarse para restablecer el orden interno a esta “ciudad” cristiana, y para abrir y agregar a otros pueblos a esta civilización cristiana, que se creía destinada para bien de toda la humanidad. Luego vendría el gran motivo de la defensa de la cristiandad o la defensa de la fe, y la conquista de los santos lugares de la tradición cristiana en una Tierra Santa islamizada. Eran cruzadas promovidas por los papas y los príncipes cristianos y predicadas por clérigos que exaltaban las masas contra los enemigos de la cristiandad, infieles y contrarios a la verdadera religión.

Al recordar aquel tiempo que también fue nuestro, y al contemplar ahora el Islam radicalizado y combativo, caemos en la cuenta de que vivimos dos tiempos distintos y distantes los cristianos y los musulmanes, pero que lo que nos sorprende en ellos ahora fue una etapa también de nuestra tradición cristiana.33 Con el agravante de que tanto nuestros gobernantes cristianos como los musulmanes escondían y esconden otros intereses distintos de la defensa de la fe, ansias de poder, luchas intestinas, dominación de los pueblos con la excusa del enemigo externo, la conquista o el control de riquezas materiales o energías.

Aquel orden medieval de cristiandad comenzaba a resquebrajarse con los movimientos de un Islam, a lo sumo frenado pero nunca derrotado, con los descubrimientos y conquistas del Nuevo Mundo, con la necesidad sentida por los teólogos cristianos de un Derecho de los pueblos y para las relaciones entre los pueblos, con el Renacimiento, el Humanismo y la Reforma protestante, y con el nacimiento de los estados nacionales en Europa. Llegamos así al concepto actual de guerra como asunto entre naciones soberanas, declarada por su máxima autoridad o representación. Es la época de los Estados pontificios, hasta el papado podía sumarse a un conflicto bélico o declararlo.

Al fin, se acaba de perfilar el concepto moderno de “guerra justa”: 1) Que la declare una autoridad legítimamente constituida (no se incluye aún a las guerras civiles o a los movimientos de liberación de colonias o pueblos oprimidos). 2) Que haya una causa justa: la legítima defensa, que puede ir desde la defensa del territorio, sus gentes y el honor nacional, hasta la defensa de derechos comerciales, protección de connacionales en el extranjero, recuperación de territorios antes poseídos, represión de revoluciones, explotación de riquezas vírgenes descubiertas por connacionales en otros países, expansión de la civilización occidental y religión cristiana que se creen superiores y mejores para toda la humanidad, represalias ante daños sufridos o evitación de daños previstos. Y 3) Que los medios a emplear no sean inhumanos, guarden cierta proporción entre los medios con que se amenaza y los medios de defensa y contraataque, que no se usen minas antipersonal o armas químicas, que se respeten las convenciones humanitarias internacionales, que se respeten a los prisioneros y las poblaciones civiles.

Con las guerras mundiales del siglo XX este concepto de “guerra justa” iba a entrar en crisis. Se mantendrá el principio de la legítima defensa como principio; pero se le deberán añadir tales restricciones que prácticamente no parece viable ejercer la legítima defensa y permanecer dentro de unas medidas humanitarias, y esto por los medios de que hoy se dispone para hacer la guerra y por las estrategias de muerte desencadenadas. Se debe guardar la proporción entre el mal a evitar y el mal que se va a desencadenar.

Como cristianos hoy somos críticos y autocríticos con todo tipo de guerra imperialista, de conquista, de dominio en definitiva, ni siquiera para la expansión de nuestra civilización y creencias. Seremos críticos con guerras de represalias o guerras preventivas. Seremos críticos a guerras totales contra el eje del mal. Seremos críticos con todo tipo de guerras santas, después de haber pedido perdón por nuestro pasado histórico. Hemos sido comprensivos con algunas guerras de liberación de pueblos oprimidos, pero no hemos visto proporción humanitaria ni en los medios ni en el mantenimiento de los fines conseguidos. Hemos sido comprensivos con el principio de legítima defensa cuando se han agotado todas las posibilidades de un arreglo pacífico (GS 79,4).

