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GUERRA Y PAZ BAJO EL REINADO DE DIOS

Retiro de la Fraternidad Secular de Carlos de Foucauld. Cercedilla, 16-23, 08, 2005.

Por José Vidal Taléns.

2. “GUERRA Y PAZ”, Y EL PROBLEMA DEL SENTIDO DE LA HISTORIA QUE HACEMOS Y PADECEMOS.

Incomprensión y asombro ante el fenómeno humano de la guerra.

Nada de lo que existe, existe sin alguna violencia represora de otras posibilidades o realidades. Nada existe sin abuso. Así se nos advierte desde la sabiduría oriental. Desde esta fina sensibilidad hasta la fuerza bruta en su brutalidad, manifiesta en tantos lugares del planeta, nos sentimos rodeados de una violencia que nunca acabamos de comprender. La realidad humana e inhumana supera y cuestiona nuestros esquemas ideológicos.

Nacimos y crecimos con guerras, calientes o frías, y es muy probable que nos muramos con guerras. La guerra, en sus muchas formas diversas, ha vuelto una y otra vez a la humanidad. Los tiempos de paz nos parecen como una tregua entre dos guerras. Cuando nos preguntamos cómo se desencadenan son muchos los factores y desconfiamos de las causas aducidas en los discursos belicistas. Desencadenada la guerra ya no es fácil pararla, hay que verse muy obligado a pararla, y sucede como si siempre hubiera motivo para continuarla.

Tolstoi escribió “Guerra y Paz” sobre la empresa napoleónica de conquistar toda Europa hasta Moscú. A propósito de esta guerra trataba de entender algo la historia. Sus reflexiones finales son críticas sobre las explicaciones que dan los historiadores.

Podemos preguntarnos con Tolstoi: ¿Por qué, a juicio de todo el género humano sin excepción, entre las cosas más honorables está el derecho que se atribuyen algunos a derramar impunemente sangre inocente, cuando disponen de una u otra causa que dicen les justifica? Con la pregunta está la sospecha de que ninguna causa puede ser aducida para derramar sangre inocente, y en toda guerra se hace.

La incomprensión y el asombro crecen cuando se ha estado en medio del fragor de la batalla. La guerra parece simple pero no lo es. Parece simple: se disparaba contra el enemigo. Pero cuando caen los heridos y los muertos, y los contemplamos de cerca, ya no nos parece tan simple. Esos ojos saltados delatan un rostro humano que no puede esconder ya el uniforme destrozado, qué importa del bando que sea.

Es verdad que la estrategia y las tácticas pueden apasionar a nuestra inteligencia. Pero eso sólo es posible cuando se estudian las guerras de lejos, en el espacio o en el tiempo; sólo entonces puede contemplarse los movimientos de la estrategia y los objetivos cumplidos o frustrados.

También, a posteriori, los resultados obtenidos parecen legitimar a los vencedores. Con todo, con una mirada más humana, hay que reconocer que no es posible distinguir entre vencedores o vencidos, porque todos fuimos vencidos, o todos perdimos mucho hasta en nuestra victoria, pues en la guerra todos perdimos nuestra humanidad.

¿Cabe aún un sí a alguna guerra?

Nadie hoy se declara partidario de las guerras. Muchos dicen que no quieren la guerra, pero que se ven obligados a levantarse en guerra. Nosotros estamos fuertes en nuestra oposición a las guerras imperialistas, expansionistas o para conquistar y controlar el flujo de las materias primas o energéticas del planeta. En cambio, hay algunos casos en que, recientemente, hasta los cristianos creyeron justificado el levantamiento armado, revolucionario, popular, contra la tiranía que llenaba de muerte al pueblo. Hoy muchos hemos empezado a dudar. Porque ¿dónde se aplica esta hipótesis? ¿A pequeña escala, en un país o una región, o a nivel planetario, hasta el conflicto Norte – Sur?

Ciertamente, cuando un pueblo lucha por su liberación se da siempre una confluencia de lo poético, romántico, utópico, histórico y político, hasta el punto de parecer algo sublime. Pero después del gesto revolucionario, pasando por alto lo que resulte menos perdonable en el fragor de la lucha, después digo, aún viene el momento de asegurar lo conseguido. Y, ahora, ya desde la experiencia histórica y la más reciente, sabemos que eso no se da sin nueva violencia.

