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GUERRA Y PAZ BAJO EL REINADO DE DIOS

Retiro de la Fraternidad Secular de Carlos de Foucauld. Cercedilla, 16-23, 08, 2005.

Por José Vidal Taléns.

4. El Desierto con Carlos de Foucauld y su visión de la paz y la guerra.

Lo más importante en el día de Desierto es el encuentro prolongado con Dios. Resistir a solas con sólo Dios, a la espera de que se nos revele como nuestro absoluto, lo que más nos importa.

Pero también podemos encontrar tiempo para reflexionar y vivenciar. Si lo hacemos sobre nuestro tema, os sugiero que os dejéis alcanzar por Abel, por todos los “Abel” que a lo largo de vuestra vida han quedado como vuestros excluidos, y hoy retornan ofreciéndoos su perdón. Como Jesús resucitado volvió a consolar y fortalecer en la fe a sus discípulos, según los relatos pascuales.

Si aún tenemos tiempo podemos leer el artículo adjunto de M. Lafon sobre Carlos de Foucauld, la paz y la guerra.

“El Padre de Foucauld y la paz”

Artículo de Michel Lafon.12

Meditando sobre las fuentes evangélicas de la no-violencia

He aquí algunos elementos para esbozar una reflexión sobre un tema que merecería investigaciones y un estudio de mayor profundidad.

Distingamos, de entrada, dos contextos: 1) el del comportamiento en las relaciones personales y 2) el de la actitud en situaciones colectivas de violencia y guerra.

En el primer contexto, el mensaje del Padre de Foucauld es tremendamente exigente: se descubre en sus meditaciones sobre el Sermón de la Montaña o en su propia vida. Releamos algunas de estas alusiones a la dulzura evangélica, que corresponde con lo que en nuestros días suele denominarse una actitud no-violenta:

«Padre tierno, que deseáis un amor inalterable entre todos vuestros hijos, que deseáis que, para conservaresta paz, soporten con dulzura, paciencia, sin resistencia, unos de otros, toda violencia, todo insulto, la muerte misma, prefiriendo cada uno morir antes que herir a su hermano, o emprender una batalla contra su hermano…

Nuestro hermano es injusto: dejémosle llevar a término su injusticia pidiendo por él, dejémonos despojar, cedamos todo, “no resistamos al mal”; limitémonos a hacerle la corrección fraterna si consiente en atendernos, y tratemos de convertirle por esta fraterna representación tal y como la enseñó Jesús, después de haber intentado convertirle por nuestro corazón»13.

«Dios mío, en vuestro amor por todos los hombres, habéis querido que ellos se condujeran entre sí como un padre tierno quiere que sus hijos se conduzcan los unos con los otros… Vos queréis ver reinar entre ellos esta paz, […] esta mansedumbre, este espíritu de ternura y de amor que hace que si uno se permite cometer una injusticia, los otros cedan también enseguida por no alterar la paz y la unión, pensando que, suceda lo que les suceda, ganan siempre cuando la caridad gana… Si se nos golpea en una mejilla, ofrezcamos la otra, física y figuradamente: si se nos insulta, no respondamos al insulto; […] si se nos hiere, no nos defendamos, ofrezcamos el cuello como un cordero para no emprender la lucha con nuestro hermano, sino para vencerle, más bien, con nuestra dulzura, con el fin sobre todo de imitar al divino cordero…»14.

En estos textos y en otros semejantes se encuentran los temas fundamentales del pensamiento y del comportamiento de quien quiso ser el «hermano universal». Y aunque los comentarios siguen el Sermón de la Montaña, el motivo de esta manera de obrar, como se ha señalado frecuentemente, es el amor fraterno:

«Todos estos mandamientos son mandamientos de caridad»15.

Es por mis hermanos, por amor a ellos, por deseo de la paz con ellos, por lo que yo debo soportar una injusticia –cuando sólo me afecte a mí – y buscar con dulzura cambiar el corazón de mi hermano. Por el contrario, es evidente que si son mis hermanos quienes sufren la injusticia yo no puedo soportarla: la situación es diferente.

El amor fraterno y la imitación del Señor Jesús suscitan un auténtico comportamiento de artífice de la paz. Inversamente, el apego a los bienes materiales, el espíritu de “propietario”, constituyen el principal obstáculo a esta caridad, a este espíritu de paz hacia mis hermanos. Señalemos a este respecto una frase, que suena como una máxima de los Padres del desierto:

«El más pequeño aumento de la caridad entre los hombres en esta familia humana de los hijos de Dios, vale mil veces más, tiene mil veces mayor importancia, que todos los bienes materiales del mundo»16.

Adviértase también la importancia de la humildad como factor de paz:

«La humildad es la verdad, el “fundamento del edificio espiritual” […], hermana de la caridad y de la obediencia, es inseparable de la una y de la otra, y engendra la paz tanto interior como exterior» (Directorio, art. XXI).