Pero, ante los medios de destrucción masiva, los atómicos, los químicos o los del armamento sofisticado aún en la línea del llamado armamento convencional; ante las guerras desencadenadas históricamente en los últimos tiempos; ante la evolución de la estrategia de las guerrillas derivada en muchos casos hacia el terror; ante el auge del terrorismo como medio fácil y muy tentador de hacer mucho daño por parte de quien dice tener una causa justa; ante la impunidad internacional que se pretende para los abusos militares que puedan darse y que se dan; ante la enormidad de los efectos colaterales civiles no deseados, se dice, pero siempre inevitables; ante todo ello, los cristianos, y hasta los últimos papas, hemos ido abandonando el concepto de causa justa para una guerra o una violencia. Hemos comprendido que ya no es posible pensar que la guerra o la violencia mortífera sea el medio adecuado para obtener justicia de una violación de derechos sufrida. Importante convicción aún no compartida por todos..

Teólogos moralistas e instancias del Magisterio siguen debatiendo teóricamente sobre legitimidades sugeridas por el principio de la legítima defensa. Pero la conciencia cristiana, y Juan Pablo II no se quedó atrás, se va afirmando en el no a la guerra, no a la violencia terrorista, no a la carrera de armamentos, no a las torturas, no a la pena de muerte. Esta importante convicción nos va decantando hacia posiciones que propician el desarme progresivo y multilateral, negociado y controlable, pero sin descuidar todas las posibilidades de un desarme unilateral, que las hay. Nos decantamos hacia propuestas de reconversión de la economía militar y armamentística en una economía para la paz entre los pueblos. Optamos por no ahogar la posibilidades de vida en los países del tercer mundo ni en las áreas del cuarto mundo, y esto por los caminos de una economía sostenible, solidaria y ecológica; nos inclinamos hacia un clima de diálogo intercultural e interreligioso que ponga la persona por encima de todo; y hacia un respeto de la tierra y los hombres como criaturas de Dios.

Los discípulos de Jesús por los caminos de la no-violencia.

Veíamos en el primer punto que el espíritu que anima todo el mensaje evangélico sobre la paz sugiere la idea de la no-violencia. Veíamos en el segundo punto que la historia nos trae sus lecciones. La evangelización ha pagado un alto precio con la decantación de los cristianos por el uso de la fuerza y lo militar para defensa de sus intereses; con las cruzadas, con la inquisición, con la colonización, con las guerras de religión europeas, con la explotación capitalista, con nuestras injusticias en definitiva.

Hemos aprendido que los medios técnicos pueden servir para lo mejor y para lo peor. La paz y la no-violencia son apreciados culturalmente como valores. En el Occidente de tradición cristiana ya no se puede magnificar la fuerza y la violencia de los propios aliados, cuando se manifiesta en toda su crudeza. Cuando sucede se tiene mala conciencia, se necesita disimular o restringir la información, cargarse de razones en la propaganda bélica. Los cristianos somos ahora especialmente sensibles a la violación de los derechos humanos. Los cristianos estamos llegando a la convicción de que ya no será posible una guerra justa. En consecuencia, sólo cabe en la resolución de conflictos los procedimientos que puedan ser incluidos en la “no-violencia”.

La praxis de la no-violencia y la concienciación de los cristianos de los últimos tiempos nos vinieron de la mano de Mahatma Gandhi, de su praxis, sus palabras y su persona. Podemos decir que él nos ayudó a redescubrir la no-violencia evangélica, a apreciar la radicalidad franciscana, la de Francisco de Asís. Traemos aquí una síntesis redactada por el mismo Gandhi:

A) “Los nombres de Dios son innumerables; pero si hubiéramos de elegir uno, éste sería la Verdad.

B) “El conocimiento de la Verdad es del todo punto imposible sin no-violencia. Por eso se ha llegado a decir que no-violencia es la religión suprema.

