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ORACIÓN

DEL ABANDONO

Carlos de Foucauld

Versiones cantadas

Hermanitas de Bolivia
Hermanita Chiara de Jesús
Victor Godoy
Unai Quiros
Luis Guitarra
Hna. Mª. Asumpta Ludeña


Padre mío

Me abandono a Ti.

Haz de mí lo que quieras.

Lo que hagas de mí

te lo agradezco.

Estoy dispuesto a todo,

Lo acepto todo,

Con tal que tu voluntad

se haga en mí

Y en todas tus criaturas.

No deseo nada más, Dios mío.

Pongo mi vida en tus manos.

Te la doy, Dios mío,

Con todo el amor

de mi corazón.

Porque te amo

Y porque para mí

amarte es darme, 

Entregarme en tus manos

sin medida,

Con una infinita confianza, 

Porque tu eres mi Padre.

 

(Carlos de Foucauld)

 

 

En el atardecer del 1° de Diciembre 1916, Carlos de Foucauld fue asesinado por una banda que rodeó la casa.

Siempre soñó compartir su vocación con otros: después de haber escrito varia reglas religiosas; pensó que esta «vida de Nazaret» podía ser vivida en todas partes y por todos.


Actualmente la Familia espiritual de Carlos de Foucauld comprende varias asociaciones de fieles, comunidades religiosas e institutos seculares de laicos y sacerdotes, que celebran este día su memoria. Suele ser una ocasión para compartir un tiempo de encuentro y oración con todos los que quieran asistir en los pueblos y ciudades donde estamos presentes.

CANTOS SOBRE
EL HERMANO CARLOS

Vida del hermano Carlos
(Hermanitas de Bolivia)

Himno del Centenario
(Hermanitas Paloma y Chiara)


PROPUESTA DE FORMULARIO LITÚRGICO PARA LA CELEBRACIÓN DE LA MEMORIA

Todo del común de santos o pastores, excepto lo siguiente

Celebración Eucarística:

Oración colecta

Dios, Padre nuestro, que has llamado al Bienaventurado Carlos a vivir de tu amor en la intimidad de tu Hijo, Jesús de Nazaret. Concédenos encontrar en el Evangelio el fundamento de una vida cristiana irradiante, y en la Eucaristía, la fuente de una fraternidad universal. Por Jesucristo...

Para la celebración del Oficio Divino

Segunda lectura o lectura patrística

Se proponen dos textos del Bienaventurado para esta segunda lectura.

  • La fe (“L’Esprit de Jésus” p. 125-126)

Mt 25,45: “Todo lo que no habéis hecho a uno de esos pequeños, no me lo habéis hecho a mí...” Es la fe al mismo tiempo que la caridad lo que nos ordena Jesús aquí. Nos ordena una fe que nos conduzca a la caridad. Esta fe, es de verle a Él mismo en todo ser humano. Quiere que creamos que Él está unido con un amor tan tierno a cada ser humano que todo bien o todo mal hecho a uno de ellos es sentido por Él  como si se le hubiese hecho a él mismo: nos ordena el creer eso... Tengamos esta fe, y tengámosla prácticamente. Tengamos este pensamiento constantemente ante los ojos: tan a menudo como estemos en presencia de un ser humano, Jesús nos ordena, es un deber de fe el tener esta creencia de una vez por todas, es un deber de obediencia, de justicia y de amor, el tener en la práctica esta nueva manera de ver, este nuevo sentido, que nos hace ver a Jesús en cada hombre... Supliquemos a Nuestro Señor el darnos este nuevo sentido, esta nueva mirada, de verle siempre en cada uno de sus hijos, a fin de poder tratarle en cada uno de sus hijos como debemos... Por los deberes que nos impone este tipo de fe (hacer por cada hombre lo que haríamos por Jesús), vemos cómo es importante el no perder nunca de vista y el ver siempre cada ser humano con este mismo espíritu de fe... Cómo debe cambiar esta fe mi vida, a qué caridad debe conducirme. Qué deseo de santidad, de consolación de las almas, de alivio para los cuerpos. ¡Todo lo que quisiera para el alma y el cuerpo de Jesús! Qué deseos, qué oraciones, qué obras de misericordia deben llenar todos los instantes de mi vida... Pero para realizar bien todos esos deberes, la primera condición es el tener una fe viva y constante en que todo hombre que encuentre es Jesús... esta fe es indispensable, y cuanto más viva sea, más luminosa sea, constante, sin descanso, mejor cumpliré los deberes de amor que se derivan, deberes que deben transformar enteramente mi vida.

  • El momento presente (“La bonté de Dieu”, meditación 234, p.174-176)

“Cuando os conduzcan para entregaros, no os preocupéis por lo que habéis de decir... Pues no seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu Santo”

(Mc 12,32-13,11) ¡Qué bueno sois, Dios mío! Vos que en todo instante, en todas las circunstancias de su vida, dais siempre a vuestros servidores todo lo necesario para realizar plenamente vuestra voluntad, para realizar plenamente la misión que les confiáis.

(...) Dios nos dará en cada momento lo necesario para realizar cada misión que le plazca pedirnos... Nos lo dará sobrenaturalmente, sin ninguna preparación de nuestra parte, si eso le place, como hizo con sus apóstoles Pedro y Pablo, mis Padres bien amados, cuya festividad celebramos hoy (San Pablo no aprendió el evangelio de ningún hombre: cuando Jesús quiso hacérselo predicar, se lo reveló... ¡Qué cosas no revelaría ya sea a Pedro, ya sea a Pablo...! Él ilumina a cada alma como quiere, cuando quiere, tan rápidamente, tan completamente, tan definitivamente como quiere)... O bien Él nos lo revelará haciéndonos cooperar por nuestro trabajo con su Gracia, y entonces Él mismo nos dirá en qué momento preciso, de qué manera precisa, en qué medida precisa, hay que realizar estos trabajos preparatorios... Es Él el que nos llama a la hora en que quiere que nos entreguemos; lo mismo que es Él quien nos da una u otra misión en el momento que quiere que la realicemos... Nosotros no tenemos mas que obedecer en cada instante, haciendo en cada instante lo que nos pide en el instante presente... ¿Qué nos pide en el momento presente? – “Quien os escucha, me escucha”; es nuestro director espiritual, representante de Dios ante nosotros, quien nos lo dirá en cada instante. Cuando, por alguna razón independiente de nuestra voluntad, no podemos tener, aunque hayamos hecho todos los esfuerzos para ello, la respuesta de nuestro director espiritual, el Espíritu Santo, viendo nuestra sumisión y nuestra buena voluntad, no nos dejará ofender a Dios y nos guiará por otros medios(ya sea por los acontecimientos, ya sea por el Evangelio, ya sea por la razón iluminada por la fe, ya sea por los numerosos medios que tiene a su disposición)..., hasta que podamos tener la opinión de nuestro director. Nosotros pues, no tenemos que inquietarnos nunca por el porvenir, confiémoslo enteramente a Dios, ocupémonos únicamente en hacer con la mayor perfección posible lo que Dios nos pide de realizar en el momento presente.

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