Dirigiéndose a todos sus futuros discípulos

En el mismo sentido, y con la misma severidad, el hermano Carlos redactó lo que debe inspirar a todos sus discípulos, laicos y religiosos: su Directorio (1909). El artículo XXI, titulado “Caridad, Paz, Humildad, Valor”, comporta una serie de minuciosos consejos que convendría leer y releer. Comparadas con las meditaciones personales y los reglamentos anteriores, estas páginas aportan precisiones interesantes que merecen ponerse de manifiesto:

«Si unos hombres son agresivos o injustos, cederemos nosotros ante ellos cuando no se trate más que de bienes materiales y cuando esto pueda hacerse sin lesionar la justicia y sin detrimento para las almas; igual que los hermanos piadosos y prudentes ceden en cuestiones de bienes materiales ante hermanos perversos, con tal de no atentar contra la paz y la caridad».

El hermano Carlos reclama también de todos sus hermanos que eviten los juicios y si es necesario cedan en sus derechos. Y para los futuros novicios que habrían de seguir el Reglamento de los Hermanos Menores de 1899 (revisado en 1902), añadió la siguiente prescripción:

«Les está prohibido, para siempre, servirse de las armas, portarlas, poseerlas»17.

A él le fue dado morir desposeído, desarmado, sin resistencia, como había deseado:

«Pienso que debes morir mártir, desposeído de todo, tendido sobre la tierra, desnudo, irreconocible, cubierto de sangre y heridas, violenta y dolorosamente matado…»18.

La trágica contradicción de este destino quiso que tal consagración suprema se consumara cerca de una reserva de armas, acumuladas, gracias a sus gestiones, en aquel fortín que él mismo había hecho construir algunos meses antes.

El hermano universal arrollado en la guerra de 1914

En efecto, su muerte se dio en plena guerra mundial, cuando el Sahara se encontraba en medio de aquella formidable conflagración en la que se enfrentaban, por un lado, Francia y sus aliados y, por otro, Alemania y los suyos, de entre los cuales estaba Turquía.

«La guerra turca es evidentemente un motivo más para permanecer aquí»19.

Esta situación, especialmente turbulenta en su región sahariana, explica de algún modo, lo que el Hermano Carlos escribió, tres meses antes de su muerte, al capitán Duclos:

«Estoy enteramente de acuerdo con Ud. sobre la necesidad absoluta de una represión severa de los crímenes cometidos, de las deserciones, disidencias, pasos al enemigo; sobre la necesidad de la expulsión de los indeseables, espías y sembradores de confusión…» (1/IX/1916).

Para proteger a la población civil de las eventuales incursiones de los guerreros aliados de los turcos, él transforma su fraternidad en un fortín, depósito de víveres, de armas y de municiones:

«Agradezco al buen Dios haber transformado mi eremitorio en un lugar de refugio defendible» (a Mme. de Bondy, 30/X/1916)20.

Es preciso remitirse al clima espiritual de aquellos años para comprender a Carlos de Foucauld y su reacción ante la guerra. Antiguo oficial, hijo de una Alsacia cuyo retorno a la madre patria era la esperanza de todos los franceses, Carlos refleja las ideas de su tiempo y de sus paisanos cuando compara esta guerra con una cruzada:

«Puede decirse que esta guerra es una cruzada, una cruzada por la libertad de un mundo amenazado, y en favor de la civilización, en favor de las ideas del derecho y de la justicia, y por la libertad de la patria francesa y de todas las patrias»21.

Como muchos, Carlos desea que de esta enorme prueba nazca un mundo nuevo:

«Espero también que de la Paz surjan una mejor Francia, más virtuosa y más cristiana, pueblos aliados más fraternalmente unidos entre sí, y también mayor celo por el progreso moral, la buena administración y la salvación de las almas de los indígenas de las colonias. ¡Que el buen Dios proteja a Francia y haga surgir un gran bien de tanto mal!»22. «¡Que el buen Dios conceda la victoria y una paz que instaure en Europa la justicia, la libertad y una larga tranquilidad!»23.

Ser de su tiempo o no serlo anticipando el futuro

Carlos de Foucauld, en muchos aspectos de su pensamiento y de su acción, es plenamente de su tiempo y participa por lo tanto, como tantos otros cristianos, en la encarnación de la Iglesia en una historia y en una cultura. ¿Habrá que reprochar a la misma institución de la Iglesia que está demasiado encarnada y, a la vez, que no lo está, o sea, que no es bastante de su tiempo?

Únicamente una fidelidad muy rigurosa al Evangelio suscita cristianos a contracorriente de su época, afirmando así la trascendencia de este «Reino que no es de este mundo» (Jn 18, 36). Tal fue el caso de Carlos de Foucauld, no tanto con ocasión de la Gran Guerra, cuanto, en cierta medida, frente al sistema colonial.

