LA ÚLTIMA

ACOGER

Acoger es abrirle espacio a mi prójimo. Mejor dicho: reconocer que él tiene derecho a ese espacio. Por consiguiente, lo contrario de acoger no es exactamente rechazar, sino negarse a reconocer el espacio del otro en mí, esto es, creer que todo mi espacio es mío.

Dentro de las tradicionales obras de misericordia se nos habla de “dar posada al peregrino”. Muchos cristianos sienten —con razón, además— que la inseguridad y los abusos han dejado desuello este género de misericordia. En realidad la misericordia es eterna, aunque sus formas cambie. Ahora bien, la esencia de la misericordia es la acogida, ese radical saber que el mismo que quiso mi existencia quiso la de mi hermano, y por eso, sólo por eso, hay en mí un lugar para él.

Acoger, pues, supone siempre perder algo de mí para ganar algo de mi prójimo.

Pero hay que ir más allá: él empieza a ser prójimo cuando lo admito cerca, cuando le abro mi proximidad, cuando lo acojo. La consecuencia se sigue: tienes tantos hermanos como acogidos y tantas soledades como indiferencias.

Acoger suele causarnos temor, por tres motivos. Primero, porque le duele a nuestro egoísmo; segundo, porque desconfiamos de lo desconocido; tercero, porque después de que alguien llega a la vida, la vida nunca vuelve a ser la misma, y en general no nos gusta cambiar.

Estos temores connaturales explican por qué hay personas que son por naturaleza más acogedoras que otras. La curiosidad puede vencer a la desconfianza y el afán de novedades o el aburrimiento consigo mismo pueden abrirnos a que la vida cambie, de cualquier modo que sea. Así se da una especie de simpatía natural, muy típica, que hace que nos sintamos fácilmente a gusto con cierta clase de personas. Sin embargo, esta simpatía no es todavía una verdadera acogida. Se puede ser muy amable, cordial y encantador por pura diplomacia, por simple conveniencia o por sola práctica.

Es importante afirmar que acoger, acoger de veras, en el corazón, siempre es difícil al corazón humano herido por el pecado. No hay acogidas profundas en el amor puramente natural, que solamente sabe dar para recibir e invitar a los que “siempre se han portado bien”, y un día devolverán la invitación. Jesús dice claramente que esta manera de acoger “ya recibe su recompensa en esta tierra” (Cf. Lc 14,12) y por lo mismo es inútil para el Reino de los Cielos.

Uno empieza a acoger cuando le empieza a doler: tal es la inequívoca señal de que al fin se ha tocado algo de uno. No hay, entonces, una escuela para la acogida —un “saber acoger”— que nos ahorre este dolor, que no es otra cosa que una pequeña pero verdadera pascua en lo cotidiano de nuestra vida.

Aprender a acoger empieza cuando nos sabemos acogidos todos por Dios en Cristo (Rom 14,3); aprender a acoger termina cuando admitimos a la mesa de nuestros afectos incluso al traidor y al enemigo. Lo demás son palabras de fariseo.

 

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