¿Qué imagen de Dios tenemos?

En las religiones, se presenta un Dios terrible, juez que castiga y premia, que exige sumisión. Tras todo esto, hay una imagen de un Dios que tiene al hombre sometido, que quiere ser “pagado” por las ofensas.

¿A quienes interesa cuidar que esta imagen de Dios prospere?

El profeta Oseas habla de la corrupción general del pueblo de Israel, y al referirse a los sacerdotes les dice que “del pecado de mi pueblo, comen, y de su culpa se aprovechan” ( 4,8), porque se quedaban con una parte importante de los animales sacrificados que se ofrecían por los pecados y del dinero que les entregaban las gentes para ser perdonados , de aquí que les convenía a las autoridades religiosas que el pueblo fuera pecador y pagara. Y desarrollan ritos y leyes, con las que hacían someterse al pueblo. Contra esto se enfureció Jesús un día en el Templo.

Flavio Josefo, historiador romano de aquellos tiempos, escribe acerca de las peleas entre familias sacerdotales, por el reparto del poder y del dinero que llegaba al Templo para los sacrificios, a fin de agradar a Dios y conseguir su perdón.

Los profetas rechazan esta concepción de Dios: “¿es que Dios necesita algo de vosotros, si es el creador de todo? ….vuestros sacrificios no los necesito, estoy harto de vuestras ceremonias y del humo del incienso, lo que quiero es que tengáis misericordia…dad sus derechos al oprimido,  justicia a la viuda y al huérfano, aprender a hacer el bien y no el mal” (Isaías cap. 1 )

En tiempos de Jesús se daba esta situación.

Jesús de Nazaret, cambia esta idea de Dios que nos achica, por el contrario nos enseña un Dios con los sentimientos de padre-madre, compasivo, que nos ama y quiere nuestra felicidad. Con su palabra y su comportamiento, Jesús, nos habla de un Dios-padre que nos propone un cambio de vida, un estilo de convivir en armonía con nosotros y con la naturaleza, que nos haga más humanos para construir la fraternidad universal. Esta es la Buena Noticia que nos trae, un aire fresco de esperanza, camino para ser felices. Un programa de futuro.

Jesús sabe la importancia que tiene el saber perdonar, porque es la forma de restaurar la fraternidad cuando la rompemos por nuestras actuaciones egoístas, cuando explotamos al otro, cuando buscando nuestra conveniencia a costa de los demás sin aportar nada más que desprecio, sufrimiento, olvido. “Si vuestra justicia no es mayor que la de los fariseos y escribas, no entrareis en el reino de los cielos” y describe una serie de actitudes que rompen la comunidad en Mateo 5,20 ss., e invita a perdonar y ser perdonado.

Cuando Pedro al escuchar esto le pregunta: “pero, Señor, hasta cuántas veces tengo que perdonar”, Jesús le responde “hasta setenta veces siete” (es decir siempre)(Mateo 18:21-22.y en Luc 17,3-4)

Las primeras comunidades cristianas lo entendieron y lo practicaban como lo reflejan en Mateo 5,23: “Por tanto, si trajeres tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo que reprocharte, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven”...”No dejéis que se ponga el sol sobre vuestro enojo” (Efesios 4:26) ...”Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres (Romanos 12:18).

Juan refleja que a la comunidad reunida en su nombre, Jesús les dijo: “Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados”. (Juan 20,22-23)

En algún momento entre los años 30 y 33 de nuestra era, Jesucristo, el Hijo de Dios, estuvo enseñando acerca de uno de los problemas más antiguos de la humanidad: cómo estar en paz los unos con los otros. Los odios, las venganzas, los resentimientos y las guerras han existido a lo largo de toda la historia. El hombre contra el hombre en una batalla por ver quién se hiere y se lastima más. Jesús sabía que la tendencia a hacer el mal en las personas generaría problemas en su futura iglesia. Así que, de acuerdo al evangelio de Mateo en el capítulo 18, versículos 15 al 17, Jesús reveló cuál era el plan divino para resolver conflictos entre los humanos, especialmente entre los miembros de una misma comunidad. Leemos con atención:

“Si tu hermano te hace algo malo, habla con él a solas y hazle reconocer su falta. Si te hace caso, ya has ganado a tu hermano . Si no te hace caso, llama a una o dos personas más, para que toda acusación se base en el testimonio de dos o tres testigos. Si tampoco les hace caso a ellos, díselo a la comunidad; y si tampoco hace caso a la comunidad, entonces habrás de considerarlo como un pagano o como uno de esos que cobran impuestos para Roma”.

Al ir masificándose la Iglesia, la comunidad empieza a desaparecer, imponiéndose el sistema parroquias, por el que se vuelve a los templos que favorece lo impersonal, la figura de sacerdote aparece por la influencia de los nuevos convertidos que vienen del paganismo y de la religión judía, que vuelven a traer la idea de un Dios terrible, castigador que exige ofrendas, penitencias; se va perdiendo la gratuidad de ese abrazo amoroso de un Padre que nos ama y se retrocede a lo que Jesús quiso quitar, la imagen de un Dios justiciero, al que hay que aplacar para que sea bueno con nosotros, no nos castigue y nos conceda lo que necesitamos.( Luc 11, 11 )

Y comienza a iniciarse la práctica de la confesión entre los monje en oriente, que eran casi todos laicos, y va apareciendo la figura del sacerdote, cuyo vocablo no aparece en el Nuevo Testamento. Se pierde el sentido de comunidad.

El amor de Dios que Jesús enseñó, se cambió por la “penitencia”. La confesión individualizada, se va institucionalizando. La gratuidad por pagar.

Gracias a la renovación que impulsa el Concilio Vaticano II, las comunidades vuelven a vivificar la iglesia. Y en este nuevo, pero original entorno tiene sentido “ la celebración comunitaria del amor de Dios hacia nosotros”, como se practica en algunas parroquias y en comunidades, fraternidades, equipos de misión, los cuales van cada día proliferando más en todas partes, como aire fresco de un mañana prometedor donde la imagen de Dios sea como Jesús quiso enseñárnosla: liberadora ,de Padre, que nos hace a todos hermanos.

Por eso Jesús en la víspera de su pasión nos dejó este único testamento que recoge Juan 13,35 .

Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otro”

 

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