La proporción que debe guardarse entre fines humanos y medios humanitarios y humanizadores no consigue estabilizarse con el nuevo poder revolucionario. Quizá por sentirse demasiado justificado el nuevo poder revolucionario arriesga caer en su absolutización. Sigue habiendo una desproporción entre los fines buscados de justicia y libertad y los medios de control y defensa de los logros de la revolución, de tal forma que cuesta entonces hablar de paz.

¿Cabe aún un sí a alguna guerra de liberación? La respuesta sigue siendo difícil. Porque siempre podrá darse algún caso que haya cambiado el sentido de la opresión de un pueblo. controlando así un futuro mejor para ese pueblo. Recientemente se nos habla así de la guerra que han mantenido las tribus cristianas del Sudán meridional contra los gobiernos del Sudán del norte musulmán, hasta forzar un acuerdo de paz que obliga a una participación del sur en el gobierno de la nación y a una relativa autonomía del sur. Se nos dirá que ha merecido la pena los largos años de resistencia armada, de lucha y muertes, por haber alcanzado la nueva situación, incluso a pesar de las nuevas amenazas que se ciernen sobre el acuerdo logrado. Las dudas permanecen si pensamos en el precio pagado en víctimas humanas y si pensamos en que la paz militarmente forzada ha de ser militarmente sostenida. pero tampoco disponían de alternativas claras para negarse a hacer lo que hicieron.

¿Se puede hablar de un sentido de la historia?

Hoy nos cuesta leer bien la historia presente, dificultad agravada por la mediatización de los poderes que mandan en los medios de comunicación. Para no caer en el fatalismo, deberíamos ser capaces de leer bien nuestra historia y verle algún sentido hacia el que camina, para ver cuál es nuestra aportación. Pero, esta tarea se nos ha convertido casi en tarea imposible. Arrastrar un sentido de la historia desde la historia pasada se presta a diversos intereses ideológicos, cuya disparidad y oposición nos desconcierta. Merece a pena hacer el esfuerzo pero conscientes de nuestra lectura interesada y nuestro posicionamiento ideológico.

Hablamos del sentido de la historia mirando hacia delante. Pero, de modo semejante, también se ha hablado del motor de la historia, de la fuerza o las fuerzas que mueven la historia, mirando así hacia las causas o las determinantes de la historia. Indiquemos algunos ejemplos que se aportan como fuerzas que mueven a los pueblos y marcan algún sentido a la historia:3

1) No parece explicación suficiente apelar a hombres guiados directamente por un poder divino; ni a héroes provistos de cualidades extraordinarias, o por su nobleza de sangre o por su nobleza de sentimientos y valores, o por su capacidad de arrastre de masas y el poder que éstas le conceden. La vida de los pueblos no cabe en la vida de unas cuantas personas.

2) Tampoco basta aludir a fines como el destino de un pueblo o de otro, ni el bien de la civilización occidental, a los que se les concede todo el derecho a su expansión e imposición.

3) Ni parece que las ideas, los ideales y los esquemas utópicos, por sí mismas, sean motores de la historia, como suponen los historiadores de la cultura.

4) Durante muchos años hemos dado importancia a la economía y a las condiciones del trabajo y los cambios tecnológicos, pero nada de esto se da por sí mismo.

5) Se ha pensado en una clase social: por ejemplo, el proletariado internacionalista de la mano del partido comunista o del movimiento anarquista. Hoy se piensa más que la historia la mueve el poder empresarial y financiero, al que sirven los políticos neoliberales. Pero no siempre es así.

Todo esto es lo que más se ve, lo que más se dice y hasta se grita. Pero Tolstoi desconfía y apela a que junto a todo esto que está ahí, hay además múltiples factores de las gentes, los pueblos, las tierras, tradiciones y rupturas, razones y locuras, factores últimamente ya no investigables. Habrá que reconocer que el sentido de la historia que hoy podamos discernir será muy relativo dependiendo de nuestra perspectiva, y deberá por ello ofrecerse al diálogo y a la cooperación, con vistas a lo que más nos pueda humanizar, a más gentes y más pueblos.

