GUERRA Y PAZ BAJO EL REINADO DE DIOS

Retiro de la Fraternidad Secular de Carlos de Foucauld. Cercedilla, 16-23, 08, 2005.

Por José Vidal Taléns.

5. La paz de Jesús y el conflicto que provoca.

la paz desde el antiguo testamento

La palabra hebrea shalom significaba estar y vivir sano, integro, no roto ni dividido, en orden y prosperidad. Significaba el buen funcionamiento de cualquier actividad (se aplica hasta al buen funcionamiento de una guerra). Significaba la plenitud, el acabamiento, la realización plena de las criaturas de Dios. Era también la armonía dentro de la comunidad de Israel penetrada de la bendición de Dios, donde se crecía en todas las relaciones familiares y sociales. Era la relación con el Dios único y Creador que une a todos los pueblos de la tierra.

Con los profetas se precisa que shalom, la paz, es fruto de la justicia y de la equidad o derecho, es decir, es fruto del cumplimiento de la Ley de Dios. El producto de la justicia será la paz (Is 32,16). No basta ya que funcionen bien las cosas. Puede tratarse de una falsa paz (Jer 6,14), y merecer el juicio y castigo por infidelidad a la Ley de Dios. Ahora paz se opone ya a guerra, a espada.

Con el tiempo, los sabios y los justos de Israel harán la experiencia de la crisis de esta proporción entre la fidelidad a la Ley y la paz. Puede que le funcionen muy mal las cosas al justo y le falte la paz. Entonces, sólo le quedará clamar a Yahvé y confiar en su mayor justicia, incluso más allá de la muerte.

El don de la paz, desde los profetas a los sabios, se hará escatológico, se aplaza para el final, para un pueblo convertido y purificado, para una nueva y definitiva alianza. La vocación de la Jerusalén de después del exilio de Babilonia será como indica su nombre “Paz en la justicia” (Ba 5,1-4). Sus gobernantes serán “La Paz” y su gobierno “La Justicia” (Is 60,17-18). Esto sólo podía ser Don de Dios.

Y se imaginan con la paz una fecundidad paradisíaca, entre animales, entre los hombre y los animales, entre los hombre de Israel y su Dios en una nueva alianza, y hasta entre los pueblos de la tierra. “De las lanzas se forjarán arados” (Is 2,4). Con vistas a esta paz perpetua no harán falta ya las armas. Pero no es menos cierto que ese Día o esos tiempos no llegarán sin combate. Por eso replica otro profeta: “Forjad espadas de vuestras azadas y lanzas de vuestras podaderas” (Joel 3,9ss).

Hay imaginarios contrapuestos y distintos para el Día en que Yahvé intervenga. Uno que se confirma con el paso del tiempo y hacia el que confluyen distintas imágenes es la venida de un Mesías, un ungido, de Dios, que se anuncia como Príncipe de la paz, a la vez que Dios fuerte que romperá el yugo y la vara del opresor (Is 9,1-6; Miq 5,1-4). Pero cuando llega este Mesías en Jesús de Nazaret sorprenderá a todos, resultará un Mesías muy extraño y poco mesiánico. Sólo en parte cumple las expectativas y en parte no. Veamos las dimensiones de la paz que trae Jesús, en toda su riqueza y complejidad.28

La paz mesiánica, que trae Jesús, bendición de Dios para su pueblo.

Jesús usa la palabra “paz” como fórmula de la bendición de Dios, cargada de promesa para sus hijos. Desde hacía siglos era conocida la fórmula de bendición en Israel: “Que Yahvé te muestre su rostro y te conceda la paz” (Núm 6, 26). Jesús se sirve de la palabra paz para saludar o para despedirse, y con su palabra alcanza la bendición de Dios a sus hijos (Lc 7,59; 8,48; 24,36). La bendición de Dios va alcanzando a enfermos y pecadores, y los va reintegrando en la paz de la comunidad religiosa de Israel. Los discípulos, portadores del Evangelio de Jesús, la Buena Nueva, anticipan la comunidad de paz y la procuran. Son felicitados por Jesús porque son hacedores de paz (Mt 5,9).

