GUERRA Y PAZ BAJO EL REINADO DE DIOS

Retiro de la Fraternidad Secular de Carlos de Foucauld. Cercedilla, 16-23, 08, 2005.

Por José Vidal Taléns.

Diario del encuentro: ver Hoja Informativa nº 215

 

Introducción y propuesta para todo el retiro.

¿Cómo se nos ha hecho más problemático el trabajo por la paz? Con Juan XXIII vivió el mundo un clamor a favor de la paz (Pacem in terris). Pablo VI recuperó para nuestros tiempos una precisión que viene de los profetas bíblicos: La paz será fruto de la justicia. Así nació “Justicia y

Paz” a nivel internacional y local. Para alcanzar la justicia había que romper la dinámica creciente por la que los ricos eran cada vez más ricos y los pobre cada vez más pobres. El camino era el desarrollo equilibrado y sostenible de todos los pueblos de la tierra, y no el crecimiento de unos a costa de los otros (Populorum progressio).

Actualmente se nos ha hecho más difícil este objetivo de conseguir la justicia para lograr la paz. Mucho se puede hacer. Pero, dado el sistema neoliberal de mercado globalizado, las parcelas o fragmentos de justicia que puedan conseguirse no los regalará el sistema; serán fruto de luchas y conflictos. Si no se alcanzará la paz sin la justicia, ahora vemos que no se alcanzará justicia sin conflictos con el sistema. Esto significa que conoceremos desórdenes e inseguridad, y no siempre será algo malo, sino que a veces serán camino de la paz que ha de ser fruto de la justicia. Desconfiamos del concepto de paz como tranquilidad en el orden, pues mucho orden de nuestro mundo sólo es falsa paz, dado que se consigue con más policía o ejército y con más cárceles.

Pero, además, hoy hay que añadir a las injusticias acciones bélicas declaradas o no tanto, que mantienen directa o indirectamente muchas situaciones de guerra en los distintos continentes. Entonces, ¿qué pensar de la guerra y de la paz, de las guerras que nos duelen y nos rebelan, y de la paz que decimos todos anhelar?

¿Podemos vivir las guerras y las paces humanas desde el horizonte abierto por la resurrección de Jesús? En este caso deberemos aprender a contar las cosas que pasan, y entre ellas las que nos pasan, de manera diferente a como lo hacen los hombres sin fe en la resurrección de Jesús. Es decir: ¿cómo hablar de las guerras y de la paz como bautizados, hombres y mujeres que ya murieron y han resucitado con Jesús, el Cristo de Dios, y que, por tanto, contemplan el “cielo abierto”, y pueden vivir las cosas de la tierra a cielo abierto? (cf. Col 3, 1-4).

No existe manera conocida de contar una historia que no sea enmarcada en la muerte, a saber: con un comienzo, una trama, cierto conflicto, un desenlace y un final. A la postre, la muerte y el olvido. Muchos son los que van escribiendo y reescribiendo sus memorias por temor a caer pronto en el olvido. Otros nos sentimos obligados con aquellos olvidados ya en vida. Pero hay que decidir si le damos la última palabra a la muerte o no, cuando contamos las cosas que pasan.

La resurrección de Jesús fue la irrupción en medio de la historia humana, transida de muerte, de una historia diferente, que a los discípulos de Jesús les hizo imposible contar la vieja historia de los vencedores y vencidos, y les obligó a inventar nuevos modos de hablar, nuevas formas de contar y de escribir historias. Son las que nos han pasado en el Nuevo Testamento.

Nosotros nos sentimos extraños con los relatos del NT, porque no hemos aprendido a mirar y contar así las cosas. En cambio, estamos demasiado acostumbrados a contar las cosas como los hombres sin fe. Habrá que “acercar el cielo” a la tierra, habrá que despertar nuestra imaginación escatológica, para poder mirar a la tierra y hablar de nuestra historia con esperanza.1

No han sido suficientes, a veces hasta muy problemáticos, los siglos de imaginación y pensamiento utópicos. No bastaron las utopías. Reivindicamos la imaginación escatológica porque, a diferencia de la utopía, hablamos de las cosas últimas y mejores que esperamos, pero en cuanto realizadas ya, anticipadas ya como en un esbozo histórico y en figura: hablamos de Jesús resucitado y cuantos le siguieron venciendo el temor a la muerte.