¿Hay un progreso de la humanidad a pesar de o gracias a las guerras?

Estamos ya lejos de pensar que mediante la guerra pueda venir algún bien a la humanidad. En los siglos de la Ilustración4 y del romanticismo5 aún pudieron pensar que las guerras entre los pueblos cumplían su función. Habría en los seres humanos una tensión entre su necesidad de los otros y su necesidad de autonomía. Por la necesidad de autonomía puedo afirmarme frente o contra los otros. Por la necesidad que tengo de los otros he de llegar a negociaciones, acuerdos y pactos. Por esta tensión irresoluble se explicarían los tiempos de guerra y de paz.

Sería algo así como los árboles, que en el bosque espeso se estorban unos a otros al quitarse el aire y la luz del sol y, precisamente por eso, crecen hacia arriba. Así también podría observarse un progreso de la humanidad y un sentido a las distintas oportunidades que han ido teniendo a lo largo de la historia las distintas civilizaciones y pueblos, sucediéndose en su hegemonía unos a otros (mediante confrontaciones, guerras y victorias), y aportando así sus valores al conjunto de la humanidad.

La violencia ejercida en el siglo XX y que continúa en el XXI no nos permite esa visión optimista o “meliorista” (“vamos a mejor” o “no hay males que por bien no vengan”). No vemos cómo por medio de las guerras pueda traerse la paz. Y aunque fuera posible, no aceptamos haber pagado tan alto precio en vidas humanas. Dudamos de las intervenciones militares que se dicen “humanitarias” o para expandir los valores de la democracia. No sirven tales medios para tales fines, según nuestro parecer.

¿Cabe hablar de “presencia de Dios en la historia”?

Algunos pensadores han coincidido con la lectura creyente de que difícilmente se podrá hablar de un sentido de la historia si no aceptamos la hipótesis “Dios”. Ni un Dios sin historia ni una historia sin Dios. Pero, entonces, habrá que aprender a leer la historia a distintos niveles de profundidad. Desde la lectura bíblica, la historia tiene sentido porque es una historia de salvación, y es salvación porque Dios está presente en la historia humana y la redime.

Esta presencia de Dios en la historia, desde Jesús, ya no la podemos concebir como dirigiendo inmediatamente todos los acontecimientos. Hay una autonomía de los acontecimientos históricos y de la libertad humana, aunque no descartemos la intervención de Dios en el antiguo Israel y en Jesús. Notemos, no obstante, que, en el caso de Jesús, esta intervención de Dios fue poco “intervencionista”, pues siguieron mandando lo que mandaban, y le sobrevivieron los que le condenaron a muerte en cruz.

No sólo no habrá que descartar a Dios en el horizonte de la historia humana y actuando en la intrahistoria humana, recreando posibilidades de salvación, sino que como dijimos en el primer tema, este es el horizonte abierto por Jesús el Resucitado, que permite vivir con sentido los sinsentidos de la historia. Queda, entonces, por examinar bien cómo Dios actúa, siempre en respeto de la libertad y a favor de la vida, para no caer en una lectura fundamentalista de la historia, indigna de Dios y del hombre.

En busca de esa otra sabiduría más bien antropológica y evangélica.

La ciencia de los historiadores que se aplican con rigor al análisis y a la comprensión de la historia humana debe ser respetada. Hay que animar al estudio de la historia. De la ignorancia viene mucha distorsión y manipulación. Ahora bien, la lectura del historiador también es relativa a su punto de mira y no puede pretender la explicación total. Hay como un factor que siempre se le escapa a toda ciencia: es lo que ha venido en llamarse el “factor humano”, y hay que tenerlo en cuenta para no absolutizar la explicación científica.

La historia de los historiadores explica y da razón de las fuerzas, motivos y condiciones que concurren y mueven a los pueblos para entrar en guerras y, luego, en tratados de paz, como treguas egoístas o estratégicas. Pero nos quedamos siempre como si nos faltara la explicación suficiente. Nos referimos al campo de reflexión que es propio de la antropología. Hacia ahí quisieron derivar su reflexión Freud y Einstein después de la segunda guerra mundial.6 ¿Qué nos pasa a los seres humanos, que llevamos la violencia dentro de nosotros y podemos llevarla muy lejos de nosotros, no viendo lo que deberíamos ver, los rostros que nos miran?

