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Ecos de la beatificación del

Hermano Carlos

 

 Había mucha gente en San Pedro de Roma el 13 de noviembre último, para la beatificación del Hno. Carlos (y de dos religiosas italianas) de modo que no pudimos entrar todos en la basílica e incluso la plaza se fue llenando poco a poco. Y, a pesar de los origines tan diversos, había mucha alegría y fraternidad entre todos y todas los que llevaban el pañuelo color “arena del Sahara”, símbolo del encuentro. Ahora, que la fiesta ha terminado, ¿qué es lo que nos queda?, ¿es que este nuevo beato tiene algo que decirnos para nuestra vida ordinaria?

“En una palabra: Jesús de Nazaret”

A partir de la conversión de Carlos de Foucauld, hay una línea roja que atraviesa y unifica su existencia aparentemente caótica; este hilo rojo es Nazaret. Encontrar la fe, para Carlos, supuso encontrar a Jesús como alguien vivo cuya amistad iluminará toda su vida. Pero es un rostro bien particular de Jesús el que le seduce. Paseándose por las calles de Nazaret, en el curso de una peregrinación, percibe de repente que durante 30 años Jesús llevó la existencia ordinaria de un artesano judío de un pequeño pueblo de Palestina. ¡El Hijo de Dios, obrero en un pueblo! Este descubrimiento será una luz para la vida de Carlos: es a este Jesús a quien quiere seguir e imitar. “He abrazado aquí la existencia humilde y oscura del divino obrero de Nazaret”, escribirá a su primo.

Y será en esta línea de búsqueda permanente de la mejor manera de vivir Nazaret que cambiará varias veces de estilo de vida: será monje, ermitaño, sacerdote diocesano. Al principio, piensa que para seguir a Jesús, debe separarse del mundo y acurrucarse junto a Dios, como se imagina a Jesús entre María y José, en Nazaret. Poco a poco descubrirá que para seguir a Jesús, necesita, por el contrario, ir a donde Jesús fue, no fuera del mundo, sino en el corazón del mundo, particularmente cerca de los que nadie va. Comprenderá que lo que nos une a Jesús es el amor y que el amor no se deja turbar por el contacto con los que nos rodean. “En cuanto al recogimiento, es el Amor, el que debe recogerte en Mi interiormente, y no la separación de Mis hijos: mírame en ellos; y como yo en Nazaret, vive cercano a ellos, perdido en Dios”. Escribe esto en el  momento de instalarse en Tamanrasset, en el Sahara, sin separación ni clausura, con el deseo de acercarse a los Tuaregs. En adelante estará claro para él: “Nazaret, es una casa que construimos en nuestro corazón, o mas bien que dejamos construir con las manos de Jesús”.

Al final de su vida, Carlos  no habla ya de crear comunidades religiosas, sino que se preocupa de fundar una unión de cristianos de todo tipo de vida, que pondrán el Evangelio en el corazón de su vida y que tomarán a su cargo en la oración la preocupación de la misión. Está abierto a todos, para todos. La regla de oro para esto: “Mirar a todo ser humano como a un hermano amado” y “leer y releer sin cesar el Evangelio”, mirar a Jesús, mirar al hermano...

“Hermano universal”

 

 “Hermano”, “fraternidad”, he aquí dos palabras que se asocian espontáneamente a Carlos de Foucauld; se habla de él como “hermano universal”. De tal modo que terminará por aparecernos como un título glorioso y un ideal desencarnado e inaccesible. La expresión viene de él. Cuando se instala en Argelia, en Beni-Abbès, escribe a su prima: “Quiero acostumbrar a todos los habitantes, cristianos, musulmanes y judios e idólatras, a mirarme como a su hermano – el hermano universal”. Se trata de algo muy concreto, no de un amor global y platónico por todos los hombres y las mujeres en general. Se trata de hacer de modo que cada uno de los habitantes del pueblo, cada uno de los que le encuentren, se sienta acogido como alguien de mucho valor.

Ése será su programa al llegar a ese mundo argelino que irá descubriendo. Pero para realizarlo, tendrá que aprender: aprender a no dejarse encerrar en un clan; tener el valor de denunciar lo que no funciona; pero sobre todo aprender a recibir de los otros (gravemente enfermo, será salvado por los tuaregs y esta experiencia de dependencia y de pobreza verdadera será fundamental para él). Sus consejos serán sencillos, son los de un hombre que sabe entrar en relación: “Ser humano, caritativo, estar siempre alegre. Hay que sonreír siempre, incluso para decir las cosas más sencillas. Esta sonrisa crea buen ambiente con el vecino, con el interlocutor; acerca a los hombres, les permite comprenderse mejor, dispersa en ocasiones los caracteres sombríos, es una caridad” le dice a un médico que va a venir al Sahara. “Seamos siempre delicados; no nos limitemos a los grandes servicios, tengamos esa tierna delicadeza que entra en los pequeños detalles y que sabe, con poca cosa, poner consuelo en los corazones”. Sí,  ser sencillamente humanos, día a día...

Podríamos concluir de dos maneras: la primera, retomando el testimonio de alguien que ha conocido a Carlos de Foucauld: “A su estilo, fue feliz, eso es innegable, eso se veía. Llegó hasta el fondo de si mismo, se realizó por completo, era un tipo humano completo hasta el absurdo. Este puede ser el secreto de la felicidad. Sus ojos estaban exultantes de paz y de alegría silenciosa”.

Cuadro de texto: Marc Hayet
 

 

La segunda, escuchando lo que Carlos nos dice a propósito de los santos: “Miremos a los santos, pero no nos detengamos en su contemplación, contemplemos a Aquel cuya contemplación llenó su vida. Aprovechémonos de sus ejemplos, pero sin pararnos demasiado ni tomar por modelo completo a tal o cual santo, y tomando de cada uno lo que nos parece conforme a las palabras y a los ejemplos de nuestro Señor Jesucristo, nuestro solo y verdadero modelo, sirviéndonos así de su experiencia, no para imitarles a ellos, sino para imitar mejor a Jesús”.

 

Basílica de San Pedro 13 de noviembre de 2005

 

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