C) “La búsqueda de la Verdad y la práctica de la no-violencia son imposibles sin:

1) el dominio de sí

2) la renuncia al robo y a las posesiones

3) la valentía

4) el respeto a todas las religiones

5) la supresión de la discriminación que sufren los intocables”.34

1) El dominio de sí requiere el control sobre nuestro mundo instintivo o pasional, en pensamientos, palabra y obra. Se correspondería con la bienaventuranza dirigida por Jesús a “los limpios de corazón” (Mt 5,8). Una pureza de corazón más honda que la simple castidad corporal, porque ha sanado en su raíz el “desear” humano, y ha aprendido a desear según Dios.

2) La renuncia al robo la cifra Gandhi no sólo en abstenerse de robar sino en no guardar o no tomar lo que no se necesita. La renuncia a las posesiones la lleva al límite, para nosotros hoy imposible35. Nos propone no acaparar nada que no vayamos a necesitar en el día de hoy. Esto se correspondería con la bienaventuranza dirigida por Jesús a los pobres (Lc 6,20-21). Gandhi señala que el robo rebosa violencia. No distingue demasiado la propiedad del robo, entendiendo la propiedad al menos como apropiación innecesaria, si no es que ha sido ya apropiación injusta.

3) La valentía denota para Gandhi ausencia de todo temor, del temor a la muerte y al daño físico, del temor al hambre, temor al insulto y a la reprobación social, temor a los fantasmas y malos espíritus, temor a la indignación de cualquiera. Esto supone haber sanado en su raíz el miedo humano mediante la confianza libre y alegre en Dios (parrêsia en griego bíblico). Se corresponde con la bienaventuranza de Jesús dirigida a los lirios del campo y los pájaros del cielo ((Mt 6,25-34).

4) En el respeto a las otras religiones ve Gandhi mucho más que la simple tolerancia que podemos tener desde nuestra respectiva posición de superioridad. Aquí se pide un aprecio y estima positivos, esperanzados de lo que los otros han podido captar de la Verdad y vivirlo. Se corresponde con las bienaventuranzas dirigidas por Jesús a la mujer cananea siro-fenicia y al centurión (Mt 8,10; 15,28).

5) La supresión de la discriminación que sufren los “intocables” (estrato social en la India que hoy ampliamos a los excluidos) comienza por “tocar” a estos hijos de Dios, predilectos de Dios, como el beso de San Francisco de Asís al leproso. Comienza, pues, por el acercamiento y culmina con amarlos, estimarlos como a nuestros parientes o amigos; tratarlos, dice Gandhi, igual que tratamos a nuestros hermanos: nadie es más, como tampoco nadie es menos que nadie. Se corresponde con la bienaventuranza de Jesús a los misericordiosos, o sea, a los benditos del Padre que han usado de misericordia con los que pasan hambre o sed, los forasteros o sin techo, desnudos enfermos o presos. Son los hermanos de Jesús, hermanos nuestros: “cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 5,7; 25,35-40).

De la mano de Gandhi o de Jesús o de Francisco de Asís vamos aprendiendo los cristianos a sanar en su raíz la violencia humana, que era lo más importante. Queda por investigar en los procedimientos de resolución de conflictos que descarten medios y soluciones violentas. No faltan experiencias, desde la misma praxis de Gandhi en la India, Martin Luther King en USA, Lanza del Vasto y sus comunidades, y el Movimiento de Objeción de Conciencia, cierto sindicalismo, madres de la plaza de mayo, experiencias de encuentro ecuménico, comisiones para la verdad y la reconciliación en Sudáfrica, mediaciones para detener la espiral de violencia, y otros menos conocidos.

La discusión sobre los medios de resistencia activa, desobediencia legal, acciones simbólicas, difusión de información, asociacionismo, mediación, etc., no pueden ser aquí abordados. Recordemos que el fin ha de corresponderse con los medios. El camino, entonces, se hace más lento. Encaremos los conflictos son invitación a crecer como humanos. hemos de perseguir modelos de una sociedad convivencial y en paz por medio de procesos que la anticipen, en las formas de vida que se asumen y promueven mientras se alcanzan.

