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GUERRA Y PAZ BAJO EL REINADO DE DIOS

Retiro de la Fraternidad Secular de Carlos de Foucauld. Cercedilla, 16-23, 08, 2005.

Por José Vidal Taléns.

3. El Dios vivo y amante puede sanar en su raíz la violencia humana.

¿Cómo seguir apostando por los caminos de paz que lleven a la paz, si no es previsible que en unas décadas, o en un futuro próximo, accedamos a una situación generalizada de justicia y paz permanentes? La ONU, las Naciones Unidas, debe seguir siendo un referente y una mesa de encuentro. Un tribunal internacional de actuación y apelación debería ir afianzándose y recibir el acatamiento de todos. Pero vemos cómo estos referentes internacionales viven en tensión y hasta en conflicto con las potencias mundiales, que no quieren perder su hegemonía.

La convicción de no servirse nunca más de la guerra o de la violencia en la resolución de conflictos entre los pueblos y las personas humanas, todavía no es una convicción generalizada. La tentación de la violencia para imponer mi voluntad y el mimetismo de la violencia siguen dándose aún en la forma de un crecimiento en espiral.

Si no vamos a poder imponer una sociedad no-violenta, pensemos en cómo romper esa espiral desde nosotros mismos. ¿No nos sorprende la cantidad de violencia que sale de cada uno de nosotros mismos? ¿Cómo puede salir tanta violencia de mí mismo? ¿Cómo pagan, tantas veces, justos por pecadores? ¿Cómo es que el enfado o la ira que me produce una situación o una persona lo descargo contra otras? ¿Qué frustraciones o insatisfacciones o impotencias están en el origen de la puesta en marcha de mis defensas y ataques? ¿Cómo “manejar”, cómo conducir el deseo que me lanza a perseguir más vida, más ser, más poder?

En este apartado nos centramos en la necesaria paz interior, la paz con nosotros mismos. Si mi paz depende de lo que suceda o no suceda en el exterior, en la sociedad y en el mundo, que no puedo manejar a mi voluntad, difícilmente conoceré lo que es estar en paz. Si mi paz depende de que se cumplan mis deseos, algunas veces se cumplirán, y otras muchas podrán verse frustrados, y no debería perder la paz por ello.

Por eso, buscando la fuente de la paz, dirigimos nuestra mirada hacia Dios, y escuchamos la sabia máxima de Santa Teresa de Jesús: “Sólo Dios basta”; o la advertencia franciscana: “Dios es, y eso nos debiera bastar”.

Mediante la guerra accedemos a la vida como “botín” conquistado, siempre necesitado de ser defendido; o vida como “carencia” siempre ofendida y necesitada de autoafirmarse contra la vida de los otros. Mediante la paz accedemos al Don de Dios, a la Vida de Dios que no puede morir, a la Vida como Don y como donación de sí.

Hacia las raíces de la violencia humana: el miedo y el deseo.

La guerra, la violencia contra los demás, es un producto humano. Lo que produce Dios es vida, amor, justicia y paz. Deberemos podar de nuestra imaginación religiosa la violencia con que en las religiones se ha afirmado también lo sagrado. El ser humano, como criatura, como realidad limitada dentro de este mundo, se ha sentido atraído por lo que le trascendía, por lo que traspasaba sus medidas y le aparecía como lo sagrado, el poder, la máxima realidad. Se ha sentido atraído por lo sagrado, pero también lo ha temido, ha temido que fuera su destrucción. A lo largo de la pedagogía bíblica hemos aprendido que Dios no quería la muerte de sus criaturas. Pero ha sido un largo proceso en el que Dios ha ido desprendiéndose de la violencia, con que lo habían revestido los hombres, para acabar mostrándose en su amor, como sólo amor.

1) La raíz del miedo. La violencia es cosa nuestra; no de la verdad y vida de Dios. Es fruto de nuestro miedo a perder, a perdernos, a no ser. O miedo a ser menos que el otro, a no ganarle, a no ganar siempre. Miedo a no ser valorados, a no ser aceptados, a ser rechazados. Miedo a la inseguridad, a lo peor, al caos imaginado, o sea, el mundo no ordenado ni controlado por nosotros. Miedo a que la realidad o los otros no obedezcan a nuestra voluntad.

