Para mi AMIGO Joaquín, de la Fraternidad de Madrid. (Y, de paso, para quien quiera aprovecharlo).

Interpreto mal al bueno de D. Manuel Machado cuando decía: “Procura tú que tus coplas vayan al pueblo a parar, aunque dejen de ser tuyas para ser de los demás”

O, en otro pasaje: “Las coplas, coplas no son, mientras no las canta el pueblo”.

Sabes que hay cosas tuyas con las que no estoy de acuerdo y, como amigo, te las he dicho. La pena (o la suerte) es que tú vivas en Madrid y yo en Valencia y nuestra comunicación no sea todo lo fluida que debería. Quizá por esto sigamos siendo amigos y buscando juntos. Si yo, como mi Maestro, supiera dar oídos a los sordos... ¡discutiríamos mejor!

En mis años de Fraternidad puedo decirte que me he criado sin “padre”. Eso, para mí, que quiero vivir de la Palabra de Dios que se escucha en la Biblia y en la realidad diaria, casi podría ser un orgullo (desde la Biblia) por eso de “los huérfanos, viudas, extranjeros...“ . Pero también le gusta a cualquiera (desde la realidad actual) señalar a sus “padres” para que no le “confundan”.

Hace unos años, Suso, de la Fraternidad Sacerdotal de Madrid, nos acompañó a la Fraternidad Secular en el Encuentro Nacional de abril y habló sobre lo que se le había pedido: La vivencia de la Fraternidad. Hablaba él, en aquel entonces, de dos preguntas que aparecen en la Biblia, primera y segunda (si bien con distintos personajes), que eran: Adán (ponga cada uno su nombre y conteste a la pregunta), ¿dónde estás? Y Caín (ponga cada uno su nombre y responda con la mano en el corazón), ¿qué has hecho de tu hermano?

Creo que en la respuesta que demos a ambas preguntas se juega nuestro ser personas y fraternidad. ¿Dónde estás?: Ideológicamente, fraternalmente, de servicio, en éxodo o salida permanente de mis seguridades, económicamente (en relación a los excluidos), en mi vivencia de la Fraternidad (el mejor regalo que el Señor me ha hecho, he oído decir varias veces en encuentros, retiros, reuniones, etc.), en mi crecimiento personal, en mi camino de conversión, en mi abandono de ataduras, en mi fe...

Podríamos seguir poniendo situaciones personales para responder el ¿dónde estás?.

Cada uno/a que responda personalmente sin engañarse. (Tú respondiste en la reunión de grupo, ¡deliciosa!, que tuvimos en Requijada este verano cuando viniste a vernos. Y me lo confirmaste cuando estuve en tu casa a finales de agosto), ¿Qué has hecho de tu hermano? Hay un texto en Mt 23,8 que a mi me resulta clarificador: “Pero vosotros no os hagáis llamar maestros por la gente, porque todos sois hermanos y uno solo es vuestro Maestro”. Lo curioso de este texto (según Marc Hayet, ex prior de los Htos. de Jesús), es que la palabra “hermano” no vaya asociada a “Padre”, sino a “Maestro”, al que enseña... ¡Como para poner el dedo en una de nuestras más grandes tentaciones, querer siempre enseñar a los otros, olvidar aprender de ellos!” Y es que en 21 años de fraternidad (bastantes hay que llevan menos), he tenido que estar atento para no “dejarme enseñar”. Eso de los seminarios que se decía en el mundo obrero: “Si me descuido, me forman”

…Querer estar entre los demás “para ser sus hermanos” nos invita a entrar en una actitud: somos hermanos de los pequeños si caminamos juntos, compartiendo nuestras luces, saberes, sombras, tiempo, medios de vida, miserias... Y si no, no somos hermanos de nadie, aunque nos creamos saber mucho y que los otros no dejan de ser una panda de ignorantes, “malditos”, desconocedores de la Ley.... Pero, los ignorantes han sobrevivido a los “listos”, a los mandamases, a quienes han querido utilizarlos, a aquellos para quienes los pobres sólo contaban como fuerza revolucionaria (de izquierdas o de derechas. Lo decía ya Jesús, a quien tú y yo, de distintas formas, hemos intentado seguir: “A los pobres siempre los tendréis con vosotros”). De esto hemos hablado y, aunque en los tiempos que tú cuentas, yo, más joven, andaba en la misma dirección o más allá, has sido siempre para mí un referente y me ha encantado, a “toro pasado”, escuchar tus historias de “abuelo”, que otros más jóvenes no tienen para contar y siempre les parecerá “cosas de viejos” (quizá porque nunca tengan nada que ofrecer, por estar siempre sumisos al “orden establecido”)

Puede que conviniera explicar qué es lo que entiendo por pobres, últimos, excluidos, marginados... pero si hay que hacerlo en la fraternidad, igual es que me he equivocado de lugar y tenga que hacer, personalmente, alguna salida abrámica: “Sal de tu casa, de tu tierra... y vete donde Yo te mostraré” (esto siempre está abierto: para mí y para todos/as; la cuestión es que nos lo planteemos y seamos honestos con nuestra propia verdad).

Joaquín, amigo, hermano, como dice mi amiga Tere (y si a alguien le duele, que se revise): “Nos mantiene la vida que florece en desierto;  el saber que los pobres ponen al descubierto que el Evangelio es cierto”.