Los discípulos, como Jesús, llevan la promesa de Dios en el saludo de paz a la casa o ciudad donde acuden (Mt 10,7-13). Con la paz de Dios estaba llegando la salvación. A la mujer con flujos de sangre que la hacían impura, Jesús le dice: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad” (Mc 5,34). Jesús es saludado por discípulos y pueblo como el Mesías de paz: “He aquí que tu Rey viene a ti manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo” (Mt 21,5; Za 9,4).

Lucas saluda a este Mesías de paz desde su nacimiento en Belén: Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz. Es el “camino de paz”, iniciado por Juan el Bautista, que conduce al tiempo de la salvación (Lc 1,79). Habrá que llegar a Jerusalén, y la cruz significará que Jerusalén no ha reconocido el momento de la visitación clemente de su Dios. Pero, resucitado, el Señor, que ahora muestra su señorío universal, deja en el tiempo de la Iglesia un tiempo de paz (Hch 10,36). La paz del Mesías es la paz escatológica, o sea, don de Dios, alianza nueva y definitiva de Dios con los hombres, pero como oferta significativa en la historia de los que siguen a Jesús. La paz mesiánica y escatológica sigue siendo oferta histórica, don y donación de Dios en la historia, para la redención de lo humano en este mundo, abierto a su trascendencia.

La paz de Jesús: invitación sapiencial a una paz con gran sentido humano.

Salmos, Proverbios y Sabiduría traen con frecuencia una invitación a buscar la paz y la reconciliación. El Mesías Jesús ante la gente que le escucha se debate entre la figura de maestro (sabio) o profeta. Muchos dichos del Jesús sabio y maestro son una invitación a la paz y el perdón entre los hombres, y una proclamación de la paz y perdón que Dios concede a los hombres.

Es sabio, y no por ello menos profético, que Jesús pida que antes de presentar la ofrenda sobre el altar, si uno recuerda que está reñido con su hermano, deje la ofrenda y vaya antes a reconciliarse con su hermano (Mt 5,23). Esta prioridad molesta nos hace bien y deja las cosas de la religión en su sitio. Si Jesús proclama un Dios que quiere reconciliarse con el hombre hasta concederle su perdón, esa buena noticia no podía dejar de tener su reflejo en la vida humana: También vosotros debéis perdonar de corazón a vuestros hermanos (Mt 18,34). De lo contrario no es coherente dirigirse a Dios implorando su perdón o esperarlo para el día del juicio (Mt 6,12·14). Ya la sabiduría nos invitaba a no despedir el día, a no entrar en el sueño, sin antes haberse reconciliado.

El justo busca la paz y anda tras ella (Sal 34,15). Jesús anima a no pleitear, a no recurrir a los jueces, sino a buscar acuerdos antes que acudir ante un juez (Mt 5,25). Es razonable que así sea y es provocativo para nuestra sociedad actual tan judicializada y tan poco dada a buscar acuerdos, consensos. Este esfuerzo por conseguir un acuerdo, una concordia, que a veces implicará ceder a las pretensiones del otro (Mt 5,40), se entiende si se piensa en la comunidad de paz, el nuevo Israel, que iba a fundar el Mesías de paz.

La reconciliación y la no violencia de este Mesías de paz invita al seguimiento: “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29) Su “ley” (yugo) es suave y su carga es ligera, por estar basada en el amor, el perdón y la misericordia. Quien le siga deberá trasparentar esa mansedumbre y humildad de corazón. “Si hubieseis comprendido lo que significa Misericordia quiero, que no sacrificio, no condenaríais a los que no tienen culpa”, los pobres, enfermos y demás excluidos sociales (Mt 12,7). Los pobres y los humildes agradecen la misericordia con ellos y tienen misericordia con los demás. Ellos son los herederos de cielo y tierra (Mt 5,3-4; Sal 37,11).