Tolstoi escribe: “Durante el período de veinte años [lo que dura el movimiento de Napoleón hasta Moscú y el del Zar y los aliados hasta París], inmensas extensiones de tierra quedan sin cultivar; las casas son incendiadas, el comercio cambia de orientación; millones de personas se arruinan, otros se enriquecen, otros emigran; y millones de cristianos [los rusos, los franceses y los de en medio], que profesaban la ley del amor al prójimo, se matan unos a otros. ¿Qué significa todo eso? ¿A qué se debe? ¿Qué obligaba a esos hombres a incendiar las casas y matar a sus semejantes?...”7

A esta mirada antropológica es a la que animo en este retiro, desaconsejando el camino fácil de la exculpación: “yo ya estoy contra la guerra”; “la guerra la hacen los otros”; “la culpa la tienen otros”. Buscamos esa otra sabiduría, que yo propongo como más evangélica, y que nos ayuda a desideologizar nuestra fe y nuestro testimonio de hombres y mujeres hacedores de paz. Sospecho que en los últimos años, además del sentido evangélico que estaba operando, otros posicionamientos ideológicos pueden habérsenos pegado, que repartían las culpas a nuestro alrededor, sin ayudar a abrir verdaderos caminos de paz. Es sano dudar de nuestros posicionamientos y abrirnos a los de otros para discernir entre todos. Pero, sobre todo, para abrirnos al Evangelio de Jesús que nos habla de la posible presencia de Dios en nuestra historia, y dejar que nos cuestione y nos haga entrar en crisis.

El mal que nos supera no debe paralizarnos; no nos debe dejar más ciegos sobre nuestras posibilidades

Desde ese horizonte de la presencia de Dios en nuestra historia el mal aún no desaparece y puede mostrarse en toda su potencia. Después de Auschwitz, y después de Hiroshima y Nagasaki, no han dejado de pasar cosas muy graves que nos impactaron y nos sobrecogían: África y la zona de los grandes lagos. Los territorios, pueblos, etnias y religiones de la antigua Yugoslavia. Afganistán y luego Irak. Sin olvidar otras guerras o guerrillas, terrorismos y antiterrorismos, en activo en muchos lugares del planeta tierra. Hemos hablado, discutido, manifestado nuestras posiciones, pero hemos podido parar o evitar pocas cosas de las que nos temíamos. Se nos han impuesto unos hechos y unos poderes, que no hemos podido contrarrestar. Se nos han acumulado muchos campos de refugiados, muchos presos y muchos muertos. Hemos experimentado mucha impotencia.

Pueden venir “días más malos que nos harán más ciegos”, según decía Sánchez Ferlosio, pero el mal y los horrores que nos superan no deben paralizarnos; no nos deben dejar más ciegos sobre nuestras posibilidades.

En primer lugar, ciertamente, hay un desfase entre lo que sabemos y lo que podemos hacer. Hay una desproporción entre lo que desafía a nuestra conciencia, y clama por alguna respuesta nuestra, y lo poco que podemos intervenir en aquello, quedándonos así en testigos pasivos. Tenemos demasiadas posibilidades para la “tele-visión”, pero muy pocas para la “tele-acción”. Diariamente contemplamos cómo se hace el mal, cómo se sufre el dolor; pero el desafío que ello representa para nuestros sentimientos morales queda en gran medida sin respuesta (Zygmunt Barman).

Con todo, recordemos nuestras posibilidades de tele-acción. Podemos un día cada cuatro años votar, aunque votamos a unos representantes con dudas fundadas sobre su capacidad o voluntad de realizar las tareas que saben que deben hacerse. Podemos unirnos a las sugerencias, firmas y manifestaciones de movimientos por “otra globalización” de la que se está haciendo. Podemos unirnos a las sugerencias, firmas y acciones de movimientos y ONGs ecologistas y pacifistas. Podemos unirnos a sugerencias y acciones de ONGs solidarias “sin fronteras”, más asistenciales ante emergencias, o más a largo plazo, como cuantas promueven el comercio justo. Estas son nuestras únicas posibilidades de tele-acción. No por pequeñas, indirectas o casi insignificantes, dejaremos de ejercerlas; de lo contrario nos quedaríamos en sólo hablar o ver, sin dar ninguna respuesta.

