LA ÚLTIMA

AGRADAR

1. No confundas autenticidad con subjetivismo, ni espontaneidad con imprudencia, ni firmeza con intolerancia, ni confianza con ordinariez, ni intimidad con vulgaridad, ni generosidad con despilfarro. Estas confusiones se pagan muy caro, y luego se necesita mucho tiempo para aclararlas.

2. Recuerda que la norma para agradar es la felicidad buena de tu prójimo; no tú, ni tus ideas, ni tus gustos; tampoco tu prójimo en todas sus pretensiones, gustos y proyectos. Hay personas que quieren ayudar tanto que estorban; quieren ser tan humildes que llegan a imponerse; tanto quieren complacer que fastidian o ayudan a envenenar.

3. Las personas no andan pensando en ti ni en mí; tú no eres su principal ni su única idea. Cada quien dedica sus mejores pensamientos a sus propios asuntos. Ese es su lenguaje. Si no aprendes un poco de ese lenguaje no podrás entenderte con él, mucho menos agradarle.

4. Ningún inútil resulta agradable por mucho tiempo. Piensa en las necesidades de la persona a quien quisieras agradar y qué lugar oportuno y razonable puedes tener en ese universo. Si ya eres útil, sé amable; si ya eres amable, sé breve. Los dos pecados cuando se quiere agradar son: demorarse poco y demorarse mucho.

5. Pocas cosas desagradan tanto como el sentirse utilizado. Para evitar cualquier sombra de sospecha en este sentido, guárdate de mezclar tus mensajes. Toda conversación, todo encuentro tiene un mensaje y deja un mensaje. Lo que no siempre resulta bien es la mezcla de mensajes. Por ejemplo: dar las gracias para luego pedir otro favor; disculparse para luego hacer una corrección; sonreír mucho para luego hacer un comentario agridulce (indirecta).

6. Cuatro heridas hay que resultan casi irreparables en las relaciones humanas: la humillación, la infidencia, la traición y la ingratitud. Guarda tu alma y tus palabras de la simple sombra de cualquiera de ellas. Y si las has cometido, procura reparar por tres y por cuatro el daño causado, encomendándote sin cesar a tu Dios, que es tardo a la ira y rico en clemencia.

7. Pero sobre todo recuerda que para depurar tu idea de lo que es realmente bueno para tu prójimo has de acudir a quien de veras le conoce y le ama: Dios, el Señor.

 

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