Carlos de Foucauld (1858 -1916) era un hombre de nuestros tiempos, crítico
y disconforme, teniendo un don para la provocación aun en su juventud.
Entonces en el momento decisivo de su conversión, Dios llegó a ser quien
lo provoca parándose en su camino. Una tensión misteriosa entre estos
dos “socios”, Carlos y Dios,
llegarán a ser la marca distintiva de su vida espiritual. Carlos con sus
limitaciones personales a cuesta, muestra
que la santidad es un incesante camino hacia la perfección que se
encuentra solo en Dios. Por lo tanto está cerca a nuestro moderno estilo
de vida al haber vivido las crisis y las búsquedas personales, las
cambios y renovaciones característicos de
mundo de hoy en día.
Jesús
de Nazaret
La figura de Jesús que lo seduce es “el trabajador, el hijo de María” llevando una vida
sencilla en la aldea de Nazaret. . Carlos
se sorprende sobre todo por
las circunstancias humildes que rodearon la Encarnación: “Dios, el Ser
Infinito, llega a ser hombre, lo más humilde de todos”. Escribe:
“ Quiero vivir la vida que había
intuido al andar por las mismas calles de Nazaret que los pies de Nuestro
Señor tocaron como
artesano pobre desapercibido en la humillación y la oscuridad “.
La
Eucaristía, el Evangelio y el Pobre
Carlos pasó largas horas meditando los evangelios donde encuentra las
palabras y los ejemplos de vida de Jesús. También rezó durante mucho
tiempo antes el Santísimo donde Jesús está presente con todo su poder
salvador para el mundo. Sin embargo también nos habla de Jesús de
Nazaret ”gritando el Evangelio” con el ejemplo de su vida. Si él reconoce y adora la presencia de Jesús en la Eucaristía,
también lo contempla en el pobre. El se coloca al servicio de éstos
“pequeños”, y nos ordena revisar una y
otra vez la calidad de nuestras relaciones con los demás. “Todo
lo que omitimos hacer para nuestros hermanos, lo negamos de hacer a Jesús”.
El
Hermano universal entre los Pobres
Carlos de Foucauld estuvo convencido de que el Cristo quien transformó
su vida es el mismo Jesús de
un “corazón ardiente con
amor” que se revela por la bondad silenciosa y callada de las
personas. Es el Salvador universal que pertenece a todos. “Mi apostolado
debe ser el apostolado de la bondad. Al verme deben decir de mí: 'Desde
que este hombre es tan bueno, su religión debe ser buena”.
Su camino a la santidad fue vivir inspirándose en el amor para la toma
de las decisiones importantes. Su santidad lleva las marcas de la
sencillez, la verdad y la autenticidad; Testifica a lo que el Amor Divino
puede lograr en alguien que busca la profundidad de la experiencia humana.
Se compromete en su realidad con una intensidad excepcional. Entra
completamente en lo que ve y entiende ser las interrogantes quemantes de
su tiempo. Lo hace con toda su capacidad intelectual y técnica, y con un
sentido exacto de las circunstancias y las necesidades.
No debe sorprenderse entonces que fue tan atraído por la vida de
Nazaret: Esta aspiración lo orienta siempre hasta las cosas concretas: Quiere “pertenecer” en
Tamanrasset, conversar con los Touareg en su idioma, tomar parte de su
vida y costumbres y trabajar para el progreso
moral y material del pueblo.
Carlos de Foucauld escogió ser misionero en un país difícil, y al no
buscar el éxito inmediato estuvo en contra de la opinión general de
su tiempo. Deja simplemente a Dios toda la preocupación acerca de la
conversión de los Touareg a la fe cristiana, quizás en “siglos”,
como dijo. Sabe que su
fecundidad debe encontrarse en la Cruz de Jesús y en la debilidad de los
medios humanos. Y siente su
propia debilidad al enfrentar estos desafíos. El experimenta el fracaso
como también las dificultades en la oración y la oscuridad espiritual. Decide
seguir la “vida escondida” de Jesús' en su humilde
“insignificancia” hasta su muerte en la Cruz. Y Carlos, quien de niñez
llevó las cicatrices de mucho sufrimiento, murió en la angustia de la
soledad sin ningún resultado aparente. Al compartir
la vida con un pueblo que sobrevive bajo duras y dolorosas
circunstancias asumió con mucho amor
la Cruz “donde abrazamos a
Jesús que está allí”. Como
es el caso de Carlos esa
experiencia gemela del amor y del dolor constituye siempre parte de
nuestra vida y del Pueblo de Dios. Es la biografía de cada cristiano
llamado a ser “un Evangelio viviente”.
Las
Fraternidades: Un Llamamiento para el Amor
y la Esperanza
Carlos mismo llegó a ser una presencia viva compartida para alimentar el
pobre y los “pequeños”. El
favorece el diálogo y el respeto para el otro, cada
uno con su propia herencia cultural y religiosa. Aún sueña crear una red
fraternal de todos los bautizados: sacerdotes,
hombres y mujeres,
religiosos y laicos, quienes se ofrecen para tomar a cargo la
responsabilidad para los “más abandonados”.en una vida
sencilla según el Evangelio Desea que muchos cristianos a través del mundo proclamen el
Evangelio mediante “amor y cariño fraternal para todos y, ser un
hermano o una hermana a todos.” Desea que cada uno de estos
“voluntarios del amor” tenga un corazón “universal”
como Jesús, y que esté comprometido en su “Nazaret”.
No estamos más en el mismo
contexto histórico que Carlos de Foucauld pero podemos inspirarnos con
sus intuiciones y el testimonio de su vida
en tiempos del diálogo entre religiones, de la globalización, y
del desafío de la solidaridad mundial. En un mundo cada vez más dividido
por la guerra, la discriminación y la injusticia muchos cristianos son
llamados como Carlos a estar presentes en lugares
donde prevalece la violencia
social, étnica y religiosa. Muchos comparten también la situación de
personas excluidas por causa de las graves desigualdades económicas. Además
al defender la dignidad humana, no es una excepción hoy día ser
perseguido e incluso sufrir la muerte por causa de la justicia en
circunstancias no tan diferentes como lo sufrido por Carlos mismo.
En conclusión, Carlos de Foucauld presenta un rostro atrayente del Dios
de Jesucristo que es hoy accesible a toda persona. El nos recuerda la
humildad de los signos reveladores del Dios Encarnado quién no viene con
aires triunfales sino con la bondad y la belleza de Jesús quien vence por
el amor. La muerte de Cristo en la Cruz y su costado abiertamente herido
confirma eso, “No
hay amor más grande que dar la
vida para los que uno quiere”. La Resurrección de Cristo con la
venida del Espíritu Santo confirma y renueva este llamamiento para el
Amor y la Esperanza que
es nuestro privilegio disfrutar
como cristianos..
Pentecostés el domingo el 15 de mayo 2005
Editado por Patricio Rice (Fraternidad Laica “Carlos
de Foucuauld”) del Mensaje original de la Asociación Espiritual
“Charles de Foucauld”