Su conocimiento del ser humano le dice que entre nosotros, en la comunidad de sus discípulos, también habrá rivalidades, discordias, conflictos (Mt 20,20-28). Pero este realismo no le impide confiar en que sus seguidores serán capaces de buscar el acuerdo y la reconciliación, porque si es necesario conocen el perdón. En la corrección fraterna primará la persona (Mt 18,15). La estrategia de los discípulos incluye ir ligeros de equipaje, desarmados, sin equipo ni posesiones de reserva (Mc 6,8-9). Eso conllevará no aceptar desafíos belicosos de fuerza a fuerza sino pedir antes condiciones de paz (Lc 14,28-33). “Buena es la sal; mas si la sal se vuelve insípida, ¿con qué la sazonaréis? Tened sal en vosotros y tened paz unos con otros” (Mc 9,50). Aquí la sal que llevan los discípulos es esta capacidad de concordia y de paz.

Esta bendición de Dios y sabiduría humana, que trae el Mesías de paz, no llega sin provocar conflicto y sufrir rechazo.

Habrá casas o ciudades que rechazarán la buena noticia, la bendición de Dios que trae Jesús y sus discípulos (Mt 10,7-13). Dentro de la propia familia, en la de Jesús y las de los discípulos, sufrirá incomprensión. Escribas y fariseos, herodianos y saduceos, se pondrán en alerta y llegarán a sentirse molestos, cuestionados, desautorizados, y pasarán al contraataque. El mismo Jesús lo declara: “¿Creéis que estoy aquí para poner paz en la tierra? No, os lo aseguro, sino división. Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos; tres contra dos y dos contra tres” (Lc 12,51).

Así lo transmite Mateo: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual son los de su casa. (Mt 10,34). La división que provoca Jesús se inscribe en el corazón de la familia… hasta la altura del odio (Lc 14,26; Mt 10,37) o de eximir del deber sagrado de enterrar a los muertos (Lc 9,59-60). ¿Qué significa todo esto?

En el mundo antiguo y la cultura a la que pertenece Jesús, la familia aglutina toda la vida de la persona, su vida afectiva, social, labora, económica y religiosa, y le da identidad, protección, estatus social y honor. Pero Jesús vino por los “hijos pródigos” de esta familia, y precisamente por los que no encuentran el camino de vuelta a la casa del padre. Aun respetando y atendiendo a las personas de la propia familia, no por ser mi familia sino por ser hijos de Dios, no puede consentir a esta institución todo lo que ella pretende ser para sus miembros. Para la salvación de los hijos “perdidos”, para que no cuente ya el honor o la vergüenza, Jesús ofrece a Dios mismo y su reinado que vienen a sostener la verdadera identidad humana, la de hijos de Dios. Así, en la confianza en Dios, encontrarán la protección y dignidad, mayores y más verdaderas que las que la familia puede asegurar.

De este modo, sale una nueva fraternidad, paternidad o maternidad más radicales, abiertas y universales, para lo que la institución familiar en su pretensión de absolutez (identidad, protección, estatus social y honor) aparece como obstáculo. “¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: ‘Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3,33-35). Esta nueva maternidad y fraternidad ya no la pueden sostener los vínculos de la carne ni la sangre, sino haber creído en el reinado de Dios, haber dicho fiat, “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).

Pero esa alternativa que puede llegar a oposición, entre el Reino de Dios y el bienestar de la propia familia, se reproduce de igual modo a otros niveles, como en el corazón de las relaciones sociales. Ahora la alternativa se situará entre tener a Dios o al Dinero como señor nuestro; y, está claro que no podemos servir a Dios y al Dinero (Lc 16,13; 6,24; Mt 19,21-24).

Otra alternativa se dará entre la piedad, según los piadosos judíos, y el culto que Dios espera, según Jesús. No sólo en el Sermón de la Montaña aparece ya esta oposición sino, abiertamente como conflicto, en la denuncia de los escribas y fariseos como hipócritas o sepulcros blanqueados (Mt 23, 1-36). Esta conflictividad, que podemos llamar religiosa, provocada por Jesús, será la determinante de su condena a muerte. Hablar de Dios como habla Jesús y actuar en su nombre como actúa Jesús en favor de los perdidos e impuros, parecerá blasfemo para los guías morales y religiosos y para las autoridades judías. Jesús les conmina a que hagan con él lo que ya hicieron sus antepasados con otros profetas; pero advierte que sobre ellos recaerá la sangre derramada (Mt 21,33-46; 23, 33-38;). Hasta el día del juicio será duro con quienes han rechazado hacer las obras de misericordia porque es rechazar que Dios es misericordia (Mt 25,41; Ap 20,15; 22,15).

