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Carta de Jean François Six

Extracto de una carta de Jean François Six, coordinador general de la Unión de hermanos y hermanas de Jesús, Sodalidad Carlos de Foucauld, escrita la noche del 31 de octubre al 1º de noviembre de 2003. Esta noche está dedicada al recuerdo de Luis Massignon, que murió en las últimas horas el 31 de octubre de 1962, en el paso de la fiesta de Todos los Santos, fiesta de la resurrección de Cristo, fiesta de las Bienaventuranzas, fiesta de la Comunión de los Santos:

           

            Desde el principio, poco después de la muerte de Foucauld, en julio 1919, L. Massignon escribe a  Jacques Maritain: “La obra legada por el padre Foucauld, es tan lenta en fundar  que me destroza el corazón”. Y añade: “Rogad por esta Unión para que se funde: si, es la voluntad de Dios”

Al final de su libro, suscitado por L. Massignon, R. Bazin escribió una nota presentando a la Unión: “Es el legado único, el último consejo del padre Foucauld a sus amigos”, siendo estas las últimas palabras de su biografía. ¿Qué último consejo? El de llegar a un “cristianismo sincero, profundo y activo”, “un espíritu misionero”, dijo Bazin.

L. Massignon estuvo penetrado por la responsabilidad del legado a respetar y a darlo a conocer, pues, al mismo tiempo que las dificultades, que no han cesado nunca de estar presentes, ha conocido la alegría inmensa de trabajar por esta causa. Así, él siempre se situó, no como heredero, pues los herederos de Foucauld son todas aquellas personas que le consideran como hermano mayor y quieren vivir allí donde se encuentran el Evangelio, la Eucaristía y la Evangelización; sino como aquel que tenía que realizar fielmente y en primer lugar, el legado recibido de él. En abril de 1922, escribe a Jacques Maritain diciéndole que ha ido a Douai para asistir a la colocación de la última obra de su padre, que era un gran escultor, una estatua “en memoria de los profesores del Norte muertos en el frente”, y que ha vuelto feliz: “En el fondo esta especie de misión es consoladora, lo mismo con relación a la obra de Foucauld: estar cogido por la mano de un difunto, en la buena voluntad, sin orgullo posible, para ejecutar un testamento que ya sea por la técnica, ya sea por la santidad, me sobrepasa”.

Esta noche me detengo ante esta pregunta: “¿Qué es lo que Luis Massignon nos ha transmitido? ¿Cuál es  exactamente, de una manera precisa, el testamento  de Foucauld?. Delante de la Trinidad puedo afirmar que esta pregunta me preocupa desde el principio, cuando he encontrado al uno y al otro, y después trabajando los textos de Foucauld, estudiando su vida, en estos cincuenta años; y, todavía, de una manera especial, desde hace cinco años donde he buscado lo que Foucauld ha vivido y dicho en sus últimos años, pensando que es crucial captar el pensamiento y la acción de alguien en el momento de su madurez, de su plena identidad, donde reúne lo esencial de su vida y de sus aspiraciones.

Acabo de interrumpirme para releer las siete últimas cartas de Foucauld al padre Huvelin, que murió en julio de 1910. Cartas donde habla de lo que ve a su alrededor: “Creed sobre esto a vuestro hijo, que ya es casi un viejo, y que vive en medio de las miserias infinitas por las que no se hace nada y no se quiere nada hacer”; donde dice en una palabra como es su vida: “Mi tiempo lo comparto entre la oración, las relaciones con los nativos y los trabajos de la lengua tuareg”

Esta lectura la traduzco en oración en la fiesta de Todos los Santos: “Abba, toda mi vida, he querido también, intensamente, vivir las relaciones con los “nativos”, con aquellos qu he compartido la época, la misma mentalidad; y entre ellos, en particular, como Foucauld, los más alejados de Jesús, dialogando con ellos, intentando de conocer su lengua; y pienso también, delante de ti, que he querido comprender bien la lengua de Teresa de Lisieux o la de Carlos de Foucauld. Y de otros todavía, santos conocidos o desconocidos”

Si, desde febrero de 1999, son los escritos de los dieciocho últimos meses de la vida de Foucauld que he escrutado, y los ocho años de la concepción y de Ia existencia inicial de la Unión. ¿Qué es lo esencial de estos ocho años? Él lo dijo en una carta al padre Huvelin en 1908: une actividad científica, una vida de relaciones, y la oración. Desea el desarrollo material y espiritual de este pueblo que le ha dado su hospitalidad; y trabaja. Desea que otras personas, como él, intenten vivir, allí donde se encuentren, la misma existencia evangélica y eucarística, una existencia entregada, de una manera efectiva y eficaz: “Ama y dilo con la vida” (San Agustín). La cofradía, Ia Unión, quiere simplemente reunir hermanos y hermanas que deseen consagrarse a este programa y dar fruto; Ia Unión tiene “una triple finalidad”, escribe al padre Caron en 1909: “Producir una vuelta al Evangelio a las personas de toda condición; producir un acrecentamiento del amor a la Santa Eucaristía; producir un impulso evangelizador hacia los infieles”

Carlos, mi hermano mayor, tu sólo quieres vivir para Dios y para todos los seres humanos, hijos de Dios, hermanos y hermanas de Jesús.. Tu quieres actuar por los que tu amas, no quedarte nunca detrás rezagado; tu quieres crear, en lo cotidiano, relaciones humanas; tu quieres que tu vida espiritual sea una labor, una obra, un trabajo: “El peligro, la pena, reclamémosles siempre”, escribiste el mismo día de tu muerte a Luis Massignon. Tu quieres “producir”.