En segundo lugar, además de nuestra respuesta posible de largo alcance (la tele-acción), queda mucho campo de trabajo todavía en el camino de la paz. Lo primero es no fomentar entre nosotros los tópicos, las clasificaciones admitidas, las etiquetas para los grupos de personas, los análisis simplistas, las acusaciones, las culpabilizaciones, la ansiedad por la inseguridad, ni el fatalismo. Ni “esto lo arreglo yo”, ni “haga lo que haga no servirá de nada”. Una forma de no violentar la realidad más de lo que ya está es no querer imponerle nuestros esquemas simples y simplificadores y aceptar su complejidad. Pero, además, nos faltará por hacer lo más decisivo: un trabajo serio con nosotros mismos para ir a las raíces de la violencia. A esto dedicaremos el día 3º.

En tercer lugar, el Resucitado nos ha dejado el cielo abierto, nos comunica su paz y nos capacita para resistir en este mundo violento, de un modo creativo, imaginativo y no-violento. A esto invitaba el día 1º y volveré sobre ello los días restantes

Poniéndonos a prueba ante el terrorismo.

Venimos animando a ser autocríticos con nuestros posicionamientos ideológicos, para que salga más purificado nuestro testimonio en favor de la paz. ¿Cómo, si no, aprender a vivir en un mundo que sentimos cada vez más hostil a nosotros o a nuestras causas, sin caer en la tentación de usar la violencia para imponernos, ni sin caer en la amargura o el resentimiento por no ganar?

Podemos ponernos a prueba, por ejemplo, revisando nuestro análisis del terrorismo. No todos lo vemos del mismo modo.

- Están los que no condenan los actos terroristas porque piensan que son consecuencia y reflejo de un conflicto mayor, que no hay que esconder ni minimizar con la condenan de la acción terrorista.

- Están los que condenan los atentados terroristas, “pero” piensan que algo nos va en ello, algo habremos hecho los países y gobiernos afectados, que explique lo sucedido. No habría que olvidar cómo sufre el Tercer Mundo nuestra globalización, nuestro imperialismo, nuestro racismo; y hasta se habla de un terrorismo de estado que las potencias ejercen disimuladamente, o ya sin disimulo, en la represión del terrorismo contrario.

- En este lamentar lo sucedido “pero” explicárselo de algún modo, están quienes no quieren que se hable de terrorismo sino de diversos terrorismos. Una cosa es la violencia terrorista con objetivo político y acciones proporcionadas en su estrategia, propia de grupos nacionalistas radicales; y otra cosa es la magnificación de la destrucción de todo un mundo que se considera como el mal. Sus acciones son ya sin proporción ni medida ni objetivos políticos, como sucede en el terrorismo islamista.

- También están las retóricas que apuestan por la igualdad, el común interés de la paz y por una ética mundial, minusvalorando la diferencia substancial entre las culturas. También hay apuestas voluntariosas por vencer el miedo, porque el miedo nos lleva a responder equivocadamente y es rentabilizado por cuantos buscan desestabilizar.

- Están los que sí que ven un conflicto o choque entre civilizaciones, sobre todo, entre Occidente y el Islam. Se han subrayado las incompatibilidades, porque la existencia de una cultura sería la negación y derrota de la otra. Por una parte el islamismo radical y fundamentalista arremete sin piedad contra el mundo infiel. Por otra parte, Occidente reacciona metiéndonos una guerra permanente, que se retroalimenta y se autojustifica en previsión de lo que el otro nos pueda hacer.