Combatiendo la esclavitud y denunciando las injusticias, supo desmarcarse de una concepción de la colonización totalmente condenable. Bien lo supo ver un musulmán argelino: «Nos parecería injusto, dice, acusar a un religioso como Carlos de Foucauld de no haber estado en condiciones de superar la mentalidad de su época y su nacionalidad francesa, ya que hizo aparecer ante los ojos del mundo verdades políticas que la conciencia argelina y la francesa tardaron medio siglo en reconocer. Si no fue, en este terreno, lo que puede llamarse un genial precursor, mostró sin embargo más lucidez que la mayor parte de los responsables coloniales de su generación»24.

El Sermón de la Montaña, que está en el corazón del mensaje de Carlos de Foucauld, puede inspirar el actual cuestionamiento de toda guerra.

Introducir el espíritu siempre nuevo de la caridad fraterna y universal en el interior de una situación de violencia o de conflicto, ¿no supone introducir el fermento que acabará por darle la vuelta a la situación en sí misma? ¿Es acaso posible hacer la guerra sin odio? ¿Estamos abocados finalmente a rechazar la guerra? ¿Es posible amar a los enemigos cuando encarnan la injusticia? ¿Cómo liberarlos de su injusticia sin remover determinadas “estructuras”, tan contrarias al espíritu fraterno? ¿El amor a las víctimas, vengan de donde vengan, no nos lleva a plantearnos cuestiones que no fueron previstas por el Hermano Carlos? Nuevos interrogantes que hablan del combate interior del cristiano actual.

Pero la fidelidad a su mensaje nos impone la elección sobre los medios apropiados a nuestras luchas por la justicia. La violencia, como respuesta a otra violencia o a la opresión, ¿es compatible con el Sermón de la Montaña? El Evangelio no nos promete la comodidad y facilidad de las posiciones conformistas: «Bienaventurados quienes son perseguidos por causa de la justicia… Bienaventurados seréis cuando se os ultraje, cuando se os persiga y cuando se diga falsamente contra vosotros todo tipo de mal por mi causa…» (Mt 5, 10-11). Angosta es la vía en la que está comprometido el que sigue al Maestro…

Escuchemos también esta llamada a la paz y al amor que viene de Tamanrasset:

«Ante toda alma, tendrán sin cesar ante sus ojos su misión con respecto a cada uno de ellos: esta misión es la de salvarlos. En todo hombre, bueno o malo, amigo o enemigo, bienhechor o malhechor, cristiano o infiel, lo que verán será un alma a salvar; se harán “todo para todos, para salvarlos a todos”; odiarán el mal, pero este odio jamás les impedirá amar a los hombres: llevándolos a todos en su corazón, hasta a los más perversos, como el Corazón de Jesús; serán amigos universales para ser salvadores universales…»25.

«Constructores de la paz», los discípulos del Hermano Carlos se presentan como sujetos capaces de, sin atenuar el carácter abrupto de estas exigencias, inventar la respuesta a esta cuestión, recientemente formulada por un moralista: «¿Cómo, en este último cuarto del siglo XX, asumir de un modo responsable el espíritu de Jesús con respecto al problema de la guerra y de la paz? La cuestión concierne a las Iglesias en cuanto comunidades de sus discípulos, pero también a cada uno de sus discípulos en particular»26. Es la comunión con los más pobres, los más pequeños, los más desgraciados, allí donde los encuentre el hermano universal, la que nos permitirá hallar una vía nueva en la que «la Iglesia gana cuando gana la caridad »27.

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NOTAS:

12 Publicado en “Jesus Caritas”. Revue de l’Association «Message Charles de Foucauld», nº 200: Paix sur la Terre?, pp. 25-32  (Traducido del francés por J. Vidal).

13 Oeuvres spirituelles, Anthologie, pp. 192-194 (estas meditaciones datan de 1897-1898).

14 Ibíd., p. 195.

15 Écrits spirituels, p. 148.

16 Anthologie, p. 194.

17 Ibíd., p. 428. Cf. p. 454.

18 Ibíd., p. 326. Estas líneas fueron escritas en Nazareth en 1897, en la misma época que las meditaciones citadas más arriba; cf. Voyageurs dans la nuit, p. 35.

19 A Mme. de Bondy, 12.XII.1914, Anthologie, p. 725.

20 Gandhi, el profeta de la no-violencia, escribió en 1946: «Cuando la violencia es utilizada para la autodefensa o para la protección de quienes no tienen defensa es un acto de valor, mucho mejor que una indolente sumisión».

21 Al capitán Duclos, 22.II.1915.

22 A Mme. de Bondy, 11.I.1916.

23 Al capitán Duclos, 4.V.1915.

24 Charles de Foucauld au regard de l’Islam, p. 126.

25 Reglamento, Anthologie, p. 456.

26 René Coste: L’Église et la Paix, p. 15.

27 Frase citada por el hermano Carlos, Anthologie, p. 194.

 

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