“Producir”: Pasar al acto y a la acción, estar en creación y dinamismo con relación al Evangelio, la Eucaristía y la Evangelización. Y la progresión de estos tres objetivos me sorprende: se trata, para todo bautizado, sacerdote o laico, de vivir el Evangelio en su existencia cotidiana, de alimentarse de la Eucaristía para la ruta de todos los días, y así de llevar más lejos el Evangelio, participando con ardor en la Misión que Cristo a dado a su Iglesia.

A medida que intento captar los textos de su último periodo, los últimos ocho años, cada vez estoy más cogido por su insistencia en la tarea de la Misión; y, en particular, sobre una tarea misionera de vanguardia: preceder, preparar, predisponer...

El último año de tu vida, 1916, simplificas los estatutos de la Unión quitando aquello que correspondería a una organización muy detallada y fuiste a lo esencial: llevar el Evangelio a todos. A los infieles: aquellos y aquellas que participan de otra fe religiosa a  la fe cristiana; pero también a aquellos y aquellas que no tienen ninguna fe religiosa: “los no bautizados de Europa, los primogénitos de Europa y de América” (como tu lo dijiste en 1913)

Este mismo año de 1916, escribiste a René Bazin describiéndole tu vida en el Sahara no como un ermitaño sino como “un misionero entre las poblaciones musulmanas”. Precisaste bien que no eras un misionero común, viviendo en una misión “con otros sacerdotes”, cumpliendo tareas de “caridad”, obras de “educación”, llevando un “ministerio parroquial”: Esta vida, escribiste, “no es la mía”. ¿Y cómo te defines tu? Mi vida, dices tu, es la de un “misionero aislado” Que evolución después de veinte años, cuando deseabas establecer pequeñas fraternidades semejantes a la santa familia de Nazaret! O incluso cuando hace diez años imaginabas pequeñas fraternidades contemplativas viviendo en el corazón de la población del país de misión! Lo que propones ahora, es de ser, como tu,  misionero desenredador[1], el nombre es tuyo: aceptar estar en peligro y solo por la Misión, como tu lo estuviste, para tu gloria, en la exploración al Marruecos, avanzando sólo, y no formando parte de una misión junto con otros sacerdotes, viviendo el inmenso coraje evangélico estando así en vanguardia.

Pero, ¿cuál es el rol de estos “misioneros aislados”?  Preparar el  camino”. Para ti es impensable hacer con éxito los trabajos misioneros habituales (caritativos, educativos, catequéticos) sin haber preparado antes el camino. ¿Cómo? Haciendo todo lo posible para hacerse  aceptar por los musulmanes, llegar a ser para ellos un amigo seguro, ... inspirar una confianza absoluta en nuestra veracidad”. ”Mi vida consiste, pues, en estar lo más posible en relación con estos que me rodean”escribiste a Bazin.

Tu estas profundamente convencido de esta tarea, primera, primordial para la Evangelización. Constatas y sufres, que esta es una vocación poco seguida, poco frecuente:  “Los misioneros aislados como yo son muy raros”, dices a Bazin, “Hay muy pocos misioneros aislados haciendo el oficio de desenredadores: me gustaría que hunbiese muchísimos” Y tu apremias: consideras que a esta vocación misionera puede ser llamado cualquier bautizado, ya sea sacerdote o laico (“cualquier sacerdote, todo piadoso católico laico a ejemplo de Priscila y Aquila”) y que muchos deberían responder a esta llamada. Tu rezas ardientemente por esta intención.

Allí donde tu estas en 1916, se trata de vivir “tendiendo a conducir, suavemente, silenciosamente, a los musulmanes a aproximarse a los cristianos que han llegado a ser sus amigos”. Y nosotros, casi cien años después de ti, ¿qué tenemos que vivir? ¿qué podemos hacer? ¿de qué manera, sacerdotes o laicos, sacerdotes y laicos juntos, reunidos por esta misma vocación de “desenredadores”, cómo estar hoy en esta acción de misión que tu deseas con todo tu corazón?

Hoy se nos dan cifras, constantemente, para decirnos que la Iglesia es hoy mayoritaria, en cuanto a número, en África y en América latina y que sigue progresando. Pero las poblaciones de Europa y de América del Norte se alejan del cristianismo y cada vez más se instalan en la indiferencia, el agnosticismo, un tranquilo desafecto, y ¿quién sabe si con la globalización el conjunto del planeta no será conquistado rápidamente por esta marea occidental? China, por ejemplo, no camina a grandes pasos en esta dirección? ¿Los discípulos de Jesús no quedarán cada vez más aislados en medio de poblaciones o no-cristianas o no-creyentes? ¿No tenemos que labrar de nuevo una tierra que culturalmente ya en buena parte es extranjera a la palabra de Jesús?

Es en esto, Carlos, eres profeta, profeta de Nazaret; te acuerdas de la carta que recibiste del superior eneral de los Padres Blancos, Monseñor Livinhac, el 19 de marzo de 1909; que aprobó  la Unión para suscitar, decía, bautizados que vivan “cada uno según su vocación, los consejos evangélicos”. Esto, para llegar  ser “obreros evangélicos”, “misioneros” según tu corazón, misioneros del primer tipo, “aislados”, “desenredadores”. ¿No creéis que misioneros de este género serán cada vez más necesarios, en este tercer milenio que comienza, para la evangelización del mundo?”[2]


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[1] Foucauld utiliza el término défricheur,  que significa el que rotura,desmonta,desembrolla o desenreda

[2] J: F: SIX, Carta a los miembros de la Unión de hermanos y hermanas de Jesús, Sodalidad Carlos de Foucauld, Festividad de Todos los Santos 2003

 

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