Convertirse es cambiar de actitud

La predicación de Jesús empieza con una llamada a la conversión: «se han cumplido los tiempos y se acerca el Reino de Dios; convertíos y creed en la Buena Nueva« (Mc. 1, 15). Jesús llama a la conversión a la mujer samaritana, a Zaqueo, a otros muchos, a lo largo de su vida.

Convertirse es cambiar de actitud, desandar el camino andado. Es una vuelta a Dios. Esa vuelta a Dios, que es fruto del amor, incluirá también una nueva actitud hacia el prójimo, que también ha de ser amado.

Cuando un hombre se convierte, y es fiel, va creciendo en esa nueva vida; después va influyendo en los que le rodean. Así se desarrolla el Reino de Dios en el mundo.

Todos hemos vivido, en ocasiones, lejos de Dios y nos sentimos perdidos, debemos invocarle con fe. Nos cuesta dejar la vida a la que nos hemos apegado, debemos hablar con Dios, que mueva nuestro corazón.

Somos frágiles e inconstantes, muchas veces hemos querido ser mejores y hemos vuelto a la mediocridad. Dios no nos dejará nunca sin ayuda.

Rezaba Carlos de Foucauld esta extraña oración: “Si existes, haz que te conozca…” Le pedía la conversión a Dios. Más tarde diría: “Lo que puede impedir que Dios venga a nosotros no es nuestra miseria, sino nuestra suficiencia, porque vino, no para los sanos, sino para los enfermos…no para llamar a los justos, sino a los pecadores”.

“Un Dios que perdona y nos abre los brazos, un Dios que acoge siempre para darnos un corazón nuevo…a Él lo conmueven el amor y el reconocimiento interior de nuestra pobreza. Un Dios que nos busca…”

Mª Ángeles. Roquetas (Almería)

 

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