La cultura de la paz ha de ser cultura del diálogo.

Desde la creación de las Naciones Unidas se dispuso de una plataforma internacional de diálogo para la evitación de las guerras en los conflictos entre las naciones. Desde el pensamiento, a lo largo del siglo XX, se ha desembocado en la intersubjetividad: no había forma de ser persona sin el tú y sin el nosotros. Desde el Concilio Vaticano II la Iglesia católica busca el diálogo con las otras iglesias o comunidades cristianas, con las otras religiones y con toda la humanidad. Desde Pablo VI el diálogo es una categoría fundamental para la comunión eclesial a imagen de la comunión trinitaria.

Las últimas décadas, ha crecido la crispación social y política y todos forcejean para imponerse con la lógica del poder de que disponen, lógica del poder acrecentada por los medios de comunicación. Los Parlamentos se han convertido en un juego aritmético de votos y alianzas, que impone sus resultados hasta la nueva convocatoria de votaciones. El hablar para hacerse entender, dialogar, dejarse convencer o convencer a otros es la definición teórica del parlamentarismo, pero bastante en desuso. Si pasamos al campo laboral, cultural, eclesial y hasta el familiar, se echa de menos muchas veces el diálogo, tomado en serio y con sentido de responsabilidad.

Este clima de hacerse valer por la fuerza o el poder de que se dispone es un retroceso respecto de los valores que la cultura occidental y la cristiana ofrecen a la humanidad, pero que ni el mundo occidental ni los cristianos están siendo capaces de practicar. Así pues, permanecen entre los ideales ciertos valores que nos urgen. Aunque ideales, orientan, corrigen, cuestionan nuestras conductas

1) Entre ellos está, por ejemplo, conceder a la racionalidad dialogante la primacía en las relaciones interhumanas. La violencia es por definición lo irracional; la fuerza bruta es en sí ciega; vencer por la fuerza no es tener razón. En el diálogo se buscará la mejor verdad que podamos sobrellevar entre todos. Nadie es más que nadie ni menos que nadie, decíamos. Nos imponemos el respeto a la dignidad del otro, y por eso aceptamos “consensos” que no siempre van a coincidir con los deseos de cada uno. La racionalidad ilustrada alcanzó a descubrir dos formulaciones de aquello que se nos impone como racional y justo: actúa de forma que tu modo de actuar pueda ser universalizable; y nunca tomes al ser humano como medio o instrumento para ningún fin. No estamos faltos de criterio.

2) El derecho, las leyes y la justicia, en principio, están para favorecer a los débiles. Aunque el momento actual nos alerte sobre la inflación legislativa y judicial, sobre los intereses egoístas que pueden influir en la creación de las leyes y sobre la desigual aplicación de las leyes según a qué individuos o sociedades, no por eso hemos de dejar de valorar la ley. La legislación positiva de un Estado o una institución será siempre perfeccionable. Pero no aceptar una ley y una instancia arbitral de apelación para todos, es dejar al ser humano sin posibilidades para una vida social. Ante el recrudecimiento de la violencia de todo tipo, preferiremos que los humanos nos atengamos a unas leyes que valgan para todos y a unos árbitros no implicados en el litigio.

3) Pero además de apelar a la racionalidad y al derecho, expresión del mejor Occidente, hay que apelar también al corazón, a la persona y su exigencia fundamental de amar y ser amada. Es un problema difícil la universalidad de los derechos humanos: ¿cómo se entienden desde otras culturas y religiones las ideas plasmadas en nuestra declaración universal de los derechos humanos? Desde el Islam se han hecho intentos de reformulación de los derechos humanos y no los entienden más que en la medida en que pueden ser asumidos por su ley religiosa. No se reconoce la autonomía de los seres humanos al margen de la voluntad de Dios. La comunidad sigue estando por encima del individuo. En occidente, en cambio, recuperamos el derecho del individuo por ser persona humana, pero se no ha quedado petrificado en el liberalismo, pendiente de un equilibrio con las exigencias de lo comunitario, lo social, lo solidario y fraterno.