No descartemos, pues, los textos de la Escritura que hablan de juicio, violencia y castigo proviniendo de Dios, porque nos advierten de un riesgo muy cierto de nuestra libertad. Parecen contradecir la imagen de Dios como Padre que nos ha pasado Jesús, Padre en cuyo amor caben los perdidos y por eso nos anima a amar hasta nuestros enemigos. Si ésta es una imagen de Dios ya irrenunciable, no tenemos más remedio que esforzarnos por “interpretar” aquella literatura bíblica, que describe la violencia de Dios que cae sobre el hombre.

Bien entendidos, esos textos no hablan de un Dios violento y vengativo sino que son constatación de las consecuencias negativas para el hombre que se sitúa fuera del horizonte abierto por Jesús. Bien entendidas, las señales apocalípticas describen y constatan la manera en que la violencia terrestre, no Dios, sacude todo lo creado, sacude los cimientos de todo lo creado, a modo de una crisis social, cultural y hasta cósmica (ecológica), de tamaño cada vez mayor. Con toda esta literatura se nos dice que quien se opone a la misericordia arriesga quedarse sin misericordia; arriesga quedarse sin conexión con la fuente de la vida, en el reino de la destrucción y la muerte; porque así lo ha preferido. Misterio tremendo, pero posible y real.

La proclamación del reinado de Dios en la plenitud de los tiempos que significa Jesús de Nazaret es pacífica. No pretende imponerse por la fuerza para hacerse verificar en su poder. Así despolitiza, desmilitariza, desarma la esperanza mesiánica. Pero con sólo esa apelación al reinado de Dios y su presencia en el hablar y actuar de Jesús, con sólo eso, con la liberación y reintegración del excluido en las pequeñas acciones simbólico-proféticas de Jesús, se desencadena una revolución tan potente que no deja otra salida a sus opositores más que su eliminación física: la condena a muerte en cruz. ¿Por qué llegar a tanto? Quizá porque desmontaba el dosel sagrado bajo el que se cobijan los poderes de este mundo que pretenden decidir sobre la vida y la muerte de los hombres.

En efecto, quienes rechazan a Jesús y a los que él acoge, y así rechazan a Dios, lo hacen desde sus certezas tradicionales, desde su convicción de conocer los caminos de Dios y saber discernir los engaños del Maligno, desde su convicción de conocer la línea de separación entre lo puro y lo impuro. Por eso acusan a Jesús de blasfemo y de posesión diabólica. Pero esas convicciones son además poder. Por eso también le rechazan desde su compromiso político; unos, las autoridades judías, colaboracionistas de Roma como mal menor para la subsistencia del pueblo judío; y otros, de extracción más popular, apostando a cuanto suene a liberación política de Israel, único signo creíble para ellos de su liberación como pueblo de Dios.

Dios, en Jesús, se desmarca de todos ellos, acepta sufrir la violencia que provoca su forma de reinar en Jesús, pareciendo débil, frágil e impotente. Su victoria, en la resurrección de Jesús, se da a conocer en este mundo, pero pertenece ya a la trascendencia. No es victoria tangible, verificable, que se haga valer con fuerza en este mundo. Su victoria queda en cuantos han creído en su reinado y siguen a Jesús desde su Espíritu.

En esto queda la paz mesiánica que trae el Mesías crucificado. Queda poco “mesiánica” y poco “paz”; poca victoria, poca destrucción del mal en el mundo; poco o nada apocalíptica. Los textos del NT que, hasta en boca de Jesús, hablan de acciones de Dios destructivas sobre aquellos que le rechazan no son expresión de un Dios amenazante, sino son, en el lenguaje que la Escritura y ellos conocían, la revelación de que ante Jesús se estaba decidiendo el combate escatológico que habían imaginado para el fin de los tiempos. Las amenazas no les caían desde un Dios amenazante, no les venían o les caían desde fuera ni desde arriba, sino eran las amenazas inmanentes a su praxis, en su apuesta por el poder y en su rechazo de la misericordia (Mt 23,23).