El Dios vivo y amante puede sanar nuestra violencia en su raíz, cuando se trata del miedo. Dios nos permite aceptarnos como criaturas no omnipotentes, pero en calidad de hijos de Dios, y hermanos entre los hombres. Mostrándose como Padre invita a la confianza. Saliéndonos al encuentro a lo largo de nuestra historia nos invita a no tener miedo: no temáis, paz a vosotros, yo estaré con vosotros. La confianza no es lo mismo que la seguridad, pero es más humana que la pretensión de estar seguros. La confianza es la salvación de lo humano: quien confía está salvado y ayuda a la salvación de lo humano en sus semejantes.

2) La raíz del deseo. Podría decirse también que la violencia es fruto de la ilimitación de nuestro deseo. Nos imaginamos y nos proyectamos en una omnipotencia del desear humano. Tan ilimitado imaginamos nuestro deseo como fácil es de ser frustrado; y, entonces, vuelta a empezar: la realidad, los otros, Dios o todo el mundo, nos deben algo, están en deuda con nosotros, y nos disponemos a pasarles factura. Acusaremos a los otros. Nos excusaremos nosotros. Batallaremos por si arrebatamos algo a los demás para nosotros, por si conseguimos imponer nuestra voluntad.

Del miedo o de la omnipotencia de nuestro deseo puede despertar nuestra agresividad. Unos la vierten hacia fuera. Otros hacia sí mismos. Despiertan los muchos mecanismos de defensa. Nos cargamos de razón. Nos armamos frente a enemigos reales o imaginarios. Diseñamos ataques preventivos. O simplemente nos salen autojustificaciones o excusas no pedidas. Acabamos haciendo precisamente lo que no queremos. ¿Quién soy yo, entonces; qué soy yo; qué queda de mí? Trabajemos con mayor detalle qué es eso del deseo humano. Entremos en la espesura humana.

No es imposible reencontrarnos con nosotros mismos y lo que más profundamente deseamos.

Tratamos de encontrarnos con lo mejor de nosotros, con nuestra mejor verdad. El desear humano que radica en la afectividad no es algo negativo sino todo lo contrario, es la huella de Dios, es la semilla de Dios, es lo que nos recuerda que fuimos creados para Él, para recibir de Él nuestra plenitud de vida y amor. Nuestro deseo es deseo de Dios. Para percibirlo así, sólo nos falta reencontrarnos con nuestro deseo más profundo, con el deseo que nos constituye como personas, con el desear que nos construye.

Para ello comencemos por preguntarnos: ¿y si yo no supiera lo que en verdad deseo? De Jesús salió aquel “no sabéis lo que pedís” cuando la madre de Juan y santiago pedía lo mejor para sus hijos. ¿No tendremos que ser reeducados en nuestro deseo? Eso es lo que suponía Juan de la Cruz cuando advierte: “para venir a lo que no gustas, has de ir por donde no gustas” (1S 13,11). El paladar se nos ha hecho a unos gustos y ya no cree que pueda haber otros que no pasen por él. ¿Según qué y según quienes hemos aprendido a desear? Parece que todo va a depender de quiénes nos dejemos aún conducir y hasta reeducar el gusto y el deseo.

Los filósofos antiguos, epicúreos y estoicos, vinculaban la felicidad a la virtud y a la serenidad, a la ausencia de conflictos, y proponían para ello limitar nuestros deseos, y aprender a querer sólo lo que depende de uno mismo, eliminando así la parte azarosa de la vida y con ello mucho sufrimiento. Hoy en cambio, se nos anima a desear lo que no tenemos y se nos induce a comprar las satisfacciones de nuestros deseos. Hoy incluso se fomentará la creencia en la facilidad de conseguir lo que se desea, previo acople de nuestros deseos a lo que se nos propone. El consumismo actual y nuestra sociedad competitiva y agresiva se basan en el deseo 1) como carencia de algo que no se tiene y en necesidades nuevas inducidas; pero también en el deseo 2) como poder, voluntad de poder, “tú puedes conseguirlo”, “otros lo han conseguido” y te desafían; y, por último, en el deseo 3) como placer interminable e insaciable; y, por eso mismo, por ser siempre reproducible, nunca acabado de satisfacer, parece placer interminable.