Mientras los musulmanes hacen su experiencia hermenéutica del Corán capaz de un diálogo interreligioso e intercultural, junto a la apelación a la racionalidad y el derecho deberemos trabajar más el diálogo a un nivel más hondo en la persona, apelando al corazón humano, no mirando hacia otra parte cuando hay que mirar a los rostros de los niños o jóvenes, ellos y ellas, musulmanes o no musulmanes. Cuando nos confunden las discusiones sobre leyes y el alcance las leyes, divinas o humanas, Jesús nos interpela en Lucas: “¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es de justicia? (Lc 12,57). ¿Qué nos dice el corazón cuando miramos a los ojos de los rostros humanos?

Apelar al corazón es animar a unas presencias y unos encuentros entre los hombres, yendo con la gran fuerza moral del amor fraterno, desarmados de toda otra fuerza, a la espera y en la confianza de que nos vamos a poder entender y ayudar. Esto es lo que, últimamente, en ámbitos eclesiales ecuménicos e interreligiosos, se viene llamando “el dialogo de la vida” compartida (buena vecindad, apoyo mutuo, oración), que ha de vivirse antes, durante y después del diálogo de ideas o diálogo teológico

La cultura de la paz pide el redescubrimiento de la filiación divina.

Volvemos a la intuición evangélica y la aportación de Carlos de Foucauld a la cultura de la paz. Una formulación de la no-violencia evangélica es la de vivir como “hermano universal”, tal como se proponía el hermano Carlos. No se trata de una idea como la de “todos los hombres son hermanos”. Se trata de una vida, una forma de vida, un sentir y actuar en la vida. Me presento como hermano de todo ser humano concreto que me sale al paso. Y así es como puede ser universal; algo imposible de hecho y a la vez. Pero posible con aquellos seres humanos que están a nuestro alcance o a los que salimos al encuentro por propia iniciativa. Se trata, entonces, de no considerar a nadie enemigo, sino en la línea de Jesús, Francisco de Asís, Carlos de Foucauld y Gandhi, dirigirnos a cualquier ser humano como verdadero hermano nuestro, recordando que incluso el más dañino o insocial no ha perdido su sello de ser imagen de Dios y la posibilidad de reconocerse como hijo de Dios.

La no-violencia, en Gandhi y en el Evangelio de Jesús, lleva esta exigencia y esta posibilidad para la paz, la de conducirnos como hermanos ante todo ser humano, desde el más próximo y familiar hasta aquellos más alejados de quien nos hacemos nosotros próximos. ¿Cómo vivir con coherencia y radicalidad esta fraternidad universal si no redescubrimos la filiación divina de todo ser humano, criatura de Dios, redimible por Dios?

El gran nivel teórico al que ha llegado el pensamiento occidental al proponer una ética consensual y una ética de la dignidad humana cifrada en los derechos humanos universales, encuentra resistencias inesperadas en otras culturas. Está claro que no podemos imponer por la fuerza la democracia, la listad, la justicia y la no-violencia. Sería todo una contradicción. Pero tampoco estamos consiguiendo convencer tanto con las solas argumentaciones éticas. ¿No llevará nuestra cultura occidental ilustrada un déficit de fundamento que no quiere reconocer ni aceptar y que le impide entrar en diálogo con otras culturas, a un nivel de profundidad mayor que el de la supuesta racionalidad universal?

Las culturas no occidentales aún no se han desconectado de las fuentes de la religión. Los lenguajes religiosos son muy diversos, pero se percibe un aire de familia. Intuyo que en muchas religiones puede entenderse eso de que los seres humanos somos o estamos llamados a ser hijos de Dios, o que nuestra religación con lo divino pertenece al orden de la semejanza, de la familiaridad, de la mutua copertenencia.