Así pues, las Escrituras y Jesús revelan la posibilidad de lo “trágico” en la vida humana, la posibilidad de una desconexión de la fuente de la vida, de un aislamiento y sufrimiento sin esperanza y sin sentido, que se niega al remedio, al cerrar su corazón al hermano. No era eso lo que Dios quería para ellos ni para el resto de sus criaturas humanas. Pero aquí está el límite del amor de Dios: en la libertad humana. Parece que el amor potente, o la omnipotencia amorosa, de Dios no basta para la superación de la violencia humana, asociada al abuso del poder humano y su libertad, y la violencia vuelve una y otra vez. Quizá entendamos ahora las palabras enigmáticas de Jesús: “Desde Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos despierta y padece violencia, y gente violenta pretende apoderarse de él, tomarlo como su botín” (Mt 11,12).29 Jesús ofrecía la paz de Dios en forma de gracia. Y la gracia, en este mundo violento, es toda una provocación.30

La paz que comunica el Jesús resucitado.

El evangelio de Juan ha releído toda la existencia terrena de Jesús, su muerte y su resurrección y la repropone como la revelación de Dios. Jesús es el revelador del Padre y comunicador de su Espíritu. Jesús es la Palabra de Dios, que proviniendo de junto a Dios se hizo carne y habitó entre nosotros. Cuando se ponía por escrito este evangelio era ya Jesús resucitado mediante su Espíritu quien comunicaba su misterio a sus discípulos, el misterio de su Encarnación y de su Cruz.

La paz que comunica Jesús resucitado viene de la trascendencia, de la gloria del Padre, pero es ya bendición de Dios para sus hijos, es escatología realizada. En comunión con Jesús resucitado no hay que esperar al fin de los tiempos ni al más allá para participar ya de esa vida de Dios no mortal, eterna. Ahora para Jesús su paz es el Padre y así se la ha dejado a sus discípulos mediante el Espíritu, que es del Padre y del Hijo. Espíritu que les habitará y les recordará todo lo de Jesús y les llevará a la plenitud en la verdad. La paz aparece así como la comunión de relaciones interpersonales en que se entra, comunión de vida y amor con el Padre, el Hijo y el Espíritu.

El resucitado deja su paz a sus discípulos en contraste como da el mundo su paz: “Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14,27). Ya aprendimos cuál es el modo como el mundo procura la paz, como una tregua entre guerras, como paz impuesta, necesitada de ser militarmente custodiada, pero sobre todo por el mecanismo de culpabilización de terceros y su exclusión; y, por último, preparando la mejor defensa de nuestra paz con más de algún ataque, incluso con ataques preventivos. Este es el modo como el mundo procura la paz. Por eso decíamos en el tercer tema que sólo alguien que no participe de la ceguera de la sociedad culpabilizadora y excluyente puede fundar la paz de otra manera. Y ahora escuchamos del resucitado: mi paz os dejo, mi paz os doy, no como la da el mundo.

Jesús resucitado comunica su amor y comprensión a sus discípulos. Sabía todo el poder que el mundo y sus mecanismos de exclusión iban a mostrar sobre él, y cómo sus discípulos iban a sucumbir. Su fe en él no les impidió abandonarle y caer en tristeza. Jesús resucitado viene a consolarles, a confortarles, a confirmarles en su fe, y a comprometerles en su misión evangelizadora. El saludo no podía ser otro que “la paz con vosotros” (Jn 20,19·21·26).

La misión a la que envía a sus discípulos no es para otro mundo. “No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo” (Jn 17,15). Pero van a dar su testimonio en el mundo y, expulsados ya de la Sinagoga judía, quedan a merced del dios de este mundo; no menos que su maestro. Quien les expulse o les mate creerá estar dando culto a Dios, a saber, al dios de este mundo; no menos que su maestro (Jn 16,1-2). “Os he dicho todas estas cosas para que tengáis paz en mí; en el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo! yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). No es una invitación a la imposible huida del mundo (fuga mundi), sino a resistir en medio de la tribulación, la presión, los aprietos, la angustia y la opresión. Y, ahí en medio, ahí, recobrar la paz, una y otra vez, de las manos de Jesús resucitado.