También conoce nuestra sociedad una dimensión de nuestro deseo que es importante para nuestra meditación sobre la violencia. Y es que nuestro deseo es “mimético”. Hay necesidades instintivas o naturales, pero hay también deseo a imitación del deseo de otros. En efecto, aprendemos a desear con los ojos, con el tacto, con la presencia de la madre, o quien haga las funciones. Crecemos deseando lo que desean los otros, ya sean niños o mayores, compañeros o educadores. Rivalizamos, competimos con el otro hasta ganarle o llegar a un pacto. Toda la educación se dirige a socializarnos, a que aceptemos al otro, a limitar nuestros deseos, a compartir, a satisfacer también los deseos del otro.

Aquello de que deseamos a imitación de los otros lo sabrá aprovechar muy bien la propaganda consumista. Pero a nosotros nos interesa porque nos deja la pregunta abierta: ¿en relación a quiénes hemos ido deseando; con qué modelos hemos aprendido a desear? Y, en último término, ¿Qué le pasa a ese mecanismo de desear a imitación de otro cuando lo conectamos con el deseo de Dios, o sea, con el designio de Dios?

En efecto, preguntémonos cuál es nuestro deseo más profundo, nuestro deseo más verdadero, lo que más sinceramente deseamos. Empezaremos a discernir distintos niveles en nuestros deseos, unos más superficiales, que en el fondo no nos importan tanto, y otros más profundos. Pronto aparecerá, entre nuestros deseos más profundos, nuestro deseo de ser amados por otro. Es ésta la huella que dejó Dios al crearnos libres y capaces de amar. Desde entonces, nuestro corazón permanecerá “inquieto”, no descansa, hasta que descanse en Dios (S. Agustín). Eso ya nos dice algo importante.

Pero cabe preguntarnos si ese deseo de ser amados es ya una variación de nuestro desear humano. Si en ese deseo anida el deseo de ser deseado por otro, el deseo de ser amados nos coloca a nosotros mismos como el punto de partida y el punto de llegada de un movimiento circular, que no nos libera ni nos construye tanto. No se agota aquí, todavía, lo que es el deseo humano.

Según J. Alison, lo que verdaderamente nos construye, lo que nos recrea dejándonos como nuevos, liberados y con horizonte abierto, no es ser deseados por otro, ni sentarnos cara a cara con alguien que nos ama absoluta y pacíficamente. “Sólo un amor nos recrea, en la medida en que suscita en nosotros un deseo en imitación de aquel amor que nos alcanza, y en el que nos es sugerido amar a alguien más, como lo ama aquel amor”.9

Ricardo de San Víctor intuyó lo mismo reflexionando a partir del misterio de la Trinidad. La consumación del amor no podía darse en la mirada recíproca de los dos que se aman, había de incluir al tercero: “En el amor mutuo y ardiente, no hay nada más extraordinario ni más eminente que tú desees que aquél, a quien amas de un modo supremo y que te ama del mismo modo, ame también a otro con ese mismo amor.10 Esto significa haber aprendido a desear ya según el deseo de Dios, a imitación de quien es la Vida no mortal, vida “vida”, vida generadora de vida, vida que busca darse.

El conflicto y su superación por la culpabilización y exclusión.

El deseo de Dios enraíza en nuestra estructura de crecimiento y afianzamiento de nuestra identidad, en medio de las relaciones en que se encuentra. Hay un gran abanico de identidades humanas. En un extremo tendríamos a quienes recibieron de sus padres el valor, el sentido de ser y vivir, y despertaron deseos a imitación de quienes les unían a la existencia de manera pacífica y sin mayores conflictos. En el otro extremo están quienes, de su entorno familiar o social, bastante deteriorado o deficitario, no pudieron recibir pacíficamente el sentido de ser y vivir, y tuvieron que agarrar de donde pudieron fragmentos de un sentido de la vida que siempre les eludía. La gran mayoría andamos entre uno y otro polo, habiendo más o menos “recibido” o “agarrado” el sentido de nuestro vivir.