Jesús resucitado es presencia histórica, pasado, presente y futuro absoluto. Es lo que vieron los discípulos, y lo que hemos “visto” o creído nosotros con ellos, y es también lo que imaginamos que nos aguarda, como el sentido de nuestro compromiso con la historia que hacemos y padecemos los humanos.

En efecto, al comienzo y al final, y no menos en los tiempos que corren, está la soberanía de Dios, el reinado de Dios, el que resucitó a Jesús de entre los muertos, para revelar en Él la redención de lo humano y de los humanos, la redención de los hijos de Dios y toda la creación de Dios.

Este es el sentido del título que he dado a nuestras meditaciones sobre la paz en este retiro. Nuestra mirada ha de ser creyente. Vemos guerras como todo el mundo y anhelamos la paz como dice todo el mundo. Pero tenemos fe en que el Reinado de Dios, la soberanía de Dios, está en acción; y es Él, y no la muerte, quien tiene la primera y la última palabra. Esta fe se sostiene porque mantenemos fijos los ojos en aquél que vivió, murió y resucitó por y para nosotros, Jesús de Nazaret, de quien nos consideramos discípulos.

Jesús, hoy la víctima resucitada, el crucificado resucitado, con las huellas de su crucifixión y muerte presentadas como trofeos, libera a sus discípulos del miedo a la muerte; ese miedo que nos atenaza y nos esclaviza, y nos hace reaccionar provocando más muerte, haciéndonos sus cómplices.

Jesús vino a liberar a todos “los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como sus esclavos”, como servidores de la muerte. Jesús, con su muerte y resurrección, con su pasión y muerte libremente aceptadas, “redujo a la impotencia”, y lo desafió desde el señorío de Dios, a cualquier poder demoníaco, que se nos presente como teniendo el dominio sobre la muerte y la vida de los humanos, entonces y ahora (Hb 2, 14-15).

Ese poder demoníaco, tome la figura que tome, dice mentira: él no tiene la llave de la historia, él no tiene el dominio sobre la vida de los hombres. Desde esta perspectiva, no contamos las cosas que nos pasan, ni las vivimos, como los hombres sin fe. Hablamos de lo mismo, pero no del mismo modo. Es de esperar que nuestra mirada diferente no sólo no nos aleje, sino nos acerque a todos los hombres de paz, que por fe o por humanismo, pueden ser declarados por Jesús “bienaventurados”: “Bienaventurados los pacíficos”, los hacedores de paz, los que trabajan las condiciones para una paz en justicia y libertad, los que buscan la resolución de conflictos por caminos “no-violentos”,2 los que aceptan la conflictividad humana y creen en la posibilidad de la convivencia, la cooperación y la reconciliación, volviendo a comenzar una y otra vez. Son muchos los que en nuestro mundo actual están comprometidos en estos caminos concretos.

Los cristianos no somos mejores por el hecho de llamarnos cristianos. Incluso puede que la mayor parte de los llamados cristianos estemos llegando un poco tarde a las causas de los movimientos pacifistas, ecologistas y de la “alter-globalización”. Pero no es menos cierto que cuando asumamos la digna causa de la paz hemos de aportar nuestra mirada creyente, nuestra imaginación escatológica, la esperanza que funda la víctima resucitada de Jesús en el seno de la comunión divina. De lo contrario, privamos de mucha luz y espíritu a la causa de la paz.

¿Cómo despertar y reeducar nuestra imaginación para que no sea apocalíptica (imaginando que es necesario el fin de este mundo y de esta historia), sino escatológica, es decir, para vea el horizonte definitivamente abierto por el Resucitado en este mundo, para que esta historia pueda continuar de manera más digna del ser humano? Quizá nos ayude repasar la Historia de la Salvación que conserva la Biblia judía y cristiana, que nos habla de la paz perdida y siempre nuevamente recreada en la historia.

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NOTAS:

1. Es la propuesta de James, Alison, El retorno de Abel. Las huellas de la imaginación escatológica, Herder, Barcelona 1999. Cf. Antonio Más, Acercar el Cielo. Itinerario espiritual de Teresa de Jesús, Sal Terrae, Santander 2004.

2 Algunos han forjado esta expresión para advertir al lector que no piense sólo en un no a la violencia, sino que con la “noviolencia” aludimos a toda una metodología activa de buscar la justicia, la verdad y la paz, por medio de una resistencia y confrontación, desarmada y desarmante, ante quienes se nos imponen con su violencia, su injusticia y su mentira.

 

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