La paz con Dios, fruto de la justificación en Jesucristo, bendición para toda la humanidad.

“Habiendo, pues, recibido de la fe la justificación, estamos en paz con Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido también, mediante la fe, el acceso a esta gracia en la cual nos hallamos, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” (Rom 5,1) La paz con Dios y la fe por la que se accede a ella. Todo un mundo extraño al hombre moderno. Apreciamos en poco eso de estar en paz con Dios, eso de que Dios pueda volver su rostro sobre nosotros y concedernos su paz (Núm 6,26).

Esta poca apreciación de la paz con Dios es indicio de que vivimos de espaldas a Dios, crecidos en nuestra autosuficiencia para conseguir nuestros objetivos. Pero es también indicio de vivir de espaldas a los hombres, desculpabilizados de nuestra responsabilidad respecto de nuestros hermanos empobrecidos, explotados, empujados a una muerte siempre injusta. Hemos dejado de escuchar la voz que recorre toda la historia: ¿Qué has hecho de tu hermano Abel? Así de espaldas a Dios y de espaldas a los hermanos, con nuestra pretendida inocencia, ya no necesitamos de reconciliación y nos suena a pasado eso de estar en paz con Dios.

Pero la paz con Dios es el fruto de la entrega de Jesucristo y es la mejor promesa cargada de esperanza para toda la humanidad: “fuimos reconciliados con Dios”, no mereciéndolo, perdurando como enemigos los unos de los otros y por eso enemigos de Dios (Rom 5,10). La paz con Dios no nos era debida. Sólo por su amor excesivo mostró su benevolencia, gracia y misericordia. Esta es nuestra fe: “Nosotros hemos creído en Aquel que resucitó de entre los muertos a Jesús, Señor nuestro, quien fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación” (Rom 4,24-25). Si Dios nos justifica ahora por su amor mostrado en Jesucristo, éste viene a ocupar nuestras obras, las obras de la Ley, por las que pretendíamos ganarnos la benevolencia de Dios. Esta fe es liberadora, nos libera de la pesada necesidad de autojustificación, siempre necesitados de justificación, de reconocimiento, de aprobación.

Esta paz con Dios es ahora como la prenda, la garantía, la firme promesa de que la paz entre los hombres será posible. Por eso conocer esta reconciliación, esta paz con Dios que obra Jesucristo, es ya una bendición para toda la humanidad. El Espíritu derramado en nuestros corazones da testimonio de que somos hijos y podemos llamar a Dios Abba, Padre amado; y da testimonio de que nuestro destino es la vida y la paz (Rom 8,6; Gal 5,22). Esto significa que hemos sido conectados a la fuente primera que es la Vida y la Paz de Dios. Estamos salvados, al menos en esperanza, que no es poco (Rom 8,24; 1Tes 5,23). No es poco, porque no habrá nada, nos pase lo que nos pase, ninguna tribulación, que pueda separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro (Rom 8,39).

Esta paz con Dios que nos responsabiliza de nuestro hermano y, a la vez, nos libera de la necesidad de autojustificarnos, y nos regala con su amor sin medida en Jesucristo, es la verdadera garantía de la futura paz entre los hombres, de que la paz entre los hombres es posible. Esta fe y esta esperanza nos animan a recorrer los caminos de la paz entre los hombres. Muchas son las exhortaciones, saludos y despedidas que en las cartas apostólicas del NT apelan a la misericordia y a la paz.

Dentro de la tradición paulina y conectando con himnos litúrgicos bautismales o eucarísticos, se cantará a Jesucristo como “Primogénito en la Creación” y “Primogénito de entre los muertos”… “pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud, y reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo seres de la tierra y de los cielos” (Col 1,20). Se celebra y se canta el triunfo de Jesucristo, el Revelador de Dios invisible, sobre los poderes de este cosmos y, entre ellos, el poder de la muerte. Los bautizados pertenecen a este mundo reconciliado, en paz con Dios, bajo la soberanía del Hijo, bajo la soberanía del reinado de Dios. Si hubiera habido documento alguno donde constara sus pecados, habría quedado clavado en la cruz y allí habría sido borrado por la sangre del Hijo (Col 2,13ss.). Que las metáforas no escondan la realidad: que la victoria pertenece a la gracia de Dios, nuestra verdadera paz.