- Y están los que niegan las causas aducidas por los terroristas, porque si no estuvieran ésas que dicen, escogerían otras. Por tanto, sus causas no son ni la desesperación de los pobres, ni la opresión de un pueblo, ni la lucha contra la injusticia o dominación, ni provocar la salida USA de Iraq, ni la reivindicación de un estado palestino. A eso se alude por propaganda. Pero hay que pensar, más bien, en otros factores psicológicos o psicopatologías, sacralización del nacionalismo o la etnia, adoctrinamiento y fanatismos religiosos hasta la glorificación del suicidio como martirio.

- Últimamente se habla de cierto islamismo radicalizado que arraiga en jóvenes con fuerte desarraigo social o psicológico, aun viviendo en Occidente. ¿Su objetivo? Se piensa que es la destrucción por ella misma, o la autoafirmación absoluta. ¿Irracionalismo y nihilismo metafísico como fantasma que corre alentado por la exaltación religiosa y por los nacionalismos?

Más cerca de un análisis o de otro ¿podríamos reconocer la parte de verdad que haya en los otros? ¿Podríamos dialogar en paz con quien discrepa de nuestra visión? ¿Podríamos reconocer que no atinamos con la explicación total del fenómeno terrorista ni atinamos en la respuesta a dar? ¿Somos conscientes de que si nos proponemos su derrota total estaremos siempre rozando la desproporción, la represión de libertades y derechos, la inflación policial, militar y carcelaria? ¿Y cómo vivir con el terrorismo si no nos proponemos su derrota?

Apelar a los derechos humanos y a la no-violencia evangélica, quizá, no explique ni responda tanto como nuestros posicionamientos ideológicos. Pero es la única salida que nos parece digna, mientras nos soportamos con nuestras luces y sombras. 8

Poniéndonos a prueba ante las víctimas.

Desde nuestra formación cristiana tendemos a ponernos, o así lo decimos, al lado de los pobres o de las víctimas de la injusticia, de la opresión, de la guerra o del terrorismo. Somos sensibles a las causas dignas del hombre, que tantas veces nos parecen causas perdidas. Y, además, en más de algún caso podemos pertenecer a esos perdedores o a esas víctimas.

En los tiempos que corren hemos de revisar muy mucho ese sentirse cargados de razón por pertenecer al mundo de los pobres, las víctimas o los perdedores. Con la justicia no es suficiente para una paz a corto o a largo plazo. Con la reivindicación de la justicia, con el pedir que se nos haga justicia a nosotros o a las víctimas en cuyo nombre hablamos no es suficiente. No veo cómo superar largos procesos conflictivos (Sudáfrica, Ruanda, Sur del Sudán, Colombia, Argentina, Irlanda, país Vasco, Palestina, etc.), con grandes listados de víctimas, si además de reclamar justicia no se abren caminos para la reconciliación y el perdón. Más pronto o más tarde, ha de venir la oferta del perdón por parte de los ofendidos, perdón sólo condicionado al reconocimiento de la verdad por parte de los victimarios. Más que una justicia distributiva, basada en el principio de "el que la hace la paga", hay que buscar una "justicia restaurativa" mediante otros procedimientos y rituales diferentes de los estrictamente judiciales. Éste es el objetivo de las Comisiones por la Verdad y la Reconciliación creadas en algunos de los países citados8b

Estar del lado de las víctimas era un buen criterio de discernimiento evangélico, desde que aprendimos en la Resurrección de Jesús que la víctima era inocente, Jesús al menos, y por identificación de Jesús con las víctimas sociales (cf. Mt 25) éstas son declaradas también inocentes. Puede que arrastren consigo más de alguna culpabilidad, pero por el hecho de ser víctimas de la exclusión o de la violencia eran inocentes, no eran merecedoras de dicha exclusión o violencia.

Pero en el estado español asistimos hoy a un mal uso de la apelación a las víctimas, por parte de un bando y el contrario, de los nacionalistas y de los antinacionalistas, de la derecha y de la izquierda. No ha sido todo trigo limpio en los discursos que apelan a las víctimas. Parece oportuna esta llamada de atención. Hay que parar la espiral de la violencia parando la espiral de las autojustificaciones, cuando todos se presentan cargados de razones, todos víctimas, unos antes y otros después, todos justificados para las represalias, o para continuar la guerra por los mismos u otros medios. Se ha dicho que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Hoy, entre nosotros, parece más bien al revés, que la política es la continuación de la guerra por otros medios.