Quien presuma de originalidad y no reconozca sus dependencias de los otros para forjar sus deseos, quizás se equivoque, y sea más dependiente de los deseos de otros de lo que se imagina, dependencia a veces inconsciente y hasta compulsiva. En efecto, más o menos consciente, nos sale el “si yo fuera como tú, como usted, como aquél…”; y pensamos: “entonces me sentiría más bien, más atractivo o más convincente”. Cuesta reconocer esta dependencia y tratamos de autoafirmarnos en la originalidad o anterioridad de nuestros deseos.

Más conflictivo resulta todo cuando nos disputamos el mismo objeto del deseo, ya sean cosas o personas. Cuántas veces nos vemos deseando algo o alguien porque otro, que nos importa mucho, lo desea. Así estamos deseando por medio de los ojos del otro. Cuántas veces en la dinámica de la imitación de alguien, valioso para nosotros, acabamos viéndole como nuestro rival. Viene la disputa y la guerra, hasta que encontramos un “tercero” sobre quien descargar la culpabilidad de nuestro mutuo enfrentamiento. Si él tiene la culpa, librémonos de él y recobraremos la paz, una falsa paz, basada en el desplazamiento de la culpabilidad.

Aquí está esbozada la teoría “mimética” de René Girard,11 quien piensa que toda sociedad y cultura humana funciona bastante así: la manera en la cual producimos la paz en el grupo es por la expulsión de alguien tenido como responsable de nuestros conflictos. Todos creceríamos en lucha con los otros, y todos conoceríamos la angustia al compararnos con los demás. Las rivalidades se hacen soportables o se cierran, en falso, encontrando la unanimidad colectiva contra una víctima a la que culpar de nuestros males. Es la ciega creencia en la culpabilidad de la víctima social la que afianza la seguridad del grupo.

Una sociedad abierta ha de aceptarse en su conflictividad dada la disparidad de personas y niveles sociales y culturales que la componen, además de las otras gentes que le llegan de fuera. Si en vez de encarar con la razón y el corazón los conflictos, se busca la culpabilización de “terceros” (ni tú ni yo ni nosotros, sino él, aquél), creyendo que con su exclusión o eliminación solucionaremos nuestros conflictos, no hacemos sino alimentar la violencia con nuestra violencia, desencadenando la “inflación” de policía, ejército, cárceles, sistemas y empresas de seguridad.

¿Cómo fundar la paz social de otra manera?

Sólo alguien que no participe de la ceguera de la sociedad culpabilizadora y excluyente para conseguir su estabilidad, sólo alguien que no participe de dicha mentira, puede venir al grupo humano y desvelarle el engaño en que se encuentra. En la historia humana, hubo una cultura, que haciendo lo mismo que las otras culturas culpabilizadoras y excluyentes, hizo también experiencia de una percepción de la paz, diferente de todas las otras historias y mitos fundadores de los pueblos, que reclaman un sacrificio, una sangre, una violencia fundadora. La paz no la funda la exclusión ni la culpabilizacion, sino la inclusión y el amor, y este horizonte precede a nuestra violencia y derramamiento de sangre y permanece como futuro abierto.

La Biblia da testimonio de una voz diferente, a contra corriente de la justificación social por la eliminación del diferente, al que se le culpa de todos los males. Aquella voz recorre toda la historia de Israel preguntando: “¿Dónde está tu hermano Abel? […] Su sangre clama a mí desde la tierra” (Gen 4,9-10).

A lo largo de la Biblia distinguiremos a Dios de la violencia de los dioses, y se le percibirá al lado de la víctima. El acontecer de lo sagrado dejará de ser violencia contra el hombre. En Jesús lo sagrado acontecerá sanando, liberando, integrando a los excluidos. Pero volverán los judíos de su tiempo a recaer en el mecanismo de exclusión generando la víctima, como su chivo expiatorio que expulsan fuera de la ciudad santa: “Conviene que muera un solo hombre por el pueblo y no que perezca toda la nación” (Jn 11,50).

Se nos han abierto los ojos. ¡Qué sorpresa! Jesús subvierte desde dentro el mecanismo del deseo a imitación de otro. El deseo a imitación de otro y en rivalidad con él, estaba a la base de la teoría mimética, según la cual, el conflicto social se supera, y se cierra en falso, mediante la expulsión o eliminación del “otro”. Ahora decimos que Jesús siendo víctima de dicho mecanismo nos revela, como víctima resucitada, dónde está Dios, dónde se funda la verdadera paz.