Y esto se afirma con vistas a toda la humanidad. Ahora las promesas del Dios de la Alianza con Abraham y con Israel pertenecen a judíos y a gentiles, a toda la humanidad. En su carne de crucificado, en Jesús, nacía una nueva humanidad (Ef 2,15). Y para ello, se estaba rompiendo el velo del Templo judío (Mt 27,51), y derrumbando el muro de la separación entre judíos y gentiles, la Ley como último criterio y como criterio de separación de lo impuro (Ef 2,14). Se nos ofrecía un criterio mayor y, esta vez, criterio no separador sino reintegrador, reconciliador, pacificador, el del “amor crucificado”, el de un Dios amor crucificado, cuyo Espíritu presente en nosotros nos hace llamarle Abba, Padre amado, y nos recuerda incesantemente el misterio de su amor en Jesús crucificado: Amor meus crucifixus est.30b

Así es como Jesucristo llegó a ser el Mesías de paz, como mesías crucificado (1Cor 1,23), muy diferente de cómo se le había soñado (Is 9,6; Miq 5,4) y aún se le volvería a soñar en la historia de la Iglesia. Este crucificado se levanta sobre la tierra para atraer a todos los pueblos hacia él: “Mirarán hacia el que traspasaron” (Jn 19,37). Pero como Mesías resucitado vimos cómo ya comunica su paz a los suyos para resistir, y muestra su señorío sobre las “paces” imperiales, impuestas por los “imperios” de este mundo (Ap 6,4).

Cuando hombres y mujeres de los distintos pueblos y culturas, muramos y resucitemos con él, identificados con los “traspasados” de unos y de otros, entonces se fundará una paz duradera, no una tregua basada sobre mínimos.31

Para reflexionar y compartir:

¿Entendemos ahora lo que significa en boca de Jesús: no he venido a traer paz sino división? Recuerda cómo el reinado de Dios entra en conflicto con las instituciones que pretenden falsamente asegurarnos la identidad, protección, seguridad, honor.

¿Entendemos lo que nos dice Jesús resucitado: mi paz os doy, no como la da el mundo?

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NOTAS:

28 Para el AT véase los Diccionarios teológicos del AT. Para el NT ver el artículo “eirênê paz” del Diccionario exegético teológico del NT, Sígueme, Salamanca 1988, pp. 1200-1209.

29 Esta es mi interpretación: que el reinado de Dios como misericordia en acción da coraje, despierta violencia en quienes pretenden conocer las reglas del juego y, por eso, padecerá la violencia que se levanta contra él. Así se entiende la referencia a Juan el Bautista, muerto por Herodes, y la alusión a la muerte de Jesús y a la lista de rechazados que llega hasta hoy. La segunda parte de la frase es una ironía. Eso de que los violentos se apoderan del Reino, eso es lo que se creen, esa es su vana pretensión. coincide con la primera parte. Esa es la violencia que sufre el Reino, la de quienes pretenden hacerse con él y disponer de él como su botín. La otra posibilidad, aunque válida, no parece coherente con el contexto: es la interpretación moralizante de que todos deben esforzarse, hacerse violencia, soportar renuncias, para hacerse con el Reino; interpretación que algunas traducciones vierten en Lc 16,16, y algunos revierten sobre Mt.

30 Me inspiré en algunas sugerencias encontradas en Christian Duquoc, «Violence et Royaume de Dieu», en La Vie spirituelle, septembre (2002), nº 744, pp. 205-215.

30b Cf. José Vidal Taléns, Encarnación y Cruz, Facultad de Teología y EDICEP, Valencia 2004, cap. 9

31 La alianza de civilizaciones que con tanta razón y urgencia promueve el gobierno español y otros, junto con la presidencia de la ONU, necesariamente se basará sobre unos mínimos acordados para evitar la destrucción recíproca y el derramamiento de sangre inocente.

 

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