Esta llamada de atención se concentra en esta frase: “haber sufrido no te exime de culpa si respondes causando nuevos sufrimientos”, como apuntaba Claudio Magris. Y seguía: no existe pueblo, raza o etnia que esté libre de culpa y por ende nadie puede arrogarse el derecho a erigirse en la única víctima o en satanizar perennemente al prójimo. Hay que detener, ya en el pensamiento, el discurso que explica que todo el mal que sufre un colectivo procede del otro colectivo. Habrá que desarmar las palabras, el pensamiento y el corazón. Nada fácil.

¿Cómo reivindicar nuestros derechos, nuestra identidad y nuestros orígenes, sin afirmarlos contra los de los otros? Sea como fuere, deberemos empezar a sentir, pensar y hablar en clave de personas: personas que se dirigen a otras personas, personas que protestan contra otras personas, personas que sufren a causa de lo que hacen o dicen otras personas, personas que no pueden olvidar que “los otros” son personas.

Nuestro testimonio en favor de la paz ha de ser más creyente que ideológico.

Sí; pueden venir días más malos que nos hagan más ciegos. Pero también es cierto que al creyente se le han abierto los ojos. Tenemos nuestras posiciones ideológicas más o menos firmes, pero no son ellas las que nos sostienen en nuestra lucha por la paz, sino la fe. Y porque se nos han abierto los ojos también vemos otras guerras y otras luchas que se nos esconden en África, en Latinoamérica y en otros rincones del planeta. Por poner un ejemplo, las mujeres y niñas de la región sudanesa de Darfur siguen siendo víctimas de violaciones por parte de los grupos armados presentes en la zona, entre los que se encuentran efectivos policiales gubernamentales. ¿Alcanza a estas mujeres nuestro no a la guerra?

Nuestro “no a la guerra”, como discípulos de Jesús, es mucho más amplio y radical de lo que lo es una opción política. Por eso, podemos contribuir a una cultura de paz y de diálogo hasta con nuestros contrarios, a partir de la luz que nos alcanza desde el Evangelio, desde Jesús resucitado, desde el cielo abierto, desde el Reinado de Dios, un Dios capaz de misericordia, redención y perdón; un Dios de resurrección y de vida.

Para la reflexión y compartir:

Sugerencias para desarmar nuestro lenguaje, nuestras ideas y nuestro corazón. ¿Podemos hablar con paz sobre los temas sangrantes de nuestros días que nos superan a todos, y de los que nuestra visión no es la única ni completa? Pensad en el terrorismo, en la inmigración, en las víctimas.

Lectura de E. Leclerc, Sabiduría de un pobre, Marova, Madrid 2003, p.59.

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NOTAS:

3 Me inspiro en Liev Tolstói, Guerra y Paz (nueva trad. por Lydia Kúper), Mario Muchnik, Madrid 2003, en su Epílogo, Segunda parte, parágrafo II ss., pp. 1712-1761.

4 I. Kant, Hacia la paz perpetua, prólogo de Jacobo Muñoz, Biblioteca Nueva, Madrid 1999.

5 J. G. Herder, Ideas para una filosofía de la historia de la humanidad, Losada, Buenos Aires 1959; “Otra filosofía de la historia”, en Obra Selecta, Alfaguara, Madrid 1982.

6 Epistolario de S. Freud y A. Einstein.

7 Liev Tolstói, Guerra y Paz, obra citada, p. 1709.

8 Algo así le pasó a Tolstoi, abrumado y cansado del intento por averiguar cómo, por qué y hacia dónde se movía la historia. Apostó al final por la sabiduría de la vida de los campesinos rusos y por la sabiduría de los evangelios cristianos. Cf. Isaiah Berlin, El erizo y la zorra. Tolstoi y su visión de la historia, Península, Barcelona, 2002, p. 75.

8b Cf. Galo Bilbao y otros, El perdón en la vida pública, Universidad de Deusto, Bilbao 1999, con bibliografía. Cf. Revista Mundo Negro, junio de 2002, pp. 46-50.

 

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