Entiende que tampoco quiera ocupar este espacio colectivo para decirte lo que en tanto tiempo no te he dicho. Sabes que seguiremos y que seguimos, que cuento contigo y que tú puedes contar conmigo (como dice Benedetti): “no hasta cien, hasta mil, sino contar conmigo”·

El mejor de mi abrazos, extensivo a toda la Fraternidad.

Eutiquio

 

Mi querido Joaquín:

Ni yo mismo me creía que una carta a un amigo, comentando mis acuerdos y desacuerdos con él (en este caso tú) dentro de la Fraternidad, iba a tener el eco que ha tenido. Es verdad que yo partía de un prejuicio (del que pido perdón): que en la Fraternidad se pueden decir las burradas más gordas y nadie va a dar la cara: porque nadie se siente aludido; porque “hemos de ser tolerantes”; porque caben todos/as con opiniones distintas; porque, como Jesús, “estamos para recoger lo perdido”; porque, aunque se digan cosas y se manifiesten opiniones totalmente distintas de lo que nosotros queremos ser (si es que sabemos lo que queremos ser) no tengamos una palabra crítica desde nuestra identidad; porque seguimos influenciados por la cultura dominante y la “titulitis” sigue siendo un valor (por no decir “el valor”) a la hora de enjuiciar las opiniones y las personas que las sustentan ... Pero no sé si es porque declaro mi amistad contigo, porque me declaro “huérfano” en la fraternidad, por eso que señalaba en mi anterior misiva de los “maestros” en contra-posición a los “hermanos” o, simplemente, por manifestar una opinión personal donde cuesta tanto poner nombres y apellidos a lo que pensamos y, mucho más, manifestarlo públicamente y por escrito… pero el caso es que me han llegado cuatro e-mails, dos cartas por correo ordinario y tres llamadas telefónicas.

…y luego dicen que vivimos en una sociedad de incomunicados… Quizá haya que ver qué es lo que comunicamos para que pueda interesar a alguien. De entrada, me doy por satisfecho de seguir siendo amigo tuyo (es verdad que otros también se sienten tus amigos, pero, ¡leche!, que lo digan, que tampoco cuesta tanto y no queda mal en estos tiempos ser amigo de un viejo... ¿O no?

Sabes de sobra que no intento utilizarte y que solo quiero manifestar lo que pienso; y tú puedes  ayudarme a ello. Quien pueda hacerlo por su cuenta, sin contar con los demás, viviendo una “fraternidad” unipersonal o con quienes les bailen el agua… ¡¡allá ellos!!, que nos lo comuniquen, que nos lo compartan, que nos lo transmitan, que nos lo “vendan”,porque seguro que vamos a estar de acuerdo, al menos: en no soportar a ciertos hermanos/as; en hacer con “nuestros” dineros lo que nos dé la gana; en justificar cómo vivimos y cómo pensamos, aunque sea apoyándonos en textos evangélicos (siempre que éstos no nos hablen de “conversión” o que seamos nosotros quienes dictaminemos lo que esta palabra significa y nos exige en cada momento); en justificar lo difícil de la vivencia de la fraternidad y pagar la “cuota de insatisfacción” por no poder llevarla a cabo… Y es que querer seguir a Jesús, comprometiendo la vida en el seguimiento, no es nada fácil. Pero somos buena gente y queremos seguir intentándolo, aun-que sea a nuestro modo.

¡Mira que si descubrimos un modo de seguimiento más fácil…! ¿Te imaginas?. Ni tú con 88, ni yo con 63 años nos íbamos a quejar. ¿Te la apuestas?.

A mi, personalmente, me cuesta dejar una página en blanco en mi vida para que sea Dios y sólo Dios quien la escriba, cuando quiera, como quiera y al ritmo que quiera, y para que escriba lo que El quiera. Pero como me creo saber qué es lo mejor para mí y lo que en cada momento necesito (y, a veces, para los otros), ni a Dios dejo meter baza; y si le dejo, ha de ser cuando y como yo diga. ¡Eso sí!: rezo todos los días la Oración del abandono, y cuando no lo hago “parece que me falta algo” (cada uno se “droga” como cree que mejor le va). Así de contradictoriamente vivo.

Me preguntabas cómo entendía yo lo de Nazaret. Es verdad que hemos hablado varias veces de este tema y, quizá, no me haya expresado bien; no estuvieras de acuerdo en lo expuesto y, por discreción, no hayas dicho nada; o simplemente no me he explicado y, por eso, no puedo pedir que tú me entiendas. Tienes mi promesa de contestar a tu pregunta. Pero, te propongo un trato: tú me dices cómo lo entiendes a los 88 años y cómo lo entendías cuando tenías 56. Porque sabes (mejor que nadie) que la vida cambia y la idea de Nazaret cambia con ella. Por eso, por estar en momentos distintos, puede que no nos hayamos entendido al 100% cuando hablábamos de este tema, tan familiar para nosotros.

Bueno, de verdad, no quiero cansarte. Yo me lo paso bien escribiéndote y contándote por dónde ando, pero tampoco debes ser tú mi paño de lágrimas ni el hombro donde apoyarme. Sé que estás ahí y que puedo contar contigo. Eso ya me vale.

Un fuerte abrazo.

 

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