¿Cómo no valorar esta dimensión fundante y fundamental de la filiación divina si estamos motivando los caminos de la no violencia para una cultura de la paz? Desde Santo Tomás de Aquino la paz se sacó del listado de las virtudes morales para insertarla en las virtudes teologales, las que se dirigen a Dios y son sostenidas por Él. La paz se nos propone como efecto propio de la virtud teologal del amor (STh II II, q.29, a.3). Es este amor capaz de integrar y orientar todas las dimensiones del ser humano hacia Dios, al reconocer haber sido amados primero por Él; es este amor capaz de expandirse como entrega y servicio al prójimo, hasta la entrega de sí mismo por la vida del otro, tal como Jesús nos amó; es este amor el que produce la paz consigo mismo, con los otros y con Dios.

Recuperar esta dimensión creatural y filial del ser humano, este aire de familia que lleva el ser humano, todo ser humano y cada uno, con lo divino, esta copertenencia entre lo divino y lo humano, no viene a costa de la autonomía de los hombres. En la tradición teológica cristiana esto ya se ha teorizado. La autonomía humana no es incompatible con la teonomía, con el regirse según la voluntad de Dios, pues ésta no se le impone de un modo extrínseco a sí mismo (no heteronomía). La soberanía de Dios, el reinado de Dios, la gloria de Dios, consiste en “que el ser humano viva”.

Asemás, abrirse a la posibilidad de Dios es aceptar que por encima de nuestro Derecho y su racionalidad aún está la Verdad, no mi verdad ni la tuya, la Verdad que nos trasciende, y que nos impide absolutizar una ley cuando no da vida. En medio del actual conflicto entre lo que se considera o no de derecho exigible a todos los hombres parece oportuno recordarlo. Ghandi y Jesús estarían de acuerdo aquí36.

El occidente ilustrado, rechazando imágenes de dios indignas del hombre no debe dejar de examinar las posibilidades de que Dios y su verdad sean dignas del hombre y, en cuyo caso, serían también su mayor y mejor esperanza. Parece difícil que entremos en un auténtico “diálogo de civilizaciones” que pueda significar una paz a largo plazo, si de entrada decimos “no me hablen de Dios”. El occidente del s. XIX y del XX pensó que sin Dios, con la caída de los dioses, nacería mejor la fraternidad universal. Le nacieron otros dioses y no desaparecieron los antiguos. La hipótesis no se ha verificado ni tiene visos de poderse verificar. Quizá haya que cambiar de hipótesis y reanudar un búsqueda sincera de Dios.

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NOTAS:

32 Cf. Tratados de moral social y de Doctrina social de la Iglesia. Cf. art. “Paix” en Catholicisme, vol. X, Létouzey et Ané, Paris 1985.

33 Cf. José Luís Sánchez Nogales, El Islam entre nosotros, Bac, Madrid 2004, pp. 194-195.

34 Mahatma Gandhi, Palabras de verdad, Sígueme, Salamanca 2003, p. 17; los comentarios en pp. 18-19.

35 Esta idea imposible resulta ser de lo más fecunda, luminosa y esperanzadora para nuestra vida. Aunque es imposible llevarla a la práctica al pie de la letra, nos orienta, corrige y nos acerca hacia ella. Y con todo, no olvidemos que bastantes pueblos y gentes de nuestro tiempo están recuperando, por obligación, la economía del trueque. Y algunos, por propia voluntad, se unen a ellos para hacer la experiencia de vivir sin dinero. ¿Es esto signo de un futuro próximo para mucha gente, amenazador o esperanzador?

36 Antes aludimos a las palabras de Gandhi: "Los nombres de Dios son innumerables; pero si hubiéramos de elegir uno éste sería la Verdad". El Jesús del evangelio de Juan apela a la Verdad por encima del derecho romano representado por la autoridad de Poncio Pilato (cf. Jn. 18, 36-38).

 

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