FRATERNIDAD DE VALENCIA

Homilía de Pepe Vidal en la celebración del 1 de Diciembre.

JUAN Y NAOMI (Mt 11,2-11)

Leía una interesante entrevista a Naomi Klein ,autora de “No Logo”, uno de los libros de culto del pensamiento antiglobalización. Me pregunto si la podríamos considerar como un Juan Bautista de nuestros tiempos: fustiga a los poderosos y predica la conversión; viste discretamente y huye de los palacios de los reyes.

La entrevistada dice cosas importantes y, sobre todo, demuestra un compromiso y un coraje admirables. Hasta aquí, todo perfecto. Ahora bien, cuando la periodista le pregunta dónde podemos buscar la fe cuando el mundo está tan mal, Naomi responde: “Tal vez haya llegado el momento de creer sólo en nosotros”. ¡Uf!

“Creer solamente en nosotros”, pero quiénes somos “nosotros”? ¿Los buenos, los puros, los perfectos? ¿Y los ciegos, los inválidos, los leprosos, los sordos, los desvalidos? Podemos ser muy buenos, tener las ideas muy claras y los enemigos bien definidos, pero de aquí a creer “solamente” en nosotros hay un salto que yo, como mínimo, no me puedo permitir. (Y no porque esté gordo). ¿Dónde está aquí la Buena Noticia? ¿Es esto lo que hemos salido a buscar al desierto?

Las esperanzas seculares definen un horizonte y se lo proponen al hombre solamente como camino de ida. Esta es su grandeza, pero también su drama, no porque sea mentira, sino porque es insuficiente (el hombre va, pero al mismo tiempo se para y deshace el camino que antes había hecho). La esperanza cristiana proclama que es Dios quien viene y por eso el hombre va y puede seguir yendo a pesar de los retrocesos. El hombre ha de hacer la mitad del camino, pero es Dios quien hace la otra mitad. El desierto (Juan) está a mitad de camino entre el hombre que va (Naomi) y Dios que viene (Jesús). “Dios viene”, ésta es la Buena Nueva de salvación que solamente se escucha en el desierto.

Hay un puritanismo personal que tiende a ignorar la fuerza del pecado estructural (el conservadurismo); pero también hay una especie de “puritanismo estructural” que tiende a ignorar la fuerza del pecado personal (el progresismo). Y esta ignorancia es terrible porque te lleva a un doble engaño: el engaño del cinismo moral (“campe quien pueda”) o al engaño del voluntarismo ideológico (“reviente quien reviente”)

Los puritanos están cargados de buenas intenciones, pero acaban aislados, porque nadie puede encarnar la perfección a la que aspiran: ninguna persona, ninguna iglesia, ninguna ONG, ningún país, ninguna historia. El puritanismo puede que sea la nota de nuestro tiempo, por eso vilipendiamos de las instituciones, renegamos de la historia y nos encerramos a cal y canto en nuestra soledad moral en que estamos exiliados. Cuando la única esperanza que nos queda es creer “solamente” en nosotros, quiere decir que no hay esperanza. Por eso nos hace tanto daño el desierto.

Naomí me gusta, pero en el desierto, yo busco a Juan. Juan, como Naomi, fustiga a los poderosos y predica la conversión, pero Juan sabe que nosotros podemos hacer y hemos de hacer la mitad del camino, y que la otra mitad la hace Dios. Juan, como Naomí, viste discretamente y huye de los palacios de los reyes, pero Juan sabe que prepara el camino a otro, a uno que bautiza con Espíritu Santo y Fuego, y no solamente con agua Juan, como Naomí, es grande, el más grande de todos los nacidos de mujer, pero sabe que “el más pequeño en el Reino del cielo es más grande que él”. Y esto es para mí la Gracia.

 

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