Los discípulos de Jesús resucitado conocieron la inocencia de la víctima. Ahora resulta que las víctimas, sobre las que descarga el grupo social sus males, no eran las culpables, son inocentes, y la culpa recae sobre quienes las hicieron víctimas. Ahora resulta que hay un modo mejor de llegar a la paz que el mecanismo culpabilizador y de exclusión: aceptar el perdón de Dios y conectarse con Él, entrar en su dinámica integradora y solidaria.

Aprendiendo a desear según Dios.

Y retomando el hilo de nuestra meditación: ¡Qué sorpresa más esperanzadora! Ahora resulta que si crecemos y deseamos a imitación de los otros humanos, que más pronto o más tarde los veremos como competidores y rivales, en esa misma estructura antropológica, puede echar raíces nuestra liberación y nuestra paz verdadera. Todo depende de que aprendamos a desear a imitación del deseo de Dios: ¿qué gusta a Dios, en qué se goza? ¿Cuál es el designio de Dios? Si fuéramos reeducando nuestro desear humano según el desear divino manifestado en el anuncio del Reino que hace Jesús, iríamos dejando a parte nuestros impulsos violentos, iría cambiando nuestra mirada sobre los otros, ya no podríamos verlos como los culpables de todos nuestros males.

A imitación de Dios en Jesús aprenderíamos a discernir nuestros mejores deseos, bajaríamos a nuestro deseo más profundo. Que resista la vida en los lugares de muerte. Que los “otros” vivan. A imitación del deseo de Dios cuya gloria es que el ser humano viva. Inclusión, integración, compartir, con-dolerse, com-pasión, resurrección… a imitación del deseo de Dios que es un Dios inclusivo, integrador, com-pasivo, vida siempre vida, vencedora de la muerte.

Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros, y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Y que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados para formar un solo cuerpo (Col 3, 12-15).

Estas palabras nos invitan a no erigirnos unos en árbitros o jueces de los otros, juzgando, culpabilizando y repartiendo condenas. En la rivalidad es lo que solemos hacer. Aquí más bien se nos invita a que sea Jesucristo y su paz quien actúe de árbitro en nuestros corazones, pues a la paz de Jesucristo fuimos convocados para formar un solo cuerpo. Nos abstenemos del juicio, de culpabilizar y de sentenciar, y volveremos una y otra vez a buscar la reconciliación, la inclusión, la integración. Si el juez Jesús es el reconciliador con Dios y con los hermanos, ese designio de paz es el que ha de presidir en nuestros corazones. El deseo de Dios ha de ser nuestro deseo.

Para la reflexión y compartir

Podríamos analizar nuestros deseos y bajar desde los que nos parecen más superficiales hacia los más profundos.

A desear según Dios desea no llegarás luchando sino adorando. Cf. Lectura de E. Leclerc, Sabiduría de un pobre, Marova, Madrid 2003, p.113.

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NOTAS:

9 James, Alison, El retorno de Abel, p. 246.

10 Y continúa este teólogo medieval: El deseo resuelto de comunicar el amor recibido es, por tanto, la prueba de que la caridad ha sido consumada, llevada a su plenitud. [...] Por eso, demuestra que no ha llegado a la perfecta caridad quien todavía no es capaz de gozarse en comunicar lo que le hace más feliz. Igualmente, es indicio de una gran debilidad la incapacidad de admitir a otro como partícipe del mismo amor”. Trasladando esta analogía al pensamiento de Dios, concluye: “Conviene, pues, que cada uno de los que se aman de modo eminente [piensa en el Padre y el Hijo divinos], y que de modo eminente son amados, reclame, con un deseo igual, a un amado por ambos (condilectus); así como conviene que este deseo lo posean con un acuerdo igual. Ya ves, pues, cómo la plenitud de la caridad exige la Trinidad de las personas”. (De Trinitate 3, 11; cf. 11-19).

11 Puede verse una sencilla exposición de su teoría en James, Alison, El retorno de Abel, pp. 21-30.

 

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